Kyoto 1867

Por Oscar Valentín Bernal

Hay tierras impregnadas de sangre en las que los espíritus de los ancestros permanecen aferrados por décadas o incluso siglos, hablan con los vivos a través del silbido del viento que azota las hojas de los árboles, o el murmullo del río corriendo a través de los bosques y el tiempo.

Aquella noche los espíritus estaban ahí, lanzando sus susurros entre el bambú.

Los Tokugawa habían perdido. Sus cuerpos sin vida estaban colgados en las calles, o con el acero de sus katanas bien metido en las entrañas. Una nueva era comenzaba, una que aquellos fantasmas del bosque no entendían ni soportaban y por eso llenaron el campo de niebla esa noche y ocultaron a nuestros enemigos.

Nuestro campamento estaba relajado, los disturbios habían terminado y nos dirigíamos de vuelta a Tokio para rendir lealtad al nuevo gobierno. Fue por esto que no los esperábamos y porque Mizuki fue al río por agua para los caballos.

Me encontraba junto a la fogata bebiendo sake y escuchando una de las mil historias románticas de Hirokawa, cuando escuché una rama ceder en algún lugar de la oscuridad. Empuje la empuñadura de mi espada con el pulgar pero antes de poder desenvainar, una flecha me brotó del hombro haciéndome caer de espaldas. Ellos vinieron de todas partes y se cerraron sobre nosotros como la tenaza de un escorpión.

—¡Es una locura, el emperador ha muerto!

Escuché gritar a Kiobe, justo antes de que un guerrero surgido de las sombras le clavara el filo de su katana en plena cara. Mi grupo compuesto de cinco guerreros, reaccionó lo mejor que pudo. Quienes lograron desenvainar, comenzaban a batirse en duelo contra los espectros del bakamatzu.  Yo me giré en el piso, justo antes de que otra flecha terminara el trabajo de la primera y le grité a Mibe que corriera al río y trajera a Mizuki. El chico salió de su estupefacción y echó a correr entre el bambú.

Me arranqué la flecha del hombro, sintiendo la sangre hervir y, un ligero cambio en la vibración del aire me hizo desenvainar justo a tiempo para detener el sablazo que me hubiera partido el cráneo a la mitad.

El encuentro de los dos aceros arrancó de los filos una bellísima nota, la cual reverberó a centímetros de mi oído. Di la vuelta y le abrí el vientre a mi contrincante con un movimiento natural de mi espada.

Cuando pude ponerme en pie con la vista nublada, todos los míos habían caído y tres de los otros quedaban en pie. El hombre más alto de ellos, ataviado con la mejor armadura samurái que he visto, dio un paso al frente.

—Prepárate… Hitokiri—dijo alargando la palabra con desprecio.

Avanzó hacia mí con la espada impregnada de la sangre de mis amigos, los tipos junto a quienes había logrado cambiar una era.  El claro bañado con la luz de la luna le daba al guerrero un aspecto antinatural, casi inhumano. Pensé que nuevamente eran los espíritus quienes lo provocaban,  pero decidí que estaba bien. Pelearía hasta la muerte con aquel fantasma decrépito de la era Tokugawa.

Apreté la empuñadura de la katana y di un paso al frente. El samurái hizo lo propio y pude sentir mi desventaja,  no me encontraba ante un guerrero común.

—Espera —dijo la voz de Mizuki desde atrás de mí. Ella y Mibe se encontraban de pie, junto a los bambúes—. Yo pelearé…

Los ojos de Mizuki se posaron sobre los cuerpos de nuestros compañeros caídos y pude ver un cambio en la mirada de la muchacha. Nunca vi tal destello de ira en ella. Ni siquiera durante los atentados de Kyoto.

Los otros dos samuráis quienes habían permanecido en la retaguardia, esperando a que su líder me matara, se adelantaron.

—Por favor, maestro, permítanos ayudarle con esta sabandija —dijo uno de los hombres y se interpusieron entre Mizuki y su líder.

El desenvaine de la mujer fue tan brutalmente rápido, que de no haber conocido yo aquel estilo de pelea, habría pensado que los hombres nunca fueron tocados por la espada. El primero se llevó las manos a la garganta entre un torrente de sangre que dejó escapar la vida entre los dedos. El corte aplicado al segundo fue tan técnico, que el sujeto quedó hincado, con la cabeza colgando y sin derramar una sola gota de sangre.

Mizuki limpió la hoja de la espada con su tela y volvió a envainarla, adoptando la posición del Battojutsu, la vaina detrás de la cadera y la empuñadura ligeramente hacia el suelo, con el pulgar listo para hacer saltar nuevamente la cuchilla.

—Ya veo —dijo el guerrero de la armadura—. Cuando escuché los rumores sobre el asesino de Kyoto, nunca creí que se tratara de una mujer.

La mirada de Mizuki ahora no denotaba expresión alguna. El viento volvía a silbar sobre los bambúes, los ancestros observaban.

—No creas que tendré piedad contigo —continuó el guerrero.

—¿Porqué no me lo dices con tu estúpida espada? —dijo Mizuki—. Vamos, no me hagas perder el tiempo, atácame, para que pueda matarte…

—Chiquilla insolente.

Yo confiaba en la técnica de Mizuki, pero aquel hombre no tenía nada que perder y estaba lleno de ira, la cual lo había llevado a acabar con dos excelentes hitokiris sin recibir un solo rasguño. Ese samurái habría combatido con el mismo diablo si hubiera podido. En aquel momento temí por la vida de la muchacha a quien había criado como a mi propia hija.

Mizuki empujó la empuñadura con el pulgar y la katana se deslizó fuera de la funda,  reflejando la luz de la luna por un brevísimo instante. La espada se encontró con la del guerrero y las hojas cantaron por segunda vez en esa noche. Uno, dos, tres golpes. Hasta que el filo del guerrero mordió el hombro de Mizuki. Esta retrocedió desconcertada, la manga de su bata se tiñó de carmesí. Mizuki logró levantar la espada a tiempo para cubrir otro sablazo. Luego giró la hoja enviando la de su adversario contra el suelo y aprovechó la oportunidad para asestarle un golpe en el mentón con la empuñadura, haciéndolo trastabillar.

Los ojos de ambos se cruzaron y solo por un segundo fui capaz de ver comprensión mutua,  una clase de sentimiento semejante al amor.

—No lo haces mal —dijo la chica—. Pero esto termina aquí. Resígnate…

El filo encontró su vaina por segunda vez.

—Jugaremos el mismo juego —dijo el guerrero, tomando también la posición del Battojutsu, la técnica asesina de la katana.

El tiempo contuvo el aliento entre el bambú. Luego, ambas espadas salieron de sus fundas, la del guerrero arrancó tres cabellos de la cabeza de Mizuki, la de ella salió muy abajo, obligando a su oponente a esquivarla y a perder su centro de gravedad. Cuando el hombre se dio cuenta de lo que ocurría era ya tarde, vio la punta de la vaina de Mizuki incrustarse en su ojo izquierdo. El impacto fue lo suficientemente fuerte para destrozarle la cara y enviarlo al piso agonizante, mientras la espada se le escapaba de las manos y repiqueteaba contra las rocas.

Mizuki levantó la katana de su enemigo y contempló su derrota en silencio. Le dedicó una reverencia y hundió el filo en su corazón.

Una ráfaga de viento meció la cabellera castaña de Misuki. En aquel sitio, un nuevo espíritu quedaba aferrado a los bosques de bambú, el de un hombre atormentado que encontró la redención en el acero. Mientras el sol arrojaba sus primeros rayos sobre las montañas, dando fin a la noche y la era de los Tokugawa.

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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