La guardiana de las memorias

Por S. Bobenstein

En un lugar bastante cercano y bastante común vivía una niña con sus padres. Desde el momento de su nacimiento, del cual no había pasado mucho tiempo aún, papá y mamá la amaron con todo su ser y colmaron su existencia con todo lo que una pequeña recién nacida pudiera necesitar, aunque, a esas alturas, lo único indispensable para ella eran la comida, la limpieza, el abrigo y el amor… O eso pensaría uno dejándose llevar por el sentido común, sin embargo, la pequeña no era del todo común. Su padre, un literato consumado, había decidido empezar a enriquecer la imaginación de su bebé leyéndole diversas historias desde la primera noche que pasaron juntos en casa. En la mente de la pequeña, primero resonaron simples sonidos, luego estos dieron paso a la voz ininteligible de su padre, luego a palabras aisladas, luego a frases, y así, conforme su lengua materna se convirtió en el lenguaje de sus pensamientos, su mente empezó a llenarse con personas de todos los tiempos, con criaturas reales y fantásticas, con aventuras increíbles, con tragedias, romance y risas.

En las historias que leía su padre había migajas de pan y niños perdidos, legendarias espadas mágicas, enfrentamientos entre los hombres del rey de Francia y los del cardenal, compañeros guardianes de un anillo, ciudades de oro ocultas entre la jungla y bajo el mar, animales parlanchines, aventureros, princesas guerreras, dioses, fantasmas, amantes con estrellas cruzadas, niños más listos y bondadosos que sus mayores… entre miles de otras cosas. Todo pasaba a formar parte de ella y convivía en perfecta harmonía en su imaginación, que hacía crecer cada noche antes de dormir.

Un buen día, la pregunta que dio origen a su autoimpuesta misión se presentó luego de que Dorothy regresara a Kansas:

—Papá, ¿dónde están todas esas cosas de las historias? —preguntó la niña.

—¿Qué quieres decir, hija? —respondió su padre con genuina curiosidad.

—Sí… ¿Dónde están todas las cosas que me contaste? Tienen que estar en algún lado, ¿verdad?

—Mmm… ¿Como cuando no puedes encontrar tus juguetes aunque sabes que están en alguna parte de tu cuarto?

—¡Sí, sí! ¿En qué parte están las historias?

—En qué parte están las historias… —El padre sonrió por la perspicacia de su hija—. Supongo que… las historias están en la memoria de todos los que las escuchan y las leen.

—¿En la memoria?

—Están en la vocecita que escuchas dentro de tu cabeza cuando juegas a que eres Mulan o cuando te acuerdas de Edmundo Dantès.

—Pero a veces no me acuerdo bien de todas las cosas…

—Para eso están estos. —Él levantó un poco el volumen que tenía en sus manos—. En los libros están escritas todas las cosas que necesitas para acordarte.

—¿Y mi historia?

—¿Qué pasa con tu historia?

—¿Qué voy a hacer si no me acuerdo de todas las cosas de mi historia? ¿Cómo se van acordar los demás de mí? ¿Cómo lo voy a escribir si no me acuerdo?

—Mmm… —La mirada del padre se enterneció—. Estoy seguro de que hallarás la manera de acordarte.

La preocupación de la niña por no olvidarse de ningún detalle de su historia la llevó a idear un peculiar plan: se aseguraría de que todas las cosas que la hicieran recordar estuvieran a salvo dentro de su baúl de juguetes. No sin cierta pena, vacío el gran baúl de roble, en el que ella cabía perfectamente varias veces, y durante los siguientes años depositó en él, libros, dibujos, diplomas, trofeos, discos, figuras, souvenirs y cualquier objeto y cachivache que ella apreciara como valioso para su propio relato. De esta forma, cuando estuviera lista, podría escribir sin ningún problema para que nadie se olvidara de ella. Sus padres veían los esfuerzos de su hija como una faceta entretenida de su desarrollo y la dejaron ser a sus anchas.

La infancia de la niña dio paso a su juventud, y con su infancia se fue esfumando el ferviente deseo de proteger sus memorias; el baúl había pasado a formar parte de lo más recóndito de su armario. Ya no veía la necesidad de guardar nada más puesto que era lo suficientemente mayor para recordar los detalles de su vida.

Otro cambio se suscitó a medida que ella maduraba, a su padre le costaba trabajo recordar obras, nombres, rostros, palabras, incluso el mismo lugar en donde estaba. Los médicos lo diagnosticaron con Alzheimer de inicio temprano. Con gran dolor, madre e hija observaban cómo día a día el hombre brillante y amoroso que conocían, desaparecía, dejando en su lugar sólo una sombra de lo que fue, sin que hubiera algo que pudieran hacer para detenerlo.

Llegó el momento para que la niña acudiera a la universidad: había decidido continuar por el camino de las letras que tantos buenos momentos le regalaron. Era una época agridulce, pues mientras ella sentía estar en el apogeo de su vida, la inexpresividad y el silencio habían convertido a su padre en poco más que una estatua de cera con movimiento. Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que habló con él como en los viejos tiempos, había elegido evitar lo más posible el contacto, evitar el suplicio de su convivencia, evitaba la ausencia de luz de sus ojos y el vacío que su voz ausente le provocaba en el corazón.

El día anterior al inicio de cursos, ella lo vio sentado en el que alguna vez fuera su sillón favorito de cara a la ventana, por donde la luz del atardecer se filtraba y le pegaba en las piernas, mirando al infinito sin ver nada realmente. Sin saber realmente por qué, ella tomó asiento a su lado y sostuvo una de sus manos entre las suyas.

—Papá… —Su voz ligeramente trémula apenas era audible entre ellos dos—. Mañana empiezo la universidad. Me aceptaron en la carrera de letras… en la misma facultad donde estudiaste y dabas clase, ¿no es genial? Quiero que las historias continúen, que no se acaben nunca… Quisiera que pudieras verlo, que pudieras verme, creo que te haría sentir orgulloso… Te extraño tanto… Nuestra historia no tendría que acabar así, tenemos tantas memorias…

Se detuvo a media frase, algo en su cabeza hizo “clic”. Corrió a su cuarto, más específicamente a su armario, volaron zapatos, ropa y cajas varias, y con un sonido de arrastre algo desagradable, el baúl de roble llegó a los pies de su padre. Abrió la tapa empolvada y ahí estaban, ordenados, todos los recuerdos que había guardado durante poco más de la mitad de su vida. Fue sacándolos al azar y los mostraba a su padre.

—¡Son las memorias de mi historia, papá! —Su voz sonaba emocionada y clavó los ojos en el rostro de su padre—. ¿Recuerdas? Tenía tanto miedo de que todos se olvidaran de mí que guardé todo lo que podía para escribir mi historia. ¿Recuerdas, papá? Estas son mis memorias y tú estuviste en todas y cada una de ellas también. ¡Son tus memorias! ¿No recuerdas nada…?

La mirada de su padre bajó lo suficiente para posarse en el baúl abierto, pero la luz de sus ojos seguía ausente, no miraba a ningún lado, no daba muestras de “haber vuelto”. Sus ojos se anegaron en lágrimas como tantas otras veces lo hicieron, el corazón se le hizo añicos en el pecho, ocultó su rostro entre sus manos: no había manera de recuperar a su padre, su historia había terminado.

—¡Ah! “El Zorro” de Allende.

La voz tan familiar, aunque rasposa, la sobresaltó tanto que casi dio un brinco. Volteó a ver a su padre, quien sostenía el mencionado libro y lo observaba con interés.

—Llevo tiempo prometiéndole a Helena que leeríamos esta historia. —La voz de su padre no había envejecido en absoluto. Ella lo miraba pasmada—. Estoy seguro que Don Diego de la Vega se convertirá en otro de sus héroes favoritos.

—¿Papá? —susurró ella.

El padre llevó sus ojos a encontrarse con los de su hija. Ella pudo ver un rastro de confusión momentáneo en el rostro ajeno, mas rápidamente dio paso a la mirada amable que la había reconfortado tantas veces en el pasado.

—Eres muy impaciente, Helena. —La mano de su padre limpió sus lágrimas—. Sabes que nuestra hora de lectura es cuando vayas a la cama, tienes que hacer todos tus deberes si quieres que leamos en paz. Mira, ¿recuerdas que te hablé de un tal Zorro? ¡Ya pude conseguir el libro! Creo que hoy podemos hacer una excepción y empezar esta historia un poco más temprano. ¿Qué te parece?

—¡Papá! —Ella se lanzó al cuello de su padre para abrazarlo con toda su fuerza, sin poder evitar llorar esta vez de alegría, sintiéndose nuevamente como niña, la niña de su padre.

—¡Vaya que te dio gusto la noticia! —Él rió un poco y le palmeó la espalda con delicadeza—. ¿Quieres que empecemos de una vez?

—¡Claro! —Ella se separó y se secó las lágrimas con las mangas de su blusa, mostrando una gran sonrisa—.

No bien abrió el libro en las primeras páginas, el padre volvió a mostrar un gesto de confusión al ver las palabras, luego miró a su alrededor como si tratara de entender lo que sucedía y, finalmente, sus manos quedaron quietas sobre su regazo cuando la luz de sus ojos volvió a perderse en el oscuro infinito. La gran sonrisa que ella tenía dio paso a una más pequeña y discreta acompañada de nuevas lágrimas. Acarició el rostro de su padre con una mano y con la otra le retiró el libro.

—Gracias, papá —dijo, dándole un beso en la frente.

Ella sabía que algo así era posible en aquella enfermedad, sin embargo, lejos de desanimarla, el reencuentro con su padre le infundió nuevos ánimos. Él aún estaba ahí, en alguna parte del fondo de su mente. Él estaba vivo y podía volver a verlo, aunque fuera por corto tiempo. Sólo necesitaba recordar y recordarle, revivir juntos los tiempos pasados, abrir el baúl de roble y dejar que las memorias cuenten su historia, que es también la historia de él: la historia de una niña y su padre embarcándose en un viaje hacia tierras tan vastas como la imaginación y el ingenio de toda la humanidad… e incluso más allá.

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