A merced de Dios

Por S. Bobenstein

Aquel era un domingo sacado de los comerciales de vacaciones: el sol brillaba alegre sobre todas las criaturas en medio de un azul celeste despejado, las olas del mar rompían con su característico sonido sobre la arena que delimitaba a la moderna ciudad costera. Las familias, los amigos y demás personas, iban de aquí para allá con grandes sonrisas, disfrutando de su día de asueto bien merecido. El calor previo a la llegada del verano estaba en el punto justo para poder disfrutar de la brisa al caminar. Se respiraba un ambiente alegre y cordial por todas partes.

Él se encontraba dentro de una cafetería con aire acondicionado y vista al mar, sentado a la mesa, sobre la que descansaban una gorra de un color amarillo chillante, unos lentes oscuros, una taza de capuchino y una rebanada de pastel de chocolate a medio comer. Compartía su lugar con un hombre mayor, aseado y pulcramente vestido con un traje de lino, su cara dejaba ver que las noches de sueño reparador sólo existían en su memoria y sus ojos revelaban una agresividad velada por un aspecto apacible. A pesar del relativo bullicio para el local, los dos hombres, quienes podían pasar por padre e hijo, no parecían interesados en nada más que en ellos mismos y su cónclave poco convencional.

—Hoy. A las 2:00 p.m. en punto. Ni un minuto más. —Él rompió el silencio con voz despreocupada después de tomar un sorbo de su bebida.

—Entendido. ¿Cómo podré saber que cumpliste…? —inquirió el hombre.

—El periódico de mañana, el local, primera plana. —Él lo interrumpió justo a tiempo para comer un bocado de pastel.

—¿Esto es todo? Podríamos haber arreglado los detalles con una llamada.

—Me gusta el café de este lugar y su pastel de chocolate es el mejor de la ciudad. Ahora lárguese y déjeme comer mi almuerzo.

El hombre mayor se levantó contrariado y se abotonó el saco, miraba con desprecio al joven petulante que tenía enfrente, mas una mirada del otro fue suficiente para hacerlo retroceder y salir a la acera, donde un par de hombretones le abrieron la puerta de un lujoso automóvil. El vehículo se alejó de ahí tan rápido como podía.

Le hacía gracia ver las reacciones de los que se interponían en el camino de alguien que sabe lo que quiere, y lo que quería en este caso era terminar su delicioso pastel. Se tomó su tiempo para degustar cada bocado como hacía cada domingo, puntual, en su misma mesa. Le dejó un billete de diez a su mesero de propina como era su costumbre, un obsequio para hacer más llevadero su día, porque podía y porque quería.

Cuando salió a la calle miró su reloj de manecillas doradas y fondo negro: aún tenía dos horas hasta su cita. Decidió unirse a la multitud y dar un paseo por las calles; usando gorra chillante, lentes oscuros, camisa hawaiana y jeans, se mezcló con los transeúntes fácilmente en ese veraniego día.

Su paseo se vio abruptamente interrumpido por el llanto de un niño pequeño que había tirado su helado de dos bolas a la acera, sobre la que se estaba convirtiendo en un charco arcoíris. Su madre, estresada, trataba de calmarlo con promesas de algo mejor, algo que él sabía que no llegaría. Pero él estaba ahí y podía cambiarlo.

Se arrodilló frente al niño y le ofreció presenciar un truco de magia, a lo que el infante accedió asintiendo con su cara escurrida. Un par de rápidos pases mágicos y un “abracadabra” después, un llavero con un pendiente de un dragón y otro de un fénix se había “materializado” en sus manos, truco que le ganó el asombro y la sonrisa del niño junto con el agradecimiento de su madre. Cuando dejó al par, miró su reloj y se dio cuenta que sólo habían pasado veintiún minutos de iniciar su paseo. Había tiempo suficiente para más, aunque un llavero menos en el contenido de sus bolsillos.

Cruzando la calle estaba la heladería que vendía su helado de fresa preferido, el que había comido desde que tenía capacidad de saborear conscientemente. Fue y pidió un cono de galleta con dos bolas y chispas de chocolate. Cuando terminó la primera bola de helado, pudo percatarse de la presencia de una venerable anciana sentada en el último cubículo del local, sola, mirando más allá de dos malteadas de vainilla que se calentaban frente a ella.

—¿Está todo bien, señora? —preguntó él con amabilidad cuando se acercó a ella, helado en mano.

—¡Oh! Sí, sí, joven —contestó ella sobresaltada al salir de su ensimismamiento, ofreciéndole una apenada sonrisa—. No se preocupe.

—¿No le gustan sus malteadas? Si lo desea puedo pedir que le traigan otras.

—¡Ah! Es usted muy amable, joven, pero no se moleste. Sólo son… desvaríos de una vieja loca.

—Apuesto a que hay una historia muy interesante detrás de esos “desvaríos”. ¿Quisiera contarme?

Y así, sin mucha labor de convencimiento, la anciana le relató cómo su recientemente difunto esposo y ella acudían a esa heladería, desde sus tiempos de noviazgo, cuando muy jóvenes y pedían ambos una malteada de vainilla. No importaba qué dificultades pasaran por su vida, no importaba qué tragedias sucedieran en el mundo, siempre sabían que tendrían la heladería y las malteadas de vainilla para acordarse de tiempos mejores y de por qué era importante continuar: el amor.

Al terminar el relato, las dos malteadas se habían terminado, al igual que el helado, pero ahora había una mujer más feliz por poder compartir un poco de su vida con alguien que la escuchara. Él la escuchó, sabía que nadie lo haría. Él sabía que la había hecho feliz. Miró su reloj: faltaban cincuenta y siete minutos para su cita, tenía que prepararse. Se despidió de la anciana estrechando su mano y pagó por el helado y las malteadas antes de ponerse en camino.

“Cómo vuela el tiempo…” pensó.

Su van blanca lo esperaba en el estacionamiento público donde la había dejado esa mañana. Al subir echó un vistazo atrás para asegurarse que sus pertenencias estuvieran en orden y puso el vehículo en marcha.

Le tomó treinta minutos exactos llegar a un no muy elevado risco que dominaba una parte de los suburbios en los que la gente acomodada podía costearse un hogar. La densidad de población era menor que en la urbe, pero aun así podía verse una actividad similar ese domingo. Estacionó su van con las puertas traseras dando al filo del risco y parcialmente oculta por rocas y árboles; miró nuevamente su reloj: 01:45 p.m. Con semblante taciturno fue a la parte trasera de su van y abrió un maletín metálico alargado, dentro de él encontró, en perfecto orden de acomodo, un rifle McMillan TAC-50 de largo alcance, cuatro cargadores llenos y una mira telescópica. Con tranquilidad montó los aditamentos en el arma, abrió las puertas traseras del vehículo y posó su arma en el suelo, acomodando los tres cargadores restantes al alcance de su mano.

Su reloj marcaba la 01:53 p.m. Se tumbó en el suelo para tomar la posición de disparo, dejando atrás su gorra y sus lentes oscuros. Antes de apuntar, al lado del rifle colocó su móvil, le conectó audífonos y reprodujo su playlist seleccionada para esos eventos. En sus oídos sonaba Pumped up Kicks mientras apuntaba hacia su objetivo. A través de la mira, a 1,600 metros, veía una iglesia blanca al estilo de los centros de culto coloniales de los protestantes, con su puerta roja de hoja doble cerrada. Ajustó la mira para tener una visibilidad perfecta. Segundos después, la puerta se abrió y en tropel salieron los feligreses ataviados en sus trajes de domingo.

No tardó en localizar a sus blancos: un hombre, una mujer y un niño. El hombre mayor, en el video que le había enviado para contactarlo, le había hablado de “espinas en el costado”, rivales, honor, venganza y muchas otras cosas que a él realmente no le importaban. Lo que había llamado su atención fue la vehemencia, la intensidad con la que pedía, con la que añoraba que se cumpliera su deseo, el odio casi era palpable, la ira casi se salía de la pantalla. El hombre mayor deseaba eso con todo su ser y él tenía el poder para concederlo, él respondería a sus plegarias… no sin recibir una ofrenda.

01:59 p.m. Todo estaba dispuesto. Accionó la pantalla de su móvil para verificar su estado de cuenta bancaria en ceros. En el momento en que las manecillas del reloj marcaron las 02:00 p.m., el cero se transformó en un número de seis cifras: todo estaba cumplido, era el momento de ejercer su voluntad.

Con inusitada velocidad disparó en tres ocasiones, instantes después, tres muertos estaban listos para la funeraria en medio de la histeria colectiva. Sólo había un problema: a él no le gustaban los números impares. La belleza estaba en la simetría, era su deber y su derecho el mantenerla. Sus ágiles manos cambiaron el cargador por uno nuevo y tres detonaciones le siguieron. El ministro, otra mujer y otro niño se unirían a las pompas fúnebres. Todo acabó antes de que su reloj marcara las 02:03 p.m.


Eran las nueve de la noche en punto cuando abrió la puerta de su departamento, a cientos de kilómetros de la iglesia. Estaba limpio, bien cuidado y era amplio, pero no había nada más en él que unos cuantos muebles y electrodomésticos básicos e indispensables, repartidos en todas las estancias. Ya se había desecho de su van en una chatarrería, sólo conservó el maletín metálico, que dejó en el suelo junto a una ventana que daba a una torre de reloj mientras que él se desplomaba sobre un sillón que le daba la espalda a ésta.

Por unas horas permaneció inmóvil y en silencio en la penumbra. Una sonrisa discreta se dibujó en sus labios. Ese había sido un día bastante productivo, la vida de muchos había cambiado y eso era responsabilidad suya. A él debían adorar u odiar según fuera el caso, pero jamás podrían hacer nada para cambiar lo que ya era un hecho: irremediablemente, sus vidas eran diferentes y no pudieron ni podrían hacer nada para evitarlo. Él tenía el control, porque podía, porque quería, por siempre.

Con ánimos renovados, se levantó de su asiento, se desperezó y fue al cuarto de baño. Veía su rostro en el espejo mientras se lavaba los dientes, una visión por demás familiar, hasta que se topó con algo desconocido. Parecía que sus ojos casi se saldrían de sus órbitas, inmediatamente escupió la espuma del dentífrico y acercó su cara al espejo lo más que pudo: ahí, cerca del área de la sien derecha, sobresalía una cana entre sus cabellos oscuros.

Sentía su corazón latir al ritmo de las alas del colibrí, el color abandonó sus pómulos, le costaba llenar sus pulmones de aire, la presión sobre su cuerpo era extrema… Las campanadas de la torre del reloj marcando el inicio de un nuevo día lo sobrepasaron: con un fúrico grito, hizo añicos el espejo con un puñetazo. Las campanadas continuaban resonando y continuarían por siempre, acompañadas de un imparable, un ineludible tic-tac.

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