El caso de Tadeo Santana

Por Aledith Coulddy

La más hermosa de las jugadas del diablo, es persuadirte de que no existe.
—Charles Baudelaire

I

Llamaron a la doctora Tilda el 12 de mayo a las 20:00 horas, casi a punto de terminar su turno.
Acababan de traer a un paciente al ala oeste del hospital, lo que significaba que venía no sólo en malas condiciones sino que era un paciente peligroso.
Generalmente el ala sur se limitaba a aquellos enfermos con alta probabilidad de darse de alta en un tiempo considerable; el norte y este contenía a aquéllos que ya eran internos o conocidos regulares, pero, el área más alejada, el que contenía los cuartos de máxima seguridad, se encontraba en el extremo poniente del viejo hospital San José y María, en una área restringida y que sólo podían visitar los guardias de seguridad y los médicos especialistas.

Por lo general esa zona era reservada para los pacientes que estaban en proceso de juicio y que sus defensas habían alegado enfermedad mental. No podían trasladarlos a cárceles de máxima seguridad porque sus comportamientos eran inciertos y como uno de los hospitales auspiciados por dinero gubernamental, el San José y María reservaba cuartos-celdas para tales casos.
Del otro extremo del ala poniente, estaban los cuartos destinados a los pacientes psiquiátricos más peligrosos, esos cuyo diagnóstico estaba ya confirmado y que su libertad condicionaba ya fuera la seguridad de la población en general como la de sus propios cuidadores.
Esa ala resguardaba a pacientes que eran candidatos a lobotomías o estancias permanentes en el hospital y era el sitio al que precisamente habían traído al nuevo paciente, Teddy Santana.

—Tadeo Santana Almaraz, masculino de 33 años, encontrado en malas condiciones generales, en la habitación de su casa. Su madre telefoneó a los paramédicos, comentó que en dos ocasiones anteriores, la policía había atendido el llamado, pero por alguna razón no habían querido acudir una tercera ocasión.

—¿La policía? ¿Ha estado detenido o en algún otro hospital psiquiátrico?

—No en hospital —respondió Alonso, un médico residente de 26 años, con ojeras profundas debajo de los ojos—, pero sí detenido. A decir de los paramédicos, Tadeo regresó de un viaje a Yucatán con signos claros de alteración mental. Su madre mencionó que estaba segura que había consumido algún psicotrópico en aquel lugar, pues desde que había vuelto, se hallaba más agresivo y con discurso incoherente la mayoría del tiempo. La primera vez que lo detuvieron, encontraron a su madre con múltiples laceraciones en brazos y cara…

—¿Por qué no lo procesaron entonces? —respondió Tilda con el ceño fruncido.

—Al parecer estuvo una semana bajo vigilancia en una comisaría, pero durante este tiempo, Tadeo no mostró signos de agresividad. Según los reportes, estaba en sus cinco sentidos, hablando pacíficamente con los policías. Mencionó que su madre era una persona problemática y que tenía historia de autolesionarse para obtener atención.

—¿Y era cierto eso?

—Aparentemente se confirmó su versión, cuando su madre hizo una llamada durante los días que Tadeo estuvo detenido afirmando que su hijo había estado una noche en su casa y la había vuelto a lastimar… Tadeo estuvo aparentemente todo el tiempo en su celda sin ningún disturbio reportado.

—Eso es extraño… —dijo Tilda, cada vez más confundida—. ¿Confirmaron que su madre tuviera nuevas lesiones?

—Así es, sin embargo bajo la confesión previa de Tadeo, eso sólo les hizo corroborar que estaba diciendo la verdad. Los obligaron a tomar terapia familiar, pues la comisaría no pretendía perder tiempo en un hijo de mami mantenido y una madre codependiente de clase baja… Así lo mencionó el oficial Alves.

—¿Oficial Alves?, ¿fue trasladado a este hospital por un policía? ¿Por qué no lo llevaron al reclusorio?

—¿Recuerda que le comenté que esta es la tercera ocasión que llamó a la policía? —El brillo de los ojos de Alonso resplandecía fuertemente bajo el arco de sus cejas. Ese brillo que le gana al cansancio de las horas prolongadas en vigilia y que sólo un buen caso en su carrera médica le puede otorgar a un médico en formación—. Según me comentó el oficial Alves, la segunda vez que llamaron a los oficiales, la estancia de Tadeo en la comisaría estuvo llena de eventos con… poca explicación lógica.

—¿A qué te refieres? —contestó Tilda percibiendo un hilo de hiel correr a través de su garganta.

—Mencionó que encontraron a la señora Santana, agazapada en la esquina de su cuarto, con un crucifijo en la mano derecha y una veladora en la izquierda. Sobresalía un golpe en su frente y repetía que se lo llevaran, que aquel no era su hijo. Los oficiales pensaron que era una más de sus escenas teatrales hasta que encontraron a Tadeo corriendo a unas cuadras de su casa, con el torso desnudo y unas marcas de lo que parecía ser sangre en ambos antebrazos. Lo detuvieron y esta vez llamaron a un abogado quien desertó del caso a los dos días porque mencionó que Tadeo le había hecho amenazas que después habían resultado ser reales. Una semana después, los propios oficiales repitieron los mismos argumentos el día que lo dejaron libre.

—¿Lo regresaron entonces con su madre? —contestó Tilda en un tono de voz que mostraba incredulidad e indignación.

—Así es, doc, eso fue hace dos meses. Hoy los paramédicos recibieron la llamada de la señora Santana. Les dijo que su hijo se encontraba en muy malas condiciones y que debían ir pronto. Cuando llegaron, la casa entera estaba oscura, con crucifijos colgados en todas las paredes de la casa y múltiples veladores ardiendo en cada habitación, excepto en la de Tadeo, donde él se encontraba en posición fetal, diaforético y apenas respirando. La señora mencionó que aquello se presentó después de la visita de un sacerdote que había mandado a traer para quitarle los demonios a su hijo. Lo subieron con signos vitales críticos a la ambulancia, casi en estado de coma, hasta que…

—¿Sí? —contestó la doctora sin estar segura de querer saber la respuesta.

—…hasta que Tadeo comenzó a reírse sin control, insultando a los paramédicos y amenazándolos de muerte. Se detuvieron a solicitar ayuda a una patrulla que iba pasando por donde ellos estaban y curiosamente era el oficial Alves quien los auxilió. Él fue uno de los involucrados en la segunda detención de Tadeo. Ayudó muy a su pesar, porque Tadeo estaba frenético, escupiendo a los paramédicos quienes apenas si podían contenerlo.

—¿Él fue quien te lo contó todo…? ¿El oficial Alves?

—Sí doctora, me lo contó todo, justo antes de que de la nada le diera un infarto en la sala de espera.

Tilda fue directo al ala central del hospital, donde se extendía la sala que daba la bienvenida a cualquier pobre diablo que se atreviera a pisar los suelos de aquel lugar. Ahí estaban algunos policías y afuera, con luces azules y rojas, una camioneta negra se llevaba el cuerpo sin vida del oficial Alves.

II

La doctora Tilda se dirigió al cuarto 125, donde Teddy Santana se encontraba sujeto mediante unas esposas a las astas de una cabecera de plástico perteneciente a una cama individual bien acolchada y con protecciones para bebés que apenas comenzaban a caminar. Su residente, Alonso, le ofreció compañía para realizar la historia clínica de Tadeo, y a pesar de que lo hubo considerado, para la mala fortuna de ambos, esa noche hubo cuatro ingresos al hospital por intentos de suicidio. Dos jóvenes casi niños, una mujer y un hombre de mayor edad. Él se hizo cargo de ellos mientras Tilda se preparaba para encontrar la forma de hablar con Tadeo. La madre de éste se hallaba en el hospital regional donde la estaban atendiendo por el golpe en su cráneo y por un ataque de histeria y dado que Tadeo no contaba con más familiares, era necesario intentar hablar con él. Su estado de psicosis se encontraba ya aparentemente bajo control. Lo habían sedado de camino al San José y María y según el último reporte de la enfermera que lo recibió e instaló se encontraba dormido.

Tocó a la puerta esperando no recibir respuesta, pero una voz melódica y suave la invitó a pasar.

—¿Tadeo Santana?

Teddy, quien se hallaba hecho un ovillo mirando hacia la pared contraria soltó una risita aguda y de poco en poco se enderezó sobre la cama, sentándose con el dorso recargado en el frío concreto.

—Llámeme Teddy. —Su voz era parsimónica, rítmica, como una vieja balada que te invita a bailarla y seguirla escuchando. Por otro lado su piel se encontraba reseca. Sobre su cabeza, mechones de cabello hacían falta, dejando a la vista zonas completamente calvas. Estaba pálido, casi gris, los huesos del esternón y las costillas se hacían visible bajo la fina capa de piel que aún lo vestía y había grietas en sus labios, donde pequeñas huellas de sangre seca se hacían presentes.

—Muy bien, Teddy —contestó la doctora Tilda, arripintiéndose desde el momento en que puso un pie dentro de la habitación de no haberle pedido a nadie que la acompañara. Lo cierto era que el hospital era un caos en esos momentos, había un gran alboroto en el piso de abajo por los cuatro ingresos y ninguno de los guardias de seguridad que aún estaban disponibles quiso acompañarla. Al parecer se había corrido bien la voz acerca de los antecedentes de Teddy—. Soy la doctora Tilda Leñero, psiquiatra de este hospital. Necesito hacerte unas preguntas para saber por qué te trajeron aquí, ¿correcto? Si no deseas responder alguna pregunta puedes negarte a hacerlo sin problemas. Quiero que sepas que estamos para ayudarte a resolver lo que sea que te haya traído.

Teddy comenzó a reírse, era de hecho una carcajada, pero era una contenida. Reverberaba, sin embargo, desde sus entrañas y salía de su boca como si un experimentado pianista hubiera tocado a propósito una mala nota para incomodar a los oyentes.

—¿Creen que pueden resolver lo que lo trajo aquí? No hay nada que resolver aquí, doctora, pero yo puedo darle a usted unos cuantos asuntos por resolver.

—Teddy, te agradecería que la cordialidad entre nosotros no se perdiera. Soy tu médico, no tu acusadora. No estoy aquí para agregarte más problemas sino para ayudarte con lo que te aflige. Te pido tu apoyo para acelerar este proceso y que si es posible, pronto puedas irte a casa.

—Irme a casa… irme a casa… —La voz de Teddy era retadora, como instando a Tilda a volver a repetir aquello— y, ¿quién dice que quiero volver a esa pocilga con la cerda Santana? La cerda Santana con sus crucifijos y velas, como si eso pudiera detenerme.

Volvió a reír, esta vez con más fuerza. Su voz retumbaba en la habitación y esparcía un frío eco dentro de ella, que se colaba por cada poro de piel y se esparcía por todo el cuerpo, erizando cada vello.

—Me enfadas, Tilda. Teddy Santana, 33 años, sin enfermedades de base, oficinista… —Hizo una mueca arrugando la nariz y arqueando la boca—, amante de la naturaleza y los animales. Gusto por los viajes, no drogas, no alcohol, no antecedentes de enfermedades en casa…

Era claro que Teddy no quería ser interrogado y le estaba dando a Tilda exactamente el preámbulo de lo que necesitaba. Pero faltaba la pregunta principal…

—¿Qué te sucedió, Teddy? ¿Pasó algo en tu último viaje? Cuéntame los síntomas de la última semana…

—Que, ¿qué me sucedió Teddy?, qué me sucedió… Vamos a ver, viajé y me metí a unos lugares que no debí haberme metido y con gentes interesantes que nunca debí haber conocido. Volví a Guadalajara, con cerda Santana pateándome las pelotas con cada pregunta y con cada estúpido rezo. Pobre Teddy con mal de ojo, pobre Teddy diferente al regreso. Por eso el padre la dejó, ¿sabe? por nefasta y por…

—¿Cerda Santana es tu madre, Teddy? —interrumpió Tilda.

Un pequeño silencio precedió la respuesta. Teddy miraba a un punto muerto mientras una sonrisa volvía a formarse en la silueta de sus labios.

—Meh, venía con el paquete.

—¿Qué venía con el paquete, Teddy? —Y con esta pregunta, un pensamiento fugaz atravesó la mente de Tilda, como una revelación imprudente. Y no estaba segura de si debía decirlo o si debía siquiera involucrarse en aquello, pero no creía que fuera real. ¿Cómo? nada de eso existía, nada que no fuera lo tangible y certero era real. Ni el pensamiento que ahora se esparcía por cada recodo de sus conexiones neuronales, instándolo a ser pronunciado y con esto, una serie de cosas incontrolables desatadas—… ¿Es que acaso no pudiste tomar otro paquete, Teddy? Porque ese es tu nombre, ¿cierto? ¿Teddy?

La luz ámbar de la habitación comenzó a titilar violentamente. Él la volteó a ver, con una mirada que era capaz de traspasar cada célula de su cuerpo. La veía y la despojaba de todo cuanto había, dejándola desnuda ante él, descubriendo sus secretos más profundos, más callados. Y una vez que la hubo examinado por completo entonces rió. Rio con fuerza, rio como Tilda jamás había escuchado nunca antes reír a nadie. Y supo así que jamás debió haberle hecho aquella pregunta.

—Ya es muy tarde, Tilda zorra. Tilda la psiquiatra. Quizá ahora me gusta más lo que venga con tu paquete.

No esperó a que le ordenaran salir de la habitación. Sus pies la llevaron lejos del ala poniente. A muchos metros de distancia de Tadeo Santana. Donde su mirada no pudiera volver a penetrar su cuerpo y donde sus palabras no pudieran perseguirla. Aunque ella lo sabía. Algo le decía a Tilda que el daño estaba ya hecho.

III

Tilda llegó a casa pasadas las once de la noche. El tiempo se había consumido ante sus ojos con tal rapidez que ni lo había percibido. Usualmente solía salir del hospital a las 8:30. El trayecto a su departamento duraba menos de quince minutos, pasaba a comprar algo de cena y para las 9:30 estaba ya en cama, con alguna película o programa puesto en la tele, lista para despejarse de la rutina del día y prepararse para la del siguiente.

Esa noche, sin embargo, no había querido retirarse del trabajo a la hora habitual. ¿Era miedo lo que le carcomía la tranquilidad? Buscó pretextos para quedarse el mayor tiempo posible en compañía y, entre los cuestionamientos de su médico residente y las teorías de todo el personal del hospital acerca de qué era en realidad lo que estaba sucediendo con Teddy, se hizo tarde. Lo suficiente para recuperar un poco la calma, al menos.

Al llegar a su edificio, le indicó al elevador el tercer piso. Las puertas se abrieron y un corredor solitario y oscuro le dio la bienvenida; lo normal de todos los días, pero esa noche la penumbra le supo amarga. Metió la llave en la cerradura esperando que sucediera algo, lo que fuera que le hiciera postergar las siguientes horas en solitario. Era ilógico y era absurdo aquel miedo, pero también era real.
Tan real como las ventanas de la sala abiertas de par en par, y el viento nocturno colándose en la habitación y dejando una estela invisible de frío y desolación.

Tan real como la caja de cartón sellada junto a la ventana, donde dentro venía una nota que se limitaba a cinco palabras escritas con caligrafía desordenada y que confesaba: “me gusta más este paquete”.

Y luego la llamada que le avisaba a Tilda que Tadeo Santana había escapado del hospital.

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