Velitas para los muertos

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Por Aledith Coulddy

Aquel mediodía de Junio de 1983 fue el día más caluroso de todo el verano. Muchos culpan al clima de lo acontecido en ese y en los días posteriores, pero Erasmo Pagueros reconocía y vaya si reconocía que su descuido fue el causante de todo lo ocurrido.

Probablemente a causa de una fiebre nocturna, Toñito amaneció en un baño de sudor. Bety, su madre, consideró prudente ausentarlo ese día del preescolar y llevarlo a casa del abuelo Erasmo.

–Lo que necesita el niño es un buen baño en el río, Beatriz.

–Nada de río –rezongó la mujer.

–Pero verás que sí, con eso tendrá Toñito para que se le baje su dizque calentura. Todo es culpa del calorón.

La mujer entrecerraba los ojos con la duda asomándose a través de ellos, pero después de diez minutos y otros tantos ruegos, cedió ante la súplica.

–Está bien, papá, pero carga su toalla pa’ que lo devuelvas bien seco.

El niño movía los tobillos como resortes y gritaba a los cuatro vientos su buena suerte. Erasmo lo miraba orgullosísimo. Él, que siempre había soñado con tener un hijo varón, ahora cumplía sus caprichos con el pequeño Antonio.

Al llegar al río, Erasmo desdobló la toalla de Toñito sobre el pasto húmedo y acomodo con paciencia el pantaloncito a juego con la camisa de un oso polar bebé. Volteó con su nieto para advertirle que se debía mantener a la orilla del río en todo momento, pero no lo vio. Su corazón comenzó a palpitar enérgicamente y le gritó tan intenso como pudo.

Corrió hacia el río y alcanzó a ver cómo la corriente, que a pesar de no ser caudalosa, arrastraba a Toño mientras éste trataba con todas sus fuerzas de no ahogarse.

-¡TOÑITO!

Erasmo se sumergió en el río y nadó y nadó hasta que cayó en cuenta de sus inútiles esfuerzos. Toñito estaba más allá de su alcance y de la propia vida.

Ese día Erasmo Pagueros selló su destino. Posterior al funeral, los días se tornaron sombríos y lúgubres. Las noches, no eran muy diferentes. Se levantaba en las madrugadas con dolores de cabeza fortísimos; pesadillas de pequeños féretros blancos rodeados por Beatriz y su esposo llorando sin consuelo ni esperanza por su único hijo, su primogénito, frente a los ojos de ellos. Velas por doquier, mantos violetas que cubrían cuerpos sin vida.

Erasmo daba bocanadas de aire helado tan pronto abría sus ojos y comenzaba a sollozar como un recién nacido.

“¡Oh, Toñito! Si acaso hubiera escuchado a tu madre, si hubiera nadado más rápido para alcanzar tus deditos arrugados por el agua. Si tan solo no hubiera apartado los ojos de tus pequeños pies que corrieron apresurados a ese río mortífero. Lo siento mucho, Toñito, no sabes cuánto lo siento”.

Después de once días del funeral y cansado de llorar la mayor parte del día, estaba decidido a encontrar respuestas. El 25 de Junio, se dirigió al río con una mochila cargada sobre el hombro y la tristeza arrastrando atrás de él.

El día que falleció su abuela, cuando era apenas un niño, su padre y él se dirigieron al lugar donde ella había pasado sus últimos días. Su padre ocultaba con entereza el llanto y apenas se le quebraba la voz cuando hablaba con Erasmo.

–La mejor forma de honrar a nuestros muertos es volver a los lugares donde vivió los momentos más memorables de su vida.

Erasmo Pagueros no entendía qué de especial tenía la muerte de alguien, sin embargo continuó escuchando con atención a su padre.

–Aquí, es donde tu abuela trascendió a la tierra de los muertos… corre, alcánzame esas velas.

Se encontraban en el cuarto de Amelia Pagueros. Era una habitación de cinco por seis metros, adornada con algunos cuadros florales y crucifijos de madera. En el centro se encontraba una cama que apestaba a medicinas que han estado mucho tiempo guardadas.

Erasmo se apresuró a atender la orden de su padre quien colocó las velas alrededor de la cama de Amelia.

–Esto le ayudará a encontrar su camino y alcanzar su destino final.

–¿Cuál es su destino final, papi? –preguntó ansioso el Erasmo de ocho años

–Eso es algo que no sé, hijo, son cosas que las personas vivas no tenemos permitido saber. Conténtate con haber ayudado a iluminar su camino.

Como cualquier niño al que le dicen no y él quiere sí, Erasmo no se contentó con esa respuesta y por muchas semanas buscó despejar sus dudas. Al no encontrar algo que le satisficiera y con la llegada del torneo de futbol de verano y el campamento anual al bosque, dejó todo el tema atrás.

El 25 de Junio resurgieron en él esos cuestionamientos como un titán que emerge del fondo del océano. Se encontraba en el campo junto al río, parado a la mitad de la noche y a tres grados centígrados de temperatura, con treinta veladoras listas para iluminar el camino de Toño hacia las tierras desconocidas o mejor aún, para traerlo de vuelta y encontrar algunas respuestas.

–¡Toñito, Toñito! –La voz hacía eco; un eco que crecía hacia el sur del río como un huracán que destruye todo a su paso.

El viento amenazaba con extinguir las pequeñas luces titilantes y Erasmo soltaba de tanto en tanto gemidos dolorosos que caían justo a la mitad del río, en el preciso lugar donde Toño había muerto.

La escena se repitió por una hora y media hasta que Erasmo, que se había acostado junto a las veladoras que yacían a la ribera del río, cayó en un profundo sueño.

Al poco tiempo, una sacudida en el hombro lo despertó de su habitual pesadilla de ataúdes blancos.

–¿Me llamaste?

El corazón de Erasmo se detuvo por un instante; se le helaron los cabellos de la nuca. Volteó con premura y descubrió a un hombre de aproximadamente treinta años, con barba desaliñada, sombrero negro y botas de piel. El hombre sonreía de oreja a oreja.

–¿Quién eres tú? –Erasmo tiritaba, pero no de frío. Trataba de protegerse de aquél hombre desconocido.

–Soy yo, Toño; me llamaste y vine a ayudarte.

–¡Tú no eres Toño! Mi niño tiene cuatro años y es como de esta estatura. –La mano temblorosa de Erasmo hacía en el aire la seña de un metro de altura.

–Mírame bien, Tata; soy yo, Toño, el mismo escuincle que amaba aparentar que nadaba en este río.

Erasmo se volvió hacia el agua oscura y se quedó ensimismado por unos segundos con el sonido de la corriente que dirigía su cauce hacia el sur. Una lágrima recorrió su cara y se evaporó en la tierra.

–Toñito se me murió aquí hace unas semanas. No sé quién eres tú.

El hombre se balanceaba en puntas y talones con las manos dentro de los bolsillos de sus vaqueros de mezclilla.

–¡Oh, sí! Lo recuerdo. –Frunció el ceño como si hubiera olido estiércol–. Era un verano muy caliente, pero yo tenía mucho frío… ¡oh, oh! Casi lo olvidaba. Mamá me dejo ir a nadar contigo, pero me alejé de ti, Tata. Debiste sentirte muy culpable todo este tiempo.

Erasmo tenía ahora verdadero pavor. Se abrazaba a sí mismo y balbuceaba entre dientes rezos cristianos.

–¿Cómo sabes eso? ¿Quién te lo dijo? –Se sentía mareado y con unas inminentes ganas de devolver el estómago.

–Nadie me lo ha dicho, Tata. Yo lo viví. –Se hizo un silencio que pareció durar mil años y el hombre volvió a hablar–, mírame bien, soy yo. ¿No me recuerdas?

Erasmo lo miró con atención. Ciertamente lucía como Toñito, si Toñito se hubiera convertido en un hombre. Si Toñito hubiera entrado a la escuela y hubiera aprendido a leer y a escribir. Quizá le habría gustado jugar futbol como a él y acampar en las noches de calor en el bosque junto a toda la familia. Quizá hubiera conseguido una novia y hasta hubiera tenido dos hijos. Con suerte, él los habría conocido y hubiera sido un bisabuelo.

Comenzó a llorar ante sus imágenes mentales. Lloraba tanto que pasaron horas y el llanto no cesaba. Las lágrimas, sin embargo, no impidieron que Erasmo advirtiera la oscuridad a su alrededor; no se vislumbraba ningún rastro del amanecer. Miró su reloj que marcaba las tres de la mañana. Pero eso no era posible, si hacía cálculos podía inferir que se quedó dormido aproximadamente a esa hora.

El hombre se había puesto a juntar varias piedrecitas que arrojaba al río.

–¿Quién eres tú? –preguntó una vez más.

–Que soy Toño, Tata, ya te lo dije.

Cada vez que lo miraba, lucía más como Toño, pero ¿cómo podría ser él si estaba muerto?

–Toño tiene cuatro años.

El hombre suspiró como un profesor que está a punto de explicarle algo muy difícil a su alumno más problemático.

–Del lugar donde vengo, el tiempo transcurre hasta que uno decide cuándo deja de pasar. Luego nos quedamos así  para siempre. Yo estaba haciendo lo habitual cuando de pronto una gran luz bloqueó mi camino y supe que debía venir. En cuanto te vi me puse muy muy feliz de que fueras tú. Te he extrañado mucho, Tata.

Erasmo presentía saber de qué trataba todo aquello.

–Si eres Toño, ¿a qué has venido, entonces?

–Vengo a acompañarte a casa.

–¿A casa? ¿Cuál casa?

–La casa eterna, Tata –dijo el hombre esta vez con desespero–, no tenemos mucho tiempo, debemos irnos antes de que las velitas se apaguen.

A Erasmo no le molestó la posibilidad de estar muerto, al fin y al cabo, si ese hombre que lo miraba con paciencia era en verdad Toño, y si la muerte lucía tan apacible como en ese momento, estaba dispuesto a irse. Así se libraría para siempre del dolor.

–¿Cómo es que morí, entonces?

El hombre sonrió compasivamente.

–Te quedaste dormido hace ya varios meses, justo en este lugar donde estamos parados. Las velas incendiaron el pasto, había mucho humo. Tú jamás despertaste. Hubo un gran funeral en tu honor. Erasmo Pagueros había trascendido a la tierra de los muertos; todo el pueblo asistió a la misa de cuerpo presente. Pero tú no trascendías, Tata. Seguías aquí, doliendo tu pena, abrazando mi muerte como un castigo propio cuando yo he estado tan pleno allá a donde vamos. Mamá recordó lo que un día le contaste y entonces vino a traer tus propias velitas y lo demás ya lo sabes. Vine para acompañarte a casa, Tata –repitió Toño una vez más.

En ese momento Erasmo reconoció a su nieto en aquel hombre, el mismo niño de un metro de altura, de cabello color almendra y ojos tan vivos que parecían la Tierra misma. Se acercó a él y le dio un abrazo que duró toda la eternidad.

–Lo siento mucho, Toñito. Yo no quería que murieras.

Esa fue la última ocasión que los ojos de Erasmo Pagueros lloraron.

Toño lo abrazaba y le acariciaba sus cabellos blancos y delgados.

–Beatriz, tu papá, todos… ¿Estarán bien? –preguntó con angustia

–Todos estarán bien, Tata. Todos estamos bien al final.

Erasmo recordó la conversación que había tenido con su padre. Sus dudas estaban a punto de resolverse.

–¿Cuál es el destino final, Toñito?

Toño guardó silencio por un instante. Miró hacia el cielo lleno de estrellas y esbozó una gran sonrisa.

–Hoy mismo lo conocerás, sólo puedo decirte que nos espera una gran bienvenida.

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