El hombre que muere

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Por Aledith Coulddy

“El fin es parte del principio. No existen causa y efecto, sois vosotros los que os movéis entre las causas y los efectos”.

—Leonardo Patrignani

Tierra 1

A pesar de tratar de ignorarlo, supe cómo. ¡Claro que lo sabía porque Víctor me lo sugirió la primera vez que pasé!

¿Pero cómo habría podido hacerlo? Era el proyecto de mi vida. Un proyecto dictaminado por la misma empresa que hoy desea asesinarme.

Sé que no debí abrir la boca. Estaba en el contrato no contarle a nadie sobre este asunto, pero es que… ¡Era demasiado arriesgado!

Demasiado pretencioso para nuestras limitaciones terrenales.

Tenía que informarle a alguien, alguien que estuviera dispuesto a correr el riesgo de saber información de vida o muerte. Mi excusa siempre fue que la persona a quién se lo conté no era de este mundo.

Los agentes llegan, tocan el timbre del edificio de forma incesante, pero yo he ideado un plan. Viajo a través de un ducto de ventilación que se encuentra en la habitación principal de mi departamento.

Hace un mes le informé al conserje que un olor a humedad se había estado colando por el techo. No hizo nada al respecto. Tuve que arreglármelas para reparar el desperfecto y fue entonces cuando descubrí la red antigua de pasadizos que interconectaban cada departamento del edificio.

Ahora mismo viajo a través de ellos, un camino que pavimentó el destino aquel día que el conserje decidió ignorar mi petición.

Están cerca. Lo puedo sentir, en mis manos heladas empapadas en sudor y ennegrecidas por el polvo de los ductos. En mi corazón que late cual llamado de guerra. En mis pulmones que poco a poco comienzan a cerrarse por este olor a hongos y suciedad.

Los puedo escuchar, azotando puertas y revolcando muebles. Están debajo de mí, con sus chaquetas oscuras y sus lentes a juego.

Vienen por nosotros. Por el aditamento que sugerí fuera del tamaño de una tableta portátil; sugerencia que realicé con el fin de cargarlo siempre conmigo, por la mala espina que todo esto me dio.

Pero no tuve opción, no pude denegarme a su petición. Soy en el mundo, de las pocas personas que conocen del tema y además, soy vulnerable. No poseo contactos, no tengo un nombre conocido. Hasta hace un par de meses solo era un profesor más en la Universidad de Guadalajara. Y hoy… hoy huyo por mi vida.

Me muevo tan rápido como mis rodillas me lo permiten. Mi cartílago se ha desgastado con el paso de los años y apenas si amortigua los rápidos pasos que doy a través de la red de ventilación.

Hace dos semanas, justo unas horas antes de finalizar el proyecto, y pese a las estrictas reglas de no utilizar el aparato fuera de supervisión, decidí echarlo a andar.

¿Qué más daba? Yo soy el creador de esta máquina. La epítome del futuro, de la revolución tecnológica. Logré lo que nadie antes había logrado y era justo ser quién inaugurara su uso.

De haber sabido lo que me esperaba al otro lado jamás lo habría intentado.

Tenía una venda en los ojos; pese a todo el conocimiento adquirido a lo largo de mis años académicos, nunca imaginé encontrarme con lo que me esperaba tras el portal.

Víctor se acercó a mí y me lo contó. Me estaba esperando al otro lado. Él sabía que yo llegaría, por lo que siempre estuvo ahí. Listo para decirme lo que había de hacer.

Quise destruir la máquina, sí, pero fui demasiado orgulloso para hacerlo. Mi mayor creación. El trabajo de una vida resumido en esos últimos meses. No podía hacerlo.

Regresé con Victor para informarle que no iba a destruirla y me contestó que eso ya lo sabía. Sabía cosas que pasarían en el futuro. Me contó, por ejemplo, cómo los agentes iniciarían una persecución para robarme el aparato y luego, me matarían.

Esperé la fecha que Victor me indicó. Me puse atento a la hora y cuando vi aquel Cadillac negro estacionarse en la acera de enfrente, supe que era momento de huir.

Sólo tendría que llegar a la azotea del edificio. Conectar el aditamento a la corriente y largarme de este mundo lo necesario para idear un nuevo plan.

Y eso es lo que ahora mismo estoy por realizar.

He conseguido salir del ducto a un departamento que se encuentra en la ala posterior del edificio. Justo al lado de las escaleras que llevan a la terraza.

Desciendo del ducto con sumo cuidado y sigilo. No hay nadie al otro lado de la puerta. Le ruego al universo una oportunidad, una coincidencia tal como aquel hedor que me ayudó a encontrar los ductos de ventilación y que posteriormente me ayudó a huir de los agentes.

Subo las escaleras tan rápido como mi pobre condición física me lo permite. He estado encerrado por sesenta días encontrando la forma de traspasar las barreras de nuestro universo y entrar a otro distinto, por lo que, aunque mi cerebro se encuentra en forma, mis precarios músculos y pulmones, no.

Apenas si puedo llegar a la portezuela que separa las escaleras de la azotea, pero lo he logrado. Justo en el instante en que los agentes se han dado cuenta dónde estoy.

Un helicóptero nace en los cielos de mi ciudad y algún idiota dentro de él me exige a través de un megáfono que me entregue, pero yo estoy tan cerca de lograrlo. Tan cerca de desaparecer…

Conecto el cable al único contacto del piso, la daga que cargo en mi mano prende en color turquesa. La luz me indica que está lista para usarse, y en el aire, dibujo una puerta lo suficientemente grande para poder pasar.

Miro a Víctor al otro lado, me ha esperado como lo prometió.

Los pasos cada vez están más cerca, pero yo solo debo programar unos cuantos algoritmos más, para que el portal se selle en cuanto yo haya pasado al otro lado.

Pisadas. Profanidades. Picaportes haciendo resistencia.

Brinco hacia el mundo donde Víctor se encuentra, justo en el momento en el que la puerta de la terraza se abre, como en la escena clímax de una mala película de ciencia ficción.

El agente que va al mando, el mismo que logró abrir la puerta, me mira. Es un rostro conocido. En su oreja viste un comunicador y tras sus lentes oscuros se oculta una mirada de extraño reconocimiento. Entonces me doy cuenta. Es Víctor, el mismo Víctor que me espera del otro lado, pero algunas arrugas más joven.

Hace el ademán de apuntarme con la pistola, pero algo ajeno a nuestras conciencias, nos dice que el detonarla en mi dirección, no está dentro del plan.

Atrás de él llegan el resto de los agentes, apenas para alcanzar a ver cómo el portal se cierra ante sus ojos.

Logro observar la derrota en sus rostros. Han fallado su misión.

—————–

—Profesor Soberanes, me alegro de encontrarlo nuevamente en este lado de la existencia.

—¿Qué demonios, Víctor? ¿Por qué me estabas siguiendo? ¡Tú eres el que trató de asesinarme!

—Mi querido Pedro Soberanes, cuando regresaste por segunda vez hace un par de semanas, me di cuenta que las cosas serían tal como han sucedido hasta este momento. No ibas a destruir la máquina. El destino está sellado por los influjos de una fuerza más poderosa que nosotros. He vivido en esta pocilga lo suficiente para entenderlo.

Miré por tercera vez el lugar en el que me encontraba. Una pocilga habría sido un buen lugar para estar, pero aquí, en esta dimensión a la que, por algún motivo, Víctor y yo habíamos caído, estaba infestado de la nada.

Literalmente, la nada nos rodeaba. No había luz alguna, no había olores o sonidos. Solo la tenue sensación de una voz hablando. Nuestros cuerpos eran la única cosa sólida en aquella inmensidad.

No había olores o viento, no hacía frío o calor. Cuando logré crear una daga que me permitiría viajar a otros universos, otras dimensiones, jamás me imaginé que lo que encontraría, sería absolutamente nada. Ahora estaba aquí, intentando idear un plan para regresar a mi mundo, o cualquier otro, que me permitiera vivir sin el peligro de ser asesinado.

—Pedro. En tu dimensión, nuestra dimensión, logré encontrarte y después, te maté. Robé la daga, abrí el portal y caí aquí. Jamás pude regresar a la Tierra. He estado varado en esta inmensidad por tanto tiempo que no sé cuánto ha pasado ya.

Algo resonó en mi cabeza. Una alerta sísmica cuyos decibeles aumentaban con cada segundo transcurrido. Sin embargo urgía hacer una pregunta más.

—¿Cómo es que no has muerto, Víctor?

—Aquí no hay muerte —contestó al cabo de unos segundos—, como tampoco hay vida. Aquí no hay nada, Pedro, solo nosotros.

La ansiedad se apoderaba de cada resto de “algo” remanente en mí. Pero debía mantenerme tranquilo. Requería pensar una forma de salir de ese universo.

—Bueno, pues, no hay tiempo que perder. Debemos pensar cómo largarnos de aquí. Mi daga aún es funcional, es evidente que no hay conexiones en este universo, pero creo poder encontrar una forma de hacerla andar.

Víctor soltó una carcajada y algo en ese sonido, subió aún más el volumen de la alarma que retumbaba dentro de mis tímpanos.

—El destino es lo que debe ser. ¿No te has dado cuenta aún, Pedro? No hay forma de cambiar lo que sucedió. Cuando viniste aquí, intenté arrebatarte la daga, luego me di cuenta que la única forma en la que podía salir de aquí era persuadirte a que la destruyeras, pero ya estaba escrito que no lo harías. Después, cuando los agentes fueran tras de ti, lograrías escapar y yo estaría aquí para explicártelo todo. De alguna forma, en esta ocasión conseguirás salir de la nada, solo tú, o quizá no… regresarás a nuestro mundo y ahí, te mataré. Luego abriré el portal, lo cruzaré y me quedaré en este lugar hasta que se repita la historia toda la eternidad. Yo viviré en este infierno para siempre y tú estás destinado a morir cada vez.

¡Esto no podía estar ocurriendo! ¡Esto no puede estar ocurriendo! En mi cabeza, la alerta sísmica se ha callado por fin, porque un terremoto se ha apoderado de todo mi cuerpo.

—¿Por qué no me lo dijiste, Víctor? ¿Por qué no me contaste todo esto para haber destruido este maldito aparato?

—Crees que no lo hice, ¿cierto? ¿De verdad piensas que no te lo advertí? No me escuchaste. En este lugar uno escucha lo necesario. Y vive lo necesario… lo necesario para que suceda lo que haya de suceder, y en el plan, no estaba el que tú me escucharas.

—No quiero morir, Víctor.

—Ahora lo dices, pero espera a pasar aquí algún tiempo, morir será lo único que desees.

—Podemos salir, nos haré salir, Victor, encontraré la forma, lo prometo.

—————–

Tierra 3

Es hora, Víctor viene por mí y los otros agentes también.

Logré escapar una ocasión de La Nada, Víctor se quedó atrás, no quiso seguirme. En cuanto crucé a la Tierra, el otro Víctor me estaba esperando. Me asesinó.

La muerte fue rápida y pacífica. Y en el preciso momento en que mi alma estaba por dejar mi cuerpo, me he despertado en el día exacto en que viajé por primera vez a La Nada.

Víctor, tal cual estaba escrito, me estaba esperando al otro lado y esta vez sí que lo escuché, o quizá ya sabía lo que me había dicho de antemano, pero entendí lo que había de hacer. Regresé a casa y esa misma noche intenté destruir la daga.

No sabía que me vigilaban, por lo que, en el proceso de destruirla, un agente tocó a mi puerta y apenas la abrí, me disparó.

Sí. Era Víctor.

Sí. Lo habían mandado a asesinarme por insubordinación y desobediencia.

Sí. Robó la daga

Y sí. Se quedó atrapado en La Nada.

Es mi tercer intento por sobrevivir y liberar a Víctor de ese universo. Alguna razón hay para estar reviviendo a cada muerte.

En esta ocasión, así sea necesario, arrastraré a Víctor conmigo hacia la Tierra después de escapar de los agentes en la azotea. No estoy seguro de que funcione, pero confío en que así como mis memorias se han preservado, las de Víctor también lo hayan hecho.

Con suerte me seguirá, y si ha de matarme una tercera vez, que así sea.

Las necesarias para detener el circuito. Hasta que le demos a La Nada lo necesario para que nos deje en libertad.

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