AMERA


Por Aledith Coulddy

¿Cómo podía haber cambiado tan profundamente su vida con experiencias que habían acontecido en un lugar que era, en esencia, un espejismo?
—Jonathan Coe

Como manifiesto del progreso de la humanidad, se hizo asequible a un grupo selecto de seres humanos, la nueva invención de la Neurological Enhancement Program company, un neurochip adherido a la corteza cerebral frontal cuyo fin sería otorgarle mayor capacidad de memoria y rendimiento a los procesos mentales del portador del aditamento en cuestión.

La selección de aquellos individuos que tendrían la fortuna de probar la versión beta del producto, no había sido organizada en base a los ingresos monetarios del usuario, sino de ciertas características anatómicas y químicas que hacían propició el implante cerebral con la mínima posibilidad de rechazo del mismo.
Es decir, era como buscar el receptor perfecto a un órgano que estaba a punto de ser trasplantado.

La NEP se vanagloriaba ya desde un par de décadas atrás, de una excelente reputación por los distintos productos que, con éxito, había sacado al mercado.
Por ejemplo, en el año 2020, se exhibieron en los aparadores mundiales unos lentes intraoculares capaces de grabar en video y audio, todas las conversaciones e imágenes que el consumidor considerara necesarias, en la más alta calidad de imagen y sonido. El sistema de conectividad con otros aparatos electrónicos era de última generación. Y contaba con un método de encriptación tan seguro que era imposible que, de no ser dueño del aditamento, jamás podrías acceder a los archivos allí guardados.
Posteriormente en el 2021 integraron a su catálogo un modulador de cuerdas vocales. El perfecto aparato para todos aquellos aficionados al canto que desearan convertir sus más desafinadas voces, en coros dignos de los más exigentes oídos.
Todos los productos estaban enfocados en mejorar, mediante la tecnología, aquellos aspectos de los seres humanos que les eran inconvenientes.
Como el lema de la compañía sugería, “Dios hizo la tecnología y la tecnología nos hizo dioses”, no había obstáculo que creyeran suficientemente grande para no poder ayudar a facilitar cualquier aspecto del día a día humano.

Fue por tal razón, que cuando Samantha Stevenson recibió la noticia de que su solicitud para el programa beta del nuevo producto de la compañía, había resultado elegida, no dudó en firmar los acuerdos de confidencialidad y consentimientos de información acerca de los riesgos y beneficios que aquel implante le traería a su organismo.

El “Aditamento en Memoria y Razonamiento”, o AMERA, como popularmente se le reconoció después, era un chip de uno por un centímetro, que se colocaba dentro de un quirófano mediante la técnica de trepanación gentil, en donde dos guías de fibra de carbono de diez centímetros de longitud lograban hacerse paso por la zona temporal del cráneo hacia la parte frontal del cerebro. Una vez ahí, el chip era suturado con material reabsorbible, con la esperanza de que éste se mantuviera adherido el tiempo suficiente a la superficie cerebral y una vez logrado, pudiese considerarse un implante de éxito. Posteriormente el chip se activaba con un control personalizado a cada usuario y de este modo, sus funciones echaban a andar.

Samantha no padeció el postquirúrgico; por el contrario, su ansiedad por encender el chip se acrecentaba con cada día que pasaba.
Las primeras dos semanas la mantuvieron en vigilancia en el centro de investigación de la compañía, le ofrecían medicamentos casa seis horas, con horario estricto, y le daban alimentos bajos en grasas y condimentos.
A la tercera semana fueron alargando el espacio entre píldora y píldora y para el mes, le informaron que su sistema inmune había aceptado en su totalidad el nuevo implante neuronal.

No todos los que se sometieron al procedimiento tuvieron la misma suerte. El AMERA, a pesar de estar constituido por los materiales de la más selecta calidad, era impredecible una vez insertado dentro del cráneo de un ser humano. Estos sujetos desafortunados sirvieron, sin embargo, para hacer más pruebas que le ayudaran ulteriormente al mercado.

El día que cambiaron el switch de off a on, en el control remoto personalizado para Samantha, ésta redefinió el concepto de estar con vida.
Sus ojos parecían haberse abierto por primera vez, su visión era más nítida. Lograba ver detalles que antes por más que escudriñara, no habría podido observar. Su capacidad de atención era la de una persona bajo los efectos del modafinilo, pero sin sus reacciones adversas. Era capaz de entender los problemas matemáticos más complejos. Y en ocasiones, se encontró a sí misma parafraseando líneas enteras de algún libro que hubiera leído la semana anterior.

La NEP la contactó con las más prestigiosas universidades del país, quienes no dudaron, a pesar de los reproches de algunos alumnos y padres de familia furiosos, en otorgarle una beca para la carrera que más le conviniera.

Inmediatamente se enlistó en un programa de astrofísica, en el cual no tuvo problemas para poder progresar.
Anteriormente, y a pesar de poseer un coeficiente intelectual más que aceptable, jamás habría podido acceder a esa clase de educación. En primera porque no poseía los contactos necesarios para ser aceptada en una universidad de prestigio y en segunda porque aunque los hubiera tenido, no contaba con la solvencia económica para pagarlos. En esta ocasión, sin embargo, Samantha se trataba de un espécimen raro, un diamante en bruto listo para ser moldeado, en todo su esplendor, al antojo de aquellos dadores de conocimiento.

El primer curso, que duró doce semanas, se desarrolló sin inconvenientes. Samantha era la alumna ejemplar, llena de vitalidad y pensamientos brillantes. Como un reflector del que se despliegan las más grandiosas ideas para poder resolver de a poco en poco los misterios más añejos del universo.

La población entera, al ver esto, no podía hacer más que exigir que se les fuera implantado el chip AMERA, aunque sus cuerpos no estuvieran del todo aptos. Se afirmaba en las calles que el intento valdría la pena, pues según decían entre broma y broma, “su cerebro sería tan genial que encontrarían incluso la forma de crear un medicamento que aceptara el implante”.

Así fue como la NEP company se hizo del más alto prestigio mundial y se posicionó como la empresa multimillonaria más prolífica de la historia de la humanidad.

Todo esto mientras Samantha, a los doce meses de haberse sometido a la cirugía de implante, comenzaba a presentar, sin asociarlo a alguna causa en específico, cefaleas de características migrañosas.
Al inicio se hizo común que su frente se sintiera en constante irritación, como si hubiera fruncido el ceño una cantidad poco prudente de tiempo. Fue a checarse la vista y le mencionaron para su sorpresa, que padecía una leve miopía.
Sus nuevas gafas, sin embargo, no hicieron nada por sus dolores de cabeza, que cada vez eran más frecuentes e intensos.
Ocurrió una noche, que mientras resolvía algunas ecuaciones, una punzada de dolor nació desde el punto más central del interior de su cráneo y se expandió hacia cada recodo de su masa encefálica, envolviendola por completo con una sensación de agonía y desesperación.
El dolor fue tan intenso, que se despertó dos horas más tarde acostada en el suelo y empapada en sudor.

Temió, por supuesto, que el origen de aquella tortura fuera el chip neuroestimulante, pero decidió mantenerse en la ignorancia electiva, pues por ningún motivo pretendía regresar aquello que por primera vez en su vida le había traído tanta dicha.

Cada que sentía que el dolor comenzaba a reclamar cada uno de sus sentidos, ingería algún analgésico. Al principio fueron suficientes dos píldoras, luego tres. Luego se aventuró con aquéllas que eran de prescripción controlada, argumentando que sus estudios le habían reactivado una vieja migraña que padecía desde la infancia.
Cuando comenzó a depender de los medicamentos intravenosos, se hizo evidente que no podía ocultarlo más.

Con el arrepentimiento y la derrota sobre sus hombros, aquel ocho de agosto del año 2030, se dirigió hacia los laboratorios de la NEP company, para que le hicieron los estudios necesarios para descartar o confirmar un posible rechazo al AMERA.
Sin embargo, la vida le tenía otros planes. Apenas se hubo subido a su automóvil, el dolor más agudo e insoportable se hizo presente en cada fibra sensitiva de su cuerpo. Su cabeza se sentía repleta, como un globo al que le han echado mucho aire. Sus ojos los percibía casi afuera de las órbitas y de ellos, un líquido escarlata salía a través de su lagrimal y se depositaba en el cuenco de su boca, haciendo evidente en las papilas gustativas el inconfundible sabor de la sangre. Y justo cuando supo que ése sería su último día de vida y de ella quedaría solo el cuerpo desprovisto de cabeza alguna, pues ésta explotaría con todos los conocimientos, planes y sueños que había en su interior, un alivio repentino invadió todo su ser… y supo que estaba muerta. Sí, ¿Qué más podría ser aquella ausencia de todo sino era la muerte?
Pero la nada se llenó al paso de algunos segundos de imágenes de su pasado. Genial, estaba viendo su vida pasar como era tan cliché en las historias de fantasía. A diferencia de que estas escenas no le pertenecían. No era su vida la que se proyectaba frente a sus ojos y dicho esto, no era tampoco la muerte quien la estaba reclamando. En la alucinación, podía ver un cuerpo mutilado, luego otro de una persona más vieja, y luego otro de una más joven, muy joven. Tanto que al descubrir que ella misma lo había matado, apenas si pudo contener su horror. Y entonces se dio cuenta que hubiera preferido estar muerta.

¿Cómo lo había hecho? Si hasta hace unos minutos –o tal vez fueron horas– estaba en su coche, con el dolor más intenso que un ser humano hubiera podido jamás soportar, balanceándose entre la vida y la muerte, pendida a una cuerda de malabarista bajo la cual se postraba la indudable oscuridad de la nada.

En ese momento sin embargo, estaba frente a ese niño, esa mujer y esa anciana y eran ellos los que estaban muertos, y era tan real como el dolor y tan estremecedor por el hecho de saber que quizá en su desesperación por sentir aquello, se habría bajado del coche en un frenesí de locura, había entrado a alguna desgraciada casa que le quedaba a su paso, y en medio de la psicosis los había asesinado.
Sí. No cabía duda. Samantha se había convertido en una asesina y no estaba a salvo, nadie estaba a salvo. Y tenía que entregarse antes de que los dolores regresaran y entonces, hubiera más como aquellos que asesinó.


—La chica se entregó esta mañana. Narró con exactitud los hechos y logramos implantar más memorias antes de que sospechara siquiera que se trataba del AMERA…

El hombre al otro lado del teléfono se llenó de júbilo al oír aquellas palabras. El plan había salido como lo esperado. Su cliente podría continuar su vida sin que nadie sospechara de que él había sido el autor real de los asesinatos que se habían efectuado en la ciudad donde Samantha Stevenson vivía.

—La transacción acaba de ser realizada —contestó el hombre—, mi cliente está satisfecho con sus servicios. Sólo desea saber una cosa. ¿A cuánto se eleva la suma de un AMERA imposible de hackear?

Un comentario en “AMERA”

  1. Muy buen relato. La ciencia-ficción pretende mostrarnos un futuro apocaliptico. Evidentemente parte de la humanidad va en ese camino,ya que considera a la tecnología como un dios omnipotente y tangible. Aparentemente, el crimen es perfecto!

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