La voz del mar

Por S. Bobenstein

“El espacio: la última frontera”, o eso decían durante la introducción de las aventuras del capitán Kirk y la tripulación del Enterprise: “para explorar extraños y nuevos mundos, para buscar nueva vida y nuevas civilizaciones, para ir valientemente a donde ningún hombre ha llegado antes”. Estaba fascinado con esa idea, de niño quería más que nada abordar mi propia nave espacial y viajar a las estrellas: leía libros sobre el universo, sobre astronáutica, sobre teorías de conspiración de los extraterrestres, sobre el sistema solar y sobre los planetas. Durante una de mis lecturas me crucé con un libro acerca del océano y me percaté de algo muy curioso: los paisajes submarinos me recordaban a los raros planetas y a las pálidas lunas interestelares de la serie; las plantas y los animales marinos se parecían mucho a las exóticas especies que los del Enterprise visitaban, tenían una anatomía y fisiología tan diferente de todo lo que hay en la tierra que apenas podía creerme que esas cosas no fueran seres espaciales. ¡Todo eso estaba aquí, en la Tierra! Pero la cereza del pastel fue enterarme de que los seres humanos conocemos más acerca del espacio exterior que del fondo del mar. No había necesidad de salir a buscar la última frontera más allá del azul del cielo, puesto que aún existía una frontera inexplorada bajo el azul del mar. Cambié las naves espaciales por barcos y lanchas rápidas, y cambié los phasers por computadoras e instrumentos de medición marina, todo para convertirme en un oceanógrafo, en un explorador de los mares.

Debo admitir que trabajar para la NOAA no resultó tan emocionante como creía, pero sí he podido ir a lugares en el océano donde ningún otro hombre ha ido y he visto raros seres vivos que la gente común no se imagina. Algo que llamó mi atención, luego de unos años de trabajo, fueron los archivos de sonidos no identificados, captados por los hidrófonos en distintas partes del mundo. Algunos no eran más que segundos de perturbaciones sonoras, pero otros tenían modulaciones tales que, aunque podrían ser comparados con algunos fenómenos naturales, realmente no podía determinarse su procedencia. Esto reavivó mi pasión por la oceanografía y dediqué gran parte de mi tiempo al monitoreo de los sonidos submarinos, esperando en algún momento poder descubrir los orígenes de los SSNIs (“Sonido Submarino No Identificado”, como me gusta llamarles).

Un buen día en el que llegué desvelado a la oficina luego de ver hasta tarde La ira de Khan, uno de mis compañeros me puso al tanto sobre un nuevo SSNI que había sido captado en el área del punto Nemo: el punto oceánico más alejado de toda tierra, ubicado en el Pacífico Sur. Lancé mis cosas sobre el escritorio (por lo menos eso creí) y corrí a la sala de audio para escuchar. La grabación completa duraba ocho minutos, al principio podían escucharse algunas ballenas, pero en su mayoría era el sonido del vaivén de las corrientes… hasta que, luego del minuto cuatro, se escuchó un poderoso estruendo sostenido y vibratorio, como un grito grave y gutural, que duró tres segundos para luego callar. El sonido me hizo saltar de mi asiento y llamó la atención de algunos que pasaban por ahí. Volví a prestar oídos a la grabación y, segundos después, el mismo estruendo se repitió con la misma duración; en esa ocasión no me tomó por sorpresa y, en cambio, me invadió la emoción. Otro par de segundos después ahí estaba de nuevo, en todo su esplendor, y me sacó una sonrisa de oreja a oreja. A partir de ahí, el resto de la grabación fue silencio.

Las hipótesis de mis compañeros llovieron: icebergs rompiéndose, placas tectónicas rozándose, el surgimiento de un volcán submarino, incluso hasta fallas en el hidrófono. Por supuesto, no perdí tiempo y empecé a comparar el SSNI con los sonidos archivados, pero lo único que encontré fue que este era único, no había ningún otro que se le pudiera comparar. En potencia sonora era increíble, pues podría haber sido escuchado perfectamente a cinco kilómetros de distancia, y en frecuencia y modulación no se parecía a ningún fenómeno natural registrado hasta el momento. Lo clasifiqué y archivé. Seguramente para la NOAA no sería más que una curiosidad, pero para mí, ese sonido representaba otro misterio de la última frontera.

Al día siguiente ni bien puse un pie en la puerta de mi trabajo, me bombardearon con la sorpresa de que se había repetido el mismo sonido del punto Nemo. No recuerdo qué hice con mis cosas en esa ocasión, sólo recuerdo que, cuando me di cuenta, ya estaba escuchando el mismo estruendo con las mismas características, esta vez por tres minutos. Estaba atónito, ¿el mismo sonido, con las mismas características, en el mismo punto oceánico dos días seguidos? Eso no podía ser sólo una coincidencia o una curiosidad. Justo cuando terminé de archivar el nuevo SSNI, volvieron a darme la alarma: luego de unas horas de lo ocurrido, el mismo sonido fue captado nuevamente. De ahí en adelante, el sonido empezó a repetirse sin un patrón fijo, pero con las mismas características; lo estuve monitorizando durante una semana y ahí estaba, todos los días, sin que ninguno de nosotros supiera qué o quién lo estaba provocando. Creo que sería redundante decir cuál era mi emoción. Apenas pegué ojo durante los días de monitoreo puesto que estaba diseñando mi proyecto de estudio de tal forma que la NOAA no tuviera más remedio que concederme un barco: tenía que capturar ese sonido yo mismo, en el mismísimo punto Nemo.

Ese fue “el viaje largo más corto” que he hecho en mi vida, las ansias por llegar al punto Nemo hicieron que los días fueran paradójicamente breves a bordo del Okeanos Explorer de la NOAA. La tripulación parecía compartir mi expectativa acerca del descubrimiento que podríamos lograr, gracias a la tecnología vanguardista para la exploración oceánica de la nave: estábamos en la antesala de un hallazgo en el punto más recóndito del océano, algo que, probablemente, ningún ser humano antes que nosotros había observado. Durante la travesía, mis compañeros en tierra continuaron actualizándome sobre las novedades del intermitente pero constante SSNI al mismo tiempo que con los instrumentos a bordo captaba mis propias señales, cada vez más intensas gracias a la cercanía, aunque inaudibles en el medio aéreo. Las habladurías, parte en broma, parte en serio, no se hicieron esperar, ya corrían entre los tripulantes las especulaciones del origen fantástico del SSNI, como Cthulhu, el Kraken, algún kaiju, extraterrestres acuáticos, entre muchas otras hipótesis disparatadas. Los ánimos estaban por las nubes, el ambiente propicio para llevar a cabo esta aventura.

El sol se puso en el horizonte cuando llegamos a las exactas coordenadas del punto Nemo, lo único que había a nuestro alrededor eran el cielo y el océano, absolutamente nada más. El tiempo fue bueno durante toda la travesía, el mar calmo reflejaba como un espejo el crepúsculo y las primeras estrellas de la noche, perturbado apenas por las ondas del choque del agua contra la embarcación; el silencio era aplastante, por un momento nadie dijo una palabra y todos nos entregamos a tan extraña sensación, una que nunca podríamos encontrar en tierra firme. Minutos después, el bullicio estalló de nuevo y el despliegue de instrumentos se realizó con coordinación perfecta. Tomé mi lugar frente a la pantalla del radar y los monitores de los hidrófonos, luego de meterme en un traje de neopreno y de dejar listo un equipo de buceo, quería estar preparado en caso de tener que saltar por la borda a la primera visión de algo fuera de lo común, como era mi muy criticada costumbre. Todo estaba listo para la entrada triunfal del protagonista de la historia.

Pasaron las horas, la noche se cernió sobre nosotros, el espejo de las aguas nos hacía creer que volábamos a través de las estrellas, pero no había rastro del SSNI ni de su origen en el radar ni en los hidrófonos. Un par de horas atrás logramos capturar la última grabación, pero ahora que estábamos aquí parecía como si nunca hubiera existido tal cosa, no había señales de nada. ¡Nada! Entendía que ese era el punto más alejado de toda costa, pero eso era ridículo, no era posible que no hubiera ningún rastro de actividad en kilómetros a la redonda. A pesar de la decepción inicial, ninguno de nosotros perdió los ánimos y continuamos en alerta, vigilando visual y digitalmente las aguas. Lo que fuera que produjo el SSNI estaba ahí y lo encontraríamos, costara lo que costara.

La luz solar ya estaba bien por encima del este cuando me terminé mi quinta taza de café. Los que más habían dormido esa noche, sólo habían cabeceado media hora en sus puestos. El bendito SSNI no hacía acto de presencia. Dejé a un relevo a cargo del radar y los hidrófonos y me retiré a observar el océano matinal en la cubierta. “La paciencia es una virtud”, me recordé, no debía dejar que mis ansias se llevaran mi buen criterio; este tipo de cosas toman tiempo, mucho, y la mejor herramienta de un explorador es la observación del entorno, así que si el SSNI quería jugar a las escondidas, yo lo iba a esperar sentado.

Estábamos tomando el desayuno cuando sucedió al fin. En un instante, todo el barco vibró con el estruendo del SSNI durante tres segundos, como si se tratase de un terremoto de mediana intensidad. Al instante de terminar, corrimos sin pensarlo como soldados a sus puestos de batalla. Desde antes de sentarme ante el radar y de ponerme los audífonos podía ver en la pantalla una masa amorfa de alrededor de setecientos metros de longitud que se encontraba a 5,500 metros de profundidad… 5,000 metros… 4,500 metros… 4,000 metros… Otro estruendo volvió a sacudir el barco entero e hizo ondular infinitamente la superficie del mar, pude escuchar el SSNI con toda claridad, pero mis ojos no se despegaban del radar: esa cosa estaba emergiendo, demasiado rápido, y estaba en curso de colisión con nuestra nave. Inmediatamente iniciamos maniobras evasivas, aunque de poco serviría con el tamaño y la velocidad de lo que sea que aquello fuera. 3,000 metros… 2,500 metros… 2,000 metros… Aquella monstruosidad corregía su curso en dirección a nosotros sin importar qué maniobras utilizáramos. “Eso” era algo que tenía algún tipo de conciencia, nos estaba persiguiendo y parecía que su objetivo era embestirnos, muy parecido a la manera de cazar de los grandes tiburones blancos. 1,000 metros… 500 metros…

Abrí un ojo para cerciorarme de que aún estaba en el Okeanos Explorer y no frente a las puertas de San Pedro. Aquí estábamos todos, pétreos, en espera del impacto que nunca llegó. Volví la mirada hacia el radar: la masa se había detenido justo por debajo de nosotros a 500 metros de profundidad. Pasaron unos minutos más hasta que los gritos de los tripulantes en cubierta nos llamaron a todos a subir. Una forma inmensa podía alcanzarse a ver a ambos lados de la embarcación, parecía que el suelo marino se hubiera elevado de golpe. Eso era todo lo que podía aguantar, no me importó lo que llegaran a decir de mí en la NOAA, no me importó perder mi trabajo, no me importó arriesgar mi vida, tenía que ver qué era eso con mis propios ojos. Me hice con el equipo de buceo y me lancé a contemplar aquello, haciendo oídos sordos a los gritos horrorizados de los demás tripulantes.

Me tomó unos segundos estabilizarme bajo el agua, la caída me había hecho sumergirme unos diez metros, algo aceptable para alguien acostumbrado al buceo, pero no necesité sumergirme más para observar quién era nuestro perseguidor. Decirle inmenso a aquello no describe ni por asomo la magnitud de su cuerpo, el cual resplandecía sutilmente en un tono azul que contrastaba con el del ambiente. Su forma humanoide y sin rasgos distintivos se encontraba inerte en el agua, flotando plácidamente, con sus cuatro miembros relajados y con lo que podría considerarse su cabeza fija hacia nuestra dirección. Ahí estaban dos reflectores color de un azul casi blanco en el lugar donde se supondría que un humano tiene los ojos, iluminando el trayecto de su mirada. Era como si el agua del mar hubiera decidido organizarse para dar a luz a ese ser, a ese gigante, sólo un poco más pequeño que el Burj Khalifa. De repente, sus ojos cambiaron casi imperceptiblemente su posición y se posaron en mí. Me quedé helado. Ya no era sólo la presión hidrostática lo que me presionaba, ahora estaba ahí el peso de la luz de aquellos ojos, de la mirada que alcanzaba a ver cosas que yo no podría ver jamás, que nadie podría ver jamás, que trascienden a la efímera vida de un ser humano. El calor que emanaba de la luz de su mirada me acobijaba, me protegía, se metía hasta mis huesos, no como un invasor, sino como un viejo amigo, como algo que estaba descubriendo dentro de mí. Pude sentir que estaba lastimado y confundido, estos ya no eran sus mares, no los recordaba así, antes rebosaban de vida y ahora se estaban vaciando, estaban muriendo. Se lamentaba, le dolía ver tal pérdida.

Me dejé llevar por el encanto hipnótico de sus ojos, dejé que mi mente se fundiera con el calor de la luz durante horas sin fin, me dejé perder entre toda esa claridad, hasta que él y yo ya no éramos cosas distintas: descubrí que yo tenía parte de él y él tenía parte de mí, y entendí que ambos sólo éramos ínfimas manifestaciones de la vida encontrando su camino, luchando por existir en la extensión inconmensurable del universo. Llegó un punto en el que mi visión se convirtió en una blancura prístina y mi consciencia se fue a vagar a lugares más allá de nuestra realidad.

Parpadeé, y me encontré tendido en la camilla de la enfermería del barco, ataviado con ropa cómoda para descansar y con una vía intravenosa en el brazo. El doctor a bordo me contó que tuvieron que sacarme del agua minutos después de haberme lanzado ya que salí a flote inconsciente, probablemente por una conmoción por el impacto contra la superficie del agua, y que ya llevábamos un día de viaje de regreso a casa. Por unos segundos cavilé la posibilidad de haber imaginado al gigante submarino y toda mi experiencia, mas ni bien estuve de pie de nuevo, la tripulación me mostró todos los registros del fenómeno: en las fotografías subacuáticas estaba el gigante, perfectamente visible, con sus ojos grandes y luminosos, había un video de poco más de tres minutos en el que se podía ver la interacción que tuvimos, los hidrófonos captaron el sonido de una voz grave pero suave que sonaba como las olas rompiendo en las playas cuya huella era idéntica a la del SSNI. Todos vitoreaban, todos estaban extasiados, eufóricos, éste era el descubrimiento del siglo: una nueva forma de vida encontrada aquí, bajo los mares de nuestro planeta.

Me quedé absorto unos momentos en una foto en la que el gigante miraba directamente a la cámara y recordé lo que había sentido durante nuestro breve encuentro. Aún ahora, el sólo hecho de pensar en él hace que una sonrisa me cruce la cara. Él es Océano, el titán, no es un monstruo que arrasará con los humanos, él es la vida diciéndonos “estoy aquí, estoy en todo, estoy en todos, recuérdame, protégeme… y yo cuidaré de ti”.

Al momento de escribir esto estamos a dos días de llegar a puerto y ahora la voz de Océano se escucha en todo el mundo, según me informan. No puedo evitar preguntarme… ¿Estará llamando a sus hermanos?

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