El reloj del último día

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Por Jonathan Novak

El sonido de una sirena lejana se cuela por entre los maderos que tapian mi casa. Observo el extraño reloj de pulsera para comprobar el tiempo restante: doce minutos y treinta segundos. Alcanzo a escuchar el bullicio fuera, cristales rompiéndose, y gente gritando. En ocasiones, la fuente de dichos sonidos parecen provenir de apenas unos metros fuera de mi hogar.
—Este maldito reloj —pronuncio en un susurro.

*    *    *

No podía parar de sonreír el día que lo obtuve, era un chiste, «el reloj del último día», el concepto no era entonces más creíble que la capacidad de una bola de cristal para predecir el futuro, por eso lo compré, por eso, y por Sofía quien había amado el oscuro concepto de saber la hora de su muerte. Después de todo, aquel aparatejo era solo una novedad, una baratija y una moda pasajera. «¿Quieres saber cuanto tiempo te queda de vida?», con eso empezaba el comercial, y después de unas escenas mal actuadas, finalizaba mostrando el reloj. Era un chiste… o eso creíamos.

Me lo puse más tarde antes de salir a ver a Sofía; el suyo venía envuelto para regalo, un detalle por su cumpleaños. Se puso a saltar de la emoción cuando lo vio. Juntos comparamos los números reflejados en las pantallas de cristal líquido retroiluminado. En ellos, se mostraba un contador dividido en años, días, horas, minutos y segundos, siempre caminando en retroceso, siempre saltando intermitentemente. El «medidor probabilístico de pulsera» como lo llamaban sus creadores de QS Interactive, rastreaba el destino de la persona siguiendo las actividades recientes. Ese era el concepto y era por esta razón que el reloj no dejaba de saltar entre tiempos. Por aquellos días, aunque el grupo desarrollador se decía conformado por científicos, era simplemente imposible para cualquiera creer realmente en la capacidad del dispositivo para realizar su lúgubre tarea. El producto finalmente se estableció entre sus consumidores como un bonito adorno, no más útil que una pulsera o un collar.

*    *    *

—¿Has visto las noticias el día de hoy? —Sucedió pocas semanas después del cumpleaños de Sofía, ella me llamó por la mañana, su voz sonaba agitada. En ese momento me encontraba a pocos minutos de mi trabajo, y desconocía del todo la razón de aquella pregunta—. El reloj del último día… —alcanzó a articular, sin embargo la llamada se cortó; las líneas estuvieron saturadas por un par de días.

Al entrar a la oficina, el bullicio hizo evidente que algo sucedía, una cantidad anómala de compañeros se encontraban dentro de la sala de juntas aun cuando ningún memo fue entregado en los días anteriores. El silencio dentro era absoluto. La curiosidad me obligó a pasar a la sala.

Dentro, un proyector de la compañía mostraba en la pared contraria la transmisión en vivo de un noticiero local. Al pie de la imagen se leía: “El reloj del último día funciona”, rápidamente me convertí en uno más de mis compañeros. Guardé silencio y atendí a la voz monótona de la presentadora.

—…Ethan, quien practicaba escalada con frecuencia, se ha convertido en la primera persona en comprobar la función principal del producto estrella de QS Interactive. —Casi sin excepción, todos dentro de la sala mirabamos intercaladamente nuestras muñecas y el noticiero. El mío seguía mostrando números altos, rondando los cincuenta o sesenta años—. … según informes del equipo de rescatistas, los contadores en el reloj de Ethan marcaban ceros de manera intermitente cuando éste fue encontrado… —Dejé la sala de juntas sintiendo un vacío en el estómago y con una sensación de ingravidez. «No es posible» me repetí en un susurro con tono de sorna, sin embargo, no dejé de mirar al reloj durante todo el día.

Un segundo muerto sucedió a Ethan, luego un tercero, y después unas decenas. A lo largo de todo el mundo, lo que una vez había sido una moda, comenzó a parecerse a un virus. Decenas de personas reportaban la exactitud del aparatejo para indicar el momento justo de la muerte de algún familiar o conocido y sin embargo, nadie parecía querer separarse de aquel reloj, incluso quienes habían evadido la euforia de las primeras semanas empezaban a adquirir uno para sí mismos. Mientras tanto, QS Interactive, se negaba a dar detalles del funcionamiento de su invención.

Mi propia cucharada de realidad llegaría unos cuantos días después.

*    *    *

—Esta cosa se ha descompuesto —la balanza en el tono de voz de Sofía se inclinaba prominente en dirección a la histeria.
—¿Qué se ha descompuesto?
—El reloj —aclaró, y luego de un largo silencio que ninguno parecía dispuesto a llenar, añadió—: no quiero morir. —Intenté calmarla. Luego de eso, le recomendé deshacerse del reloj y le repetí no sé cuantas veces, mientras me dirigía a su departamento, que el reloj era solo una farsa. Aun así cumpliendo con una promesa auto impuesta, Sofía decidió quitarse la vida esa tarde. Faltaba poco para el anochecer, aquella fue una tarde peculiarmente brillante, el sol daba sus últimas señales de vida mientras me acercaba a la multitud frente al edificio de departamentos. No necesité ver el cuerpo para saber de quién se trataba. Nunca detesté tanto al aparato como en ese momento.

Sofía no fue la única. Días después, los suicidios se hicieron presentes alrededor del mundo. Cientos de personas firmaron su propio destino, la ansiedad generada por el constante disminuir del reloj creaba su propia realidad.

El mundo se estaba volviendo loco, y mientras tanto, el instrumento del demonio cobraba más vidas.

*    *    *

Fue hace una semana, los medios sensacionalistas sentenciaron: “el día del juicio llegará la próxima semana”. Era un chiste, uno de mal gusto, pero para entonces, innegable. Si bien los relojes de todos seguían saltando intermitentemente, parecía que ninguno era capaz de marcar un tiempo mayor a una semana. Para mí el día del juicio final se ubicaba en una noche de domingo a las 23:42, el mundo solo ajustaba esa hora dependiendo de los distintos husos horarios, con diferencia de unos pocos minutos.

Una semana, y el caos se hizo presente, qué más daba seguir las leyes si todos moriríamos en unos días. Los sensatos, o así me gustaría llamarnos, nos guarecimos esperando un cambio en el reloj o una noticia que cambiara el aparente final, pero ni el cambio ni la noticia llegaron.

*    *    *

Creo comprender porque Sofía se quitó la vida, durante los últimos días, con cada minuto que pasaba, la espera se volvía más insoportable. Saber cómo moriría le quitó de alguna manera el misticismo a la espera. Tiene lógica, pues no soy el único nervioso por la llegada del fin; esto es después de todo, la humanidad cometiendo suicidio.

*    *    *

Hace unos minutos comenzaron a caer, no hubo una declaración de guerra, no había a quién declararla, todos eran sospechosos, todos han sido culpables. Aviones y misiles volando, el holocausto. Logro ver a través de la ventana tapiada la nube lineal causada por la quema del combustible líquido. El final está cerca, tan pronto una luz comparable a la del sol nubla mi vista lo sé, estamos muertos.

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