El vuelo de Fokker

 

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Por Oscar Valentín Bernal

“No puede ser real, no puedes estar aquí, no tiene sentido
que estés aquí, además, me niego a creer que estés aquí…”
—Doctor Emmet Brown—

 

I

«Cathay 603 Pesado, autorizado despegar en la pista 09, en el aire contacte terminal de radar 120 decimal 7, buen viaje».

Les indicó la controladora de la torre del Aeropuerto Internacional de Tokio, por la frecuencia de radio.

—Autorizado a despegar en la pista 09 y en el aire contactaremos con radar en 120.7, Cathay 603 Pesado, buenas tardes —contestó Hoji Fujita, el copiloto del Boeing 747 de Cathay Pacific Cargo.

Mientras el Capitán James Fokker soltaba los frenos y aceleraba, les llegó el zumbido ascendente de los cuatro motores, General Electric.

—V1 —dijo Fujita en el primer tercio de la pista, luego, al pasar la intersección con la pista 03—. Rotación. —Esa era la señal para que Fokker despegara. Jim bajó los flaps y el avión de trescientas cuarenta toneladas se despegó del suelo flotando igual que una pluma.

Aquel inició como otro vuelo de rutina, de los otros miles que había en la bitácora de Jim Fokker. Las corrientes estaban a su favor, buena visibilidad y sin turbulencia la mayor parte del trayecto sobre el pacífico. Si todo marchaba bien, llegarían a la ciudad de México a las 07:30 AM aproximadamente y luego volarían otras once horas hasta Anchorage, justo a tiempo para el pavo del día de gracias. Después de eso, pasaría el fin de semana con los niños y se olvidaría del trabajo hasta el próximo lunes.

Hoji nunca hablaba mucho, y eso estaba bien. Fokker, prefería quince horas de silencio, a la cháchara ininterrumpida de Maxwell, con quien volaría la semana entrante. Hoji sólo abría la boca cuando debía, además era un excelente primer oficial.

Cuando se pusieron en contacto con el radar del Pacífico, el controlador les informó que debían hacer una modificación a su plan de vuelo, debido a un huracán que azotaba el sureste de México y que debían abandonar la aerovía habitual y tomar una alterna.

«Cathay 603 Pesado, ascienda a dieciochomil pies y mantenga altitud».

—Mantenemos en dieciocho, Cathay 603 Pesado —respondió Fokker.

Continuaron volando sobre la nueva aerovía por más de una hora, sin otra cosa a la vista que los relámpagos en el horizonte y las gotas de lluvia cada vez más gruesas, que azotaban las ventanillas de la cabina. Fokker pensó que el cielo se veía extraño esa noche, tenía un color anormal que no recordaba haber visto nunca, una especie de brillo iridiscente, que se acentuaba cada vez que un rayo aparecía. Parecía algo sacado de una película de Ridley Scott.

—¿Siempre se ve así por esta ruta? —preguntó el copiloto. Al igual que Jim, Fujita tenía más de veinte años volando y parecía que ninguno de los dos había visto en el cielo aquel extraño fenómeno.

—Es la primera vez que vuelo en esta zona, quizá sea por el huracán —contestó Fokker y el silencio volvió a reclamar la cabina, mientras el horizonte resplandecía como fuegos fatuos.

La aerovía era la 73. Jim recordaba un vuelo, el 461 de American, que desapareció en aquella ruta, con doscientos cincuenta almas a bordo; nunca encontraron sus restos. De pronto comenzó a experimentar una ansiedad desconocida para él en el aire, donde por lo regular se sentía seguro; una extraña certeza de que algo iría mal. Pensó que estaba sugestionándose, pero decidió que ya era suficiente de aquel paraje insólito, le gustaba hacer caso de sus instintos cuando volaba. Su dedo se dirigió al transmisor de radio para pedir a los controladores de radar un cambio de aerovía, alegaría que era debido a la tormenta. Fue entonces que la aeronave se sacudió violentamente, a la vez que una luz tremenda se colaba dentro de la cabina, desde las ventanillas. Jim sintió que vibraba cada molécula de su cuerpo. Por un momento todo se puso blanco. En el tablero, sonó una alarma intermitente. Fokker se llevó las manos a los ojos, completamente cegados. Escuchó el gemido de Fujita y supo que le pasaba lo mismo.

“Está ciego, igual que yo”, pensó. “A este maldito avión, lo vuelan dos pilotos ciegos”.

Se escuchó el doble beep, que indica la desactivación del piloto automático y lo único que se le ocurrió hacer, fue poner las manos sobre los controles. Sintió en todo el cuerpo la pérdida de impulso y cómo el avión disminuía la velocidad, sabía que estaban comenzando a descender.

—¿Cómo estás? —le preguntó a Fujita.

—No puedo ver nada.

“Genial”

Tiró de los mandos y maniobró los alerones a ciegas. Por un momento se le pasó por la cabeza que el maldito rayo los había dejado ciegos en verdad y sintió el gusto de la bilis subirle por la garganta. Unos momentos después comenzó a ver, primero las luces del tablero, luego las siluetas borrosas de los mandos cada vez mas nítidas.

Miró el altímetro. Estaban descendiendo más rápido de lo que pensaba, los indicadores de poder de los motores mostraban, el uno y el tres apagados, el dos al 95 %, el cuatro a 68 %.

—Hoji. Tenemos pérdida de empuje en el uno y el tres, debes reiniciarlos.

El japonés, aún a ciegas, palpó los controles en busca de la ignición.

«Too low terrain. Too low terrain. Get up». Comenzó a repetir una y otra vez la computadora de control de vuelo. Fokker luchó para levantar el timón.
Hoji parecía ver mejor. Sus manos se movían con más soltura sobre el tablero.

«Too low terrain. Too low…».

—El tres, funcionando al 41 % —dijo el copiloto—. Perdimos el uno.

—Con eso es suficiente, Hoji. Gracias.

Poco a poco el altímetro comenzó a nivelarse y ascendieron nuevamente hasta los diecisiete mil pies. Fokker soltó un largo suspiro. En el horizonte, la danza de los rayos de colores, continuaba.

—Control de Radar, este es el Cathay 603 Pesado, en la 73, tenemos falla de motores, Mayday.

«Cathay 603, ¿Cómo llegó tan rápido a la 73 y quién le autorizó el cambio de aerovía? Reporte su situación».

Aquella respuesta confundió a Jim y también lo hizo enojar. ¿Cómo que quién les autorizó el cambio?, ¿acaso aquel cabrón se había vuelto loco?

—Nos golpeó un rayo, tenemos pérdida de empuje en los motores, perdimos el uno, los otros están en 95, 41 y 68 %. Y el que nos autorizó el ingreso a la 73, fue usted. Cathay 603.

«Cathay 603, negativo señor, yo no tenía contemplado mandarlo por ahí, hasta dentro de tres horas».

—¿Qué quiere decir con eso? —susurró Fujita, con el seño fruncido—. Él nos autorizó, yo lo escuché.

Fokker cubrió el emisor con la mano.

—Este tipo se volvió loco —le dijo a su copiloto. Luego por el radio le habló al controlador—. Podemos checar la grabación si gusta, pero por ahora, necesitamos su ayuda.

«Cathay 603, ascienda a…». El controlador no terminó la instrucción, la extrañeza que escuchó en su voz, no le gustó a James. «¿Cathay 603?, no lo tengo en el radar, está…».

La transmisión se perdió.

—Radar, ¿puede repetir eso? Recibimos entrecortado… ¿Radar Pacífico, de Cathay 603?… Radar Pacífico, de Cathay 603 Pesado, ¿me copia?… Mierda.

 

II

El controlador de Radar no volvió a contestarles, así que el Capitán Fokker, hizo lo único que podía. Voló un avión sin comunicación, directo por la aerovía. Sabía que el riesgo de chocar con otra aeronave era alto, pero no tenía opción. Hoji continuaba tratando, sin éxito, de establecer comunicación en todas las frecuencias, la línea de teléfono estaba muerta también.

Cuando estuvieron sobrevolando tierras mexicanas, el capitán se cambió a la aerovía habitual, que llevaba a la Ciudad de México.

—Prueba con la de Torre Guadalajara —le pidió a su compañero. El japonés cambió la frecuencia.

—Torre Guadalajara, Cathay 603 Pesado a quince millas de la pista 28… Torre Guadalajara, estamos en emergencia, ¿me escucha?

No hubo respuesta. Tampoco pudieron ver el aeropuerto.

Jim, observó algo extraño en el terreno. A diferencia de la 73, conocía bien aquella otra ruta, se sabía las formas que tenían las luces de los poblados debajo de ellos. Era muy raro, lucían muy diferentes ahora, más pequeños y menos brillantes. Le preocupó haber errado el camino. Pero al checar los instrumentos, notó que llevaban el curso correcto. Quería saber, ¿qué demonios estaba pasando? Hoji Fujita se mantenía serio.

 

III

Estaban por llegar a la Ciudad de México. Lo sabía por la latitud y longitud del tablero. El radar no les contestó, pero al intentar con la torre de México, la frecuencia soltó un chasquido y luego una voz femenina:

«Estación que llama, repitan».

—Torre de México, aquí el Cathay 603 Pesado, reduciendo a mínima de aproximación a la pista 05, tenemos un problema con la frecuencia, no pudimos contactar con Radar.

«¿Catay?, ¿de qué radar habla?».

—Señorita, necesitamos vectores para proceder a la pista 05, no vemos su ILS en el monitor.

«Catay, no sé de qué diablos está hablando. ¿Procedencia y tipo de aeronave?».
Fokker soltó un largo suspiro.

—Venimos de Japón. Es un Boeing 747-800 de carga, de Cathay Pacific.

«…».

—Señorita, necesitamos vectores para la 05 de inmediato, tenemos daño de motores, ya declaramos Mayday, ¿qué diablos pasa con ustedes?

«No esté jugando conmigo, Capitán».

—No. Usted no esté jugando conmigo, estamos en emergencia, ¿nos va a dejar aterrizar, sí o no?

«No sé qué es eso de vectores».

Aquello le heló la sangre a Jim. ¿Cómo no iba a saberlo? Pero sabía que el personal de control de tráfico aéreo no se pondría a jugar con algo así, estaba pasando algo muy, muy extraño e iba a descubrir lo que era.

—Prepárate para un aterrizaje visual —le dijo a Fujita.

Cuando el avión comenzó a descender, con los primeros rayos del sol bañando la ciudad de México, Fokker supo que estaba volviéndose completamente loco. La ciudad era mucho más pequeña de lo que recordaba y había otra cosa. Le faltaban edificios.

“Tranquilo, Fokker, puedes enloquecer cuando hayas bajado este pedazo de chatarra”, se dijo. Aun así, su respiración y su pulso se aceleraron.

—Torre México, Cathay 603 Pesado, solicitando aterrizar en la pista 05, ahora en final corto.

«No me hable tan raro… autorizado para aterrizar en la 05, Catay».

Esa no era la pista del aeropuerto de México, no podía ser, era demasiado estrecha. Tampoco podía ser esa la ciudad de México. Debía haberse equivocado en algo, estaban en otro lugar.

El aeropuerto era mucho más pequeño de lo que recordaba. Sin embargo, cuando el avión tocó la pista y comenzó a correr por ella, sintió un alivio increíble, por lo menos no morirían en aquella cabina.

Cuando el avión redujo su velocidad, hasta unos pocos kilómetros por hora, Hoji Fujita estiró la mano y tocó el hombro de Fokker, quien se volvió sorprendido. Aquel no era un gesto que esperaría del japonés. Fujita, tenía la mirada clavada en la plataforma del aeropuerto y la boca bien abierta.

—Ca… capitán, por favor, dime que tú también los ves…

Jim, miró hacia la plataforma y quedó petrificado, detuvo el avión para no salirse de la pista.

En la rudimentaria plataforma de un completamente prematuro aeropuerto mexicano, había sólo seis aviones y el Capitán James Fokker apenas podía creerlo. Eran cuatro DC-4 y dos Lockheed Constellation C-69, ambos modelos que estuvieron en servicio durante la segunda guerra mundial. Sólo que aquellos parecían nuevos, estaban relucientes. No era posible. Jim, nunca sintió más fuerte el impulso de volverse completamente loco, empezó a reír como lo haría un demente y Fujita, ese japonés inexpresivo con el que trabajaba, hizo lo mismo. Los dos rieron, hasta que las lágrimas les corrieron de los ojos y cuando, junto a los antiguos aviones aparecieron varias personas que miraban el 747 de ellos, con expresiones horrorizadas, se rieron más fuerte.

 

IV

Cuando Sofía, la controladora aérea de la torre de México, vio aparecer aquel monstruo enorme en el cielo, sintió que las piernas se le volvían fideos. ¿Qué diablos era aquella inmensa fortaleza voladora?, ¿acaso era un avión? No podía ser, no podía existir uno tan grande, tan silencioso y tan veloz, aquella cosa había atravesado la trayectoria como una bala. Brillaba con una iridiscencia de color extraño que de pronto parecía verde, de pronto azul, luego violáceo. Sally, su compañera de turno, cayó desmayada a un lado.

—Definitivamente son los marcianos —dijo Ramiro, el de control de la rampa—. Mira cómo brilla.

—Claro que no —espetó Sofía—. Dijo que venían de Japón.

—¿Y hay diferencia?, ¿viste lo que le hicieron a Pearl Harbor hace cuatro años? Apuesto a que vinieron a vengarse de las bombas…

—No seas menso, a esa cosa la vuela un gringo, se le oye la voz… debe ser un secreto militar o algo así.

El gigante, hecho de un metal que parecía vidrio, se detuvo a mitad de la pista. Los pilotos y tripulaciones de los aviones que estaban en la plataforma, salieron corriendo de todos lados para verlo. Aquella cosa no tenía hélices, sus motores eran unos extraños tubos inmensos que colgaban de sus alas. Dos de cada lado.

Cuando Sofía pudo contener un poco el asombro, tomó el comunicador:

—Catay, ¿siguen ahí?

La voz del hombre sonó totalmente trastornada entre carcajadas.

«Aquí… ja, ja, ja… aquí está… ja, ja, ja, ja, ja… aquí estamos, señorita… ¿puedo preguntarle una cosa?».

—¿Qué cosa?, también tengo muchas preguntas para usted…

«¿En qué año estamos? Ja, ja, ¿quién es el presidente de Estados Unidos?».

No iba a responder a aquella tontería, pero esa pregunta, aquella máquina. No podía dejar de pensar en Julio Verne.

—¿Está loco?, su presidente es Truman, estamos en 1946.

«ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja»

—¿Se va a seguir burlando de mí?, desaloje hasta el final de la pista, la necesito libre.

No hubo respuesta. El avión, comenzó a rodar rumbo al final de la pista, donde quedó fuera de la vista de la torre de control. Nunca llegó a la plataforma. Sofía nunca volvió a escuchar aquellas voces burlonas, ni a ver el avión del futuro, fuera de sus pesadillas. Años más tarde, llegó a preguntarse si alguna vez en verdad pasó, aun después de que la aviación civil introdujera los sistemas de aproximación con vectores de VOR e ILS, a finales de los años cuarenta. Continuó negándolo hasta que una tarde, a principios de los setentas, se encontraba con su nieta, viendo el noticiero en la televisión de su sala; sostenía una taza de chocolate entre las manos, cuando apareció aquella nota, donde la Boeing, presentaba su más impresionante creación, el Boeing 747, el nuevo rey de los cielos. Ese día, la taza se quebró sobre la alfombra y Sofía corrió al baño para vomitar, mientras las carcajadas de los pilotos que había oído en el cuarenta y seis, en la torre de control del aeropuerto de la Ciudad de México, resonaban en su cabeza. En aquel mismo momento, en una sala de quirófano en Anchorage, James Fokker lloraba por primera vez en este mundo.

 

V

Jim y Hoji, estallaron en carcajadas incontrolables cuando escucharon la respuesta de la controladora. “Truman, 1946”, Fokker ni siquiera se dio cuenta de que mantenía presionado el comunicador y que sus carcajadas debían estar oyéndose en todos los radios que estuvieran recibiendo. ¿Qué importaba?, estaban metidos en un gran lío. La mujer de la torre les dijo que desalojaran la pista y la obedecieron. Apenas estaban dando la vuelta al final, cuando el avión se detuvo súbitamente.

—¿Qué carajo?

Algo los había frenando. Jim se dejó de reír de inmediato y miró por la ventanilla

—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! —gritó cuando vio que la pista ya no estaba. En su lugar, se encontraba una tierra cenagosa, en la cual estaba atascado el tren de aterrizaje del avión. El aeropuerto tampoco estaba, ni la torre de control, ni los edificios de la ciudad de México. Sólo el campo y, al fondo, una columna de humo que se alzaba sobre los cerros.
Nota del Autor:
Quien sepa cómo funcionan las comunicaciones aeronáuticas y el control de tráfico aéreo, se dará cuenta que me he tomado algunas libertades al respecto. Además, en 1946, no había controladoras de tráfico aéreo en México. La primera mujer en desempeñar dicha labor en nuestro país fue María Larriva Sahd, hasta el año de 1976, en el aeropuerto de Monterrey. Le dedico a ella esta historia y al personal de torre de control y operaciones del Aeropuerto Internacional de Guadalajara, con quienes tuve la fortuna de hacer equipo.

Pista 02, Aeropuerto Internacional de Guadalajara
Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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