Son Hermanos

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Por Jonathan Novak

Hubiera sido difícil saber cuando perdió la consciencia. Sin dirección, el caballo siguió el sendero conocido por donde había caminado un día antes.
—Emperador, señor. —Primero, el sonido de las botas del joven guardia del este le trajo de vuelta al mundo. Sentía la garganta seca, pudo en esa mañana, sentir un dolor intenso, dolor que se negaría a abandonar su cuerpo durante algunos días.
El pequeño hombre, indeciso, miraba intercaladamente entre el cuerpo magullado del jinete, y el mismo caballo que apenas podía seguir caminando. Su mirada, llena de confusión intentaba hilar una parte de la historia aún perdida.

*    *    *

Hidari arribó antes de lo previsto, el monte de picos gemelos se erguía imponente al norte de su posición. Su hermana lo había citado ahí, “esta vez no perderé”, soltó la frase dándole la espalda mientras abandonaba el salón real. Los guardias intentaron pararla, pues entendieron tan bien como él la amenaza en las palabras de Migi; sin embargo, en una negación vacía pero esperanzadora, la dejó marchar. Aún en ese momento, a la luz de un temprano crepúsculo, deseaba que su nerviosismo estuviera equivocado.
Luego de aquel día no supo nada de ella hasta la llegada de la carta, lo citaba a las faldas al sur de aquel monte, donde su padre los hubiere llevado algún día durante su infancia; “son como ustedes, siempre juntos”, había dicho él mientras observaban los rayos de sol colarse por entre ambas figuras titánicas.
Entre recuerdos y nostalgias pudo ver la figura de un caballo aproximándose. A paso lento y tortuoso, logró identificar a su hermana. Llevaba en un asta larga la insignia familiar, la bandera de blanco, y el blasón de rojo, los mismos colores vestidos por él dada su posición como emperador. Aquella era una declaración de guerra, sin embargo su esperanza no desapareció.
—Creo que no vienes preparado. —Hidari detectó sorna en la voz de su hermana. Al tenerla cerca pudo observar su indumentaria. Vestida de blanco, sobre los ropajes típicos del emperador solo adaptados a su cuerpo; llevaba un peto firme de alguna aleación resistente, así mismo, sus piernas y partes de sus brazos iban cubiertas por placas de metal; portaba además una firme lanza metálica de unos dos metros, atada al costado del caballo. A esas alturas, era difícil para Hidari buscar justificaciones para la situación en conjunto.
—Vine a ver a mi hermana. —Sonó tan frío como pudo, no le hacía gracia pensar en la posibilidad de blandir la espada en contra de su propia sangre, lo había hecho antes claro, pero con armas cuya complexión de madera representaba una endeble amenaza a la integridad de cualquiera.
—¿Lo recuerdas no? —Migi paseaba lento sobre su caballo, admirando el paisaje. Los vientos helados de una temprana primavera mecían el follaje recién crecido del valle. En lo alto del monte, algunos árboles ya lucían orgullosos el verdor propio de la estación.
—Fue un día hermoso —reconoció él—, no tan diferente al de hoy. —El recuerdo de su infancia regresó fuerte, en él pudo ver cómo el terco semblante de acero de su padre podía por momentos ablandarse en una sonrisa caprichosa pero sincera—. Es hora de ir a casa hermana. —Al soltar aquella frase, lamentó el sentirse desvalido, pudo sentir en su voz la debilidad causada por la tristeza que sentía.
—Siempre juntos, hermanito. —Migi hizo caso omiso a sus palabras y en veloz movimiento desenfundó el arma que llevaba. Hincó sus talones sobre el caballo y este respondió como era esperado. El primer corte lo tomó por sorpresa. Hidari había decidido, en un ingenuo gesto de fé, asistir con solo la indumentaria oficial. Debido a la carencia de protección, el acero de Migi se hundió profundo sobre su antebrazo izquierdo—. Vamos emperador, usted es mejor que esto. —Hidari sostenía con fuerza la herida mientras observaba a su hermana sonreír con una frialdad desconocida.
—¿Estás dispuesta a matarme por el trono? —No hacía falta una respuesta, Hidari había observado el cambio gradual en su hermana desde el día de su nombramiento como sucesor. “Hidari es demasiado débil”, había dicho Migi en una charla que había demostrado no ser demasiado privada. “Además, yo soy la mayor”, le hablaba a su padre a gritos en el comedor cerrado. Tenía razón, desde el día de su anuncio, Hidari se había sentido aterrado, y a pesar de ser gemelos, no cabía duda de que su hermana había nacido treinta minutos antes.
—Padre fue un imbécil.
—¡Padre era un hombre sabio!
—Solo hasta el día en que te eligió, pero estoy dispuesta a corregir ese error. —Cargó una vez más. Hidari no dudó en sacar la espada de su padre, un objeto pasado de generación en generación. Desvió el ataque haciendo que el filo de la lanza de su hermana pasara por encima de él.
—Bien, así será más divertido. —sin dudarlo, Migi comenzó a orbitar a su hermano, se mantenía lejos; Hidari comprendió que no lo quisiera cerca, esto significaría perder la ventaja que el largo de su lanza le ofrecía.
—¡Basta! —repetía el hermano de cuando en cuando, en un intento de detener la pelea. Migi sin embargo siguió con el asedio. A causa de la herida en su mano, le era difícil manejar la espada correctamente. Los fuertes golpes, aun cuando no tocaban su piel, se resentían en la herida.
—Ataca —soltó Migi jadeando—. Maldita seas, por una vez en la vida, tómate esto en serio. —Migi retomó el ataque, Hidari sentía en los golpes, la furia de su hermana. Poco a poco su defensa menguó. Primero uno, luego otros aunque superficiales, los cortes comenzaron a dar en el blanco, sobre la mejilla, la frente, el brazo. Sus vestimentas, así como las de su caballo, se tiñeron de poco en poco de rojo—. ¿Va a ser este el final del emperador? —Migi le hablaba a gritos, exasperada—. ¿Terminarás como un cobarde?
Fue un golpe afortunado, la guardia de Hidari no soportó la embestida. Un corte ascendente lo envió hacia atrás, no pasó demasiado tiempo en darse cuenta de que aquel era el final, sin embargo Migi no lo atacó a él. Sin darle el tiempo de recuperar el control, Migi hundió el filo de la lanza sobre la espaldilla del caballo.
—Creo que el pobre tendrá dificultades para caminar. —Había, detrás de la furia y el cansancio, un tono de burla en las palabras de Migi. El caballo de Hidari había emitido un sonido doloroso a la vez que retrocedía. Solo hasta ese momento el hermano sintió rabia.
De manera calmada Hidari desmontó del caballo, éste aún bufaba por el dolor. Ya sobre el suelo, le indicó al caballo que se retirara. Migi se limitó a ver el lento transcurrir de los eventos. Cuando su caballo se hubo retirado, Hidari apuntó la espada en dirección a su hermana, retandola a atacar.
—Bien, es hora de jugar —Migi retomó el ataque—. Este ha sido siempre tu problema. —La lanza de su hermana volaba peligrosa y certera hacia su rostro, Hidari, sin embargo, siguiendo un flujo ascendente desvió el filo lo suficiente para que la lanza pasara lejos de su cuerpo—… Padre no me eligió porque fuera más apto. —Migi seguía intentando atacar, y aunque lograba rozar a su hermano, los cortes eran superficiales—… me eligió porque eres demasiado impulsiva. —De nuevo un corte lo alcanzaba sobre el hombro.
—Calla, eres débil, siempre lo fuiste. —Con la espada tomada por ambas manos y la punta por detrás de su costado, Hidari esperó la siguiente embestida.
Hubo en el ataque, algo más que ira, la lanza subió rápida buscando el cuello, la espada hizo lo mismo. No hubo choque de metales, solo un filo cortando carne.
El caballo de ella no fue capaz de andar más de tres pasos y ambos cayeron violentamente. Hidari había trazado una línea transversal a través del cuello del animal, el filo estaba manchado con sangre. Su hermana forcejeaba con el caballo que se aferraba a una vida acabada.
—No tengo intenciones de matarte. —La pelea había acabado, ambos lo sabían. Lentamente, Hidari se acercó a su hermana, aún luchando por liberar su pierna de debajo del agonizante caballo. Cuando estuvo a un lado de ambos, atravesó el filo por la cien del animal—, levántate. —Aquello le había sonado más a una petición que una orden. Ya de pie, se tomó un momento para ver a Migi, el corte la había alcanzado, por lo que su pierna sangraba, los blancos ropajes se encontraban manchados debido a la caída.
Hubo algo, aunque no supo identificar qué era, que lo hizo sonreír. Poco a poco, ayudándose de la espada, Hidari se puso de rodillas.
—Quizás la próxima hermana —finalizó haciendo una reverencia.

Con el sonido del viento, y las palabras de su hermano, Migi pudo ver un momento pasado. En él, dos jóvenes vestidos con ropajes de fina seda, sobre el piso de paja finamente tejida, blandían a modo de juego dos astas de madera. El padre observaba transcurrir el evento desde el extremo del hermano. La chica, con una lanza que casi doblaba su altura, embestía bruscamente. El joven sin embargo mantenía la calma ante su avance. La chica, desesperada debido al constante fracaso, elegía en cada enfrentamiento un asta más larga que la anterior. El padre, con serenidad esperaba el final; en un movimiento rápido y certero, el chico removió el arma de manos de su hermana y solo cuando el enfrentamiento hubo acabado entonces intervino.
—No te desesperes Migi. —La chica se encontraba sobre sus rodillas; la lanza, había caído lejos de sus manos.
—Ven aquí Hidari. —El chico, con la espada de madera se acercó a su padre—, dame eso. —Bruscamente arrebató el largo objeto de manos de su hijo, y con el mango, golpeó su frente con la suficiente fuerza para enrojecer la zona—, deja de ser condescendiente con tu hermana, por eso no mejora. —Sin decir nada más, dejó caer la espada para luego retirarse del lugar.
—Quizás la próxima vez. —Su hermana sonrió e hizo una leve reverencia para agradecer el enfrentamiento.
—Seguro será la próxima vez. —El joven imitó la reverencia y ambos se retiraron, dejando en un soporte una espada y una lanza de madera.
Cuando el recuerdo terminó se encontraba a unos centímetros de su hermano. Hidari, arrodillado en el suelo, respiraba agitadamente. Su frente casi tocaba el suelo. No dijo nada más, sujetaba la lanza con fuerzas, sintió que si el agarre flaqueaba no podría hacerlo. Fue un golpe rápido, el acero atravesó el cuello de su hermano sin demasiado esfuerzo. Un silbido constante le hacía imposible escuchar nada a su alrededor, su mano se encontraba entumecida, sintió como si algo hubiera abandonado su cuerpo. El asta de madera se retorció por un momento, pero la fuerza del movimiento menguó rápidamente. Permaneció en silencio hasta que el último rayo de luz solar la abandonó. Solo entonces se retiró.

*    *    *

—Señorita, ¿que ha pasado? —El joven guardia se encontraba confundido, no cabía duda de que aquel era el caballo del emperador, además, los colores lo confirmaban.
Migi ignoró al joven durante toda el camino, solo fue hasta las puertas del palacio que decidió hablar.
—Mátalo —ordenó con esfuerzo mientras desmontaba. El joven guardia entendió que el caballo debía morir.

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