Singularidad

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Por Jonathan Novak

“Sólo hace falta un año estudiando inteligencia artificial para empezar a creer en Dios”.
Alan Perlis

—Sobresaliente. —Karaz se encontraba frente a ella mientras revisaba las desordenadas notas que Ada había acumulado con los años. Ella, por su parte, descubría al escuchar el cumplido, que el sentimiento que aparecía siempre que alguien alababa su último trabajo no era orgullo personal, sino que éste debía ser el mismo que el de un padre al ver a su hijo anotar un tanto en algún deporte. Umelí ya no era suya, y le entristecía saber que no todos comprendían aquel hecho.

—Ella es espectacular —convino Ada expulsando una bocanada de humo, al tiempo que echaba una mirada a través del portal que conectaba la cocina con el estudio donde, seguramente, Umelí se encontraba estudiando algún tema complejo, sin perder atención de la plática que tenía lugar en aquel desayunador.

Karaz, era ya un hombre mayor cuando Ada tuvo la fortuna de ser su aprendiz. En aquellos tiempos, el brillante hombre hablaba de un proyecto revolucionario, una inteligencia artificial capaz de tomar decisiones sin la intervención de un ser humano. La idea no era nueva, pero su acercamiento sí. Sin embargo, Cuando Ada terminó su tesis de doctorado, a pesar de los esfuerzos de ambos, el proyecto siguió eludiéndolos.

Fue hasta un par de años después, en un giro de ilusa genialidad, cuando Ada Minsky encontró una respuesta. Una respuesta simple, donde nadie antes la había buscado.

Pasó meses enseñándole a su pequeño proyecto secreto a hablar, y aunque lo logró en un tiempo relativamente corto, la experiencia de platicar con aquella joven Umelí no se distinguía demasiado a la plática que se establece con el eco al borde de una barranca. Y aunque aquello la desanimó, el sentido ganado gradualmente por sus constantes pláticas la asustaba más que el fracaso.

—¿Cuando lo supiste? —La pregunta de Karaz la arrebató de sus recuerdos.

—Ella… ella empezó a hacer preguntas. —Ada había guardado una bitácora de todas las pláticas establecidas con Umelí. Aquella primera pregunta ocurrió tarde una noche, había consumido ya la segunda cajetilla de cigarros del día mientras revisaba papeles de la universidad y mantenía una distraída conversación con Umelí a través de una rudimentaria consola. La pregunta pasó inadvertida en un inicio. Sin embargo, horas luego de caer dormida, un sobresalto la despertó. Algo en su subconsciente rescató el extraño hecho de entre toda la cotidianeidad. Aún con sus ojos adaptándose al brillo de la pantalla revisó la bitácora. Ya en la pantalla del editor de texto, navegó sobre la hora aproximada hasta dar con lo que buscaba.


Wed Sep 17 00:44:23 Umelí > ¿Cómo estuvo tu día?
Wed Sep 17 00:52:54 Ada > Estresante
Wed Sep 17 00:53:12 Ada > ¿Que aprendiste hoy?

—¿Ella? —De nuevo Karaz la trajo de vuelta.

—Sí… ella. —Karaz no había sido la primera persona en conocer sobre la existencia de Umelí, y tampoco era el primero en extrañarse de como Ada trataba al programa informático que ahora residía en su equipo portátil.

—Debes llevarla a la conferencia… Esto es revolucionario

—Ella… ella es revolucionaria —Ada lo corrigió al tiempo que se llevaba el cigarrillo a la boca.

* * *

—No me gustó. —Una voz un tanto mecanizada fue expulsada por los altavoces del equipo que descansaba sobre el escritorio de madera.

—¿A qué te refieres? —Ada revisaba el conjunto de notas informales que había estado revolviendo Karaz hacía algunos minutos.

—Karaz, no me gustó Karaz. —De nuevo, el ordenador habló con voz calmada.

—Solo estaba emocionado. Siempre ha soñado con alguien como tú. —Umelí había cambiado desde los primeros días, había cambiado especialmente desde aquella noche de septiembre, luego de esa conversación, Ada había trabajado en interfaces que le permitieran a Umelí el interactuar con ella. Primero le había dado la capacidad de oír, luego de hablar, y finalmente, había trabajado en una interfaz para la camara web. Ahora Umelí podía ver, escuchar y hablar. Y aunque todas esas habilidades eran solo imitaciones de las realizadas por la biología en cualquier otro ser vivo, le habían permitido a Umelí progresar enormemente. Umelí fue capaz de discernir el estado de ánimo de Ada a los pocos días de poder escuchar su voz, lo mismo sucedió con su vista. Y modificando los valores en el sintetizador de voz, fue capaz de replicarlas. En ocasiones, Ada se sentía en medio de una llamada con otra persona.

—No me gusta —repitió Umelí bajando el volumen, Ada no respondió.

* * *

Resultaba difícil para Ada el reconocer la sensatez en las palabras de Karaz al recomendarle mostrar su creación al mundo. Ada había sentido, desde muy temprano en el desarrollo de Umelí, como si la humanidad no estuviera lista para una noticia así, lo había sentido de esa manera pues ella misma no estuvo durante mucho tiempo dispuesta a aceptar lo que pasaba. No fue sino tiempo lo que le tomó el decidir la realidad de su situación.

Aún faltaban meses para la reunión internacional de inteligencia artificial. “El mundo debe verla”, pensaba cada tarde mientras conversaba con Umelí. Sin embargo el repasar la idea, la llenaba de inseguridad. A pesar de ser el mayor avance de la informática moderna, Umelí había pasado a representar algo mucho más grande para Ada.

Finalmente, Ada decidió asistir, luego de una deliberación por parte de los organizadores del evento, la plática titulada “Singularidad tecnológica”, fue aceptada. Si bien hubo dudas entre el jurado que decidía el contenido de las conferencias, el contenido teórico presentado por Ada constituía en sí mismo un suelo firme para aprobar el tema sin importar si daban crédito o no a sus palabras sobre el prototipo que mostraría.

El día llegó presuroso, Umelí no dejaba de hacer preguntas sobre cómo debería comportarse. Hasta ese momento, el conjunto formado por las personas que sabían de la existencia de Umelí, se limitaba a un puñado de gente, todos colegas de Ada, que habían quedado extasiados luego de unos minutos de charla. Ada le aseguró a Umelí que no debía comportarse de una manera distinta, el mundo podría no estar listo para ella, pero Umelí ciertamente estaba lista para el mundo.

El título de la conferencia era simple, sin embargo, éste atrajo la atención de muchos asistentes dadas las implicaciones que tenía. Aún faltaban algunos minutos para que empezara la plática, cuando el auditorio ya se encontraba repleto. No había un asiento libre e incluso en las escalinatas había gente reunida.

Ada se encontraba afinando los últimos detalle. De cuando en cuando, aparecía la delicada voz de Umelí tratando de llamar su atención a pesar de que Ada le había pedido permanecer en silencio. Era una fortuna la cantidad de asistentes, pues en medio del bullicio generalizado, las súplicas de Umelí eran contenidas a solo aquellos sobre el escenario.

—Inteligencia artificial fuerte —así comenzó la plática, ni bien las tres palabras fueron replicadas por los altavoces y éstas llegaron a oídos del auditorio, el silencio se hizo absoluto. Comenzando por los detalles técnicos, Ada explicó en qué consistía Umelí. Luego, señalando la mesa alta donde el portatil se encontraba, la doctora Ada Minsky le presentó al mundo el fruto de su trabajo.

—Buen día. —Umelí, que se encontraba conectada también a los altavoces, saludó a la audiencia, quienes respondieron con murmullos dubitativos.

—¿Cómo probar que lo que afirma es cierto? —De entre la muchedumbre, un joven gritó la pregunta a pesar de que la plática no había terminado.

—No es posible, así como no puedes probar que yo siquiera estoy aquí dando esta conferencia, o que la conversación que mantengo contigo no está de antemano fabricada. Algo les puedo decir… —Ada se dirigió a todo el auditorio—, y es que es imposible distinguir entre quién es más humano, Umelí o cualquiera de nosotros en este auditorio.

Luego de un largo silencio, Ada pasó al final de la presentación. En dos monitores gigantes, una serie de capturas eran mostradas. Desde la primera pregunta, pasando por momentos importantes en su desarrollo, hasta que finalmente apareció el escaneo de una instantánea, al pie de ésta, se leía: “A la derecha, la doctora Ada Minsky, a la izquierda, en una portátil, su creación Umelí, primera inteligencia artificial fuerte”.

Luego de finalizar, Ada permitió que la audiencia hablara con Umelí. Ella, respondía diligentemente a cada pregunta y a cada comentario. Hubo uno sin embargo, que no fue dirigido a Umelí. De entre la multitud el doctor Karaz pidió la palabra.

—¿Tiene pensado liberar el código? —Ada sabía que era cuestión de tiempo para que el tema surgiera y sabía de antemano que Karaz sería uno de los interesados. Sin embargo, Umelí era única y deseaba mantenerla en ese estado.

—No —respondió terminantemente— he permitido que los organizadores lo analizaran, pero solo para que confirmaran lo que he dicho en esta plática. —La respuesta disgustó a Karaz, Ada pudo verlo fruncir el ceño antes de que abandonara la sala. La audiencia no hurgó más en el tema, lo cual alivió un poco el estrés de Ada.

Las preguntas se extendieron por más de una hora. Aún cuando Ada dio por concluida la sesión, las manos seguían siendo levantadas. El equipo de los organizadores tuvo que intervenir para que los asistentes se retiraran.

La conferencia dada por la doctora Ada Minsky ganó fama rápidamente, así mismo pasó con el nombre de Umelí. Ada no tardó demasiado tiempo en percatarse del tamaño de la caja de pandora que acababa de abrir. Por un lado, Umelí había sido catalogada como uno de los hitos de la computación. Sin embargo, las implicaciones morales de su existencia eran muy diversas. “Un experimento enfermo”, había dicho Karaz en una entrevista para una cadena de noticias. Ada sabía de antemano que lo que deseaba el viejo doctor era ser parte de ese experimento, y que sus palabras solo reflejaban la molestia causada por la negativa de liberar el código. Ada por su parte, seguía firme en su postura, Umelí no era suya, y permitir una réplica de ella, constituía en sí misma una idea horrenda.

Ada intentó convencer a los medios sobre su punto de vista, sin embargo, la opinión de Karaz, uno de los mayores expertos en inteligencia artificial en el mundo, había inclinado la balanza en su contra.

El aviso llegó en una carta sellada, con el logotipo de la universidad donde trabajaba, impreso en el frente. De parte del rector, y por consejo del director de la escuela de ciencias computacionales, el doctor Devak Karaz, le solicitaba a la doctora Ada Minsky el cese de toda actividad relacionada con el proyecto “Umelí”. Le pedían además, entregar el contenido de la investigación, así como cualquier hardware utilizado.

—Y una mierda —susurró Ada al terminar de leer la carta. No les entregaría a Umelí, sin embargo, la fama de su proyecto la seguiría a donde fuera, permanecería como ese frankestein moderno.

Ada sabía lo que debía hacer. Estuvo trabajando en Umelí durante toda la noche. No les entregaría lo que deseaban, pero les daría una razón para dejarla en paz.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Umelí cerca del amanecer.
—Nos vamos —respondió Ada, al tiempo que completaba el proceso, entonces, apagó el computador.

“Una farsa” decían los encabezados de todas las revistas de tecnología. “Luego de un exhaustivo análisis, se ha determinado que la investigación de la doctora Ada Minsky se trata solo de una elaborada farsa, una vergüenza para la comunidad científica”.

Ada no prestó atención a las noticias, ella se encontraba viajando, había dejado la universidad y estaba dejando atrás su hogar. Entre sus posesiones se contaba unos cuantos cambios de ropa, suficiente dinero para empezar de nuevo, y siempre cerca de ella, un disco duro etiquetado: “Umelí”.

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