El faro

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Por Oscar Valentín Bernal

Aquella noche, el faro de Nomad, estaba rodeado por una espesa capa de niebla.
Abigail encendió la linterna giratoria temprano debido a la poca visibilidad, para alertar a los barcos que pasaran cerca de la pequeña península. Tenía apenas tres meses como operadora del faro y su relevo, Christian, le había contado de diversas ocasiones en que los navíos chocaron contra las rocas del peñasco. El accidente más grave fue el del yate de una empresaria Canadiense, cuyo barco se fue a pique en el arrecife.Desde entonces el U.S.S. NORA, había pasado a formar parte del paisaje coralino, convirtiéndose en uno de los destinos favoritos para los practicantes del buceo.
Abi dio un sorbo a su termo de café y sintió en la garganta su amargo calor, mientras miraba al horizonte desde una de las ventanas del cuarto de servicio. El mar estaba oculto bajo una gruesa capa de niebla de la cual el alto faro apenas sobresalía; sabía que la luz del faro era fortísima, diseñada especialmente para ser vista a kilómetros, aun con las más difíciles adversidades climatológicas. Pero aun así, cuando hacían tiempos como el de aquel día, Abi se preguntaba si realmente funcionaba tan bien.
Se tumbó sobre el viejo sofá que estaba junto a la ventana y tomó de la mesita una novela de John Katzenbach, la cual había comprado la semana pasada en una librería de la placita del pueblo; el libro descansaba sobre el puño de periódicos que Chris tenía apilados sobre la mesa. Llevaba un rato leyendo, inmersa en un mundo de suspenso, cuando un relámpago lejano rasgó el horizonte. Abi miró hacia el mar sobresaltada y alcanzó a distinguir las luces de un enorme carguero que pasaba de largo frente a la bahía, se quedó mirándolas como hipnotizada, hasta que finalmente fueron engullidas por la niebla.
Decidió que era suficiente de Katzenbach por esa noche, dejó el libro sobre la mesita y terminó con su café. De pronto, uno de los encabezados de los periódicos llamó su atención:

“El asesino de Nomad, vuelve a atacar”.

Esos crímenes empezaron casi un mes después de que Abi llegará al pueblo; un hombre degollado en la arena frente al hotel Bahía Azul. Una chica encontrada entre la selva a menos de medio kilometro de la playa. Dos niños desaparecidos. Todo había ocurrido en un lapso de unos cinco meses.
Tomó el periódico, vencida por la curiosidad del titular y comenzó a leer. Esta vez se trataba de una muchacha que iba saliendo de una fiesta en el bar “Las Rocas”.
“Eso está cerca de aquí”, pensó Abi. Sólo bastaba bajar el camino que llevaba al faro y no era ni un kilómetro hacia el este.
Según las amigas de la víctima, Alicia Mercado, se levantó para ir al baño en plena fiesta y nunca regresó; algunos días después, un pescador la encontró flotando en el agua. Habría pasado por un accidente, otra adolecente borracha que entraba al mar y se ahogaba, si no hubiera tenido las manos atadas con una cuerda de embarcadero y un enorme cuchillo de carnicero, clavado hasta el mango en el corazón. En la fotografía a blanco y negro se veía el bulto del cuerpo cubierto con una manta, había dos policías parados a su lado y cintas, con la leyenda “NO PASAR, ESCENA DEL CRIMEN”.
Abigail dejó el periódico sobre los demás, no quería saber nada más de asesinatos. Miró por la ventana hacia la bahía, totalmente cubierta por la niebla. No pasó mucho antes de comenzar a preguntarse si cerraría bien la puerta al entrar aquella tarde; era seguro que ese lunático andaba cerca de allí, todos los cadáveres fueron encontrados cerca del faro. Sintió un cosquilleo helado que le recorrió la espina y le erizo los vellos de la nuca.
No seas tonta Abigail, sólo baja a revisar“.
Comenzó a descender por la escalinata, mientras un relámpago cuya luz se filtraba por las ventanas dispuestas a lo largo del descenso de la torre, bañaba intermitentemente los peldaños.
La escalera no estaba en la oscuridad total, pero tampoco estaba precisamente bien iluminada. Chris le dijo desde el mes pasado que echaría un vistazo al cableado de los focos. Abi comenzó a bajar maldiciéndolo en silencio, al final de la escalinata alcanzaba a ver la luz de la farola, junto a la puerta de entrada. Cuando estuvo por llegar al final de la escalera, sintió que la garganta se le secaba… la puerta estaba completamente abierta.
No era posible, estaba segura de haberla cerrado. Afuera, las gotas de lluvia comenzaron a azotar el caminito que daba a la entrada de la torre. El corazón de Abi empezó a latir de prisa, mientras buscaba con la mirada algún indicio de que alguien hubiese entrado mientras ella encendía la linterna del faro. Nada. Se acercó cautelosa a la puerta con el corazón a todo galope, cuando estuvo ante el umbral se detuvo un par de segundos, luego se asomó. No había nadie allí, solo piedras mojadas y lluvia que comenzaba a abrirse paso entre la niebla.
Cálmate tonta… seguramente no la cerraste bien y el aire la abrió” .
«Sabes que no es así, Abi», dijo aquella vocecita cruel y realista que habita en la mente humana y habla en los momentos más inoportunos.
Abigail cerró la puerta y puso el seguro. Luego se quedó ahí un momento, pensando.
El faro era una estructura cilíndrica, con una escalera que subía igual a una serpiente hasta la parte más alta, luego sólo había un pequeño estudio con un catre y después, una pequeña escalera metálica en la pared que llevaba a la sala de la linterna. No era posible que hubiera alguien escondido allí sin que ella lo supiera.
Subió de nuevo. Tenía que hacer guardia toda la noche, era su trabajo. Pensó que a la mañana siguiente, compraría uno de esos spray de pimienta para defensa personal y lo tendría siempre a la mano. Se sirvió más café y luego fue a sentarse nuevamente frente a la mesita. Iba a dar un sorbo a su termo, cuando sintió un nuevo escalofrío, esta vez mucho más fuerte que el anterior.
El libro de Katzenbach no estaba.
Al principio, tuvo duda de si realmente lo puso allí. Revisó en el suelo y debajo de la mesita, pensando que quizá lo había tirado sin darse cuenta… No lo vio.
Miró hacia la corta escalerilla que conducía al cuarto de la linterna. ¿Era posible que alguien hubiese entrado allí sin que ella lo viera?
«Cuando estabas leyendo… paso detrás de ti muy sigilosamente», se burló la vocecilla traicionera. «Pobre, tonta Abigail».
Fue entonces cuando todas las luces se apagaron.
En aquella repentina oscuridad, Abigail González sintió como el terror más primitivo y poderoso, empezaba a correrle por las venas, secuestrando su razón con cada pesada exhalación que se le escapaba de los pulmones. Escucho un ruido proveniente de arriba, de la sala del faro, donde se encontraba la caja de fusibles. Pasaron unos segundos antes de que Abi echara a correr escaleras abajo, sin importarle nada.
Apenas podía ver en la penumbra casi total de la torre. Aun así, casi logró llegar al final de la escalera, le faltaban ocho escalones cuando su pie falseó el borde y resbaló, perdió el equilibrio y se fue a rodar escaleras abajo, golpeándose fuertemente la cabeza contra el muro.
A partir de eso, la realidad se convirtió en una película dañada que saltaba de una escena a otra, sentía la sangre caliente resbalando por su frente, pero Abi apenas era consciente de ello. Lo próximo que vio, fue a Christian inclinado sobre ella; tuvo el tiempo suficiente para sentir un gran alivio, justo antes de que el amigable Chris, su compañero de trabajo, el chico que a menudo hacía bromas sobre su nariz, le tapara la cabeza con una gruesa tela. Luego, el mundo se oscureció…
El cadáver de Abigail González, fue encontrado tres días después flotando en el estero; los cocodrilos habían hecho de las suyas con él. Christian fue quien llamó a la policía al día siguiente. Cuando las autoridades acudieron a la escena, encontraron el Tsuru 87 de Abigail, estacionado junto al camino del faro y manchas de sangre al pie de la escalera de caracol. Tomaron como evidencia un libro de John Katzenbach, un montón de periódicos que estaban esparcidos por el piso del cuarto de servicio, un termo para café que encontraron derramado a un lado de la mesa y el teléfono celular de Abi, que estaba justo al comienzo de la escalera, con la pantalla hecha pedazos.
Christian estaba conmocionado y muy apenado por el asesinato de su compañera, mostró la mejor disposición a colaborar con la policía.
No se encontraron huellas del agresor.

Parque Portland,
Guadalajara, Jalisco,
Diciembre de 2016.

Fotografía de Nicholas Steinberg

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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