Lory

Por Oscar Valentín Bernal

Toda mi niñez viví en un enorme castillo lleno de torres, recovecos y escaleras adheridas a los grandes muros de metal que ascendían hacia las plataformas más altas, conectadas por pasarelas oxidadas desde donde alcanzaba a ver las montañas y llanos que en primavera semejaban océanos verdes que corrían interminables, hasta fundirse con el horizonte; luego venía el verano y con él, ese vapor que se alzaba desde el suelo, producto del calor mismo de la tierra. Cuando llegaba el otoño convertía ese verdor en tonos opacos de café y marrón, volviendo el paisaje más melancólico, pero no por eso menos impresionante. Finalmente con el invierno caía la nieve, la blancura perpetua se alzaba sobre las praderas, reflectando el sol y haciendo que el frío calara hondo en los huesos.

En aquellos días no conocía a ninguna otra persona. Lory me contó que la gente como yo se marchó hace mucho tiempo a un sitio muy lejos a donde no podía llegarse caminando, y que por algún motivo no me llevaron con ellos. Ella pensaba que algo malo le ocurrió al grupo donde yo iba y por eso me dejaron. Yo por mi parte creía, aunque nunca se lo dije a Lory, que ellos me habían dejado a propósito, abandonado en un mundo solitario donde no había nadie más que Lory.

No puedo quejarme, después de todo, Lory fue muy buena conmigo, como una madre de verdad y me enseñó todo lo que debía saber para ser una persona. A ella no le importaba si éramos totalmente diferentes.

Recuerdo aquellas tardes cuando solía subir a la torre más alta de mi castillo y sin importar lo caliente de la lámina, pasaba horas tumbado sobre la estructura cónica del techo, contemplando el cielo, preguntándome qué había sido de los míos y por qué de los de Lory, sólo quedaba ella. ¿La habían abandonado también? ¿Alguna vez alguien volvería por nosotros?

Me siento triste de haber pensado que yo no quería que regresaran por Lory, pues entonces me quedaría solo por completo y terminaría muriendo sin que nadie se diera cuenta, ni le importara. Nunca se lo dije, pero ella lo sabía. Ella siempre sabía todo, porque podía ver dentro de mi cabeza y de mi corazón.

Solía hablar largas horas con Lory, aunque en realidad nunca cruzamos palabra alguna. Aun así le hacía preguntas:

—¿Cuántos años tienes, Lory?

Ella sólo reía:

“Más de los que puedas comprender, pequeño” .

—¿Eres mi mamá?

“Si es eso lo que te hace feliz”.

Cuando le hacía preguntas, casi siempre terminábamos riendo y jugando a imaginar cosas, un juego en el que Lory era bastante buena. Pero había una pregunta a la que Lory nunca contestó:

—¿Qué pasó cuando tu gente y la mía se conocieron, Lory?

Cuando preguntaba algo parecido, su única respuesta era el silencio, un silencio que dolía. Dejé de preguntarle eso, porque yo no quería ver a Lory triste.

No sé cuánto tiempo vivimos juntos Lory y yo, pero éramos felices y nunca he conocido mejor casa que el castillo, aunque estuviera viejo y corroído, aunque Lory dijera que en realidad no era un castillo, sino un sitio donde se molía el maíz para los animales hace mucho, mucho tiempo.

La única vez que Lory tuvo miedo, fue el último día en que nos vimos. Yo caminaba por las pasarelas en la cima del castillo, cuando escuché un sonido espantoso. Un fuerte tronido llegado desde el cielo. Volteé para todas partes y finalmente vi a aquella cosa venir volando, enmarcada por el sol moribundo. Me quedé petrificado mirándola sin saber qué hacer, luego se detuvo sobre el castillo, lanzando un ventarrón mucho más potente que cualquier viento que yo hubiera visto. Fue entonces la primera vez que vi a una persona. Estaba sentado detrás de un cristal a los mandos de la cosa voladora. El humano me miró con sus ojos de vidrio negro y pareció sorprendido, movía la boca sin que yo pudiera escucharlo. Me tapé los oídos por el fuerte rugido de aquella bestia voladora y entonces vi caer dos cuerdas a sus costados, por las cuales descendieron otras dos personas hasta el techo del castillo.

En ese momento, Lory, quien se hallaba lejos, se alzó llena de furia, trepando rápidamente hasta donde nosotros nos encontrábamos. En aquella ocasión sentí su tremenda fuerza y supe que si ella quería, podía hacer desaparecer a la bestia voladora y a las personas venidas con ella en un segundo. Uno de los hombres se me acercó y yo pelé los dientes como un animal asustado.

—Está bien, niño —dijo el hombre—. Todo está bien…

Y de alguna forma yo le creí.

Lory estaba justo detrás de mí, pero los hombres no podían sentirla, sólo yo. Y algo había detenido repentinamente su explosiva furia, justo antes de que acabara con ellos. Y eso fue algo que vio dentro de mí.

“¿Es esto lo que quieres, verdad?”

Fue esta la única pregunta que me hizo Lory desde el día en que la conocí.

—Yo… no sé…

Sentí como mi corazón se encogía por el miedo de perderla.

“Está bien pequeño… Ve…” .

—Todo está bien —repitió el soldado—. No te haré daño…

Y yo lo abracé con fuerza. Me volví para ver al sito donde estaba Lory pero ella se había marchado.

Quizá la gente de Lory haya sido muy mala. Quizá ellos fueran la causa de que las personas dejaran de vivir en el mundo. Pero estoy seguro sólo de una cosa: mi Lory era diferente, y a veces cuando miro la nieve caer o el sol ocultándose en el horizonte, tan solo quisiera sentirla de nuevo y poder darle las gracias.

Zapopan, Jalisco
17 de abril del 2019

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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