El Cataclista

Cataclista imagen

Por S. Bobenstein

—¡Maestro!, ¡maestro!, ¡despierte! —gritó el aprendiz, entre accesos de tos.

El muchacho movía a su mentor, quien se encontraba tirado en el suelo, inconsciente. Alrededor de ellos había libros y artefactos regados por el suelo, unos rotos, otros íntegros, todos ausentes de sus repisas y libreros. Una espesa niebla con tenue brillo rojizo se esparcía por la sala y dificultaba ver incluso la mano delante de la cara.

—¡Lorenzo! —gritó el Maestro cuando se sentó y le dio un manotazo al susodicho para quitárselo de encima—. Me vas a dislocar algo. ¡Contrólate!

—¡Maestro! —continuó el pupilo exclamando con voz chillona y recalcitrante—. Algo sucedió. ¡Hay una niebla rara aquí adentro!

—Tu perspicacia es impresionante, hijo —se burló. Se puso en pie y continuó—. ¿Tienes idea de qué sucedió? En mi cabeza no hay más que un hoyo negro… y jaqueca.

—N-No lo sé, maestro… Desperté en la cocina y ya estaba todo así. Recuerdo que trataba de hacer la cena y luego esto; después corrí para encontrarlo a usted.

—Esto no huele a humo ni a neblina común, de hecho…

—Yo no huelo nada.

—…precisamente. Quizá un vistazo al exterior “aclare” un poco más las cosas.

El Maestro se abrió paso entre los trastos del suelo, con su discípulo pisándole los talones, mientras con una mano trataba de disipar un poco la neblina frente a ellos en su búsqueda de la ventana que daba al exterior de la sala. A siete pisos del suelo podían acceder a una vista panorámica de media ciudad.

Cuando encontró el cuadrado de madera y cristal se sorprendió de hallarlo abierto, mas no se inmutó. Sacó la cabeza al exterior, al tiempo que Lorenzo se apretujaba para hacer lo mismo y observar. Ambos se quedaron estupefactos: afuera, el cielo, sin nubes, se había tornado escarlata y, en medio de él, estaba el sol en posición de mediodía, pero en vez de su acostumbrado halo, unas protuberancias oscuras parecidas a tentáculos se contorsionaban en toda su circunferencia. A sus oídos llegaron gritos y clamores de cientos de personas. Bajaron la mirada y vieron la misma neblina que llenaba su estancia asentada en cada recoveco de la superficie, alzándose a cuatro o cinco metros de altura, entre la cual se divisaban extrañas siluetas de gran tamaño que parecían cambiar constantemente de forma al ritmo de un lento andar. El alboroto era tal que en las calles debía encontrarse una congregación multitudinaria de gente, pero la densidad de la niebla rojiza era tal que no permitía percibirla, sólo a las construcciones y las estructuras más altas.

—Me lleva la… —usurró el maestro, tratando de entender lo que miraba.

—M-M-Maes… Maes… —tartamudeaba un tembloroso Lorenzo con ojos desorbitados y respiración entrecortada.
Un estruendo similar al sonido de cientos de miles de trompetas acalló todos los demás sonidos e hizo sacudir la tierra. Maestro y alumno se cubrieron los oídos con las manos y casi volvieron a dar con sus huesos al suelo. El brillo del sol disminuyó y, en el centro del astro, se abrió lo que parecía ser un ojo de pupila vertical e iris del mismo escarlata que el cielo, cuya mirada barría todo cuanto podía, sin permanecer más que un par de segundos fijado en el mismo sitio.

—Esta situación es bastante seria… —dijo el maestro, más recompuesto, cruzado de brazos y peinando su barba entrecana con el índice y pulgar derechos—. De alguna forma nuestra dimensión y… otra… se solaparon.

—¿Qué…? ¿Qué es…? —Los temblores de Lorenzo empeoraron, la punta del dedo con el que apuntaba al ojo era sólo un borrón.

—Sabes qué es —le espetó su mentor, dándole un manazo en la nuca—. Serénate. Supongo que ya terminaste de leer mi bestiario, en él hay una descripción de eso.

—¿E-El bestiario? —balbuceó, un poco más dueño de sí, con una mano en la nuca. Increíblemente, para él no había algo más temible que su maestro—. Eh… Sí, bueno, lo hojeé con detenimiento hace unos días para empezar a estudiar…

El maestro entornó los ojos y bufó. Impaciente, colocó sus manos como si sostuviera algo entre ellas, susurró palabras ininteligibles y un grueso y antiguo libro se materializó entre ellas con un destello. Abrió el volumen y pasó las hojas de pergamino, irritado, buscando su referencia.

—Abre un portal hacia mi estudio —ordenó el mentor, sin detener lo que hacía.

—Eh… Sí, maestro.

Lorenzo volvió a ponerse nervioso. Llevaba casi un año bajo la tutela del Gran Maestro Orlando Bruno, uno de los más notables, prolíficos y hábiles magos de la historia, gracias a la gran estima que éste le profesaba a su padre, sin embargo, el muchacho no había progresado en nada. Era olvidadizo como él solo, rara vez recordaba de forma correcta las palabras para los hechizos, si es que las recordaba; los nombres de las criaturas y los elementos mágicos se le escurrían de la memoria como si de un colador se tratase, ni siquiera podía diferenciar el cilantro del perejil. Si por fortuna en alguna ocasión lograba recitar las fórmulas o mezclar correctamente los ingredientes, su capacidad para concentrarse en mantener el encantamiento como es debido era tan fuerte como la capacidad de un bebé distraído por una sonaja. En muchos y muy variados días había llevado hasta el límite la paciencia de su profesor, quien se devanaba los sesos tratando de sembrar algo en una tierra aparentemente estéril. Orlando sabía que el muchacho no era malo o completamente tonto, solamente era inepto para la magia, aun así, no lo enviaba de regreso con su padre por temor a insultar a su preciado amigo.

Con semblante serio, el pupilo colocó ambas manos delante de él con las palmas hacia enfrente, pero su tartamudeo fue tal que difícilmente se le podía considerar un lenguaje a lo que pronunciaba. Repitió tres veces el intento de conjuro: nada.

Otro bufido de parte de su maestro. Con total naturalidad como pasear por el parque, y sin dejar de hojear y leer el libro, Orlando comenzó a caminar, masculló un par de palabras y pasó por una hendidura del tamaño de una puerta, con marco de luz dorada, que se abrió en el espacio vacío frente a él. Abochornado, su alumno lo siguió.

Dejaron atrás la sala arruinada y se encontraron en un amplio recinto con vitrales altos y resplandecientes como el arcoíris, cuyas paredes, piso y techo estaban hechos de mármol. En los muros se apiñaban libreros y gavetas con cientos de volúmenes, pergaminos, instrumentos, ingredientes y artefactos. Tres largas mesas de roble se encontraban al centro, colocadas de forma paralela con sillas acojinadas del mismo material a su alrededor, sobre las que se amontonaban más instrumentos y libros. El portal se cerró tras ellos, la única vía de entrada o salida del estudio. En ese lugar oculto entre el hielo antártico aparentemente no había influencia de lo que habían dejado atrás.

—Ash-Zahrek, la Abominación Insaciable. —El Gran Maestro dejó caer su bestiario en la mesa más cercana, abierto en la página donde se apreciaba un grabado de una criatura muy similar a la que vieron apoderarse del sol. Debajo de la imagen se podían leer varios párrafos de escritura farsi—. No hay tiempo para que saques tu diccionario y traduzcas todo. La versión resumida es esta: esa cosa es un ser que, normalmente, está atrapado en “La Dimensión entre las Dimensiones”, una especie de confinamiento al que lo condenaron magos del antiguo imperio persa cuando fue convocado por unos orates griegos desde… quién sabe dónde. Esos locos nigromantes pensaban que convocaban al mismísimo Hades para ganarse su poder, pero lo que hicieron realmente fue abrirle las puertas de nuestra dimensión a Ash-Zahrek y su progenie, quienes no conocen otro motivo de vivir más que devorar todo lo que encuentran. No sin cruentas batallas y sacrificios de magos y legos lograron expulsar a los monstruos fuera de la dimensión.

El educando miraba y escuchaba con atención y asombro a su profesor, sentado en una silla a su lado. El maestro prosiguió:

—Desde entonces, en cuatro ocasiones diferentes, otros trastornados lograron convocar a Ash-Zahrek a nuestra realidad, seguramente con la falsa esperanza de poder obtener algo de él, y en tres ocasiones ejércitos enteros de personas se necesitaron para rechazarlo. Tanto para convocarlo como para desterrarlo se necesita un grupo de magos con un nivel altísimo de poder, aunque es relativamente más “sencillo” traerlo acá que enviarlo allá. Sólo en la última ocasión, hace ya mucho tiempo, un Gran Maestro de la Magia consiguió, él solo, que Ash-Zahrek y sus hijos no pudieran siquiera cruzar el umbral dimensional, pero le costó un lento y tortuoso camino hacia la muerte. Era de una ciudad de Medio Oriente llamada Nazaret… Pero esa historia será para después.

Orlando jaló una silla y se sentó a examinar la entrada de Ash-Zahrek en el libro. Hablaba más para sí que para Lorenzo:

—Estos autores fueron lo bastante sensatos para no describir el ritual de convocación, pero también fueron lo bastante necios para no describir la forma en que se puede enfrentar al maldito sol convertido en “monstruo de un ojo”. —El mago no pudo evitar dejar escapar una risilla por lo bajo.

—P-P-Pe… ¡Pero debe haber una manera! —chilló el discípulo—. ¡Usted solo no podrá contra eso!

—La confianza que me tienes me conmueve, muchacho —contestó, con cara de reproche—. Aunque tienes razón, yo solo ni por serendipia puedo contra un monstruo interdimensional.

—¿Sepenripia?

—Olvídalo. Trataré de hacer algo de “ingeniería inversa”, probablemente si sé cómo fue aquello posible, pueda imaginarme cómo combatirlo. Tráeme el Orbe de Adivinación.

—Sí, entendido, maestro.

Si algo podía hacer muy bien Lorenzo, era ser un mandadero, puesto que cumplía con las peticiones sin dudar y sin hacer preguntas, como un escuálido soldado. Él ya sabía dónde se encontraba la caja que contenía la bola de cristal que su maestro tan pomposamente llamaba Orbe de Adivinación. Acudió a una repisa de las más alejadas del centro y volvió enseguida con una caja forrada de piel negra, la cual colocó en la mesa, frente a su profesor. Acto seguido, abrió los seguros de la caja y levantó la tapa, revelando una esfera perfecta de cristal que reposaba en el centro de una base acojinada de satín. La bola despedía unos cuantos destellos multicolores gracias a los vitrales.

—¿Recuerdas la lección sobre el Orbe de Adivinación? —Justo en el momento en que Lorenzo iba a decir una excusa, Orlando levantó una mano para acallarlo—. Ya lo sé, no puedes culparme por tener fe y preguntar. Déjalo, yo lo hago. Siéntate y trata de mirar dentro del Orbe, a ver si se te pega algo.

El chico se mantuvo al lado de su mentor, con la vista fija en la esfera en todo momento. El mago colocó sus manos suspendidas a los lados del orbe, sin tocarlo, y recitó un encantamiento en un idioma aún más extraño para Lorenzo que el mismo farsi. Del centro de la esfera se producía una nubecilla de vapor que se arremolinaba al ritmo de unos sutiles movimientos que Orlando hacía con la punta de los dedos, como si moldeara una estatuilla de arcilla. Lentamente, surgió una imagen en movimiento dentro de la esfera, similar a un holograma, que representaba la ciudad de residencia del par.

—El ritual de invocación fue realizado cerca del edificio —murmuró Orlando, con el ceño fruncido.

Lorenzo se mantenía observando en vilo, impaciente por saber la razón de todo. Los movimientos de los dedos se hicieron ligeramente más rápidos y repentinos, la imagen volvía a convertirse en remolinos y presentaba claramente la residencia del Gran Maestro.

-Maestro, ¿qué significa…? —farfulló el aprendiz.

—Ya lo averiguaré —contestó el maestro con determinación.

Los dedos se movían ahora como si presionaran teclas rápidamente, en sucesiones repentinas de acción e inactividad. La imagen se distorsionó por un segundo y, al reformarse, mostró el interior de la sala de estar de la residencia de Orlando, con todas las cosas ordenadas en sus respectivos lugares. En la imagen se veía al mago leyendo un viejo, pero bien conservado, ejemplar de La divina comedia, recostado plácidamente sobre un diván. Se sucedieron más movimientos de dedos y la imagen volvió a cambiar. El foco cayó en la cocina, donde Lorenzo acababa de colocar un pollo a cocer según las instrucciones de un recetario que tenía al lado.

Qué extraño… —susurró el maestro—. Quizás en otro piso…

Los dedos se movieron nuevamente pero la imagen no se movió, sino que se hizo más nítida. Orlando pronunció nuevas palabras en el lenguaje extraño a la vez que movía los dedos, pero sólo consiguió que los colores de la imagen se tornaran más vivos.

—¿Lorenzo? —el mago miró con extrañeza a su alumno.

—¡P-P- P-Pero yo no hice nada! —gritó el aludido, encogiéndose en su asiento.

—Tranquilo, hijo —contestó con voz serena y volvió la mirada a la esfera—. Seguramente hay una explicación para esto. En algunas ocasiones el Orbe de Adivinación puede mostrar sinsentidos. El espacio-tiempo es extremadamente maleable. Luego te lo explico.

La atención de ambos volvió a fijarse en la imagen de la esfera. Ahí estaba Lorenzo, leyendo el recetario con gesto dubitativo, al lado de una humeante olla de hierro. Sin voltear a ver, alargó la mano hasta una repisa donde había varios frascos con especias, plantas y semillas, y tomó uno con hojas verdes y alargadas. “Tres hojas de laurel…” se escuchó decir al Lorenzo miniatura y tomó del frasco la cantidad para echarla. Colocó de nuevo el frasco en la repisa, sin despegar los ojos del libro, y tomó otro con diminutos cristales rosados, “y sal de mar al gusto.”

—Eso no era laurel ni sal de mar —dijo el maestro con un toque de exasperación—, era eucalipto y sal del Himalaya.

—Yo… —tartamudeó el chico.

—¡Shh! —Orlando señaló la esfera con los ojos.

El Lorenzo de la imagen agregó unas cuantas pizcas de sal a la olla, suspiró, juntó sus manos, cerró los ojos y, con vehemencia, dijo, “¡por favor…! Que todo salga bien…”. Ni bien terminó de disiparse el sonido de sus palabras, la espesa neblina rojiza que habían visto, comenzó a fluir desde la olla; dos segundos después, pareció como si una fuerza invisible hubiera salido de ella, lanzando a Lorenzo como si fuera un muñeco de trapo contra la pared. Todos los objetos que no estaban atornillados a algo en la cocina, cayeron al suelo, al igual que Lorenzo. Una de las ventanas de la cocina estalló en mil pedazos y la neblina se arremolinó por el hueco. Nuevos movimientos de los dedos del maestro llevaron la imagen hacia el exterior: se podía ver cómo la neblina ascendía a gran velocidad hasta perderse en el brillo solar; tras de sí dejaba una estela que gradualmente se hacía más densa y descendía hasta depositarse en las calles. Como una gota de tinta china sobre papel, el tono escarlata tiñó el cielo. La corona del sol se oscureció rápidamente y los tentáculos emergieron de ella. Los gritos no se hicieron esperar. Abajo, entre la neblina residual, se dibujaban ya las sombras de las creaturas amorfas.

Maestro y aprendiz se quedaron boquiabiertos y con los ojos como platos unos minutos. Orlando fue quien rompió el silencio, con un tartamudeo atípico en él:

—T-Tú… Tú-u… Tú…

—Yo… Y-Yo… —Los temblores volvieron a apoderarse de Lorenzo.

Por unos segundos más, la “elocuencia” se repitió. Orlando rompió la conversación con unas carcajadas que parecían venir desde lo más profundo de su ser y que le hicieron brotar las lágrimas. Lorenzo lo miraba, asustado. El maestro tomó a su alumno por los hombros y lo miró.

—¡Lorenzo! —habló entre risas—. Lograste convocar a Ash-Zahrek y su progenie tú solo. ¡Tú solo! ¡Y ni siquiera sabes cómo lo hiciste!

—Yo sólo… quería preparar caldo de pollo… —trató de responder, intimidado.

—¡Tú solo! —lo interrumpió—. ¿Te das cuenta de lo que eso significa, muchacho? ¡Y yo que pensaba que eras un caso perdido! ¡Que sería más fácil enseñarle las artes mágicas a una vaca que a ti!

—No le entiendo… —En su voz había una mezcla de agravio y curiosidad.

—Lograste hacer un milagro. ¡Un milagro! Claro, un milagro catastrófico… ¡Pero tú sólo! ¡Sin morir! ¡Sin sudar una gota! Ni siquiera yo sería capaz de una cosa así.

Orlando abrazó a Lorenzo con efusividad, lo que provocó una mirada de desconcierto en el chico. Al separarse, Orlando continuó:

—Hijo mío, tu potencial es inimaginable. El ritual que hiciste, aunque difícilmente le podemos llamar así, requirió sólo el mínimo de concentración… ¡Y abriste un portal hacia la Dimensión entre las Dimensiones!

—Yo sólo quería que esta vez me saliera algo bien de verdad… —musitó Lorenzo.

—Como dije, el mínimo de concentración… pero el máximo de intención. ¿Cómo crees que se desarrollaron la mayoría de los descubrimientos de la historia?

El Gran Maestro Orlando Bruno le extendió la mano con solemnidad al imberbe Lorenzo, quien se la estrechó con timidez.

—Nunca pensé que llegaría a conocer a un mago de semejante poder. Estoy honrado de ser tu maestro.

—El honor es mío, maestro… Gracias —susurró Lorenzo, apenado.

—¡Bien! —Orlando se puso de pie, con renovado ímpetu, y fue a rebuscar entre sus cosas—. No tenemos mucho tiempo antes de que “el monstruo de un ojo” cruce por completo el umbral dimensional, quizás tres o cuatro días, estamos contra reloj y debemos investigar entre conocimientos arcanos qué fue lo que hiciste y cómo podemos revertirlo.

—¿Sí? —La réplica de Lorenzo sonó titubeante, sin embargo, el reconocimiento y el aprecio de su maestro le infundieron nueva fe en sí mismo, cambiando sus dudas y desconfianzas por determinación—. Sí, maestro.

—¡Quién hubiera pensado que caminarías sobre el agua antes de gatear! –Otra carcajada se le escapó.

Ash-Zahrek estaba a las puertas del mundo, pero en esta ocasión no esperaba toparse con el Gran Maestro Orlando Bruno y con su aprendiz, Lorenzo, que pasaría a la historia como “El Cataclista”, y quien logró hacer magia a partir del caos, mediante obstinación… y serendipia.

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