Martín no es un asesino

images (23)

Por Aledith Coulddy

Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.
—Friedrich Nietzsche

I

Martín Ocampo era un asesino. Jamás había matado a nadie, pero esencialmente lo era.

Dos años atrás, Martín se hallaba podando el jardín trasero de una familia adinerada; apenas el sol daba señales de despertar, unos cuantos rayos se asomaban por el oriente cuando por una de las bardas posteriores un chico de aproximadamente veinte años brincó el límite de la casa. Vestía una sudadera negra con un estampado de alguna hierba ilegal por delante, y con las mangas se limpiaba el sudor de la frente. Martín, petrificado, observó al chico tomar de uno de sus bolsillos un arma de pequeño calibre.
“Lo siento, viejo”, masculló con la mirada fija en Martín como una presa, y apuntó el arma directo a su frente mientras con la mano libre lo tomaba de su brazo y lo atraía hacia él.

Lo siguiente ocurrió de manera fugaz, como un sueño que es nebuloso a los recuerdos. Un policía más añejo, a duras penas si alcanzó a emerger del muro de concreto, y sobre él, alistó su propia arma en dirección al chico de sudadera. Lo siguiente que Martín recuerda era el cadáver de Juan Diego Alonso postrado a sus pies. Y el olor a sangre fresca sobre el césped recién tratado.

De alguna manera, se convino en un acuerdo ajeno a Martín, que la culpabilidad del asesinato de Juan Diego Alonso era suya.
¿Cómo había acabado dos años encerrado entre verdaderos criminales? Sólo un destino embustero lo sabía. Él no, él solo era un asesino.

II

Martín despertó de la pesadilla habitual de los últimos meses. El olor a orina y sudor le recordó que había amanecido postrado en la celda de siempre.
Era sin embargo, motivo de esperanza, el saber que el juicio definitorio se llevaría a cabo al día siguiente.

Los primeros seis meses prisionero los había vivido sin expectativa alguna de salir libre. Por fortuna, un viejo amigo de la vida, se mostró clemente a su necesidad y consiguió entre su familia allegada un abogado que cobraría poco por desentrañar los hechos y mostrarlos ante la corte.

La primera vez que fue enjuiciado, le advirtieron los policías del condado que prudente era declarar responsabilidad de lo acontecido. Sin embargo, férreo a sus convicciones, Martín optó por mantener su versión hasta el final.
Era una jugada peligrosa, volverse en contra de todo el departamento policial, no auguraba desenlace favorable alguno. Al contrario, su palabra se convirtió en imán de amenazas verbales y en un par de ocasiones, físicas. Una costilla quebrada y un ojo que aún no sanaban, eran el indicio.

Cuando llegó el licenciado Mathews a probar su inocencia, justo en los momentos más álgidos, crearon una estrategia para acabar con las amenazas y centrarse en lo realmente trascendental: la libertad.

Martín se enteró que el día en el que se había convertido ante la sociedad en un asesino, Juan Diego Alonso estaba huyendo de la policía local por haber opuesto resistencia a las órdenes del comisario.
Lo habían encontrado robando un paquete de cigarros y sin más, se le procesó como un criminal de primera. Juan Diego, de carácter revolucionario y rebelde, huyó de los gendarmes y éstos lo siguieron como si de un terrorista se tratara. El abogado y Martín concluyeron que el momento en el que el chico llegó a la casa donde Martín realizaba sus labores, y amenazó su vida con el arma desenfundada, se trató solo de una faramalla Hollywoodesca para aparentar el haber capturado un rehén. Sin embargo conocían el final.
Martín se había convertido en un asesino inocente y no existía otra cosa que deseara más que salir de ese lugar.

III

¿Cómo llegó hasta ahí? No está seguro, Martín solo sabe que una noche antes tuvo una plática acalorada con su compañero de celda.

Preparaba sus pocas pertenencias en pilas dispuestas de tal modo que al día siguiente, al volver del juicio, su salida pudiera efectuarse más rápida. Marcos, su compañero, sólo miraba con diversión en el semblante.

—Sé que no crees que pueda lograrlo, pero mañana mismo estaré fuera de aquí. —Marcos negaba con la cabeza y entrecerraba los ojos en señal de desaprobación.

—He estado en esta fosa más tiempo del que tú has llorado por tu libertad. No tengo dudas del desenlace, hombre. Esos cerdos ganarán el juicio y a ti, te darán si son compasivos, unos cuantos años más conmigo, o hasta que alguno de los dos se mate de la desesperación.

Martín hacía caso omiso a sus palabras, no se dejaría engatusar por pensamientos pesimistas. Confiaba en que la justicia estaría de su lado.

—Mira, Martín. Eres un imbécil, pero eres buen chico. De todos los que han cruzado esta pocilga, tú verdaderamente has sido el zoquete más inocente. Es por eso que te diré cómo le harás para escapar de los guardias, mañana, cuando te traigan de vuelta a la celda con la culpa en tus hombros…

—No quiero saber nada, Marcos. No necesitaré tus consejos porque soy inocente y mi abogado lo demostrará.

Su compañero no evitó carcajearse; todos se lo decían, que estaba perdido, pero Martín no lo creía, no. Martín era inocente y la vida ponía a cada quien en su lugar, o eso decía su madre y las madres jamás se equivocan.

—Sólo escucha y ya decidirás. No salgas de estos barrotes sin antes escuchar mi consejo. Créeme, Marty, nadie quiere más que te largues de este infierno que yo.

Llegó hasta ahí, recordó entonces, porque Marcos Calderón, le había dicho cómo huir de la prisión. Le advirtió que podría perder la vida en el intento, pero a Martín no le quedó opción.
Cuando escuchó de la voz del juez la palabra “culpable”, supo que no tenía otra opción que huir. Huir lejos y para siempre. Sólo tenía que cruzar la frontera y de ahí las cosas serían más sencillas. El país vecino no era tan recto con las leyes y un buen soborno le permitiría viajar aún más al sur hasta desaparecer su propio rastro.

Las piernas atróficas se le acalambraban con cada paso apresurado que daba. Los pulmones apenas si alcanzaban a reservar algo de oxígeno, pero la adrenalina era más imponente. Creía haber sentido el impacto de una bala en su omóplato izquierdo, pero no se detuvo a averiguarlo. Debía correr como nunca, a la velocidad exacta para lograr cruzar esos terrenos desérticos donde el sol quemaba como una sartén hirviendo… y entonces conocería la libertad.

IV

Una choza de madera podrida se alzaba cual oasis en medio de aquel descampado infinito. Martín frotó sus ojos para confirmar que aquello no era un espejismo.

Algunos kilómetros atrás, o quizá fueron metros, creyó haberse encontrado con un río de aguas claras. Cuando estaba a pasos de tocar con sus dedos el líquido esmeralda y fresco, éste desapareció frente a sus ojos.
Su cerebro le había jugado una cruel broma. La deshidratación acompañada de la hemorragia le habían causado un desmayo cuando ya había perdido de vista a los guardias de la prisión. Segundos antes de desvanecerse se había percatado que efectivamente, una bala había atravesado su hombro, y no fue sino hasta que hubo dejado atrás la persecución que cayó en cuenta de la cantidad de sangre que no circulaba más en su sistema. Sus ropas naranjas ahora lucían un matiz escarlata. Y sus manos, ingles, espalda y todo, estaban bañadas en sudor. Sólo su boca permanecía seca, implorando, con cada metro recorrido, un poco de agua.

Arena cayó en sus escleras al momento en el que restregó presuroso sus manos contra sus ojos. No había lágrimas que derramar por la irritación, pero se percató de que aquella cabaña vieja, era en efecto real.

Un poco más de dolor, unas gotas más de sangre esparcidas sobre la arena y estaría ahí. Para pedir agua. No más. Sólo se refrescaría y de inmediato continuaría con su camino.
Sin embargo, apenas golpeó la puerta delantera de la deteriorada residencia, la oscuridad llenó una vez más su visión.

V

—Trae aquellas vendas, Rosa… no, no, no las sucias, las otras, las que están sobre el cómodo.

Un dolor punzante atravesó la columna de Martín y se alojó justo en el sitio donde la bala había atravesado su cuerpo.
Abrió sus ojos, imágenes borrosas y un espiral de cosas que caen era todo lo que podía mirar.

—Agua, por favor —logró articular.

Una taza de metal frío apareció ante él. Alguien, algún ser piadoso le acercó el recipiente a su boca y Martín bebió con avidez.

—Más despacio, chico, o vomitarás lo poco que te ha entrado.

Volvió a recostar la cabeza. La morada comenzaba a tomar forma. Arriba, viéndolo fijamente, un hombre de unos cuarenta años lo examinaba con la boca apretada y los ojos angustiados. Más allá, una niña pequeña se colgaba con fuerza de los brazos de una mujer de similar edad.

—Eres Martín Ocampo, ¿cierto? Te vimos los días pasados en la televisión.

Los ojos de Martín se abrieron tanto como su cara lo permitió. Sintió de pronto que la sangre volvía a correr a través de su brazo lesionado y la sed regresó a sus labios.

—No te preocupes —de inmediato prosiguió el hombre, como tratando de tranquilizar al herido—, creemos en ti, sabemos que eres inocente. Estamos hartos de ellos y de su abuso. No tienes por qué temer estando aquí.

—Necesitan borrar el rastro de sangre, necesitan limpiar la arena… —apenas si pudo exclamar Martín antes de nuevamente volverse a desmayar.

VI

Por un par de días, Martín se dedicó a sanar, fluctuando entre la inconsciencia y la vitalidad.
Esas personas, que aún permanecían de nombre anónimas, se arriesgaban demasiado al resguardarlo ahí, siendo parte de la rebelión contra un sistema ante sus ojos corrupto.

Al tercer día, comenzó a alimentarse con comida sólida y para el cuarto ya deambulaba por la pequeña habitación. La mayoría del tiempo, disimulaba su mejoría pues aunque agradecido, requería fortalecerse en discreción dado que debía continuar su camino a la primera oportunidad que se presentara y sin otorgar a nadie ninguna justificación.

Al quinto día, ya entrada la noche, susurros cerca del dormitorio llamaron su atención. Martín fingió estar dormido pues entre la plática, alcanzó a entender que era de él de quien hablaban.

La mujer insistía que todo habían de realizarlo con prudencia. No podían dejar cabida a un fallo por todo lo que obtendrían entregándolo.
Estas palabras activaron su sistema de alerta y entre frase y frase pudo corroborar que la familia había decidido entregarlo.

La pena por el asesinato que jamás cometió había sido dictada en veinte años de prisión con posibilidad de libertad condicional por buen comportamiento. Presagiaban sin embargo, un mínimo de diez años.
La pena por huir de una cárcel de mediana seguridad posterior a la sentencia se elevaba hasta la posibilidad de cadena perpetua.

No podía permitir otra noche más encerrado en esa prisión. Prestó oídos a los motivos de aquella traición; no tenía sentido el tiempo que habían invertido en su rehabilitación.
El hombre y la mujer hablaron de una recompensa que ascendía más allá del millón. Martín pensó que nadie era insobornable a final de cuentas.

Comenzó a idear un plan apresurado, pero la voz lejana de un hombre que dicta su dirección exacta le corroboró que no había más tiempo que esperar.

Cogió su par de zapatos deportivos y se vistió unos vaqueros que encontró en la habitación. Habían dejado una sudadera junto al catre; afuera calculaba temperaturas bajas por lo que se cubrió antes de salir. Había tolerado un impacto de bala y dos años encerrado entre un grupo de asesinos, violadores y ladrones. Una pareja no lo iba a detener.

Como previendo sus pensamientos, justo al salir de la habitación, el hombre y la mujer lo esperaban con puñal y martillo en mano respectivamente. Martín sintió el dolor del hombro agudizarse y la visión nublarse. El instinto de supervivencia lo trajo de vuelta a la realidad.

—Tienes que entendernos, muchacho. La paga es buena y además, no sabemos si en realidad tú mataste a aquel chico o no…

—¡Confié en ustedes! —estalló Martín—. No les pedí que me aliviaran, ustedes lo hicieron por juicio propio, y ahora, el maldito dinero los hará convertirse en cómplices, ¿ah?

—Mira nuestra casa. —El hombre hizo un ademán con la mano en señal de indignación—. Somos pobres, muchacho. Nos morimos de hambre. Agradece que te salvamos la vida. No nos queda otra opción. Entiéndelo por las buenas o tendrás que entenderlo por las malas.

Alzaron sus armas a la altura de sus caras. Martín no tenía nada más que perder, estaba cansado de esa vida, harto de sentirse un bandido que necesita justificarse constantemente ante todos.

—Yo no soy ningún asesino —espetó levantando la voz poco a poco—. ¡No soy ningún cerdo homicida y no regresaré a esa prisión de porquería!

Se abalanzó contra los presentes con rabia y decisión. Sintió unos golpes en las costillas, algunas puñaladas en los brazos, pero nada lo detuvo. Un frenesí crecía desde sus adentros y éste le permitió despojar al hombre de su navaja y sin pensarlo la hundió repetidamente en el torso de su delator. La mujer lo seguía amartillando, pero Martín no lo sentía. Estaba más allá de este plano de existencia, él no era un asesino y si había que matar para probarlo no dudaría en hacerlo.

Volteó con la mujer y repitió la misma acción. Ella cedió más rápido que el hombre. Ambos estaban inmóviles, con los ojos muy abiertos mirando algún objeto que no se encontraba realmente ahí. De otra habitación, el llanto de una niña pequeña se hacía cada vez más audible.

Martín se miró a sí mismo, estaba bañado en fluidos, ajenos y propios. Se proponía darse un baño rápido, pero en la lejanía, el viento recogía el eco de varias sirenas enloquecidas y lo arrojaba directamente en sus tímpanos. No había más tiempo que perder.

VII

Martín Ocampo era un asesino. Jamás mató a nadie en venganza, jamás le arrebató la vida a otro por motivos criminales. Acabó con dos vidas en el pasado, en defensa propia, para probar que aquello por lo que era culpado, era nada más que una falacia.

Era un asesino esencialmente, pero lo único que ocupaba su mente era que gracias a eso pudo obtener su libertad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s