El suicidio de los departamentos de la calle doce

Por Jonathan Novak

Adam Stoney solía ser el nombre del cadáver frente a la Policía Investigador Charlene Northcote. La habían llamado a las 15:30 tres días atrás. «Hombre caucásico, cuarenta y seis años, presunto suicidio por precipitación desde un edificio de departamentos en la calle doce».
La llamada había venido directamente de su jefe, quien hizo hincapié en la palabra «presunto». Y es que para ese momento, Charlene era el tercer investigador solicitado en la escena, los otros dos habían entregado informes completos, sin embargo, en voz de los mismos, el caso tenía demasiados detalles.


El día del suicidio, la investigadora Charlene leía los reportes de camino a la escena. Ambos coincidían con los detalles fundamentales: Aproximadamente a un metro de distancia de la acera, se encontraba el cadáver de Stoney. El primer reporte lo recibió un operador telefónico alrededor de las 10:30 del viernes, un hombre había saltado desde el balcón del piso catorce del edificio de departamentos; a las 10:40 los primero agentes del orden habían arribado al lugar. Estos retiraron rápidamente a los curiosos y cubrieron con cuidado el cuerpo de Stoney. El primer investigador tomó fotos del cadáver, el cual se encontraba boca abajo El cuerpo había sufrido diversas heridas causadas por la caída, desgarros cutáneos en brazos y piernas, el dorso mostraba heridas punzantes causadas por la gravilla suelta del asfalto. Más tarde, la autopsia revelaría fracturas en diversas zonas del cuerpo, la mayoría focalizadas en el área torácica.
Entre las fotos del cuerpo de Stoney, destacaron tres, éstas estaban marcadas con rotulador rojo. El primer investigador, el único que estuvo con el cuerpo antes de que el mismo fuera llevado a la morgue, notó tres heridas que no pudieron haber sido causadas debido a la caída, ambas muñecas habían sido cortadas en vertical por un objeto muy afilado, la otra herida se encontraba arriba de la sien del lado derecho, la piel estaba ennegrecida, además, la sangre para ese momento ya había coagulado.
Charlene terminó de leer el primer informe cuando hubo llegado; en el lugar donde había estado el cadáver, sólo quedaba una marca de tiza cerca de la acera y un oficial al lado de la puerta del edificio.

—Agente Northcote.

Charlene mostró su identificación al policía que guardaba la escena, quien no dudó en darle el paso al edificio para luego hacer una anotación en un registro. Al parecer estaban registrando a los visitantes, una medida que no correspondía con un caso de suicidio. «No llaman a tres investigadores por un suicidio», pensó Northcote.
En el piso de Stoney se encontraba otro agente, éste, al reconocer a Charlene, tomó posición de firmes. Ella por su parte, no tuvo necesidad de mostrar su identificación para entrar; el nombre de Charlene Northcote había ganado fama rápidamente en el cuerpo de seguridad de la ciudad, una fama en ocasiones buena, en otras no tanto.

El departamento estaba viciado por el aroma del tabaco. El lugar era elegante, un edificio viejo del centro, cada piso debía ser costoso, más de lo que un agente investigador podría aspirar a comprar. La decoración coincidía con el nivel económico que se espera del habitante promedio de la zona; sillones de madera firme, recubiertos de piel, un comedor de piedra oscura y sillas a juego. La cocina, las habitaciones, todo estaba en orden, no había algo visible que hablara de depresión.
Luego de revisar el departamento, el cuarto principal fue el único punto de interés. Stoney había saltado desde el balcón de esa habitación, la nota suicida había sido encontrada en el cajón de la cómoda que daba al mismo. Charlene dio una rápida mirada al entorno y cotejó con lo expresado en el segundo informe: «Orificio producido por arma de fuego en muro de carga». Frente a la cama, cerca de la puerta que daba a la sala de estar, se encontraba un orificio de menos de dos centímetros de diámetro, la bala había sido retirada, el ángulo de entrada indicaba una zona posible de disparo cercana a la puerta de cristal perteneciente al balcón, en el sitio se encontraban señalizadas la ubicación de cuatro piezas de evidencias, las cuales ya habían sido retiradas de ahí.
En el expediente constaban las fotos de cada una, dos pertenecían a casquillos detonados de calibre cuarenta y cinco. Otra marca pertenecía a la propia arma, registrada a nombre de Stoney no hacía más de tres meses. La cuarta y última era evidente sin tener que revisar el reporte; el alfombrado de la habitación tenía una mancha rojiza fácil de reconocer para Charlene: «Sangre», pensó y de inmediato las heridas en ambas muñecas cobraron sentido, así como la herida en la sien. Sin embargo, con ambas imágenes en la mente, el salto al vacío perdía fuerza. Stoney estaba resuelto a quitarse la vida, eso estaba claro.
Asegurándose de no tocar nada, Charlene tomó asiento y continuó con el segundo informe. La mancha de sangre, los casquillos de bala, todo lo pasó por alto; estaba buscando una pieza de evidencia que no encontró ni en el expediente ni en el departamento.
Llegó finalmente a la nota del suicidio. No era especialmente larga, escrita a mano con una buena caligrafía, ésta apenas pasaba la media cuartilla.

«…Ya no lo soporto más. Eban dijo que se irían si tomaba las pastillas, pero nada ha cambiado, los altos siguen viniendo…»

Al lado de la fotografía tomada a la carta se encontraba una nota «Eban Thompson, psiquiatra en el Sunrise Medical Center. Relación cercana con Stoney. Lo diagnosticó hace cinco meses con psicosis. Según el testimonio de Thompson, Stoney estaba sufriendo alucinaciones sobre visitantes nocturnos desde hacía ya tiempo», el diagnóstico le daba peso al suicidio. Charlene cerró el informe para posar su mirada en la mancha de sangre.

Casi daban las 17:00 y Charlene no había conseguido nada nuevo para el caso. Se dispuso pues a entrevistar a los vecinos, en ninguno de los informes constaba algo similar.
Un piso arriba, Northcote se entrevistó con la señorita Michelle Millers, una joven de unos treinta años, quien conmocionada con la noticia, respondió a todas las preguntas. La joven Michelle, y su esposo Óliver, se habían mudado al lugar no hacía más de dos años, Michelle habló de Adam como un hombre reservado y elegante, el cual, para su gusto, pasaba demasiado tiempo solo en su departamento; sin embargo, algo extraño sí consto en su reporte, Michelle, del decimoquinto piso, contó haber escuchado gritos noches antes del evento. Óliver, su esposo, le preguntó a Stoney al respecto y él, según el testimonio de Michelle, se limitó a disculparse, explicando que había estado sufriendo de terrores nocturnos.
Cuando hubo terminado la entrevista, y Northcote se preparaba para bajar al piso doce, una pregunta de Michelle la detuvo:
—Sí fue un suicidio… ¿no? —a Charlene el rostro de Michelle le pareció contener duda mezclada con preocupación.
—Eso parece, señorita, permiso. —La respuesta de Northcote no tranquilizó a la joven, Charlene no tenía dudas de que Stoney se había quitado la vida, pero un sentimiento de intranquilidad no la dejaba.
El departamento del decimosegundo piso estaba habitado por una señora de unos sesenta años, se presentó como Esther Palmer. Esther, visiblemente afligida por el suceso, mencionó conocer a Stoney y agregó además, tenerle un gran aprecio: «un buen hombre», dijo con la voz quebrada.
Charlene preguntó por los días anteriores al suicidio, si Esther había notado algo extraño. «Hubo algo» respondió después de mucho cavilar, «Adam había estado teniendo visitas últimamente», Charlene no pudo evitar levantar una ceja mientras escribía en su libreta A5.

—Hábleme de esas visitas —inquirió Northcote.
—Nunca los conocí —respondió Esther con un gesto dubitativo—. Lo digo por los pasos en su departamento.
—¿Sólo eso? —cuestionó Charlene luego de que ambas permanecieron calladas un momento.
—Sólo eso —replicó Esther.

Luego de agradecer, Charlene se retiró del lugar, pasó por la jefatura para entregar su informe. Los otros dos investigadores se encontraban a unos metros de su escritorio.
Entre los tres cotejaron la información; André, que era un investigador experimentado no se quitaba la mano de la boca, parecía deseoso de decir algo, quizás algo que todos estaban pensando; finalmente Northcote lo dijo:
—Los cortes, ¿cómo los hizo?
—En la calle sólo se encontraba el cadáver —contestó André quien había llegado primero a la escena—, sin embargo, si saltó con el objeto, éste pudo haber sido retirado por algún curioso.
—En el departamento no había nada —continuó Brett, quien había llegado segundo—. ¿Tú encontraste algo más? —La pregunta iba dirigida a Charlene.
—Nada nuevo —contestó pasando sus notas.
—¿Y si fueron “los altos”? —preguntó Brett con una cierta sorna en su tono de voz luego de leer en voz alta las notas de las entrevistas que había hecho Charlene; nadie respondió.
—Se cortó las muñecas, cortó de más y no pudo sujetar correctamente el revólver, por eso falló; finalmente, para saltar no necesitaba las manos —concluyó André resumiendo el caso de la manera más lógica posible; todos asintieron.
Ya estaba entrada la noche cuando los tres se retiraron de la jefatura. No lo dijeron; sin embargo, los tres estaban ansiosos por ver el reporte del forense.


Charlene terminó de leer el reporte de la autopsia cuando el jefe Foster entró en la morgue.
—¿Cómo murió? —preguntó el jefe luego de un corto silencio.
—Se quitó la vida —respondió ella sin fuerza.
—Eso lo sé. ¿Cómo murió? —Northcote sabía de antemano a qué se refería, aun así, la respuesta era poco satisfactoria incluso para ella.
—Los cortes en sus manos, eso dice la autopsia, el charco de sangre en su habitación lo confirma.
—¿Y el objeto? —Foster estaba haciendo justo las preguntas correctas, las difíciles de responder.
—No existe dicho objeto, no había nada en el departamento. —Charlene no se molestaba en ver al jefe, seguía con la mirada fija en Stoney, suplicando muy dentro de ella que el difunto despertara y diera una explicación de lo ocurrido. Permanecieron en silencio un par de minutos.
—¿Qué dijo el forense de la hora de muerte? —preguntó finalmente Foster.
—Entre las ocho y las nueve… —La respuesta de Charlene fue seguida de un silencio aterrador, ambos comprendían las implicaciones de los datos recopilados. Recordando la plática con Brett y André resumió—, poco antes de las ocho, cortó ambas muñecas, los cortes debieron lacerar algún ligamento por lo cual no pudo manejar correctamente el revólver, eso explicaría los dos tiros que falló; finalmente… —Northcote se detuvo un momento antes de continuar con tono irónico— finalmente saltó estando muerto.
—Es imposible para un investigador resolver todos los casos que se le presentan. —El jefe guardó silencio un momento—. Cortes en las muñecas ¿no? —Finalizó soltando un suspiro antes de retirarse.
Charlene permaneció con el cuerpo de Stoney varios minutos más.


Meses pasaron y la agente Northcote no dejo de pensar en el caso del suicidio de Adam Stoney. Esto fue hasta recibir otra llamada de su jefe pidiendo su atención a un nuevo caso.
—Esto no te va a gustar… —La voz del jefe Foster sonaba intranquila a través de la bocinilla del móvil.
Menos de una hora después, Charlene se encontraba frente al edificio de departamentos de la calle doce.
Fuera de éste, había un grupo de gente apostada al borde de una cinta de seguridad resguardada por algunos policías. A unos metros de la acera, un bulto era cubierto por una manta blanca.
Charlene se identificó con uno de los hombres al borde del perímetro y pasó directo al edificio. En el piso doce, encontró al mismo elemento de seguridad que había estado resguardando el departamento de Stoney. Charlene no dejaba de pensar que aquello no podía estar pasando.
Esta vez, Charlene era la primera en levantar un reporte del caso. Moverse a través del lugar fue sencillo, pues éste tenía la misma distribución que el departamento de Stoney.
Llevada por el recuerdo, Charlene se dirigió directo a la habitación principal… Nada, sólo la puerta corrediza abierta hablaba del evento que acababa de pasar hacía un par de horas.
Recordó entonces la nota de Stoney y, siguiendo los pasos de otro investigador, revisó la cómoda que daba al balcón. Había decenas de papeles pero ninguna carta, sin embargo, el contenido del resto de las hojas le dió un escalofrío. En cada trozo de papel, la figura informe de una sombra se repetía sin fin.

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