La ducha más larga

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Por Aledith Coulddy

 

Regresaron a casa de la reunión, pasadas las dos de la mañana. Ella se encontraba exhausta, excusó su cansancio y fue directo a lavarse la cara y vestirse las pijamas. Se echó en la cama; la lluvia afuera le cantaba una canción de cuna.

Él le dijo que iría a ducharse, así que ella trató de aguardar su regreso, mirando acostada el teléfono móvil. La melodía arreciaba, pequeños tambores de hielo golpeteaban la ventana.

Entrecerró los ojos y se dejó llevar en un sueño ligero. Al tiempo, un trueno la despertó.

—Cariño, ¿te encuentras bien? —gritó al percatarse de la hora. Eran las tres y media.

Él contestó que sí.

Encendió el televisor, no le gustaba dormir hasta que él se acurrucara a su lado, pero el sueño la venció.

Otro trueno.

Cuatro quince de la mañana miró en el reloj. A su lado, las sábanas seguían heladas.

—¿Amor? ¿Aún estás en el baño?

—Dame un minuto, ya casi termino.

El cansancio le ganó la batalla a la lógica, habían pasado casi dos horas desde que él entró al baño, demasiado para una ducha ordinaria.

Afuera hacía frío, la canción era ya apenas si un tarareo y por tercera vez volvió a dormir.

Despertó a las cinco con veinte. Su cama, un témpano de hielo.

La voz de la mujer que anunciaba un extractor de jugo moderno en la tele, era el único sonido a su alrededor.

—¿Cariño? —gritó más fuerte esta vez.

Nadie respondió. Se levantó de un solo movimiento. El suelo era una lago congelado. Se acercó al baño, no escuchó la regadera.

Abrió la puerta y la recibió un cuarto oscuro, más negro que el cielo de aquella madrugada. Nadie había ahí.

Una película comenzó a proyectarse ante sus ojos. Dentro de su cabeza, un carrete de cien escenas por segundo exhibía una realidad casi ajena. Tan dolorosa que no parecía propia.

Un hombre de treinta y cuatro años, con heridas en todo el cuerpo. Olor a hule quemado, trozos de metal en el asfalto, fuego. La palabra “no pasar” impresa en cintas doradas. Un reloj que pasa deprisa, solo cinco horas. Trescientos minutos que transcurren despiadadamente sin detenerse, hasta el primer minuto de la sexta hora. Paro cardiorrespiratorio.

Se descubre a sí misma vestida de negro, estática, sobre un cúmulo de tierra y pasto viejo. Mira hacia abajo y reconoce el cajón donde él yace dormido eternamente.

De pronto, se encuentra de cara con el dolor, físico, innegable e inmenso. La película llega a su fin.

Está sentada en el suelo de la habitación, no sabe cómo llegó ahí. Las manecillas marcan las seis de la mañana.

Desea borrar para siempre esas imágenes, es una realidad en la que no le interesa existir por lo que se dispone a dormir de nuevo. En la cama, la espera un cobijo glacial y una almohada extra, vacía.

Cierra los ojos y comienza a conciliar el sueño. En una hora, como siempre, como en las últimas tres semanas, al despertar llamara a su nombre y él contestará que está por terminar de ducharse. Entonces ella hará un espacio más grande entre las sábanas con la esperanza de que esta vez, su esposo sí vuelva a la cama.

Un comentario en “La ducha más larga”

  1. Esta historia de manera particular me impacto dado que Yo esperaba un desenlace feliz de una noche romántica y cual fue el resultado ? el inicio de muchas noches de dolor a partir de ese momento fatal, la pérdida de ese ser querido y su recuerdo por el cual a partir de ese momento fatal ya nunca sería igual por parte de su esposa y en la cual la autora de esta novela de amor le supo poner drama y misterio a su historia, te felicito y te admiro Edith tienes los tamaños para ser una gran escritora, no desmayes ni dejes que una caída o tropezón trunquen lo que un día te propusiste ser una ESCRITORA con letras mayúsculas dichas de esa manera, que Dios te ilumine pídele inteligencia y conocimiento para seguir adelante hasta que alcances tus metas, muchas felicidades te quiero HIJA.

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