Honor y plumas

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“¡Oh Rey! cuyos poderes fueron altos y del mas egregio rango.
Tú que adornaste mi cuello con el collar de tus favores,
grandes como perlas y engarzados como perlas en el hilo,
adorna ahora mi mano con un halcón,
hónrame con uno de limpias alas,
cuyo plumaje haya sido combado por el viento del norte.
¡Con qué orgullo saldré con él al alba, jugando mi mano al viento
para tomar lo libre con lo encadenado!”
-Abd al-Aziz ben Al-qabturnuh-

 

Por Oscar Valentín Bernal

I

Recuerdo como si hubiese sido ayer, la helada y traicionera mañana en que subía por la escarpada orilla de un acantilado en las costas de Cantabria, con cuerda y canasta al hombro y una idea sólida e inamovible en la mente. Hacerme con el ser más perfecto que hubiera respirado sobre la tierra.

Continué mi peligroso ascenso, sorteando a la muerte, entre las quebradizas rocas que me servían de asidero, asegurándome al paredón con cuerda y alcayata, luchando por alcanzar aquel nido ubicado en la saliente más alta, para comprobar si había llegado el momento de comenzar la prueba más difícil de mi vida.
El nido estaba vacío. Como lo había previsto, los jóvenes gerifaltes lo abandonaron el día anterior. Sabía que no andarían muy lejos.
Al verme examinar el nido, Theo, el joven enviado del Rey para asistirme en mi búsqueda, me gritó desde abajo. Apenas pudo hacerse oír sobre el rugir de las olas que azotaban las rocas.
−¡Es hora! −le contesté.
Seguí subiendo hasta que finalmente mi mano encontró asidero en una de las ramas de la cima. Tiré con fuerza de ella para asegurarme de que no se vendría abajo. Luego la utilicé para trepar.
La parte superior de aquel paredón rocoso, era una meseta sobre la que se extendía un amplio pastizal. Saqué el faisán que llevaba en la canasta de mimbre y lo preparé para atrapar al halcón.
Pasaron varias horas antes de que viera la silueta inconfundible del gerifalte aparecer en las alturas, atraído por el revoloteo de la presa que divisó desde aquel mar sin final, plagado de nubes.
La poderosa criatura pasó de largo a toda velocidad, echó un vistazo hacia atrás y llenó la inmensidad con sus gritos furiosos. Yo permanecí inmóvil, cubierto de pasto entre los arbustos, mientras el faisán se debatía atado al suelo, indefenso.
El gerifalte, se puso a tornar en dirección al sol, para ocultar su sombra. Luego se lanzó en picado. Lo escuché zumbar desde mi escondite, a pesar de la distancia, lo vi pasar igual que una flecha y quedar atrapado en la fina red invisible que yo había dispuesto sobre el faisán, justo en el momento en que echaba las garras hacia adelante para destrozarlo.
Me lancé corriendo hacia ella con premura, debía evitar a toda costa que se hiciera daño.
Y ahí estaba ante mí, la perfección emplumada, blanca igual que la nieve. Me miró con sus ojos negros infinitos, similares a dos pozos sin fondo en los que se reflejara mi alma.
Debía capturarla con cuidado, quebrantar su espíritu salvaje sería el peor de los pecados.
El gerifalte me observó acercarme, pero lejos de saltar aterrorizado, como podría esperarse de cualquier animal que se sabe atrapado, ella permaneció altanera. Fue poderosa la sensación de que me estaba esperando.
Era una gran prima, pasajera. Había crecido mucho en la última semana. Me le acerqué con respeto, con guante y caperuza en mano.
Y se hizo la noche para el gerifalte.
Habiendo liberado al faisán, descendí otra vez por el acantilado, con mi halcón bien sujeto dentro de la canasta.
Cuando Theo vio al pájaro blanco, quedó sorprendido. Dijo que era la criatura más bella que hubiese visto alguna vez y yo estuve de acuerdo, un halcón digno de un Rey.
Cabalgamos durante dos días completos, con el halcón salvaje encaperuzado en el puño,
permitiendo que cada pequeño movimiento, cada caricia, sonido, y la creciente hambre, fueran tranquilizando su antiguo espíritu.

 

II

Al caer la segunda noche, acampamos a la orilla de un lago, a las afueras de Cantabria. Theo encendió una buena hoguera y fue entonces que le saqué por primera vez la caperuza al gerifalte. Ella nos miró con cautela y luego a las llamas por largo rato. Finalmente comenzó a comer de la vianda que le ofrecí en el guante; una pata de conejo que Theo cazó con su arco esa tarde; lo hizo con avidez, cual si hubiera sido de aquel modo siempre.
−Rhúa −susurré con la mirada perdida en el fuego.
−¿Qué has dicho? −preguntó el chico.
−Su nombre es Rhúa.
−Es un buen nombre, el Rey Juan estará encantado.
−Sí −contesté, mientras observaba las chispas de la fogata ascender hasta perderse en la oscuridad de la noche.
Aquello me trajo de vuelta a la realidad. El halcón que comía sobre mi mano era un obsequio con el cual se sellaría el tratado de navegación entre el reino de Castilla y el Rey Juan II de Portugal.
La encomienda del Rey Don Fernando, era clara. Atrapar al más hermoso de los gerifaltes que hubiera dado el invierno; amansarlo, entrenarlo y entregarlo cazando a los patos en veinte días. Antes de la siguiente partida de Colón.

«Si hay alguien que pueda lograr tal hazaña, eres tú, amigo mío», me había dicho.

La paga que me prometió el Rey aquel día, era muy superior a lo que hubiera ganado en mi vida sirviendo como halconero de la corona.

 

III

Al día siguiente, nos topamos con tres caballeros que venían de cazar con sus azores. Al ver a mi bella gerifalte, se acercaron interesados y nos invitaron a comer de lo que habían cazado: dos liebres y un gran pato, acompañados con algo de vino.
Los azores cebados, descansaban en su alcándara. Rhúa comía en mi guante y nosotros hacíamos lo que hacen los cetreros a la hora del pan, hablar de las hazañas de sus pájaros.
Cuando los azoreros estaban a punto de retirarse, el más viejo montado sobre su caballo, se volvió hacia mí y dijo:
−Amigo, tienes en la mano el halcón más hermoso que he visto en mi vida… y vaya que he visto muchos. −Luego dio la vuelta y se alejó por el camino.
Theo y yo los miramos en silencio hasta que desaparecieron.

 

IV

Continué el adiestramiento de Rhúa. Aprendió de prisa.
El día en que voló directo al señuelo desde una distancia considerable, la tomé en mi guante y le solté las pihuelas. Comenzó a volar con fuerza, se levantó tanto en el cielo como el primer día que la vi aparecer en el horizonte en pos de mi faisán. Sentí aquel vuelo cual si fuera el primero de mi vida, mi corazón estaba con ese pequeño punto que batía sus alas en el viento.
−No volverá −aseguró Theo.
Le dedique una mirada ofendida y por respuesta, giré mi señuelo de plumas de pato y grité el nombre de mi gerifalte a todo pulmón. La vi doblar las alas y comenzar el picado, una roca precipitándose al vacío. Pasó zumbando frente a Theo, el pobre muchacho se lanzó al suelo aterrorizado. Rhúa golpeó el señuelo con tal fuerza, que la arena que tenía de relleno se escapó por el corte producido por sus garras. Después, el halcón dio la vuelta y bajó a comer sobre él.
−Esa cosa es peligrosa −me dijo Theo, temblando.
−Por eso les gustan a los Reyes.

 

V

Dos días después, Rhúa mató su primer pato, en una charca en la frontera de Castilla. Y a ese le siguió un segundo y luego un tercero y a ese otro un cuarto. Faltaban dos días para el gran momento en que ella sería entregada al Rey Juan II, durante la ceremonia real en el castillo. Esa mañana, le saqué las pihuelas y la puse en el viento, ella subió veloz, igual que en los días anteriores. Cuando se puso delante del sol, Theo y yo, nos lanzamos hacia la charca gritando y agitando las manos. Los patos que habían estado nadando despreocupados, abandonaron sorprendidos la protección del espejo y emprendieron la huida.
−¡Rhúa, vamos! ¡Ha! ¡Ha! ¡Ha! −vociferé.
La escuché cortar el viento sobre mi cabeza. Los patos se habían alejado bastante, pero el Gerifalte les dio alcance en un instante. Los ánades rompieron su formación para despistar al depredador, pero ella ya había elegido a su presa. Fue tras el pato más grande y fuerte, seguramente el líder de la parvada. La primera puñalada sonó igual que una explosión, el aire se llenó de plumas. El pato herido no aminoró la marcha, pero el halcón lo siguió y con el segundo golpe, el pato cayó entre los arbustos.
Riendo y con lagrimas en los ojos, Theo y yo nos abrazamos gritando de euforia, igual que un par de niños locos. Porque es eso lo que es el halconero, un niño loco con un pájaro. Mientras celebrábamos el increíble espectáculo que habíamos presenciado, Rhúa, bajaba a cobrar su pato. Y entonces la alegría terminó de golpe.
Allá en el horizonte, divisé una terrible silueta que venía bajando de las alturas a gran velocidad.
−¡No! −grité mientras corría hacia mi caballo. La enorme águila real, se dirigía directo a mi halcón, quién, ignorante del peligro, comenzaba tranquilamente a comer su presa.
Cabalgué mas rápido que nunca, azotando el lomo de mi pobre caballo con fuerza. Pero la implacable reina del cielo me llevaba ventaja.
Gritaba el nombre de mi halcón una y otra vez, con la esperanza de que viera venir al águila. Fue entonces que mi caballo pisó un agujero y se partió la pata. El relinchido de la pobre bestia, es una de las dos cosas más horribles que he escuchado en toda mi vida, la otra son sin duda, los gritos de mi halcón cuando el águila lo alcanzó.
Rodé por el piso y me golpeé la cabeza contra algo muy duro. No supe más de mí.

 

VI

Lo próximo que vi fue la cara de Theo. El muchacho vertía algo de agua sobre mi rostro.
−¿Está usted bien? −me preguntó.
Le dije que no.
Un águila acababa de matar a mi halcón, mi caballo yacía a mi lado con una flecha en la cabeza, que el mismo Theo le obsequió en un acto de misericordia. No podría realizar la entrega del ave que sellaría el tratado de navegación con los portugueses y encima tenía una jaqueca terrible debido a la herida de mi cabeza.
No podía encontrarme peor.
−Por favor, Theo… −le dije−, entierra a mi halcón, no quiero verlo.
Él me miró confundido.
−Está bien… como usted diga. −Luego apuntó con el dedo a un árbol cercano−, pero primero bajelo de allí.
Miré hacia donde señaló y pude ver a mi mil veces maldito halcón parado en la copa del árbol, acicalándose las plumas bajo el sol. Theo estalló en carcajadas, yo no podía creerlo.
−Cuando usted se cayó del caballo, lo mandé al infierno −me dijo−. Corrí a espantar a esa maldita águila abusiva primero. La Rhúa me escuchó gritar, dejó el pato y se trepó al árbol.
El chico se burló de mí con ganas y yo tenía ganas de besar al muy cabrón.
Rhúa, bajo en cuanto vio girar su señuelo.

 

VII

El castillo estaba a la vista. Íbamos los dos en el caballo de Theo, yo dirigía las riendas con una mano y en la otra llevaba al Gerifalte. Entonces detuve el caballo.
−¿Qué ocurre? −se quejó Theo.
Yo desmonté y comencé a caminar en dirección contraria.
−¡Hey! −gritó−. ¿Qué carajos crees que haces?
El chico tomó las riendas del caballo y me cerró el paso. Yo lo miré con severidad.
−Chico, ¿has aprendido algo en estos dos meses buscando halcones?
No respondió.
−¿Qué hay aquí? −le pregunté poniendo a la gerifalte entre los dos. Rhúa movió levemente su cabeza encaperuzada−. ¡¿Qué hay aquí?!
−Un ave −contestó.
−¡¿Solo un ave?! −Desenvainé mi espada−. Si te atreves a volver a decirme eso, te cortaré el cuello, lo juro por mi madre… Tú has visto su poder, la has visto cazar. No es solo un ave, niño, es un espíritu. Su alma y su coraje pesan más que su propio cuerpo. Esta materia que ves aquí, solo le sirve para aferrarse a la vida, para contener su verdadera esencia… ¿entiendes eso? No voy a entregarla a alguien como Juan o Fernando. Me importa una mierda si son reyes o si estalla una maldita guerra.
Theo me miró. No sé qué habrá visto en mis ojos, locura tal vez. Pero también estaba en los suyos.
−Tampoco quiero entregar a Rhúa −me dijo.

 

VIII

Llegamos al puerto dos días después. Quizá para el momento en el que el Rey Fernando II comenzaba a preguntarse, qué demonios había sucedido con su gerifalte. Sabía que en cuanto sospechara algo de mi traición, ofrecería una buena suma por nuestras cabezas.
Nos colamos en la tripulación de un barco llamado “La Marigalante”. Unas monedas fueron suficientes para hacer que el capitán cerrara la boca.
Zarpamos al día siguiente hacia la India por la nueva ruta de Colón. Allí, Theo y yo comenzaríamos una nueva vida. Rhúa, viajó en una alcándara improvisada con remos; durante las tardes subía con ella a cubierta y al sacarle la caperuza, observaba el horizonte con anhelo. Entonces comprendí que de haberla vendido aquel día, habría perdido el derecho de volver a tocar a otro halcón, por el resto de mis días.

Para mis pájaros y para todo aquel que con orgullo salga al alba a tomar lo libre con lo encadenado…

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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