Media cara

adorable-animal-animal-photography-208906

Por Jonathan Novak

Ya hacía un mes del inicio del invierno, los vientos gélidos azotaban la ciudad, las calles se encontraban bajo un silencio impuesto por gruesas bufandas y pesados abrigos, todos se preocupan de sus propios asuntos. Para Ellen aquello, aunque monótono, le parecía ideal. Nada la sacaba más de su zona de confort que atender a algún desconocido debido a simples nimiedades ajenas a ella. Por esta razón despreciaba tanto a la señora Lamb; la anciana ya retirada, era amante de regalar problemas a los habitantes de los departamentos del 1443 en North Prospect Avenue. Su última gracia había sido sacar a Nápoles, el gato de Lamb, a la escalera de incendios con el pretexto de ser «alérgica», una alergia claro, que todos en el edificio aceptaron desconocer.


Ellen odiaba cargar con problemas ajenos, sin embargo, el pobre gato que había sido dejado, noche tras noche para sufrir las temperaturas bajo cero de la ciudad, era un cuento distinto. Al felino se le había acondicionado una cama formada de dos cojines maltrechos y una cobija gruesa; sin embargo éste maullaba dolorosamente durante las primeras horas de su exilio. «Basta Nápoles, no entrarás. Mis alergias no me dejarían dormir», repetía Lamb molesta cada noche.
El felino entonces buscaba en el resto de departamentos una ventana abierta o alguien lo suficientemente bondadoso para dejarlo pasar. Fue una de esas noches, quizás conducida por la pena de escuchar el maullido incesante del gato, o por la ya constante ausencia de Sueño, que Ellen permitió entrar a Nápoles a su departamento; un cálico con la mala suerte no solo de ser macho sino de haber conseguido de ama a una como la señora Lamb, se revolcó contento sobre el sofá, este daba a la ventana junto a la escalera.
El gato meticulosamente retiró las plumas de nieve acumuladas en su pelaje durante esa, la primera nevada del año. A Ellen, la escena del gato retorciéndose y relamiéndose, le pareció graciosa, le dió una pequeña caricia y Nápoles agradeció maullando.

A la mañana siguiente Ellen despertó con taquicardia.

—¿Quién le ha dicho que puede tener a mi gato en su sucia pocilga? —Lamb gritaba fuera de su departamento y golpeaba la puerta como si tuviera la intención de tirarla. Nápoles por su parte marchaba a paso rápido de manera nerviosa maullando a su ama—. Puedo escucharlo, no se haga la tonta Ellen y ábrame de una buena vez.

—Supongo que ya se le pasó la alergia —reclamó Ellen al momento de abrir la puerta—. No se preocupe Lamb, no me apetece quedarme con el gato.

—Es una condición muy delicada —espetó la vieja al tiempo que tomaba a Nápoles, éste había salido tímido luego de que Ellen hubo abierto la puerta.

—Imagino qué tan delicada —respondió finalmente Ellen con ironía, al ver al gato en brazos de su ama y cerrando la puerta de un golpe.

Aquella Noche, Ellen se percató del grave error que había cometido, la reacción de la vieja Lamb no le importaba, ella era arisca y al menor signo de necesidad, se olvidaría de que su apartamento era una sucia pocilga y volvería a pedir auxilio; sin embargo, Nápoles recordó la ofrenda de simpatía de Ellen y volvió aquella noche. El felino no se paseó por los diferentes niveles sino que acudió directamente a la ventana del 402 y combinando un maullido penoso y un rascar de ventana, no la dejó dormir.

Ahora fue una jaqueca lo que acompañó a Ellen esa mañana; subió con paso firme y molesto hasta la puerta del 502, tocó como lo había hecho su vecina el día anterior pero a modo de respuesta solo alcanzó a escuchar como la radio de Lamb subía de volumen, estuvo golpeando la puerta por al menos veinte minutos hasta que el músculo entre el meñique y la muñeca de la mano se le entumeció; decidió marcharse, porque, aunque contara con tiempo de sobra antes de tener que partir a su trabajo, no tenía caso pelear con la vieja Lamb.

Toda esa semana nevó, Ellen podía sentir en su vuelta a casa ya de noche, el frío cortante y seco que sufría Nápoles todos los días; aun así, ignorando las súplicas del gato, Ellen no lo volvió a dejar pasar.

Pasaron tres noches más y los maullidos nocturnos del cálico fueron de un gemido suplicante a un llanto tortuoso. Ellen en su afán de no acarrear más problemas, optó por colocar gruesas cortinas para no escuchar al gato.

—¿Que le ha hecho a Nápoles? —De nuevo los golpes y los gritos de la señora Lamb despertaron a Ellen, quien pronto llegó a la puerta principal.

—¿Que quiere ahora, vieja loca? —Lamb se llevó la mano a la boca dando una imagen de profunda ofensa.

—No me rebajaré a su nivel —siguió ella con su pose de mujer de sociedad—, solo deme a Nápoles y me iré.

—Yo no tengo a su estúpido gato, si no lo encuentra es culpa de que lo saque todas las noches, me sorprende que haya durado tanto tiempo con usted. —Habiendo dicho esto, Ellen cerró de un golpe la puerta, al otro lado alcanzaba a escuchar cómo los murmullos molestos de Lamb se iban alejando.

Con un dejo de preocupación y culpa, Ellen se asomó a la escalera de incendios, morada del cálico. En el lugar no había nada, incluso el remedo de cama había desaparecido. Supuso entonces, había sido retirada por su ama, e intentó despreocuparse, casi había cerrado la ventana cuando se detuvo, tres gotas de sangre alineadas formaban un camino sugerido hacia la escalera, Ellen asomó la cabeza para observar a dónde iban. El hilo del fluido carmesí manchaba la ladera de su departamento, el camino de sangre se perdía pronto, sin embargo, esto la intrigó; terminó de cerrar la ventana dejando ahí las manchas rojizas y se alistó para el trabajo, todavía faltaban un par de horas, pero deseaba revisar el final del camino.

Ellen tuvo que realizar un esfuerzo para no vomitar, entre bolsas de basura pudo ver un pata cercenada, quiso no pensar en Nápoles, pero el color café era inconfundible. No pudo sino alejarse del lugar, llegó a su trabajo demasiado temprano ese día y recibió elogios de sus compañeros, más éstos no le significaron nada.

La imagen de una pata arrancada se negó a abandonar la mente de Ellen durante todo su turno, de hecho, ésta no la abandonó en las siguientes dos semanas, durante ese mismo tiempo la vieja Lamb se ocupó en llenar de carteles de “se busca” las manzanas a la redonda, la foto a blanco y negro de un cálico inundó el barrio, sin embargo, a decir por lo que había visto al fondo del callejón, Nápoles no volvería.
Durante algunas noches, Ellen lograba escuchar lejano el maullido del gato, en más de una ocasión acudió a la ventana detrás del sillón grande de la sala, con la firme intención de dejarlo pasar, había, en alguna parte de su mente, una esperanza banal que parecía ignorar a la razón.

Preocupada, y aferrándose a una infundada fe, Ellen comenzó a dejar la ventana entreabierta, para que el cálico de la señora Lamb pudiera entrar sin problemas. Así lo hizo día tras día, abría la ventana cada mañana antes de irse a trabajar y aunque la cerraba al final del día, decidió quitar la gruesa cortina, de esa manera sería capaz de escuchar el maullido de Nápoles.

Los días pasaron y con cada uno las alucinaciones sonoras se volvieron constantes noche a noche. Cansada de maullidos, de levantarse tarde y no encontrar nada, de abrir y cerrar la ventana de la escalera de incendios, Ellen comenzó a ignorar todo ruido proveniente del lugar, no volvió siquiera a cerrar la ventana, ésta permaneció abierta. Deseaba olvidarse del gato.

Ese fue un día especialmente frío. Ellen llevaba una falda con unas gruesas medias y botas afelpadas; una blusa y un suéter tejido entre ésta y el abrigo; en el cuello una bufanda de colores pastel. Llegó a su departamento ya tarde como era costumbre. Estaba helando, la ventana al otro lado de la sala, se encontraba abierta en su totalidad; sin remover una sola prenda de su atuendo se apresuró a cerrarla. Sin mucho cuidado deslizó el marco de madera, mientras un hedor fétido la alcanzó. Tratando de encontrar su procedencia, se percató de una marca en el sillón, este se veía removido como recién usado, Ellen silenció un pensamiento. Se sentó en el sillón ahí donde la marca se encontraba, no había un solo ruido en el departamento, no lo había tampoco en los departamentos vecinos, ni el caminar de la señora Lamb, ni el bullicio un piso abajo, todo estaba en calma.

El silencio fue roto, como muchas otras noches, por un maullido; uno cercano, dentro de la casa. Un maullido y luego otro, Ellen se convencía de que el sonido no existía, pero una y otra vez volvía a romper el silencio. Agotada, se puso de pie, aguzó su oído y con un sentimiento de esperanza y nerviosismo se dispuso a seguir el reclamo del gato. No fue difícil, era un pequeño departamento, cruzó el pasillo hasta su habitación.

La puerta estaba cerrada, una medida para mantener dentro el poco calor; giró la perilla, empujó la puerta y entró. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la ausencia de luz. Lo mismo tardó para percatarse. Lo mismo tardó eso para maullar.

«Miau» ese era Nápoles, Ellen había escuchado el maullido muchas noches antes, sin embargo, la ausencia de gato era evidente, desde una esquina una sombra se dibujaba. Ella, petrificada.

De unos dos metros, la figura hecha de formas irregulares maullaba insistente. Ellen pudo identificar brazos abrazando piernas, un cuerpo delgado y huesudo sentado en posición fetal, desnudo, tembloroso; un cuerpo sentado en posición fetal más alto que ella escupiendo maullidos desde una cavidad delgada que atravesaba una cara sin cara; una boca como corte de cuchillo dentado, estropeada.

Entre maullidos susurrados, un sonido viscoso escapaba. Jadeante, la sombra engullía una masa amorfa, fétida. Con el final del resuello, Ellen lo supo: aquello se había percatado de su presencia.

El frío desapareció, Ellen podía escuchar la sangre acelerando por su torrente sanguíneo, un zumbido ascendió hasta sus oídos, con él, su cara caliente. Los dedos entumecidos en puños, sus piernas temblorosas. Al unísono, dos cuerpos se movieron, ambos al pasillo: Ellen y detrás de ella, el maullido. Cuatro pasos por uno de ella; no logró llegar a la sala.

La terrible criatura tomó su pierna derecha obligandola a caer. La mano de aquello la rodeaba completa. Ellen forcejeaba. El ser que se movía torpemente, se recogió sobre ella, no le inmutaba el forcejeo de la chica. La apretó fuerte, Ellen pudo sentir cómo el agarre desplazaba sus huesos, primero el peroné, luego la tibia, ambos rotos. El ser la atrajo hacia sí, le dio vuelta, la chica pudo verlo con ayuda de la luz que se colaba al pasillo, en la cabeza de aquel ser no había rostro, solo el corte irregular del que salía el maullido. Tenía dientes como vidrio, ordenados de tal manera que la hendidura se convertía en una línea apenas visible cuando las fauces se cerraban.

Aquello que la sostenía comenzó a abrir y a cerrar sus fauces en un movimiento, aparentemente nervioso, comenzó entonces a emitir otros sonidos, el ser frente a ella hablaba con voces ajenas, cada frase entrecortada que repetía el monstruo la emitía con un tono distinto, se aterrorizó al reconocer su propia voz.

—Vieja loca —No cabía duda, esa era ella, recordó incluso haberle dicho aquello a Lamb—. Sucia pocilga —entonces reconoció la voz de su vecina.

Ambos rostros se encontraban a la misma altura, Ellen intentó gritar, pero la rodilla del ser subió rápidamente apoyándose sobre el pecho de Ellen, removiendo de sus pulmones y cuerdas vocales la posibilidad de emitir sonido alguno. Intentó hacerla a un lado, pero la pierna no se movía. La ausencia de oxígeno pronto tiñó la vista de Ellen hasta que no hubo nada.

En el 402, fueron encontrados tres días después, los restos de dos cuerpos. “Asesinato”, solo eso decían las autoridades, los casos de los demás habitantes del edificio de la North Prospect Avenue eran similares, todas habían sido muertes brutales, eso indicaban las grotescas escenas en todos los departamentos, plagados de sangre y carne putrefacta. El único departamento limpio era el 502, propiedad de la señora Lamb; sus restos, al igual que los de Ellen se encontraban en el 402. Se dice, a modo de rumor, que fueron devoradas. Una masa sólo identificable por ADN correspondía a Lamb, de la chica, media cara faltaba.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s