El mandoble

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Por Oscar Valentín Bernal.

“Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,

un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas

en la tierra de Mordor, donde se extienden las sombras”.

J. R. R. Tolkien

Las voces sonaban otra vez en la cabeza de Mauro. Estaba seguro de que procedían de la espada, cual si fueran destilándose a partir de su acero de naturaleza desconocida. Comenzó a escucharlas desde el día en que el arma llegó desde Japón. Mauro tuvo un mal presentimiento en cuanto el paquete cruzó la puerta de su residencia a las afueras de Guadalajara, en manos de su asistente Gerardo. Fue como si la presencia de aquel objeto, cargara la casa de alguna clase de estática embriagante.

Ese día acomodó la espada justo en el centro de su sala de colección, la cual se encontraba plagada de katanas, cimitarras, sables y floretes; todos de una rareza excepcional y procedentes de todas partes del mundo. Sin embargo, aquélla era sin lugar a dudas la pieza más extraña bajo su posesión. El vendedor había sido japonés, un empresario como Mauro. No obstante, la espada no procedía del Japón.

En realidad, se trataba de un enorme mandoble medieval de hechura aparentemente escocesa. Pero tenía una característica bastante peculiar, había unas extrañas runas gravadas en el dorso de la hoja, muy diferentes a las utilizadas por las antiguas culturas celtas y nórdicas. A Mauro le sorprendió descubrir el precio tan bajo de la reliquia, lo cual incluso lo llevó a desconfiar de su autenticidad, pero tras consultar a dos respetados expertos en armamento antiguo y contemplar sus expresiones atónitas, la adquirió sin dudarlo un momento.

Las voces empezaron por la noche, similares a un lejano eco ininteligible venido de las sombras. Al principio Mauro pensó que se trataba de alguna fiesta en una de las residencias vecinas. Un par de días después no era capaz de conciliar el sueño, el solo hecho de cerrar los ojos traía consigo terribles imágenes de antiguas atrocidades. Las voces eran ya lo suficientemente fuertes para que Mauro se percatara del extraño idioma en el que hablaban. Comenzaban siempre al ocaso e iban intensificándose conforme avanzaba la noche, luego disminuían nuevamente al amanecer, hasta quedar disueltas entre los primeros rayos del sol. En ocasiones sonaban como rezos o una clase de cántico, otras veces parecían hacer preguntas, una tras otra y sin detenerse. La noche en que comenzaron a gritar, Mauro empezó a entenderlas, sin saber cómo ni por qué, pues seguían hablando en aquel idioma desconocido, pero ahora todo cuanto decían tenía un repentino sentido. Aunque no del todo explicito.

“Es hermoso…”

“Te dije que no volvieras…”

“No acabará nunca…”

“Tengo hambre…”

Eran fragmentos de frases, pronunciadas hace mucho tiempo, por gente que se había perdido en la oscuridad. Se repetían una y otra vez.

Cuando la esposa y las dos hijas de Mauro regresaron de la Ciudad de México, la espada tenía ya dos semanas colgada sobre la pared del salón. Mauro no habló con Carla sobre las voces, pensaría que estaba loco.

Una noche, mientras Mauro intentaba conciliar el sueño junto a su esposa, escuchó por primera vez aquella voz ronca y cavernosa superior a todas las demás, susurrando dentro de su cabeza:

«Mauro»

Su sonido ancestral lleno de autoridad, lo hizo abrir los ojos y volver la vista hacia Carla, intuyendo que ella también la habría escuchado. Pero su esposa estaba dormida, ajena por completo al atronador reclamo.

«Despierta, Mauro»

Lo sucedido a continuación, pareció una pesadilla de continuidad distorsionada. Repentinamente se encontraba en la habitación de las espadas frente al mandoble, pero a la vez estaba en un salón enorme de paredes rocosas, en el cual había armaduras decorando los rincones y estandartes de color rojo que colgaban de los muros y el techo. Al fondo, pudo ver a un hombre sentado en un trono, llevaba una corona con incrustaciones de joyas y Mauro reconoció la espada que estaba recargada a un costado de la silla, demasiado grande para que su dueño la llevara ceñida a la cintura.

Mauro avanzó hasta el trono, apenas consciente de encontrarse metido en una piel ajena.

Cuando estuvo frente al Rey, éste le dedicó una expresión gélida llena de odio, luego se levantó desafiante y tomó la espada. Su voz sonó cascada por el delirio de la locura:

—¡Te dije que no volvieras!

—Vamos, Enrique —dijo uno de los acompañantes de Mauro—, se ha terminado. Entrega la espada.

—No terminará nunca… —reprochó el Rey con furia y desenvainó el mandoble.

—Como quieras… —dijo Mauro, con una voz y una boca que no le pertenecían. Luego, el sonido de varias espadas al salir de sus vainas, inundó el salón.

Un momento después, estaba de vuelta en la habitación de las espadas en su propia casa, frente al mismo mandoble.

«Te he estado esperando», dijo aquella voz.

Las runas de la espada resplandecieron con un fulgor antinatural. Mauro lo contempló extasiado, no pudo evitar pensar en cuánta sangre habría bebido aquel acero, cuántas vidas habría arrancado con su filo definitivo. Había algo irresistiblemente seductor en ella.

«Acércate, he esperado mucho»

—¿Quién eres? —se atrevió a preguntar.

«Alguna vez me llamaron el filo de la noche»

El sueño de Mauro volvió a moverse, tan rápido que le hizo sentir vértigo. Ahora se encontraba en un campo enorme, sembrado de cadáveres, el escenario de una gran batalla concluida hacía poco. En su mano estaba el mandoble, pudo sentir su gran peso y supo que de algún modo, la espada había afectado el resultado de aquella guerra, de alguna forma tenía el poder para hacerlo. También sintió su hambre insaciable, la necesidad de sangre y sufrimiento, las dos cosas que le daban fuerza y las cuales no probaba desde hacía varios siglos.

Pudo ver a aquel ente llegar a la tierra desde otra parte, hacía eones, clavándose profundamente en sus entrañas y aniquilando a los seres vivos que estaban cerca, quienes se convirtieron en su primer alimento. Pasaron miles de años antes de que los hombres la encontraran dentro de una mina; un trozo de metal diferente a todos los demás, de una dureza extraordinaria. Cuando uno de los mineros la tocó, sintió su poder y sus deseos. “Es hermoso”, lo escuchó decir Mauro y contempló el creciente brillo de la locura en sus ojos decrépitos. El minero huyó con el metal, matando a tres de sus compañeros para conseguirlo. El metal permaneció con él, hasta que ya no le fue útil. Luego lo hizo adentrarse en las tierras de un reino lejano, hasta llegar a las puertas de un castillo donde el minero cayó muerto frente a ellas. Su cadáver se secó, igual que una planta marchita. El señor de aquellas tierras, maravillado con la rareza del metal, mandó a forjar una espada con él. Mauro vio el surgimiento del arma de entre las llamas; la vio pasar de mano en mano, de reino en reino, consumiéndolos a todos, corrompiendo la mente y el cuerpo de quienes estaban cerca. Vio su maligna voluntad crecer, esparciéndose por el mundo de los hombres, como las raíces de un árbol venenoso que se alimenta de la injusticia y el sufrimiento de los mortales.

«Todo este tiempo, te estuve buscando a ti, Mauro», dijo la espada, sacándolo de su letargo.

Mauro dio un respingo al notar el gran peso del arma entre sus manos. Quiso lanzarla lejos de sí, pero no pudo. No podía controlar sus movimientos, había perdido la capacidad de elegir.

«Eres mío ahora. Tenemos mucho por hacer, pero antes… debo comer»

Mauro salió de la habitación, luchando una batalla perdida contra aquella fuerza implacable que lo asfixiaba desde el interior, y se dirigió a la segunda planta, donde se encontraban Carla y las niñas.

15 de Noviembre del 2017

Zapopan, Jalisco

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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