Sobre alas escamosas

Por S. Bobenstein

Entrada del diario personal del Dr. Kurt Müller

23 de julio de 2019

Cuando uno dice que quiere convertirse en paleontólogo, más hoy en día, lo embate una tormenta de advertencias sobre el fracaso inminente, profesional y financiero, e incluso algunas amenazas de desheredación. Como la historia o las ciencias de la tierra, la paleontología es menospreciada horriblemente, pero los pelmazos nunca entenderán que descubrir y aprender el pasado de la vida en el planeta, arroja luz sobre el entendimiento de nuestra situación actual y nos hace vislumbrar los posibles caminos que se nos presentan para alcanzar el futuro… o para llegar a la quizás no inmerecida extinción, considerando el deplorable estado en que la Tierra se encuentra. Mi doctorado en paleontología, mi cátedra en la Universidad de Zúrich, y mis hallazgos en el campo me han proporcionado un honroso estatus en la comunidad científica internacional, por lo que puedo decir que de paleontólogo uno no muere de hambre y puede hacer una vida decente, cosa de la que no creo que muchos otros puedan jactarse.

A pesar de tener una carrera satisfactoria dentro de mi profesión, por mucho tiempo esperé ese gran descubrimiento que coloca al paleontólogo en los anales de la Historia: el descubrimiento de una nueva especie. ¡Cómo deseaba poder encontrar un nuevo eslabón de la biología ancestral! ¡Cómo quería llamarlo por mi nombre y presentárselo al mundo! Con eso terminaría de cimentar mi lugar en la ciencia y sería la última cachetada con guante blanco a todos esos palurdos incultos que me criticaban. La fortuna tocó a mi puerta… o eso creía. Hans y Ruth, mis viejos amigos de la universidad, alpinistas férreos, vinieron a visitarme el mes pasado luego de una de sus venturosas escaladas a los Alpes, y trajeron consigo extrañas noticias: en su paso por el glaciar Aletsch, Hans tropezó con lo que creía que era una piedra en el camino, mas al volverse descubrió que se trataba de una garra de alrededor de cuatro centímetros de diámetro unida a lo que parecía ser un dedo escamoso. Ambos limpiaron un poco más la zona y se pudieron percatar de que ese dedo estaba unido a lo que podría ser una pata y que esa pata se unía a un brazo que se perdía en la profundidad del hielo. Con el derretimiento constante del glaciar, mis amigos creyeron que se estaba develando un dinosaurio completo y preservado en condiciones excelentes. No contaron el hecho a nadie más que a mí, querían que yo tuviera la exclusiva.

Estaba muy agradecido y, sin duda alguna, ese mismo día empecé a disponerlo todo para la expedición. Luego de trámites, papeleo, burocracia, pastoreo de gente y de jalar algunos hilos influyentes (debo admitir que fue más difícil de lo que pensé debido al estado del glaciar), en un par de días tenía un bloque de hielo de 5x5x5 metros en un almacén bajo cero con lo que parecía ser un dinosaurio dentro. Era Navidad para mí, o por lo menos lo fue hasta que vi las radiografías: tenía la estructura ósea muy similar a la estructura básica de un tiranosaurio juvenil, pero también había dos cuernos que protruían hacia atrás de su cráneo, dos poderosos miembros torácicos y un par de alas que se articulaban con los omóplatos del animal, con cinco falanges cada una. Yo sabía a lo que se parecía, pero no iba a admitir mi primer pensamiento como cualquier niñito impresionable, lo mismo les exigí a los que estaban en mi equipo de investigación, quienes ya empezaban con reacciones sensacionalistas. ¿Qué pensaría de mí la gente si iba y armaba un escándalo, como si de una revista de chismes se tratara? Tenía una reputación qué proteger. Lo más probable era que se tratara de mi tan anhelada nueva especie… o de una muy, muy elaborada broma práctica.
Solamente esperé a que se tomaran las muestras de hielo necesarias para datarlo y me dediqué a esperar el derretimiento lento y completo del bloque. Creo que esos fueron los días más largos y angustiantes de toda mi vida: dos veces diarias iba a revisar el proceso de fusión del hielo y a observar lo nuevo que se mostraba, y lo que se iba descubriendo hacía que cada vez más mi mente se remitiera a cuentos y leyendas medievales. Volví a los libros, a los registros, a los documentales, a las fotografías, cualquier cosa de la ciencia de la paleontología que me pudiera orientar hacia algo parecido a lo que tenía ante mis ojos: nada. La datación del hielo me indicó que aquello era auténtico, millones de años habían pasado desde que ese animal se congeló, supongo que en una de las tantas glaciaciones.

El día llegó en que el animal estaba en el punto justo de apreciación total y congelamiento conservador. Todos sus detalles estaban a la vista: yacía sobre la plataforma encorvado, semejando a la posición fetal de los humanos, la punta de su cola y su cabeza casi se tocaban, sus alas de apariencia de piel estaban extendidas cubriendo parcialmente su cuerpo alargado; desde la base del cráneo hasta la punta de la cola, del lomo salían pequeñas puntas similares a las garras de sus patas, en las que había tres falanges, aparentemente para caminar en las cuatro extremidades. El cabeza, la cara de ese animal, me cautivó por varios minutos con su forma estilizada, algo aplanada pero alargada, con varios colmillos que sobresalían a los lados del hocico y dos cuernos de unos treinta centímetros de largo coronando una modesta calota. Sus ojos estaban cerrados y, debido a su óptimo estado de conservación, parecía que el animal dormía, despidiendo un resplandor verde oscuro ante el contacto con las luces. Tuve que admitirlo en voz alta en frente de mis colaboradores, ya no había duda:

¡Era un maldito dragón!

Ese día no hubo vítores ni celebración. Supongo que mi cara delataba los sentimientos encontrados que se debatían en mi interior. Les pedí a mis colaboradores que se retiraran por el día y que mantuvieran aún el silencio sobre el descubrimiento, así que tomaron muestras de piel del dragón para datación (era tan dura que tuvieron que usar un escalpelo de diamante) y me dejaron solo en el almacén.

Ahí estaba, de pie ante lo que podía ser uno de los descubrimientos más grandiosos y significativos de la historia de la humanidad o lo que podía convertirme en el hazmerreír de la sociedad científica y civil. Tenía la manera de probar la autenticidad del hallazgo, pero ¿cuántos “dragones auténticos” ya se habían encontrado y se había demostrado que no eran más que piezas de otros dinosaurios juntas? ¿Qué si nadie me creía? ¿Qué si me llamaban charlatán? ¿Qué si mi carrera se venía abajo? ¿Qué si las advertencias sobre el fracaso se hacían realidad? Este dragón me llenaba de miedo (aun sin saber si era verdad que lanzaba fuego por las fauces).

Duré un par de horas en contemplación, con los ojos fijos en los párpados cerrados del dragón. Supuse que había pasado bastante tiempo sin parpadear o que las luces fallaron, puesto que pude notar un movimiento casi imperceptible en su globo ocular. Di tal salto que caí de sentón en el suelo, con mi dignidad más por debajo aún, y empecé a reír como estúpido: comencé a recordar cómo saltaba cuando mi madre rugía como los animales fantásticos de las historias que solía contarme antes de fallecer, seres maravillosos con cualidades increíbles, con formas extrañas, terribles o sabios, guardianes de la naturaleza que, en ocasiones, combatían o ayudaban a los humanos en sus travesías. Ella decía que esos seres hacía muchísimo tiempo que se habían ocultado, puesto que ya quedaban muy pocos de ellos y los humanos no parábamos de expandirnos sobre la faz de la Tierra, arrasando con ellos y sus hogares; decía que se habían escondido bajo la tierra, en las montañas más altas, en los cráteres de los volcanes y en las partes más profundas del océano y que ahí continuaban, esperando tener de nuevo la oportunidad de andar por el mundo antes de desaparecer por completo. Me acordé entonces de por qué inició mi deseo de ser paleontólogo: quería encontrar a esos fantásticos animales, quería traerlos de regreso antes de que ya no hubiera ninguno, quería que las maravillas que habían existido no se olvidaran y volvieran a deslumbrarnos a todos.

Yo estaba ante una maravilla de la naturaleza cuando me incorporé. ¡Era un dragón! ¡Un dragón auténtico, conservado perfectamente, justo como los hemos estado representando todo este tiempo! Esto no se trata de premios o distinciones, no se trata de prestigio o de reconocimiento, maldita sea, ni siquiera se trata de callar a los críticos: esto se trata de regresarle la magia al mundo y de volver a verlo como un lugar maravillosamente hermoso.

Mañana presentaremos oficialmente a Uro (apodo que le dimos por parecerse al uróboros cuando lo encontramos) y pienso clasificarlo con el nombre científico de Draco elisabeti, en honor a mi madre, la gran responsable de que yo esté aquí, escribiendo esto y volando sobre alas escamosas.

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