Ero Den

Por Jonathan Novak

Era poco común ver un rostro desconocido en Ero y aunque los años y la distancia había hecho ariscos a sus habitantes, en Ero jamás se negaba ayuda a algún extraño.

Charles Gezur arribó al final del invierno, a bordo de un autobús cuya oxidada estructura había visto tiempos mejores. Su rostro marcado con arrugas mostraba un semblante prematuramente envejecido.

El mayor de dos hermanos, Charles había procurado siempre el bienestar de Paul, el menor. O al menos lo había intentado durante el tiempo que este último se lo permitió.

Paul siempre le había parecido demasiado liberal a Charles, demasiado falto de responsabilidad y aunque se repetía constantemente que aquel no era su problema, Charles siempre que podía, tomaba parte en los problemas que Paul se acarreaba.

Ahora se encontraba en un caso similar, mientras bajaba del autobús con los brazos cruzados debido al intenso frío de Ero, pudo sentir el inconfundible tacto de una carta en el bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta. Paul le había mandado aquella carta, datada un mes antes. En élla, con un tono de agradecimiento, Paul había escrito incongruencias acerca de su vida –la que llevaba ahora en Ero–, y la que había quedado atrás al lado de su familia. La carta terminaba con un “nos vemos, Charles” cuya lectura le supo a permanente.

Como era de esperarse, el remitente indicaba alguna zona de Ero, la ciudad que había despertado una curiosidad peculiar en su hermano. “Algo me llama a ese lugar”, le había dicho meses antes de tomar la decisión de mudarse para luego desaparecer entre el silencio de la distancia.

Si bien Charles solía recibir cartas de su hermano, pasaron años antes de esa última que lo había llevado a Ero. El mensaje consistía de apenas un par de párrafos entre los cuales le informaba que no habrían más cartas, y a decir por las palabras utilizadas, la razón era más que personal.

Charles no esperó a que la ausencia de cartas confirmara el contenido del mensaje, tan pronto como pudo, hizo los preparativos para partir a Ero. Un avión lo llevó primero a la capital, y de ahí el segundo vuelo lo dirigió a la última provincia del norte que contaba con aeropuerto. Finalmente, abordó aquel autobús apenas funcional el cual lo llevó a él y otras ocho personas a ese pueblo entre las montañas.

Fue el último en bajar del autobús. Con el ligero equipaje al hombro, Charles cruzó el andén que servía de terminal hasta llegar al camino empedrado, sin embargo antes de poner un pie en el camino, una sensación de vacío lo atrapó, el viento gélido bajaba del monte al norte haciéndose paso entre las construcciones de adobe y madera generando un silbido como lamento. El hombre de unos treinta y tantos sopló entre sus manos intentando alejar el frío de su cuerpo y los malos pensamientos de su mente.

Con un pie sobre el empedrado, anduvo los caminos pobremente iluminados, mientras se obligaba a no pensar en la soledad de los mismos. Revisó en unas cuantas ocasiones un pequeño trozo de papel en el cual el conductor del autobús había garabateado un mapa rudimentario pero inteligible que prometía llegar a la calle donde se encontraba el hogar de Paul; desde ahí Charles buscaría la dirección especificada en la carta.

Construido entre dos montes, y dividida por un río no demasiado caudaloso, Ero le pareció minúsculo a Charles quien llegó sin caminar durante demasiado tiempo a la casa de su hermano. Sin atreverse a entrar a la propiedad, se permitió observar la construcción: de amplio frente y erguida con madera oscura, el lugar le pareció acogedor, si hubiera llegado en otra situación, el sentimiento de vacío probablemente sería orgullo.

Removió un sencillo pasador que evitaba el movimiento de la rejilla externa y se adentró en la propiedad, siendo cobijado por la oscuridad de la noche. Diez pasos le tomó llegar a la puerta frontal y tras golpearla con los nudillos en repetidas ocasiones, pudo adivinar que Paul no saldría. De nuevo, el sentimiento de vacío se hizo presente. De entre sus pertenencias, extrajo un llavero que había recibido con la primera carta enviada desde Ero “por si fuera necesario…” leía una posdata donde Paul hablaba del paquete extra.

“Ahora son necesarias” pensó Charles mientras probaba las llaves enlazadas por un anillo metálico.

De las cinco llaves, la tercera, provocó un ligero rechinar satisfactorio.

Dentro de la casa, Charles encontró un apagador cerca de la puerta. Miró a su reloj de pulsera, este marcaba quince minutos pasadas las doce de la noche.

Comprobó primero el hogar, éste se encontraba efectivamente vacío, sin embargo, no parecía que llevara demasiado tiempo de esa manera. No encontró grandes cantidades de polvo ni ninguna otra señal de abandono, aquello le otorgó una pequeña esperanza.

Durmió en periodos cortos interrumpidos por sobresaltos generados por el más mínimo de los estímulos, aquella era la casa de su hermano, y a pesar de ello, algo se sentía fuera de lugar. Cuando pudo ver los primeros rayos de luz colándose por entre las ventanas y las cortinas, se sintió aliviado y cuando tuvo suficiente luz natural, se dedicó a buscar entre las pertenencias de Paul.

Con dos habitaciones, solo una ocupada, el objetivo de encontrar pistas sobre lo que había sido de la vida de su hermano durante los últimos años no debería representar un gran reto.

De nueva cuenta, la búsqueda no llevó a ningún sitio, aquel lugar parecería haber sido dejado justo antes de que Charles arribará a Ero, hubo solo una cosa que llamó su atención, en el compartimento más alto de un librero, se encontraba una fotografía, en ésta se observaban dos hombres abrazados frente a una construcción que aparentaba ser un templo de alguna clase. Uno de los hombres era su hermano, el otro, ataviado con ropajes extraños, pudo intuir que se trataba de un sacerdote. Además de la amistad que parecía mostrar la imagen, detrás de ésta leía:

“Como siempre, ha sido una fortuna contar con tú ayuda

-Padre Glenn-”.

Sin ninguna otra pista en el lugar, Charles decidió buscar al otro hombre de la fotografía.


—Paul se ha convertido en una gran figura para la comunidad. —Charles salió de la casa de su hermano pasadas las ocho de la mañana, a esa hora Ero ya se veía como un organismo vivo a pesar del intenso frío, y aunque los habitantes lo veían con recelo, no fue difícil encontrar a alguien quien tuviera razón de quién era el hombre de la fotografía.

Una mujer mayor le indicó el camino a Ero Den, la zona del pueblo donde se encontraba el templo. Al llegar ahí, sólo tuvo que preguntar por el padre Glenn, quien no tuvo problemas en recibirlo “en especial para esta nuestra iglesia”, añadió el padre Glenn mientras lo conducía hacia su oficina.

—Me preocupa que le haya pasado algo, me envió esto hace un mes. —Charles le tendió el pedazo de papel que había estado guardando todo ese tiempo—, y ayer que llegué a su casa, él no estaba ahí.

El padre revisó la nota rápidamente antes de hablar.

—No será hijo nada, Paul debe estar haciendo diligencias en la ciudad, no sería raro de él. —Hizo una pequeña pausa antes de continuar—, sin embargo, si estás preocupado, puedo preguntar a nuestra gente allá, seguro que lo han visto. Si no regresa hoy puedes buscarme mañana, tendré lista la información.

Charles aceptó la ayuda con gusto.

De nuevo en la casa de Paul, Charles regresó la fotografía de su hermano a donde la había encontrado. En el librero, una serie de tomos de pasta dura eran almacenados, entre ellos una libreta cuya existencia había sido ignorada en la primera inspección del lugar. Saltó a la vista y un impulso llevó a Charles a tomarla.

La pequeña libreta contenía una especie de diario, éste comenzaba en los primeros días de Paul en el pueblo, describiendo la forma de ser de los lugareños  y las dificultades que pasó para ser aceptado en la aislada sociedad, luego comenzaba a hablar de Glenn y del templo de Ero Den, finalmente las entradas se volvieron erráticas. Cada página que pasaba tenía menos sentido que la anterior, las entradas del diario parecían conversaciones con alguien desconocido y de cuando en cuando incluía un garabato sobrepuesto a las palabras antes escritas. La página final era especial, Paul había prescindido casi en su totalidad de palabras, en la cabecera leía “Ero Den: Subsuelo”, el cuerpo lo componía una ilustración a tinta, dos figuras humanas estáticas al lado de un altar, y frente a ellos una sombra informe parecía alcanzarlos lentamente.

La imágen le dejó intranquilo durante toda la noche.


—¿Desea un café? —preguntó Glenn mientras colocaba una taza frente a Charles. Como había prometido, Se encontraban nuevamente en la oficina del padre “le tengo buenas noticias” le había dicho tan pronto como lo hubo visto—. Como lo hube anticipado, estaba realizando una diligencia, volverá más tarde. —Charles sorbió de su taza aliviado. Él y el padre Glenn estuvieron platicando durante algunos minutos más antes de que una oscuridad nublara su vista.


—Me da mucho gusto verte, hermano. —Charles sentía como si alguien hubiera perforado su cabeza. La voz que escuchaba sonaba hueca, como atrapada en una vasija—. Sabía que no podrías evitarlo.

—Un buen trabajo como siempre, Paul. —Los ojos de Charles tardaron en responder, su cuerpo se sentía liviano. Pronto adivinó que era transportado por dos personas, la voz de su hermano lo reconfortó por un momento. Sin embargo la ominosa visión de una escalera empedrada débilmente iluminada lo desconcertó. A su izquierda, Paul le otorgaba una mirada alegre y a su derecha, el padre parecía expectante.

Charles continuó en un estado apenas consciente durante todo el descenso, fue hasta que alcanzaron un fondo rocoso y húmedo que por fin pudo hacer una imagen completa en su mente de lo que estaba pasando. Se encontraba en una especie de cueva inmensa. En qué lugar exactamente, no estaba seguro. Aun así, la situación era extraña, sin fuerzas en sus músculos, estaba a merced de las dos personas que lo llevaban.

—Debo decir que nuevamente me has ayudado mucho, Charles. —Paul seguía dirigiéndose a él ocasionalmente—, pero como lo dije en la carta, ésa sería la última.

—Esto es un gran orgullo, hijo, quizás no lo entiendas, pero aquí en Ero, la vida es difícil, es por eso que acudimos a métodos que en otros lugares podrían parecer… “extremos”. Tu hermano ha sido de gran ayuda en estos últimos años.

Charles fue colocado en una mesa de piedra al centro de la caverna.

—Terminará pronto, ya lo verás. En serio has sido de gran ayuda. —Paul comenzó entonces a encender un conjunto de hogueras mientras que Glenn cambiaba su atuendo.

Cada uno terminó con su tarea, y se colocaron a su lado.

Glenn llevaba en su mano derecha una aguja metálica de al menos veinte centímetros.

—Sólo será un momento —repitió Paul, y con aquella frase llegó un dolor distinto, quiso gritar, pero de su boca solo salían débiles gruñidos que no alcanzaban siquiera a hacer eco en aquel lugar—. Acabará pronto —repitió Paul nuevamente mientras Glenn seguía forzando la aguja en su cuerpo.

Lo último que percibieron sus ojos fue una oscuridad creciendo, como si las antorchas perdieran intensidad.

—Ya está aquí —Alcanzó a decir Paul, Charles recordó la última página del diario de su hermano.

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