De regreso a Fassbender

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Por Oscar Valentín Bernal

La noche en que por fin regresé a mi pueblo con el rifle colgando del hombro, las calles estaban sumidas en una espesa bruma. Avancé, invadido de nostalgia entre los edificios de luces apagadas, tiendas cerradas y solitarios restaurantes en los que no había señales de vida. No pude alejar de mi mente el pensamiento de que el pueblo se encontraba desierto.
Recorrí aquellas aceras en penumbra, de la mano de un repulsivo sentimiento de irrealidad que se negaba a dejarme. El aire se sentía denso, el sonido de mis pasos viajaba de manera peculiar entre la niebla.


“Es por la guerra”, me dije. “Lo que viste en Münich durante los últimos cinco años, te ha afectado demasiado”.
Antes de darme cuenta, me encontraba ante la puerta que había estado buscando. Estaba en el mismo sitio en el que la había dejado desde hacía tanto tiempo. Madera con cristales pulidos, un letrero que decía “abierto” y sobre la puerta otro con caracteres brillantes en el que se leía “Kaffe”.
Mi mano se detuvo a centímetros de la puerta, me zumbaban los oídos, sabía que algo no andaba del todo bien con ese picaporte y sin embargo, finalmente lo abrí. Cuando entré, sentí el golpe del calor y la familiaridad directo en el pecho.
En la esquina, junto a la entrada había un único cliente, un viejo que no reconocí estaba vestido con un abrigo de lana negro y leía el periódico frente a una taza humeante.
—Has vuelto —dijo una voz a mi espalda.
Al girarme, vi a Hannia detrás del mostrador con el mandil de siempre y los mechones de cabello rubio sobre la frente.
Nuestro abrazo duró una eternidad, sentí la humedad de sus lágrimas contra el cuello y al levantar la mirada me encontré con la del viejo del abrigo, tan negro como sus ojos. Me dedicó una sonrisa y volvió a clavar su atención en el periódico.
Después de cerrar el café, Hannia y yo nos retiramos al segundo piso, en el cual vivíamos. Nos entregamos al reencuentro y cuando terminamos, permanecimos abrazados contemplando las estrellas a través de la ventana.
—¿Dónde has estado? —me dijo ella con tristeza—. Estás… diferente.
—En el infierno, supongo…
—Desapareciste… y ahora estás aquí, conmigo.
—Lo estoy…
Me apretó con fuerza.
—Muchas cosas han cambiado, no solo tú.
Así nos quedamos dormidos, una de las noches que había anhelado desde hacía tanto tiempo; después de tanta muerte, después de tanto miedo, después de tanta guerra. Ahora todo estaría bien…
A la mañana siguiente, me despertó el frío y un rayo de sol naciente que se colaba por uno de los cristales rotos de la ventana. Hannia no estaba a mi lado. Miré con asombro el tapiz arrancado de las paredes y las sabanas agujeradas, cubiertas de polvo con las que estaba tapado. Sentí como un nudo se formaba en mi garganta.
Me puse las botas y tomé mi rifle, que estaba recargado en la pared a lado de la cama. Al bajar las escaleras, me encontré junto al mostrador en el que estaba Hannia la noche anterior. Parecía no haber sido limpiado en años. La puerta, las ventanas y la mitad del café, habían desaparecido; lo que quedaba de los cristales chamuscados, estaba esparcido por el suelo.
Caminé atónito hacia el hueco amorfo que solía ser la entrada de mi café y desde él, pude ver los edificios despedazados y los cráteres al otro lado de la calle. Me detuve justo junto a la mesa en la que estaba sentado el viejo del abrigo negro, la noche anterior. En ella sólo estaba una taza vacía y un periódico cubierto de polvo, el cual tomé evocando la sonrisa burlona de quien lo había tenido en sus manos. El encabezado de la primera plana decía:

FASSBENDER, ZERSTÖRT DURCH ENGLISCHE BOMBENANGRIFFE

(FASSBENDER ES DESTROZADO POR BOMBARDEO INGLÉS)

 

Oscar Valentín Bernal
12 de diciembre del 2017
Zapopan, Jalisco

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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