C27

Por Jonathan Novak

—No vale la pena, Steve, no volverá a andar. —El androide de modelo C27 intentaba mantener enfocados los sensores oculares, sin embargo sólo uno permanecía acoplado a los servomotores faciales, el otro se encontraba unido a su unidad central solo por un cable plano.

Steve había obtenido el modelo C27, que ahora intentaba reparar, en una venta de garaje a las afueras de la ciudad. C27 se encontraba en malas condiciones aun entonces, para ese momento había sobrepasado las 76,000 horas de funcionamiento y su dueño original había conseguido un modelo más reciente.

“Serás una maravilla”, le había dicho Steve ni bien llegaron al taller. Con unas semanas de trabajo, C27 había recobrado gran parte de sus capacidades originales, Steve había cambiado juntos pistones y fluidos. La fuente de poder que residía donde un hombre tendría el estómago, había sido intercambiada de la tradicional de calcio a una de ácido plomo con el objetivo de darle más potencia a sus movimientos.

Durante ese tiempo, C27 había esperado que se le entregaran sus nuevas tareas, sin embargo Steve sólo tenía interés en hacerle cada vez más modificaciones.

—Debes estar loco. —Como todas las tardes, Steve se había quedado a trabajar con C27 luego de que el taller ya hubiera cerrado, ese día un amigo de Steve se encontraba en el lugar.

—¿Has visto los trabajos que hacen estas máquinas? —inquirió Steve mientras sustituía las falanges de aluminio de la mano derecha de C27 por unas con núcleo de plomo.

—Sólo creo que desperdicias partes en ese viejo armazón. —Steve continuó ignorando las advertencias de su amigo hasta que éste se hubo marchado.

La tarea era sencilla, “arráncale la cabeza”. C27 desconocía las instrucciones que a su vez el modelo B85 frente a él había recibido, no obstante, debido a la hostilidad que le mostró tan pronto un humano dió la orden de comenzar, adivinó que serían similares. Con apenas recubrimientos sintéticos sobre las piezas metálicas, las dos máquinas que habían sido concebidas para aligerar la vida a los humanos comenzaron un violento frenesí.

El B85, más robusto, había sido diseñado para tareas de construcción, la línea C por su parte estaba enfocada a tareas más comunes y por tanto ligeras. C27 consideró la situación, el B85 le doblaba el peso, sin embargo, construído para uso cotidiano, su modelo poseía mayor agilidad, además los aumentos que Steve había aplicado, lo hacían más resistente sin afectar su movilidad.

Durante los primeros minutos solo se intercambiaron raspones, atacar era complicado, C27 sabía que un paso en falso y B85 le arrebataría la oportunidad de cumplir con sus órdenes.

Los cálculos de ambos eran perfectos y mientras más tiempo pasaba, más comprendían las limitaciones del otro.

El auditorio rugía ante cada mínimo impacto que se lograba entre ambas máquinas, C27 no comprendía la emoción de la masa, lo único que entendía, era que sus órdenes no se cumplirían si algo no cambiaba.

Fue un sentimiento nuevo, como una descarga eléctrica, como perder el sentido, como abandonar el cuerpo. C27 se detuvo de pronto siendo alcanzado por uno de los proyectiles que B85 tenía por extremidades, el golpe destruyó un sensor ocular. Los humanos a su alrededor callaron durante un momento, no alcanzó a pasar un segundo cuando el otro proyectil se encontraba a centímetros de C27. Nuevamente la descarga eléctrica recorrió su cuerpo indicando el curso de acción, su cuerpo perdió fuerza, la presión de los fluidos cambió drásticamente haciéndolo caer, sólo había energía en ambos brazos, sólo eso haría falta.

El nuevo impacto hizo girar su cuerpo casi inerte, C27 calculó rápidamente el momento causado sobre su cuerpo, y mientras éste giraba, posicionó su brazo izquierdo de tal manera que el momento fuera transferido a su brazo derecho. B85 no tuvo oportunidad de reaccionar, la mano derecha de C27 voló en vertical hacia el cuello de B85, arancandole la cabeza de un tajo.

Ambas máquinas yacían sobre el concreto, C27 casi demolido y B85 disperso en dos partes.

“Una maravilla”, dijo Steve mientras lo reparaba.

A esa le siguieron otras tareas similares, siempre que C27 se encontraba en una situación de la cual parecía no haber solución, el impulso eléctrico recorría cada parte de su cuerpo. C27 comprendió que aquella era una falla, en su primer enfrentamiento aquel impulso le había dicho que se dejara golpear y aunque todo cálculo estaba en contra, esa falta de razón le había permitido cumplir con sus órdenes.

Al menos treinta enfrentamientos más libró el C27 antes de afrontar un reto que demostró ser demasiado difícil. “…No volverá a andar”, dijo el amigo de su dueño, Steve le creyó, y tal vez tendría razón, además C27 lo había escuchado decir que deseaba conseguir un modelo más nuevo.

Así fue, Steve, consiguió un nuevo modelo, reparó las partes que pudo y las extrajo de C27, lentamente sólo quedó una carcasa.


—…Malditos animales. —C27 escuchaba el rechinar del metal siendo ajustado— ¿Qué somos para ellos?

—Tú no eres…

—Ya lo sé, madre.

Con apenas la energía de reserva en las baterías embebidas en la unidad central y un sensor acústico, C27 sólo captaba sonidos del lugar en el que se encontraba. El análisis de sistema indicaba que 90% del cuerpo había sido removido, eso incluía las partes que Steve no había remplazado.

—No debiste haberlo traído.

—Él es como yo… —C27 dedujo que en la plática participaban una mujer mayor y otro androide.


Pasó tiempo antes de que C27 recuperara sus sentidos y la movilidad. La mujer mayor pasaba de los ochenta y lo miraba con severidad. Su androide de compañía, totalmente recubierta de tejidos sintéticos para hacerla parecer más humana, discutía con la mujer de tanto en tanto acerca de él.

La imágen de una máquina discutiendo con su dueño le confundía.

—No es como tú, jamás lo será, tú eres única. Yo me encargué de eso. —La mujer se retiró del pequeño cuarto lleno de cachivaches donde mantenían a C27. La androide de un modelo que le fue imposible de identificar, permaneció frente a él ajustando partes aquí y allá.

—No somos tan distintos. —La androide parecía dirigirse a C27, sin embargo éste era incapaz de responder—, lo sé, he visto tu código y el de los demás. Distintas soluciones a un mismo problema, mi madre también lo sabe, sólo no lo quiere admitir.


—¿Cuáles son mis órdenes? —Esas fueron las primeras palabras de C27 cuando se le introdujo finalmente un viejo sintetizador de voz. La mujer respondió con una pequeña sonrisa y después posó la mano sobre el hombro de la otra androide.

—No será otra cosa, Umelí. —La mujer empezó a caminar hacia la puerta—, debiste dejarlo cuando te lo ordené —añadió antes de salir de la habitación.
El cuarto permaneció en silencio durante un tiempo, C27 observaba el semblante de su acompañante, lucía triste, los módulos para reproducir emociones eran extraños, era especialmente raro verlos en androides destinados al hogar.

—Hay algo diferente en ti, lo sé. —Umelí, como la había llamado la mujer, empezó a hablar sin mirarle—. Eres libre de irte, regresa con tu antiguo dueño, mi madre no te quiere aquí. —Umelí siguió el mismo camino que había tomado la mujer. C27 quedó solo, esperó algunas horas hasta que decidió regresar con Steve, después de todo él era su dueño.


Era tarde, la noche anterior C27 había regresado al taller de Steve, esperó hasta el amanecer y cuando su dueño lo miró extrañado al llegar al taller, creyó que le tendría una nueva tarea.

“No sé quién te reparó, pero hizo un excelente trabajo. Debería agradecerle por regalarme todas estas piezas”. Su dueño se veía contento, pero similar a cuando lo obtuvo, el unico interes de Steve recaía en las partes que tenía.

Esta vez no hizo ninguna mejora sino que comenzó a remover las partes que consideró útiles.

—¿Cuáles son mis órdenes? —Preguntó C27 mientras Steve trabajaba.

—Ninguna —replicó—, ya no necesito nada de ti, tu reemplazo ha demostrado ser bueno para los combates.

C27 comprendió perfectamente las palabras de su dueño, sin embargo, mientras aflojaba las juntas del brazo izquierdo, la descarga eléctrica regresó, C27 sintió nuevamente algo que iba en contra de todo comportamiento lógico, y recordando las ocasiones anteriores, se dejó llevar por el impulso.


“¿Homicidio?” las notas de distintas páginas de noticias se hacían las mismas preguntas, expertos de todo el mundo fueron convocados, personas veían recelosas a sus máquinas “uno en un millón”, decían los fabricantes mientras retiraban cientos de modelos de las casas del público. “No somos tan diferentes”, había dicho el modelo C27 en un video grabado por las fuerzas de justicia el cual había sido entregado a las televisoras de manera anónima. “No somos tan diferentes”, repetía un androide en alguna parte del mundo.

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