Lady​ ​Macbeth

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Por Aledith Coulddy

Cuando llegué a Delaney, la ola de suicidios llevaba ya seis meses arrasando el pueblo. No era poco común que la gente se quitara la vida, pero cuando ocurrían más de cincuenta casos en menos de medio año, las alertas se encendían.

Mi superior me encomendó la tarea de resolver aquella contingencia de muertes, o al menos darles algún sentido.
En la pequeña ciudad comenzaron a sospechar cuando, por un breve periodo de dos semanas, las cuatro personas que se colgaron habían escrito cartas dirigidas a una tal Lady Macbeth. En estos párrafos se le describía como una mujer añosa de pelo rizado cubierto por un velo plateado de fina tela. En algunas líneas, se hacía mención de una voz tan dulce como el aroma de la brisa matinal de Delaney, encantadora a los sentidos, pero llena de una violenta autoridad.

Los ahora fallecidos, plasmaron la imagen de una mujer más bien imposible de haber provocado tal cantidad de muertes.

Por un par de semanas me centré en tratar de dilucidar la apariencia de la infractora. Concluí, mediante pruebas escritas y algunos testigos visuales que en efecto, se trataba de una femenina de aproximadamente cincuenta años, un metro setenta de altura que vestía, con porte, ropas del siglo XX.

Un grupo de personas la habían visto rondar por las afueras de las librerías y centros de convenciones; se paseaba por los pasillos con mirada inquisidora y pasos cautos, como acechando… o eso decían.
En ciertas ocasiones, otros, la habían observado hablando con los ya fallecidos y a veces se le podía encontrar leyendo literatura antigua en la biblioteca municipal.

El consenso era que una vez propuesto el localizarla, el acto se volvía imposible. Ella daba contigo y no del modo contrario.

Escudriñé en los detalles hasta advertir un elemento en común en todas y cada una de las víctimas: eran ya bien aficionados o profesionales en la escritura. Y no sólo descubrí la pasión por la literatura en aquellos mártires. Todos, por igual, estuvieron a punto de publicar alguna de sus obras días previos al fallecimiento.

¿Quién querría matar escritores?, ¿acaso se habían dedicado a narrar historias incorrectas de personas no adecuadas? No. Algunos de ellos apenas si alcanzaban los dieciséis años; otros, orientaban sus palabras a la creación de cuentos infantiles. Sí, había quiénes eran asiduos seguidores de la novela negra o afín, mas ningún otro nexo encontré en esas muertes que el más profundo y primitivo amor por las letras.

Intrigado, más de lo común que mi hacer diario, me entregué los siguientes tres días en encontrar la futura publicación de cualquier escritor.

Mi búsqueda, fructífera, me llevó a las páginas de un diario local tan modesto como el anuncio que destacaba el nombre de Blas Bosjol, un joven local de treinta años que presentaría su ópera prima el fin de semana más próximo, en una librería cerca del centro de Delaney.

Conseguí prematuramente los datos del joven y, sin anticipo, fui a visitarlo a su dirección particular.
El edificio, casi en los confines de los suburbios, me provocó una sensación de permanente alerta; algo dentro de mí, ese sexto sentido intuitivo, me decía que allí hallaría respuestas, pero al mismo tiempo no era bienvenido.

Abrió la puerta del departamento un Bosjol con sombras violáceas bajo los ojos, cara pálida y pijama tan pulcra como su cabello grasiento.
Me hizo pasar. Su hogar hedía a muerte. Observé una soga sobre el sofá y una solitaria silla en medio de la sala.

—¿Piensas matarte? —solté directo al grano después de una breve presentación.

—Lady Macbeth no me ha dejado opción. —Lágrimas secas caían sobre su rostro. Un fantasma de agua y sal que recorría el suelo árido del lugar donde alguna vez corrieron ríos de prosperidad.

—¿Lady Macbeth?

—La misma que nos retroalimenta por correspondencia —contestó sin emoción alguna.

—¿Te refieres a cartas, Blas?

—Me refiero a la sentencia en el pergamino, el testamento perpetuo. Nuestra muerte.

Pensé entonces que la susodicha les había dado a tomar algún psicoestimulante que turbara la mente de esos escritores. Una sustancia que los obligara a hablar en código; era imposible que Bosjol se expresara de tal forma tan enigmática… luego recordé que era poeta.

—No te sigo, Blas. Si quieres mi ayuda, debes auxiliarme en entender todo esto. —Sus ojos tan negros como las ojeras bajo sus párpados me miraron fijamente. Cansados. Apagados. Tenía frente a mí a un hombre muerto que respiraba.

—Lady Macbeth es la muerte disfrazada de amiga, te seduce, ¿entiende? Uno le muestra nuestra obra, lo que uno es, lo que uno ama. Ella se limita a escuchar. Y entonces, días más tarde aparece anunciando, con su lengua funesta, el veredicto a los diez mil vientos. La desesperanza. La crítica que nos lleva al inexorable abismo de la muerte. Lady Macbeth me arrebató la esperanza de ser escritor algún día.

Todo aquello era absurdo, ¿cómo alguien podría quitar las ganas de vivir a nadie? En su proceso debía haber cabida para algún tipo de droga. Algo que justificara aquel desamparo.

—Nadie con sus palabras puede tener tanto poder, Blas. No más que el que tú le otorgues.

—Usted no comprende. —Su respiración se volvía agitada, el sol que ahora se ponía en el ocaso, proyectaba sombras amenazadoras sobre su silueta—. Quiero que se vaya de mi casa.

—No puedo dejarte solo, Blas; no puedo permitir que te suicides por algo como esto…

Me aventó fuera del departamento con fuerza en demasía. Caí sobre mi espalda y de inmediato me levanté para tratar de abrir la puerta. Estaba con llave.
Empujé, golpeé e impulsé toda mi voluntad contra ese obstáculo que separaba la vida de la muerte y entonces, justo cuando paré un segundo para alcanzar aire, escuché del otro lado de la puerta a una mujer hablar con una voz tan suave que me erizó los vellos de la piel. No hablaba con palabras, pero entendí. Ordenaba muerte, persuadía el deceso.
Por un instante aparecieron frente a mis ojos pensamientos fatídicos. Un mundo donde no quedaba nada, ni mi intelecto, ni mi deducción, ni nada de lo que me hace a mí ser yo. Tuve pánico y angustia. Pero encima de todo, tuve una sensación eterna de desolación.

Hui del lugar y días más tarde supe que retuvieron el cuerpo de Blas Bosjol para realizar exámenes forenses. Yo di mi declaración como atestiguante y no en el sentido de mi labor.

El trauma y el encuentro con aquella situación tan cerca de lo intangible y paranormal me arrebataron la objetividad, por lo que me retiré oficialmente del caso. Jamás supe la resolución final, me mantuve siempre ajeno al proceso.

No obstante y desde entonces, como compasión, advierto a todo aquel escritor que presto esté de escucharme, que para encontrar el éxito, dispuestos habrán de estar de morir en el intento; pues la muerte, Lady Macbeth, patrulla los corredores de la tinta y el papel.

 

 

 

 

 

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