Esta no es una historia de amor

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Por Aledith Coulddy

Conocí a Olivia a mis treinta y dos; sus veintiocho.
No era una tarde lluviosa ni lúgubre como suelen ser las tardes de quien está en depresión; al contrario, hacía tanto calor que los edificios, que imponentes se alzaban al cielo, parecían derretirse para crear un mar de cemento.
Volvía del bar, como siempre, como las últimas semanas, como los últimos meses.

Carla me había dejado a principios de ese año. El día que nos separamos, desperté antes de mi hora habitual para recoger el regalo de aniversario que por semanas me había dedicado a resguardar.

Habían sido un par de meses agobiantes. La empresa donde laboraba había hecho un recorte masivo de personal y en contra de mis pronósticos, sufrí el mismo destino que el sesenta por ciento de mis colegas. Carla se había mostrado benévola y comprensiva. Doblaba turnos para ganar dinero extra en lo que yo conseguía un nuevo empleo; lucía agotada y distante. Me imaginé que era por el estrés, me imaginé que cuando yo consiguiera un trabajo, todo volvería a la normalidad.

Ese aniversario sería extra especial, no solo le anunciaría que nuestra fortuna nos había favorecido al haber sido contratado la mañana anterior. También le regalaría un perro salchicha al que yo ya había nombrado “Mostaza”, como su aderezo favorito, como el cachorro que nos encontramos cuando apenas teníamos cuatro meses saliendo y luego adoptamos. Había muerto dos meses antes, en la misma semana que fui despedido, como un presagio de que todo iría mal.

Le dije a Carla que esa mañana a su llegada de la fábrica yo no estaría en casa pues tendría una entrevista de trabajo. Las noches habían sido solitarias, los turnos nocturnos eran ya una constante en nuestro haber diario. Me imaginé que lo hacía por el dinero, me imaginé que sería por estar en una mejor posición.

Lo cierto es que al llegar a casa con el centenar de rosas rojas y Mostaza en mis brazos, encontré una chaqueta deportiva de hombre y una tanga violeta a mitad del pasillo. “Un ladrón olvidó su tanga”, pensé. ¿Cómo habría podido sospechar de Carla, cierto? La incondicional, mi amor de juventud, mi amor de sonrisa con hoyuelos y cabellos cobrizos. A quien conocí en el campus de universidad y con quien construí los sueños que se habían convertido en mi pilar de vida.

Me acerqué de puntillas a nuestra habitación, como tratando de no espantar al ladrón. Asomé mis ojos a través del entreabierto, Mostaza soltó un gemido y entonces vi al ladrón. No era un ladrón convencional, pero vaya si era un ladrón. Un ladrón al que yo le llamé hermano desde que en la universidad compartíamos pupitre. Un hermano que cargó los anillos el día de mi boda. Pero esa mañana de mi décimo aniversario con Carla no era más que un ladrón. Mostaza soltó un ladrido de cachorro, ignorante a lo que sucedía. Ignorante al hecho de que el hombre que lo había adoptado se convertía con cada segundo que pasaba en un animal.

Los recuerdos son nebulosos, como una pantalla de humo que cubrió mis ojos para evitar continuar viendo esa escena pornográfica de traición.
Sé que molí a golpes a Alonso y sé que Carla intentó explicarme. De alguna forma yo resulté culpable de su infidelidad, por mediocre, inestable y aburrido, dijo. Supongo que dijo más cosas, pero no quise entonces recordar.

Perdí mi empleo, el que había conseguido la mañana previa a la infidelidad. Mi jefe me calificó como “mentalmente no apto”. Me imaginé que había sido por la crisis de ansiedad que sufrí a medio baño de la empresa. Me imagino que si Carla hubiera sabido que esas crisis se hicieron incontrolables hasta el punto de caer en una depresión profunda, quizá no me hubiera engañado.

Perdí mi casa, pues aunque nuestra, en ese momento se sentía más suya. Perdí a los que creí que eran mis amigos, Alonso los convenció de que yo era un alcohólico depresivo desempleado y por tal motivo su intervención en mi matrimonio había sido un fin justificable, lo cierto es que yo no era nada de eso. No al menos en ese entonces.
Carla me dejó el coche, mismo que vendí para conseguir la renta del nuevo alquiler. Un departamento de diez por cinco que se situaba en una deplorable ubicación de la ciudad. Y por si la suerte no fuera más inclemente, Carla se quedó con Mostaza. Después de la batalla campal del aniversario, hui de mi hogar y me olvidé por completo de mi cachorro. Cuando regresé por mis posesiones, algunas semanas más tarde, la salchicha había crecido acostumbrada ya a los mismos brazos a los que yo habría de dejar ir.

Así que, con la misma naturalidad que la basura cósmica cae a la tierra, se incendia y se estrella en el océano más profundo, después de haberlo visto todo, después de haber sido un grandioso satélite que sirvió abnegado por años, así caí al inhóspito mundo de la depresión.

Volvía entonces del bar, de mi quinta copa del día, de ese ocaso ardiente en mis mejillas y presuroso en mi vejiga. Habían enjambrado los pensamientos suicidas mi mente desde algunas semanas antes. Era necesario acabar con el suplicio de una buena vez. Solo bastaba una buena arma y un par de balas. Esa tarde en el bar, el dueño a quien pedí de contrabando una pistola, me comentó cómo el embarque se había retrasado. No entendí ni una palabra, pero qué más daba, un día más de vida no hacía la diferencia.

Salí más pronto de lo habitual del bar, volvía a mi departamento, caminando a cuarenta grados, pues el poco dinero de la quincena que había ganado limpiando baños en una oficina, lo había derrochado en alcohol. Fue probablemente la deshidratación combinada con la insolación lo que me hicieron desmayarme.
Terminé en un hospital civil de la ciudad con dos sueros en cada brazo.

Conocí a Olivia a mis treinta y dos años, ella tenía veintiocho. Matriculada en enfermería general, esa tarde habían solicitado sus servicios extras pues la sala de urgencias estaba atiborrada. El calor había traído diarreas y deshidrataciones al por mayor. Cuando desperté mire su cara. Era de hastío. Estaba con el paciente de al lado. Mire mi estado y era deplorable. Había una mancha de orina en mis pantalones y rastros de sudor en todo el cuerpo. Me la imaginé mirándome así y visualicé su hastío incrementándose. Me imagino que si no me hubiese levantado a cambiarme la ropa por una bata de hospital que me encontré en el baño sucio, y si no me hubiera lavado con esmero la cara y el cabello, el desenlace habría sido otro.

Le dije que estaba ahí por una gripe estomacal. Nada de borrachera, nada de depresión. No sé por qué lo hice, pero en las siguientes semanas me propuse no beber tanto, también comencé a comprar más periódicos para elegir un empleo que me diera más ingresos. Olivia había resultado ser un hermoso ser humano, que por alguna buena broma se apiadó de mí y me otorgó el gran regalo de conocer de ella. Conocer sus ambiciones, las resueltas y las postergadas. Conocer también a su seres más amados; a su madre que después de un año pereció de cáncer cerebral. Su padre adicto al fútbol americano y su hermano menor a quien le faltaba poco para licenciarse en derecho.

Poco a poco comencé a sentirme más vivo. Los pensamientos suicidas los había arrojado en una fosa y cada día al lado de Olivia se me otorgaba un puñado de tierra con la cual los enterraría para siempre. Guardé también la pistola, ya no era necesaria, no por ahora.

Decidí ir a terapia. Esa mujer que tenía ahora al lado comprendió bien y comprendió sin recelo que yo era un hombre quebrado y era necesario repararme. Y así lo hice. Primero junté cada trozo de mí perdido, luego busqué quién me auxialara en la laboriosa tarea de juntarlos, y más tarde que pronto, pero al fin, me mostré como un hombre completo ante ella. Reconciliado conmigo, listo para entregarme de nuevo.

Y así fue. Fue lo que pareció toda una vida. Y hubo amor, amor bueno, amor del alma. Hubo caricias y peleas. Conseguí un empleo digno de mis sueños, y nos conseguí un puñado de planes futuros para los dos. Los visualizamos, los alcanzamos y conseguimos todo del otro, todo lo que había que conseguir.

Una tarde, de camino a una cena de negocios, me encontré con Carla y Alonso. Ella cargaba a un bebé de algunos meses en brazos. Se miraban felices, como si el destino se hubiera olvidado que había facturas que cobrarles, como si lo que hubieran hecho fuera algo que se hace casualmente cualquier miércoles en la mañana.
Me miraron y escondieron los rostros, supongo que fue lo más cerca a un perdón que pude conseguir.

Por alguna razón los recuerdos me embriagaron, algo nocivo crecía en mis huesos, en mis músculos, hasta apoderarse de mí. Un viejo sentimiento, familiar e indeseado se apoderó de mi mente y cuerpo. Me enfrasqué en aquellos recuerdos que creía superados y todo eso tuvo un efecto indeseado en mí.
Las cosas entre Olivia y yo cambiaron. Supe que no estaba listo para ella, para lo que ella me ofrecía. Necesario era sanar en soledad, fuera de ella e incluso de mí.

Lo entendió. Lo entendimos. Y al paso de las semanas la lejanía nos alcanzó. Ella caminó a su destino y yo fui al lado contrario.

Me separé de Olivia a mis treinta y cuatro; sus casi treinta y un años.
Nos convertimos en lo que se supone debimos ser juntos, pero separados. Volví a ser feliz y ella volvió a amar. Realizamos nuestros sueños con alguien más.

Es verdad que esta no es una historia de amor, pero a la vez es mi única y real historia de amor. De alguna forma y de muchos formas ella salvó mi vida. Me salvó de la muerte y me salvó de mi propia vida. Es innegable que la amo, es incuestionable que ella también me ama o me amó. Con lo que éramos, con lo que fuimos.

Me imaginé una mujer como ella a mi lado. Me imagino que en otra vida, en otras circunstancias, en el tiempo correcto, en el lugar correcto, podría esta vez funcionar.

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