Miré, y vi un caballo pálido

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Por S. Bobenstein

La luz crepuscular aún alcanzaba a crear contrastes con la oscuridad de los rincones dentro de la amplia habitación con paredes y piso de roble negro, austera, salvo por algunas piezas de mobiliario, todas del mismo material. Una gentil brisa hacía ondear las cortinas del ventanal, que daba hacia una vasta pradera bordeada por un bosque espeso, cuyas formas no eran más que un muro irregular y oscuro gracias a la iluminación natural de la hora.

La apacibilidad del entorno era rota solamente por destellos y sonidos mecánicos de diversos aparatos conectados a un decrépito anciano, quien ya llevaba meses confinado en su cama: tenía puntas de oxígeno en la nariz, electrodos adheribles pegados en el pecho, un esfigmomanómetro automático en el brazo izquierdo, un oxímetro en su dedo índice de la mano derecha y una sonda para orinar. En los burós al lado de su cama, sólo había frascos y más frascos de medicamentos y material de curación. Otrora había sido un hombre fornido, hábil, bien parecido, en el pico de la capacidad física humana, ahora prácticamente era sólo piel y huesos con algunos cabellos ralos en la cabeza. Desde que sus órganos empezaron a fallar, uno por uno, sabía que la muerte era inminente, sin embargo, no tenía ningún deseo de apresurarla. Esperaría todo lo que hiciera falta hasta que viniera a reclamarlo. Después de todo, la muerte y él ya habían cruzado sus caminos en ocasiones pasadas y jamás lo alcanzó, ¿por qué, al final de su vida, se entregaría fácilmente?

—¿Necesita algo más, señor Miller? —inquirió la enfermera permanente que el anciano había contratado desde que dejó de ser autosuficiente, luego de administrarle sus medicamentos y prepararlo para la noche.

—Eso es todo, Poppy —contestó el enfermo, con una voz rasposa, apenas audible, con notas de esfuerzo en cada palabra—. Dile a Nigel y a los demás del servicio que ya pueden descansar… No tengo apetito… Quiero dormir.

—Muy bien, señor Miller. Recuerde que en su mano izquierda tiene el timbre para llamarme en caso de necesitar algo. Que pase buenas noches.

—Buenas noches…

La enfermera abandonó la habitación en silencio y dejó al anciano sumido en la penumbra, con el susurro del viento como único acompañante. A él le gustaba así. La oscuridad siempre le había parecido reconfortante, tranquilizadora, en el pasado había sido su refugio, su aliada y su herramienta: la oscuridad era su elemento. En su avanzada edad y por su estado de salud, el sólo hecho de vivir y respirar, consumían la mayor parte de su energía, siempre estaba cansado, los párpados pesaban y parecía que su estado natural era el sueño. ¿Qué más daba? Por lo menos en el mundo onírico podría volver a sus tiempos de gloria indefinidamente. Se dejó llevar por la influencia de Hipnos, no temiendo que el gemelo de éste lo encontrara.

—Saludos, Samuel Miller.

La extraña voz que resonó en sus oídos hizo volver a Miller del mundo de los sueños con un sobresalto que le dolió en el pecho. Su cuerpo se sacudió al tiempo que sus ojos se abrieron de par en par, escrutando la oscuridad que ahora engullía todo a su alrededor. Aquella sería una noche sin luna, él ya lo sabía, pero le extrañó que ni siquiera la luz de las estrellas, ni los destellos de sus aparatos pudieran disipar ni un poco la oscuridad de su habitación. Algo más llamó su atención: silencio. No se escuchaban los sonidos de las máquinas, de la pradera, ni ningún otro.

—No hay necesidad de temer.

La voz, que parecía producirse dentro de su cabeza, era suave pero inexpresiva, fría, carecía de acento y tenía un eco discreto, aunque, más que un eco, sonaba como si voces diferentes trataran de hablar al mismo tiempo con un retraso casi imperceptible entre una y otra, siendo difícil distinguir si era una voz grave o aguda, si era una mujer, un hombre o un niño.

—Creo que puedo permitirme decir que es bueno encontrarte.

Miller no alcanzaba a ver nada, pero eso no le impidió percatarse de que alguien estaba de pie al lado de su cama. Durante su vida siempre fue muy difícil que alguien pudiera escabullirse cerca de él sin que se diera cuenta, se preciaba de tener sentidos aguzados e instinto despierto, cualidades que conservaba incluso en su actual estado, por lo que le infundió terror el hecho de que aquella presencia estuviera tan cerca de él “sin su aprobación”. Apretó frenéticamente el botón para llamar a la enfermera sin éxito: ni siquiera el sonido del botón era audible.

—Nadie nos escuchará, Samuel Miller, ni nadie irrumpirá en la habitación mientras yo esté contigo.

—¿Quién eres? —Sus labios se movían, pero ningún sonido salía de ellos. La voz de Miller no se producía en su garganta, venía del mismo lugar de su cabeza que la voz extraña—. ¿Qué quieres?

—Ya nos conocemos. En varias ocasiones durante tu vida nuestros caminos se han convertido en encrucijadas.

—¿Qué? ¡¿Quién eres?! ¿Qué eres tú?

—¿En verdad es necesario que recalque lo evidente, Samuel Miller?

Como una descarga eléctrica, la verdad recorrió al anciano hasta lo más profundo de su ser, cambiando el terror por tranquilidad. Esa visita era como la de un viejo amigo a quien no había visto en años, quien además acudía a él con la idea de tiempos mejores.

—Ya me parecía extraño que no te hayas presentado antes —dijo Miller, con serenidad.

—Cada ser viviente tiene su hora señalada y sólo una, no me es permitido acudir antes de lo previsto —contesto la voz extraña.

—Así que ya es tiempo de que abandone este lugar al fin…

—Así es. La longitud del hilo de tu vida ha terminado.

—Muy bien, entonces haz que todo termine. No tengo nada en este mundo que me ate a él.

—Un humano desapegado. Eso siempre me ha parecido interesante en ti. Eso, y que, desde el momento en que fuiste engendrado, el hilo de la vida de muchos otros seres vivos se acortó.

—Supongo que ambos sabemos por qué sucedió eso.

—En efecto, pero basta de mantener esta conversación superflua. Sí, he venido a tu encuentro en tu última hora, pero, además, quiero hacerte una propuesta que podría ser de tu interés.

—¿Una propuesta? —preguntó Miller con un dejo de sorna—. ¿Qué podrías proponerme? ¿Más tiempo en este saco de huesos?

—He cumplido con mi tarea desde los albores de la Creación, Samuel Miller, desde una época tan remota que no podrías entender, ya que no existen conceptos humanos para describirla. Eón tras eón he ido de un lugar a otro del cosmos cuando los seres vivos llegan al final de su existencia en él; al cumplir su pasaje por la vida y siendo separada de lo único que la mantenía ligada a una mundana existencia, es necesario que su esencia abandone los confines universales y crucé el umbral hacia el Más Allá, hacia un plano existencial misterioso, al que nunca he podido acceder y del que ninguna esencia regresa. He servido como Moira y psicopompo de todos los seres vivos, desde el primero hasta ti, y en el mismo número de ocasiones he presenciado cómo las esencias cruzan el umbral hacia el Más Allá… Pero no yo. Mi esencia es la única que nunca ha cruzado y jamás podrá cruzar el umbral, estoy esclavizado a mi tarea y mi destino está encadenado al de esta creación, y con cada esencia que veo partir al Más Allá, crece en mí el único deseo que he albergado: libertad. Estoy cansado de mi existencia, mi tarea se tornó en un martirio y el universo se ha convertido en mi prisión. Envidio la trascendencia de los seres vivos y es mi anhelo cruzar hacia el Más Allá.

—¿Cómo puedo yo, un simple humano, ayudarte con eso? —A Miller le parecía extraña, interesante e irónica la revelación de su interlocutor.

—No eres solamente un simple humano, Samuel Miller. Durante mi labor nunca había presenciado algo semejante a lo que ocurrió cuando se definió el inicio de tu existencia. La longitud de los hilos de la vida no es constante, puede elongarse o reducirse de acuerdo a múltiples circunstancias variadas, pero desde que te presentaste en este universo, millones de hilos se redujeron drásticamente al mismo tiempo. Ningún otro ser vivo había impactado tanto en la vida como tú. He visitado organismos a unicelulares, protozoarios, animales, plantas, hongos y a tus mismos congéneres gracias a que tú marcaste el final de su existencia. Sin duda alguna, en lo que más fuiste prolífico fue en acabar con la vida de otros seres humanos. Según mis registros, eres el ser humano que, directamente, ha acabado con la mayor cantidad de vidas de su propia especie. Luego de terminar con la vida de tus progenitores al cumplir seis años, mantuviste un aumento productivo constante.

—Terminar con la vida es de lo más sencillo que hay —contestó Miller con una nota de exasperación—. Es tan fácil como chasquear los dedos, es tan sencillo como respirar. En mis años en este mundo, nunca conocí a una sola persona que valiera un segundo pensamiento antes de matarla. Los seres humanos son un montón de carne desperdiciada. El único valor que llegaron a tener fue el dinero que me pagaron unos cuantos para matar a otros cuantos, así logré mi fortuna, aunque la mayoría de los que maté fue por mi entero gusto. Desde que envenené a mis exasperantes padres, no pasó un día sin que asesinara algo o a alguien, hasta que esta enfermedad me lo impidió. Los odio, los odio a todos, el sólo verlos me enferma, y el mantener una fachada humana normal es agotador y repulsivo. ¿Sabes qué es algo que me causa gracia? Ya ni siquiera recuerdo por qué los empecé a odiar o si existió alguna razón en primer lugar, matarlos a todos se convirtió en lo único que me motivaba a mantenerme con vida.

—Mataste a muchos y nunca tuviste remordimiento alguno. Por eso tomarás mi lugar: eres el candidato perfecto para reemplazarme.

—¿Qué…?

—Tú serás quien continúe con mi tarea para así yo poder cruzar el umbral al Más Allá.

—No. Nunca. Que se joda este maldito universo, yo ya no quiero tener nada qué ver con él.

—No es algo en lo que tengas elección alguna, Samuel Miller.

—¡No acepto tu propuesta! —gritó el moribundo con voz cargada de ira—. ¡Termina de una buena vez con mi vida y déjame descansar!

—Verás, a decir verdad, “propuesta” es sólo un término diplomático. He tenido que manipular ciertos aspectos universales que me estaban prohibidos para lograr cruzar y ya no hay vuelta atrás. En el momento en que toque tu esencia, tú tomarás mi lugar.

—¡No! ¡No! ¡Si me obligas a tomar tu lugar, nunca moveré un dedo para hacer morir a nada ni a nadie!

—Existen entidades infinitamente más poderosas y mucho peores que yo, causantes de destinos que inclusive a mí me causan temor. Tienes una existencia sin fin por delante, es de tu conveniencia realizar correctamente tu labor, eso si no quieres conocer el mayor sufrimiento que una esencia pueda ser capaz de experimentar.

—¡Maldito seas! —vociferaba Miller mientras trataba de moverse, pero sus atrofiados miembros apenas le permitían algunos espasmos musculares—. ¡No te atrevas! ¡No me toques!

—Adiós, Samuel Miller.

Al terminar la despedida, el gélido y arcano toque de la muerte entró en contacto con la esencia del anciano, sellando su condena con el “honor” de convertirse en el nuevo Segador por el resto de la eternidad.

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