Érebo

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Por S. Bobenstein 

Yo vi al Diablo, ese antiguo adversario. No me refiero al hombre rojo con cuernos y patas de cabra, no me refiero a Satanás, Iblis, Angra Mainyu ni Apofis. Hablo de aquello que repta y se escurre por los confines ocultos de la Creación, constantemente acechando, amenazando a cada paso que damos, aquello que nos paraliza y nos llena de asombro y temor cuando lo encontramos. La amígdala del sistema nervioso nos advierte sobre eso, pero el espíritu vacila ante su presencia. Yo me encontré con el Diablo y lo descubrí en el metro de Londres.

Regresaba de Cambridge luego de otro arduo curso de la Facultad de Inglés para pasar las vacaciones con mi familia, residida en Londres. El viaje hasta King’s Cross fue rápido y placentero como siempre, el bullicio acostumbrado en la estación era como una canción de bienvenida para mí. Caminé con mi maleta a la estación de metro y esperé un parpadeo hasta que llegó el tren de la línea Northern rumbo al sur, el cual, en un par de minutos, me dejaría en Elephant & Castle y de ahí, sólo restaría una corta caminata a casa.

El tren no estaba tan lleno como habría esperado para la hora, sin embargo, en mi vagón ya no se encontraban asientos disponibles, así que opté por mantenerme de pie y recargado contra la ventana que daba al lado opuesto del andén. Un anuncio de una obra musical pegado a la pared ocupaba todo mi campo de visión. Pocos segundos después de que entré, el tren se puso en marcha, haciendo sus anuncios conocidos. Casi podía saborear el guisado que mi madre preparaba cada vez que volvía a casa, casi podía escuchar a mi padre con su risotada al asfixiarme con un abrazo de oso, casi podía ver a mi hermana sosteniendo al Sr. Pelusa en sus brazos al tiempo que su voz chillona retumbaba en mis oídos al gritar mi nombre… Sólo unos minutos más y estaría donde está mi corazón.

La voz programada del vagón me sacó de mi ensoñación anunciando la parada en Borough, la última antes de la mía. Espabilé y preparé mis pertenencias para bajar rápidamente en la siguiente estación. Miré por la ventana y no vi más que la oscuridad del túnel, de vez en cuando atenuada por alguna luz de servicio, que parecía una luciérnaga suspendida en un cielo sin luna ni estrellas.

Fue entonces cuando lo vi.

Súbitamente se abrió un vacío ante mis ojos, como si en ese espacio existiera sólo la nada; no había luz, no había materia, no había tiempo, había un abismo infinito por el que el vagón atravesaba, sin sentido de orientación, desplazándose sobre vías invisibles en un túnel que ya no estaba ahí. La oscuridad se había cerrado sobre el vagón de la misma manera en que una amiba ingiere su alimento. Podía percibir la apabullante inmensidad de la oscuridad sobre mi cabeza, mi cuello y mis hombros. Podía sentirla aplastando mi pecho y sofocándome, podía notarla aferrándose a mis piernas para no dejarme ir. De alguna manera la oscuridad consiguió entrar en el vagón y absorberme por completo, dejándome como la única cosa viva en su interior… ¿o lo era?

Pánico es una palabra insuficiente para describir la sensación que penetraba cada poro de mi ser. Sentí un frío desgarrador incidir en mi ombligo y distribuirse hasta la punta de mis dedos mientras flotaba en el vacío, cada vez más entumecido, con las piernas y los brazos rígidos, trataba de fijar la vista en cualquier cosa como referencia, sin éxito.

Todos mis sentidos se embotaron, se consumieron, se fundieron con la nada. Fui despojado del recipiente que constituía mi conexión con el mundo material. Estaba desnudo de una manera en la que ni siquiera Adán y Eva estuvieron alguna vez desde su nacimiento. Mi alma estaba descubierta, mi esencia indefensa, mi vida en peligro. Lo sentía en la misma chispa elemental que me confirió existencia: yo estaba a punto de desaparecer y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

Creo que nunca podré comprender y describir completamente lo que sucedió a continuación en medio de aquel etéreo miasma. Cuando uno es reducido hasta el más elemental estado del ser conceptos mundanos pierden el sentido y todo se restringe a una simple dicotomía: ser o no ser. Yo era, mas presentía que eso no duraría por mucho.

Yo era, y algo más fue conmigo.

De la oscuridad abismal surgió una presencia, la sentía ante mí, interminable, imponente, intimidante. No tenía ojos para ver, oídos para escuchar ni cuerpo para estimular, aun así, pude sentir su mirada fija sobre mí, pude sentir sus intenciones y maquinaciones: eso estaba deseoso de asimilarme, quería que formara parte de él, quería que lo engrandeciera adhiriendo mi ser al suyo; en aquello había una necesidad imperiosa, desesperada, voraz, de imbuirse en todo lo que existe, en todo lo que es.

Sentí un movimiento. Una zarpa intangible se acercaba, extendiendo uno de sus dedos hacia mí, tratando de alcanzarme. Experimenté el terror más sobrecogedor que jamás volví a tener. Ese era el final, no iba a morir: dejaría de ser. No me esperaría ningún otro mundo, no renacería en el que conocía, el fuego eterno y el chirriar de dientes se me antojaban menos punitivos que la condena a abandonar la existencia. El dedo invisible me tocó; pasó algo impensable: desde el mismísimo entretejido de mi esencia brotó violentamente la misma presencia que estaba ante mí, salió al encuentro del tacto hermano y, finalmente, terminó por envolverme y hacerse de mi existencia.

Pero yo aún era.

El temor y la oscuridad dieron paso a una extraña calma, una familiaridad desagradable pero natural. Sentí la oscuridad como parte de mí. No éramos ya más dos entes separados, me di cuenta de que aquello había formado parte de mí desde mis inicios en la existencia y que ya existía incluso muchísimo antes que yo. Me fue ofrecida una perspectiva de eones perdidos en un sinfín de sucesiones de mundos y universos, todos permeados por la oscuridad, al mismo tiempo que las cosas que son y que fueron florecían y desaparecían en destellantes secuencias, las cuales se detuvieron en el momento en que el propio tiempo inició con el ente de la luz primigenia.

Ahí estaba: la prote ousía, el principio invisible de todo lo que existe, sólo en un océano de inexistencia. Y el primer ser sintió aprensión. Todo lo que había eran él y una oscuridad total. La primera idea se concibió: “tengo miedo”. La primera idea dio paso a la segunda: “no quiero estar solo”. A la segunda sucedió la tercera: “que haya más”. De esta forma se dio paso a la cuarta, la quinta, la sexta y a todas las ideas que nunca dejarán de generarse mientras la chispa imperecedera de la existencia sea.

Increíble era darme cuenta que, invariablemente, la oscuridad era el motor detrás de todo lo que fue, lo que es y lo que será. El conflicto, lo contrario, la dualidad, conforman todo lo que hay; lo desconocido nos impulsa a saber y donde creíamos que nada existía, encontramos algo. La oscuridad, el miedo, lo desconocido, el Adversario, el vacío, es tan necesario para producir nuestra sustancia como la luz, el conocimiento, las ideas, el primer ser.

En el instante en que la revelación se afianzó en mí, sentí un haz de luz hendir la oscuridad y a mi esencia ser arrancada del abismo. Una vorágine de estímulos abrumó mis órganos sensoriales, entremezclándose y difuminándose: colores, aromas, sonidos, temperatura y la dureza de volver a una forma material.

Las siguientes ocho semanas no puedo recordarlas más que como fotogramas aislados e irracionales. Los doctores me dicen que los paramédicos me encontraron temblando, empapado en sudor, llorando desconsoladamente, hecho un ovillo en el suelo del vagón al lado de un charco de mi propio vómito, profiriendo alaridos y balbuceos ininteligibles. Me llevaron a la sala de urgencias más cercana y optaron por sedarme, sin embargo, la droga me provocó un efecto inesperado: permanecí inmóvil, pétreo, con la mirada fija en ninguna parte. Realizaron todos los estudios que tenían a mano y no encontraron algún indicio del porqué de mi estado. Durante dos meses no fui más que un vegetal.

Llevo tres días fuera de la cama. Me concedieron siete días para “aclimatarme” tras asegurarse que me encontraba en perfecta salud física y con mis facultades mentales restablecidas. No me preguntaron cosas demasiado complicadas y no me pareció prudente contarles la odisea por la que pasé. He tenido libertad de moverme por los jardines del hospital y convivir con trabajadores y pacientes por igual, incluso permiten a mi familia visitarme diariamente. Tenía que escribir todo esto, necesitaba expresarlo de alguna forma y ésta no podía involucrar a nadie más. Sé la locura que parece, sé que no me dejarían salir tan fácilmente de este lugar. No puedo permanecer aquí confinado, no después de que los días y sus noches tienen fulgores nuevos y maravillosos. Necesito ver el mundo, el universo, y llegar más allá de sus finales.

Destruiré esta crónica y volveré a los guisados, las risotadas, los chillidos y el inglés… por un tiempo. Al fin y al cabo, el tiempo es una idea, como yo, como todos, como todo, y todos seremos juntos eternamente.

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