Proyecto Oracle

Por S. Bobenstein

Recuerdo cuando la Dra. Belmonte y el Dr. Pierce, profesores y eminencias de la física, me aceptaron a mí, un simple graduado de maestría en física teórica, para formar parte de su multidisciplinario, multiétnico y grandioso equipo de ensueño que habían reunido para realizar la aplicación de un experimento que cambiaría el modus vivendi de la humanidad.

Los humanos hemos tratado de encontrar los secretos del universo desde tiempos inmemoriales, quizá más por una natural curiosidad hacia lo desconocido que por cualquier otra cosa, sin embargo, hemos reconocido que el satisfacer esa curiosidad nos ha conseguido más que sólo la sensación de logro personal: nos da poder y control sobre la naturaleza que nos rodea y de la cual somos parte.

En la lucha por nuestra supervivencia, el poder del razonamiento superior nos ha dado la ventaja con respecto a las demás formas de vida con las que compartimos el planeta; poco a poco nos hemos abierto paso entre los misterios y las incógnitas, tanto para adaptarlos como para adaptarnos, asegurando nuestra trascendencia en este universo indiferente a nosotros. Pero hay algo implacable, tan irremediablemente perpetuo, tan definitivo, que ha pasado a formar una parte ineludible de nuestras consideraciones teóricas: el tiempo.

El paso del tiempo que no espera a nadie, inmisericorde, maleable, sí, pero eterno, una dimensión física del universo y no una ilusión de control. Ya habían pasado un par de décadas desde que se logró crear el mítico “cronovisor”: un dispositivo capaz de permitirnos ver, de primera mano, todos los sucesos pasados a partir de la Gran Explosión, la primera generación de luz. La manipulación de los fotones y la radiación fue de tal magnitud que se tuvo que situar una estación espacial exclusiva en los lindes del horizonte de eventos del agujero negro supermasivo del centro de la Vía Láctea; sólo con la ayuda de ese monstruo, la luz pudo ser deformada lo suficiente para lograr el milagro. Un sinnúmero de teorías fueron confirmadas, otras, rechazadas, se reescribieron los libros de historia, cambió la geopolítica, religiones cayeron y se alzaron por igual: la más grande revolución humana sucedió.

“Conócete a ti mismo”, rezaba la inscripción del templo de Apolo en Delfos, casa del famoso oráculo. Ya habíamos conseguido cumplir la máxima, pero, en un giro un tanto irónico, nos hizo darnos cuenta de algo: la necesidad del oráculo, la necesidad de conocer el futuro. Y es que hemos vivido a tientas desde el principio, tomando el riesgo de vivir día a día sin saber qué se nos depara al momento de tomar una decisión, vivimos a base de saltos de fe. Tal incertidumbre, el desconocimiento de las consecuencias de nuestros actos, constituía la última barrera que nos separaba de la omnisciencia y, por supuesto, no nos detendríamos ante nada estando tan cerca del conocimiento que antes se reservaba a las divinidades. La Dra. Belmonte y el Dr. Pierce se dieron a la tarea de hacer posible lo imposible y, en unos cuantos años, lograron descubrir las matemáticas necesarias que dieron origen a la instalación en la que trabajé. Llamaron a la operación “Proyecto Oracle”.

El día llegó en el que echaríamos a andar la máquina, luego de años de investigación y miles de millones en inversión pública y privada. Los doctores estaban tan seguros de su éxito (algo no precisamente bueno… por lo menos antes de poder predecir el futuro) que decidieron publicitar el evento, logrando una transmisión en vivo y en directo a cada planeta, cada colonia y cada estación espacial en la que se encontrara algún ser humano. Todos cruzaríamos la frontera que nos separaba de todo el saber. Como un ejército de científicos, asumimos nuestros puestos en nuestras estaciones correspondientes, con Belmonte y Pierce en la consola principal, dirigiendo la operación por encima de nosotros.

La máquina fue llevada y acoplada a la estación espacial que orbitaba el agujero negro de nuestra galaxia. Pasado, presente y futuro se unirían en el mismo punto (algo poético, en mi opinión). Nunca había estado tan lejos de la Tierra en toda mi vida y, aunque ya había visto imágenes del agujero negro, no le hacían justicia al tamaño ni a la terrorífica apariencia de ese gigante devorador de materia. A juzgar por la expresión de todos mis demás compañeros, no era el único que se sentía insignificante e indefenso ante el agujero negro, temiendo que nuestra tecnología no fuera suficiente para poder resistir la atracción gravitacional. La oscuridad allende el horizonte de eventos era la cosa más negra que el universo podía producir, la negrura no era ni un poco perturbada por el halo de luz a su alrededor, todo se perdía en un punto infinito en su interior, inalcanzable… Pero ese conocimiento no estaría lejos de nuestro alcance por mucho tiempo más.

Las cámaras iniciaron su transmisión desde la consola principal, observando hacia la ventana, hacia el agujero negro, sobre la cual se encontraba una pantalla gigante con datos acerca del funcionamiento de los equipos, donde antes se habían transmitido los sucesos del pasado. Estaban a miles de años luz de distancia, pero podía sentir los ojos de la humanidad impaciente posados en esa pantalla. La ansiedad por conocer el resultado de nuestros esfuerzos no permitió que se diera alguna clase de discurso de apertura, los doctores dieron inicio a las pruebas preliminares que activaron la máquina y dejaron todos los sistemas en línea, funcionando en perfecta sincronía. La ventana fue cerrada, no había un filtro lo suficientemente potente para protegernos de los fenómenos lumínicos que se suscitarían afuera de la estación, todos permanecimos en la penumbra, expectantes. Una voz robótica inició la cuenta regresiva con lo que nos pareció una odiosa parsimonia. Al momento de llegar al cero, los doctores dieron vuelta a sus llaves y la máquina comenzó a contorsionar las leyes universales.

Esperamos… Esperamos… Esperamos… Y nada. La pantalla permanecía en blanco, sólo mostrando los datos de funcionamiento en sus márgenes sin ninguna anomalía aparente. Todos comenzamos a revisar el estatus de nuestras estaciones pero nadie encontraba errores. La máquina estaba funcionando a la perfección, simplemente no estaba captando nada. Esperamos durante cinco minutos completos, un tiempo más que considerable tomando en cuenta la velocidad de la luz, para nada. La voz de la Dra. Belmonte se escuchó en los altavoces, decepcionada y apenada, pidiéndonos disculpas por el fracaso; ella misma inició la cuenta regresiva para apagar la máquina, pero se detuvo en el segundo dos.

La pantalla se volvió negra, salvo por los datos marginales de funcionamiento. Todos volteamos inmediatamente a ver lo que sucedía. Líneas de distintos colores cruzaban horizontalmente la pantalla, rápidas como serpientes, a intervalos exactos de trece segundos, después, una explosión de color nos encegueció por un segundo: en la pantalla se mostraban mezclas de colores eléctricos que se movían igual que los colores en un caleidoscopio. No menos de la mitad de los presentes miramos fascinados el hermoso fenómeno hasta que el Dr. Pierce nos hizo espabilar para entender qué era lo que veíamos. Los indicadores continuaban informando el perfecto funcionamiento de la máquina, mas los indicadores del continuo espacio-tiempo sólo arrojaba un desconcertante “null”: lo que sea que estuviéramos viendo en ese momento, según la máquina, no estaba en ninguna parte y en ningún tiempo.

La Dra. Belmonte ordenó realizar las recalibraciones necesarias para corregir la contradicción sin éxito: los colores seguían ahí, al igual que el espacio-tiempo seguía ausente. Luego ordenó tomar perspectiva óptica, alejando nuestro punto de visión lo suficiente para poner en cuadro lo que sea que aquello fuera. Sentí cómo a mis piernas las traicionaba la fuerza cuando en la pantalla vimos un gigantesco fractal replicando su forma hasta el infinito, rotando lentamente en el sentido de las manecillas del reloj. El caleidoscopio sólo era parte de su borde, dentro del área que contenía no había más que negrura, muy parecida a la que vimos en el agujero negro. Detrás de este fractal, el cuál observamos que era un conjunto de Mandelbrot, innumerables fractales de distintas formas y funciones se replicaban y giraban sin cesar. Para mí, sus movimientos me recordaban, más que a modelos matemáticos, a una especie de virus o bacterias replicándose y viviendo en colonias; parecía que guardaban un cierto equilibrio, compensando el movimiento de uno con el del otro, como engranes de un mecanismo inconmensurable. No podíamos realizar mediciones, cualquier cálculo sólo daba como resultado el fatídico “null”.

Fue entonces cuando lo inimaginable sucedió. Al principio creímos que se trataba de una ilusión óptica, que nuestras sensibilidades estaban alteradas ante la presencia de lo extraño… No tardamos en darnos cuenta de que lo que veíamos era real. Lentamente, el fractal comenzó a deformar la pantalla de la misma manera que un insecto deforma el agua sin romper su tensión superficial cuando se para sobre ella, llegando hasta tal punto que la deformación podía verse tridimensionalmente sobre nosotros. Nadie espero una señal, todos corrimos, nos apretujamos contra el fondo de la sala, poniendo tanta distancia como podíamos entre eso y nosotros. Los doctores no abrieron las compuertas para huir, no desplegaron las naves de escape, no se movieron un ápice: querían ver lo que sucedía.

Y el fractal no decepcionó.

La “tensión superficial” de la pantalla finalmente se rompió. La “gota” que se había generado por la presión del fractal flotó en medio de la sala e inmediatamente cambió su forma a lo que parecía ser un teseracto, un hipercubo, que giraba y se movía en todas direcciones, en todas sus dimensiones, había perdido sus colores, ahora sólo brillaba con una luz azul ahí donde debían estar sus caras. La pantalla gigante terminó por apagarse al igual que todos los controles, ya lo único que nos iluminaba era el teseracto. Su luz y sus extraños movimientos me hicieron olvidarme del miedo y me invitaban a contemplarlo, hipnotizado. Una extraña calma me embargó, encontraba paz con el teseracto, quería estar en el teseracto, quería ser el teseracto… Levanté mis manos hacia él y, acto seguido, todos los demás imitaron mi gesto. El teseracto se convirtió en una masa amorfa y convulsa de luz blanca que se comprimía hacia su centro en oleadas incesantes. Cuando hubo llegado al tamaño de una bola de golf, un trueno hendió el silencio de la sala y un resplandor inundó todo el lugar.

Lo siguiente que recuerdo es estar en una cabina hermética y aislada en una nave de rescate.

Ni bien llegamos a la colonia de Marte, todos, incluidos los doctores, fuimos puestos en la más estricta de las cuarentenas. Se nos realizaron toda clase de estudios sólo para encontrar que estábamos perfectamente sanos, salvo por una moderada conmoción cerebral. Luego de algunas protestas, las autoridades no tuvieron más remedio que dejarnos regresar a nuestros hogares. Supe después que la transmisión del evento duró hasta el momento en que el fractal “salió” de la pantalla, tras lo cual se perdió toda comunicación con la estación espacial. Mis amigos y familiares se preocuparon por mí, naturalmente, y se alegraron de que hubiera vuelto a casa sano y salvo, por otra parte, la humanidad estaba perpleja ante el fenómeno del fractal… no muy segura acerca de querer seguir indagando en lo que sucedió.

Ya han pasado veintisiete días y no dejo de pensar en lo que sucedió. De alguna manera siento que eso sigue sucediendo a mi alrededor, como si los fractales, esos fractales, sólo fueran detenidos por un delgado velo interdimensional. Pudiera asegurar que siento sus “deseos” de cruzar hacia un lugar que antes les era invisible, nuestro espacio-tiempo, constantemente llamados por algo que hay en mi interior. Parecían tan perfectos, tan armoniosos… Temo admitir que, muy en el fondo, también deseo su llegada.

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