El ascensor

Por Oscar Valentín Bernal

I

—Dante, no estoy seguro de que sea una buena idea —dijo Víctor a su mejor amigo, mientras caminaban rumbo al ascensor por los pasillos del hospital general de Newport, donde el papá de Dante era encargado del área de urgencias.
El niño acostumbraba ir al hospital todos los días saliendo de la escuela para esperarlo hasta la conclusión de su turno e ir a casa juntos. Aquel día, fue el último del curso y Víctor pidió permiso a su abuela para ir a casa de Dante a jugar Gears of War toda la tarde. Ya había acompañado en otras ocasiones a su amigo al trabajo de su padre, generalmente el tiempo de espera pasaba rápido. Siempre que uno se divertía con los amigos el tiempo volaba y eso estaba bien para Víctor porque detestaba los hospitales desde que su madre falleció en uno, tres años antes.

—No seas marica, ¿no quieres comprobar si es cierto?
Víctor lo dudó un momento, pero luego asintió. Odiaba que lo llamaran marica, además, ¿qué de malo podía haber en subir y bajar en un estúpido elevador?
“Nada en absoluto, porque esa tonta leyenda no es cierta”, se dijo.
Fue un camillero del hospital quien se la contó a Dante un día, mientras esperaba a su padre en la recepción. Según él, existía un viejo truco para viajar a otra dimensión a través de los ascensores. Víctor le dijo a Dante que solo se trataba de una insulsa superstición china o japonesa, él había visto montones de videos en YouTube en los que intentaban probar aquel mito sin ningún éxito. Dante le contestó que era porque no en todos los edificios podía llevarse a cabo el ritual correctamente; según el camillero, debía ser un lugar que tuviera cierto tipo de energía, que estuviera conectado con el otro lado. Y ¿acaso existía mejor sitio para conectar con otro mundo que un hospital en el que cientos de almas partían sin retorno todos los años? El camillero le dijo a Dante que los edificios como ése eran portales abiertos.
Recorrieron los pasillos pasando frente a las puertas de diferentes áreas. Dante tenía cierta libertad en aquel lugar pues la mayoría de los médicos y enfermeros lo conocían, algunos de ellos lo saludaron con una gran sonrisa al verlo pasar. El técnico de rayos X le preguntó a dónde iban y Dante, hábilmente le dijo que su padre le pidió buscar al doctor Míreles. Como era habitual que su padre le hiciera esa clase de encargos al chico, el técnico se limitó a asentir y decirle a Dante que le parecía haber visto al doctor en su despacho hacía poco.
Los niños llegaron al final del pasillo, justo frente al ascensor, cuya puerta se abrió y de él salió una enfermera empujando a un paciente en silla de ruedas. Dos médicos internos se hicieron a un lado para cederle el paso y luego entraron en el elevador.
—Lastima —dijo Víctor—. Parece que lo están utilizando mucho, si nos ponemos a hacer este ridículo juego aquí, nos meteremos en problemas.
—Vaya si eres un gallina —rió Dante—. Éste no es el ascensor que utilizaremos… ven.
Cuando Víctor pensó que las cosas no podían ir peor, Dante lo jaló por otro corredor, hasta llevarlo delante de una enorme puerta medio oxidada que tenía un letrero escrito con enormes letras rojas:

“SÓLO PERSONAL AUTORIZADO”

—No podemos entrar ahí —objetó Víctor.
—¿Ah, no? ¿Quién lo dice?
—¿No sabes leer?
Dante sonrió.
—Víctor, éste es el hospital de mi papá, nosotros somos personal autorizado. Además, éste es el ascensor de servicio y a esta hora los intendentes están comiendo. Nadie nos molestará.
Presionó el botón junto a la puerta y ésta se abrió inmediatamente, dejando a la vista un enorme espacio iluminado por una bombilla en el que seguramente cabría una camilla entera. Dante se metió en el ascensor y miró a Víctor inmóvil en el pasillo. El muchacho arqueó una ceja.
—Estás comportándote como un verdadero niño marica. Espérame aquí, ahora vuelvo.
—No… espera —dijo Víctor y cruzó la puerta. No era marica, pero si no hacía aquello, lo sería para Dante y el resto de sus amigos por mucho tiempo.
—Así me gusta, soldado.
Dante sacó el trozo de papel donde tenía anotada la secuencia de pisos que debían recorrer para activar el supuesto portal a otra dimensión:

1, 4, 2, 6, 2, 10, 5, 1

—Se supone que al presionar el número 1 al final, el elevador correrá a la inversa hacia el piso 10 —informó Dante—. También se supone que en el piso 5 se subirá una mujer vestida de rojo y que no debemos mirarla, aunque dice el camillero que ésa sí es pura basura asiática inventada.
—Vamos, Dante, todo esto es basura inventada.
—¿Ah, si? ¿Entonces por qué estás sudando?
Víctor se llevó la manó a la frente y vio que era cierto, sudaba frío. Por un momento pensó en dejar toda esa mierda, bajar de un salto del ascensor, salir del hospital y mandar al demonio a Dante, pero sabía que si hacía eso, para la entrada del siguiente curso todos lo sabrían.
Dante presionó el número 4 en el panel y la puerta se cerró dejándolos aislados del mundo. Un momento después, el aparato comenzó a elevarse. “Piso 4” anunció una voz masculina inexpresiva, desde un pequeño altavoz oculto en alguna parte, lo suficientemente viejo como para meter un poco de estática. Dante presionó el numero 2 y en seguida el elevador comenzó a descender. “Piso 2”, anunció la voz. El niño presionó el botón del 6 sin perder el tiempo y luego el 2 otra vez. Al llegar al décimo piso, la voz de la bocina sonó más distorsionada al dar su anuncio. “Piso 10”.
Víctor ya no quería seguir con el juego. No creía que pasaría nada, no era posible, pero… ¿Y si estaba equivocado?
“Piso 5”, dijo la voz cuando el ascensor se detuvo por sexta ocasión. La mano de Dante se dirigió al botón con el número uno y de pronto, la puerta se abrió de golpe. Víctor sintió que el corazón le estallaría, esperaba ver el vestido rojo, la esbelta figura parada frente a ellos con un velo que le cubriera la mitad del rostro… No había nadie ahí, sólo la pared de un corredor mal iluminado. Sintió una ligera ráfaga de viento casi imperceptible que le acarició el rostro perlado de sudor. La bocina soltó un chasquido y la bombilla en el techo del compartimiento parpadeó.
—Está aquí —susurró Dante.
—Cállate…
Víctor estuvo a punto de cruzar la puerta, bajar por las escaleras los cinco pisos que lo separaban de la entrada y largarse a su casa, pero ese momento de duda fue todo lo que el destino necesitó. Su amigo presionó el numero 1, la puerta se cerró y el elevador pareció no responder por un momento. Luego, comenzó a moverse, aunque fue bastante extraño pues Víctor no estaba seguro de si ascendía o descendía. El número sobre la puerta no cambió, seguía siendo un enorme 5, hasta que repentinamente el ascensor se detuvo y tanto la luz como el número se apagaron, dejándolos sumidos en la total oscuridad. Ambos chicos soltaron un respingo.
—¿Dante?
—Tenías razón amigo —dijo la voz temblorosa de Dante, la cual había perdido cualquier rastro de valentía—. Fue una estúpida idea.
“Piso 10” dijo la voz, aunque no sonó nada parecida a una grabación. Sonó cerca y llena de vida. A Víctor le pareció escuchar una tercera respiración en la oscuridad.
La puerta del ascensor se abrió, dejando pasar la luz de uno de los pasillos del hospital. No tenía nada de especial, ninguna sombra extraña se abalanzó sobre ellos, ni tampoco pudieron ver a mujer alguna vestida de rojo. Escucharon las voces de doctores que hablaban entre sí, no muy lejos de ahí:
—…es un caso difícil, creo que tendrá que ser amputada —dijo una.
—Pienso lo mismo, definitivamente no será candidato —contestó el otro.
Víctor se sintió aliviado y muy estúpido. Era increíble lo que una bombilla fundida podía hacer con la imaginación.
—Lo siento, Dante —le dijo a su amigo—, creo que bajaré por la escalera.
El otro chico lo miró, aterrado.
—Víctor, espera. —Víctor se bajó del elevador y se volvió para ver a su amigo. Estaba cansado, ya ni siquiera tenía ganas de jugar Gears of War—. No lo hagas, ¿Qué tal si funcionó?, ¿Qué tal si en realidad ésta es otra dimensión? Si es así, tenemos que bajar otra vez por el ascensor, si usas las escaleras, quedarás atrapado.
—Por favor, Dante, tienes que estar bromeando, amigo. Ésta no puede ser otra pinche dimensión, vamos a las escaleras y esperemos a tu papá donde siempre.
Dante lo pensó un momento. Luego bajó del elevador.
No había escaleras junto al ascensor, así que los dos amigos siguieron por el pasillo en su búsqueda. Pasaron frente a dos puertas cerradas, hasta que llegaron a un sitio donde el pasillo se unía con otro. Escogieron el camino de la derecha que daba a un cubículo cerrado. Podían ver la silueta de dos personas detrás de la puerta de cristal opaco, no hacían ruido y se movían apenas; seguramente eran los doctores que escucharon antes ahora enfrascados en sus actividades. Deshicieron el camino y llegaron hasta una puerta rotulada con un letrero rojo:

“ÁREA DE CIRUGÍAS”

—La escalera debe estar al otro lado de esta sección —dijo Dante, quien ahora parecía menos nervioso.
—¿Estás loco? —Reprochó Víctor—. No podemos entrar aquí, ahí es donde operan a la gente.
—¿Quieres volver al elevador, entonces?
Víctor no respondió. Dante empujó la puerta del área de cirugías y ambos niños entraron.

II

Víctor no sabía cómo debía ser un área de cirugías, pero aquella era un salón enorme lleno de cortinas, que formaban cubículos cerrados. Los dos amigos avanzaron entre ellos con cautela, podían escuchar algunos murmullos y el “beep” intermitente de un aparato médico. Víctor pensó que si alguien los sorprendía en ese lugar, estarían metidos en un gran lío.
Lograron ver una entrada con puerta doble, justo al final del andador de cortinas por el que iban. Seguramente las escaleras estarían detrás de ella.
—Terminamos con éste —dijo alguien detrás de una de las cortinas que tenían del lado izquierdo. Víctor reparó por primera vez en dos pares de piernas en pantalón verde esmeralda que podían verse por debajo del cubículo.
Iba a decirle a Dante que regresaran cuando la cortina se abrió de un tirón. Los niños se quedaron petrificados, igual que los dos doctores vestidos con pijamas quirúrgicas dentro del apartado. Los cuatro se miraron por un momento sin decir nada y sin mover un solo musculo.
—¿Brennan? —le dijo uno de los doctores al otro.
—¿Papá? —preguntó Dante extrañado de ver a su padre ahí. Él no era cirujano.
Entonces, Víctor vio por primera vez al extraño paciente que estaba reclinado sobre la silla junto al papá de Dante y su compañero. Llevaba puesta una bata blanca manchada de sangre; su figura era humanoide, pero no parecía humano en absoluto; sus brazos eran demasiado largos y sus manos sólo tenían tres dedos, muy gruesos y extensos; su boca era un agujero grande y prolongado desprovisto de dientes aparentes y sobresalía de la amorfa cabeza carente de pelo, totalmente desproporcionada del resto del cuerpo. Había una larga línea de grapas quirúrgicas que bajaban desde la frente, por el costado derecho de la cara y el cuello, hasta desaparecer debajo de la bata. En aquel rostro grotesco, no había ojos ni nariz, sólo un montón de piel arrugada en su lugar. Unos gruesos tubos transparentes bajaban desde el techo y se conectaban a la espalda y cabeza de la criatura.
El otro doctor repitió el nombre del padre de Dante, que parecía estar hipnotizado al ver a su hijo.
—Brennan, ¿qué hacen esos niños aquí?… ¿De dónde salieron?
—No sé —contestó.
Víctor supo inmediatamente que aquel truco del elevador había dado resultado, se encontraban en quién sabe dónde y ése no era el papá de Dante, sólo se le parecía. De pronto comenzó a sentir algo extraño, un gusto amargo que le subía desde la boca del estomago, era un sentimiento desconocido para cualquier chico de doce años. Era el terror.
—¡Brennan, haz algo, maldita sea! —bramó el otro doctor y el padre de Dante salió del trance. Manoteó en un aparato que estaba junto a la silla, en donde se encontraba reclinado el paciente y un líquido espeso, similar a la sangre, comenzó a bajar rápidamente por los tubos que la cosa tenía conectados en todo el cuerpo. El papá de Dante presionó un gran botón azul y la consola emitió un chasquido, al tiempo que aquella criatura abría un enorme ojo negro que había permanecido oculto entre la piel rugosa de su frente.
—¡Vámonos, Dante! —gritó Víctor.
La criatura se irguió y unos enormes punzones metálicos aparecieron en cada uno de sus grotescos dedos llenos de suturas.
Los niños echaron a correr rumbo al elevador. La cosa los persiguió, arrancando los tubos que le infundían aquella sustancia grotesca.
—¡Te llamó papá! —escuchó Víctor, mientras huía.
—Sabes que no tengo hijos, Simons.
Atravesaron el corredor a toda velocidad; comenzaban a escuchar voces de personas que se encontraban detrás de los demás cubículos. Algunas cortinas se abrieron y miradas curiosas se asomaron al pasillo por donde iban pasando los dos niños corriendo con aquella cosa detrás, cuyos pesados pasos hacían temblar el suelo.
Cruzaron la puerta del área de cirugías, azotándola a sus espaldas. En el momento en que el monstruo llegó hasta ahí, se escuchó un estruendo de cristales rotos cuando la arrancó del muro. Víctor estaba aterrorizado, corrió lo más rápido que pudo, dejando atrás a Dante, quien siempre había sido más lento. No miró atrás ni una sola vez, ni siquiera al escuchar el grito de su amigo. Se metió en el elevador, en el que tanto miedo le dio entrar minutos antes y presionó el botón que cerraba la puerta mientras veía a aquella cosa venir corriendo por el pasillo a toda velocidad, con las garras llenas de sangre fresca y su enorme ojo negro inhumano, clavado en Víctor. Cuando la puerta se cerró, se sintió un golpe contra ella que hizo estremecer el ascensor entero, una abolladura apareció en el metal corroído. Víctor presionó el botón con el numero 5 y el aparato comenzó a moverse, los golpes de la criatura fueron sonando más lejanos cada vez.
Víctor no pensó en Dante en aquel momento. Se limitó a presionar los botones del ritual, en orden inverso. Recordaba haber visto un video en donde se explicaba que ésa era la única forma de regresar a tu propia dimensión, un error y quedaría atrapado para siempre. Presionó el 5, luego el 10; al llegar al 10, no escuchó ningún golpe contra la puerta; después el 2, el 6, el 2, el 4 y finalmente el 10; movido por la lógica de que esto lo enviaría en realidad a la primera planta. El número se apagó igual que la vez anterior y el ascensor quedó sumido en la total oscuridad, moviéndose lenta e imperceptiblemente. A Víctor le pareció que aquello duraba una eternidad. Finalmente las luces se encendieron en el piso 1.
El niño abrió la puerta y salió al pasillo en el que minutos antes intentara persuadir a su amigo de no jugar a aquella estupidez.

III

Víctor salió lentamente, sin estar seguro de haber vuelto al lugar correcto. Caminó aterrado por el pasillo y se topó con un camillero que empujaba a un enfermo. El hombre lo miró de forma extraña, como si le sorprendiera verlo, luego desapareció tras una puerta.
El papá de Dante salió del trabajo en el momento que Víctor cruzaba la recepción con los ojos abiertos como platos y al borde de un ataque nervioso. El doctor Brennan lo detuvo y se mostró intrigado por el estado aterrorizado del chico. Le preguntó dónde estaba su hijo a lo que Víctor respondió.
—Estábamos jugando en el elevador… Yo no quería, le dije que nos meteríamos en problemas… Llegamos a un lugar en el que no debíamos entrar.
Buscaron a Dante por todo el hospital, incluida el área de cirugías, que en realidad se encontraba en el piso 3. Cuando lo llevaron ante la puerta del elevador principal, Víctor se estremeció y les dijo que aquél no había sido el que utilizaron para jugar.
—¿Cuál utilizaste? —preguntó el hombre de los rayos X.
—El de al final del pasillo, el ascensor de servicio.
Los doctores y enfermeros se miraron.
—No hay ningún ascensor de servicio en este edificio, chico.
Víctor los llevó por el pasillo, hasta el lugar en el que se encontraba la puerta derruida del viejo ascensor, con el letrero que rezaba:

“SÓLO PERSONAL AUTORIZADO”

—¡Santo cielo! —dijo uno de los doctores al mirar la gran abolladura, justo en el centro de la puerta metálica—. Es como si la hubiese golpeado un toro enfurecido.
El doctor abrió la puerta, que lanzó un chirrido lastimero. En su interior, la luz de la bombilla aún encendida bañaba el contenido del cuarto, en el cual sólo había un puñado de anaqueles con un montón de productos de limpieza, jabones y detergentes. Al fondo estaban varias escobas recargadas en la pared. Víctor sintió que las piernas lo traicionaban, debía haber cometido algún error al realizar la combinación de los pisos tan frenéticamente y dicho error lo había llevado a otro lado, una tercera parte.
Aquel no era ningún ascensor, si no un simple cuarto de servicio. El aparato que había utilizado para llegar hasta allí, se había desvanecido tras pasar a una realidad en la que nunca fue construido.
En aquel momento, Víctor sintió como la fina tela de la cordura, se rasgaba en las profundidades de su mente.

Oscar Valentín Bernal
18 de diciembre del 2017
Zapopan, Jalisco

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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