La extracción

Ilustración por Jeremy Fenske

Por Oscar Valentín Bernal

1

Yo tenía cinco años cuando llegaron a nuestro mundo, surgidos de la oscuridad de la nada. Nadie sabe quiénes son, ni qué método utilizaron para venir hasta aquí. Los estudiosos del universo no detectaron nada inusual acercándose a nuestro planeta ni ninguna clase de señal hasta el día en que ya estaban sobre nosotros. Fue como si simplemente hubiesen abierto una puerta y cruzado desde alguna otra parte, un sitio tan lejano que nosotros ni siquiera éramos conscientes de su existencia.
Unas gigantescas estructuras de forma piramidal compuestas de un material similar al diamante, con varios cientos de kilómetros de extensión, se materializaron de pronto por todo el mundo, sepultando bosques, montañas, campos y ciudades. Se dice que los gobiernos del mundo intentaron reaccionar, pero fue inútil, pues en el preciso momento en el que ellos aparecieron, liberaron una especie de pulso que dejó inutilizados todos los aparatos eléctricos sobre la faz de la tierra. En un instante todos los aviones que se encontraban en el cielo se vinieron abajo sin control, las computadoras y teléfonos quedaron reducidos a pedazos de plástico inservibles. Todas las vías de comunicación, radares y vehículos que requerían de componentes electrónicos vitales para su funcionamiento, no volvieron a servir jamás.

No hace falta explicar muy a fondo, las repercusiones que tuvo todo aquello para la sociedad de ese entonces. Una sociedad que habitaba un mundo, totalmente dependiente de algo llamado electricidad y que así de pronto se veía sin ella, frente a una amenaza completamente desconocida.
El terror se extendió como una enfermedad por los corazones de las personas, quienes comenzaron a luchar entre sí matándose los unos a los otros por alimentos y recursos, los cuales antes podían adquirirse en tiendas sin apenas realizar esfuerzo. Las pirámides no hicieron nada, no realizaron el menor movimiento ni dieron señales de que en su interior existiera ser vivo alguno. El único sonido que emitían era un constante ulular apenas perceptible, el cual algunos aseguraron que era el origen del apagón generalizado.
Pasaron los años y los extraños monolitos siguieron inmóviles, totalmente indiferentes al mundo y a la civilización que habían colapsado por su causa. Mucha gente murió en aquellos años como víctima de la escasez. Las tierras de cultivo eran cada vez menos y las personas se mataban por el control de unas cuantas parcelas, las poblaciones de animales habían sufrido una disminución dramática y muchas especies desaparecieron por completo debido a la incapacidad de sus poblaciones para aguantar el constante asedio de los hambrientos humanos, que a pesar de ser mucho menos numerosos que antaño, continuaban excediendo por mucho la capacidad de su hábitat para mantener su enorme sobrepoblación. Las personas hacían cualquier cosa por sobrevivir, incluso recurrir a prácticas como el asalto, el asesinato y claro, el canibalismo.
Poco a poco la población humana siguió a las especies animales en su camino hacia la extinción, reduciendo su número de manera drástica, pues los recursos se agotaban cada vez más a prisa y, repentinamente, nos dimos cuenta de que las pirámides no estaban del todo inactivas, habían comenzado a secar al mundo.
Las primeras partes afectadas fueron las que se encontraban más lejos de las estructuras, como si dichos artefactos succionaran la fuerza vital del planeta lentamente. Entre más lejanas eran las tierras, iban quedando yermas y desoladas, sin una gota de agua o nutriente en ellas. El color pálido del suelo revelaba la imposibilidad de que algo volviera a crecer en él alguna vez. Fue esto lo que nos llevó a acercarnos a las estructuras por primera vez en nueve años, en busca de los remanentes de vida que las rodeaban, con la intención de sobrevivir. Y fue así también que ellos comenzaron a defenderse por primera vez desde su llegada.

2

La lluvia caía extraña sobre las gigantescas estructuras de origen desconocido. Las gotas se precipitaban desde las alturas de un cielo opaco y se encontraban con aquellos cuerpos toscos e inevitables, para luego resbalar por las caras planas, justo como mi padre solía decir que ocurría con las cascadas en el tiempo de antes. Las pirámides se mantenían herméticas, succionando los nutrientes de la tierra y liberando su ulular ininterrumpido, apenas perceptible a través del murmullo de la lluvia.
—¿En serio vamos a acercarnos tanto? —dijo Samara, mi hermana más pequeña, contemplando el megalito mucho más cerca de lo que había estado nunca.
—No tenemos opción —fue lo único que dijo Alúra, nuestra hermana mayor, quien avanzaba al frente entre la hierba húmeda.
—Quisiera que mi mamá estuviera aquí… —reprochó Samara.
Alúra no contestó.
Anduvimos por largo rato hasta que nos topamos con un charco formado por la lluvia en medio de la selva. Sentí como la sed dominaba mi razón, hasta el punto de casi lanzarme sobre el agua para beberla desesperado. Sin embargo, antes dediqué una mirada a Alúra, pues no haría nada sin su consentimiento. Mi hermana mayor asintió con la cabeza, Samara y yo comenzamos a beber como locos sobre el charco, mientras Alúra vigilaba la selva con la escopeta entre las manos. El agua tenía sabor a tierra y a algún químico que quemaba en la garganta, cosa que desde hacía tiempo había dejado de importarnos. Bebimos con avidez y cuando hubimos terminado, yo tomé guardia y fue turno de Alúra. Luego llenamos las cantimploras y continuamos nuestro camino.
Entre más te acercas a las estructuras, la selva se vuelve más exuberante, como si de alguna forma aquellas máquinas, pues es eso lo que son, concentraran tanto los nutrientes al succionarlos que momentáneamente produjeran una especie de suelo hiper fértil. Por primera vez en mucho tiempo vi insectos y lagartos correteando entre la maleza. La pequeña Samara estaba encantada con ellos y yo me sentí mejor de poder verla un poco animada, después de todo lo ocurrido, aunque supiera que sólo se trataba de una ilusión pasajera, del eco burlón de cómo habían sido las cosas en un mundo muerto, el cual me costaba cada vez más trabajo evocar, perdiendo su recuerdo en la noche de mi memoria afectada y malnutrida.
La lluvia paró y el sol comenzaba a ponerse, enviando una luz mortecina amarillenta sobre las copas de los árboles, cuando Alúra nos dio la orden de parar.
—Silencio —susurró.
Las hojas vibraron delante de nosotros y un ciervo apareció entre la espesura a varios metros de distancia. El primer ciervo que veía en años. El animal nos miró un momento y Alúra levantó la escopeta. El estampido fue ensordecedor y la criatura salió corriendo herida.
Seguimos los rastros de sangre, como mi padre nos había enseñado, y varios minutos más tarde, nos encontramos al desgraciado animal, resoplando de cansancio, sin fuerzas para moverse.
Alúra levantó su arma.
—¡No lo mates! —pidió mi hermana menor.
—Lo siento, pequeña, pero es él o nosotros —dijo Alúra. Luego disparó.
Samara lloraba en silencio, mientras Alúra y yo tirábamos del ciervo, para llevarlo a un lugar más abierto donde pudiéramos prepararlo. Y entonces el hombre apareció.
Emergió de la selva igual que el ciervo, llevaba puesta una chaqueta desgarrada y el cabello largo revuelto y lleno de mugre. La barba le llegaba hasta mitad del pecho y cuando nos vio, sus ojos se abrieron tanto que parecía que iban a salirse de sus cuencas.
Alúra alzó el arma y le apuntó.
—Ni un paso más —advirtió.
El tipo la miró extrañado, como si no estuviera seguro de si debería o no dar crédito a aquellas imágenes.
—¿Ustedes… son reales? —dijo con voz cascada y decrépita.
—Este ciervo es mío y de mis hermanos —dijo Alúra desafiante.
La mirada del hombre se movió hacia Samara y luego hacia mí.
—P… Pero si son sólo niños —dijo y luego continuó en un tono que sugería no estar hablando con nosotros, si no consigo mismo—. Sólo son niños… Sólo niños… Lo siento, lo siento tanto.
Se golpeó la cabeza con la mano tres veces y comenzó a llorar. Samara al ver su comportamiento lloró más fuerte.
—¡Basta! —pidió Alúra, y por primera vez en días escuché vacilación en su tono autoritario.
El hombre continuó golpeando su frente una y otra vez en un frenesí enfermo, murmurando palabras que no alcanzábamos a distinguir. Luego, su ataque de nervios comenzó a remitir un poco, por lo menos en apariencia.
—No es seguro aquí… —dijo el extraño.
—No es seguro en ninguna parte —contestó Alúra con el ojo mortal de la escopeta aún fijo en el rostro del hombre. Quien continuó hablando como si hubiese olvidado la última parte de la conversación.
—Todo es suyo. No hay nada que hacer. Nuestro tiempo acabó. Ellos… ya habían ganado desde que apareció la primera pirámide…
—¿De qué estás hablando? ¿Los has visto?
Los ojos del hombre cambiaron y se encontraron con los de Alúra.
—Lo siento, niña. Lo siento tanto…
Luego en un movimiento inesperado, extrajo un revólver del interior de la chaqueta y se voló la cabeza de un tiro.

3

Al revólver que llevaba el hombre encima le quedaban tres balas, y a la escopeta que había sido de mi padre, tan solo dos. Alúra tomó ambos cartuchos en la mano y los introdujo de vuelta en el arma, luego tiró del maneral. Después, me tendió el revólver a mí.
—Ten. Será mejor que vayamos los dos armados.
—Pero yo nunca he disparado —le dije.
—Agárrala muy fuerte con las dos manos. El gatillo está un poco duro, pero no debes tener problema. El ojo en la mira y solo úsala si es una emergencia, ¿de acuerdo?
El peso del arma se sentía extraño en mi mano. La examiné con desconfianza y luego vi a mi hermana, que me miraba con severidad en espera de una respuesta.
—De acuerdo —le dije.
—Bien. A dormir. Yo haré la primera guardia.
Me tendí junto a Samara con el estómago lleno y el aroma a ciervo cocinado aún impregnado en los alrededores del campamento improvisado junto a unas rocas. Alúra se quedó mirando al fuego un rato y cuando comenzó a oscurecer, lo apagó para que nadie más pudiera verlo.
No podía apartar al hombre desquiciado de mis pensamientos ni su oscura sentencia, “ellos ya habían ganado desde que apareció la primera pirámide”, y luego, el sonido del disparo que terminó con su vida. No dejaba de preguntarme, ¿qué podría haber visto para terminar en tal estado de demencia?
Conseguí conciliar el sueño después de un rato, al principio con dificultad, temiendo por las imágenes que pasaban frente a mí, tan pronto cerraba los ojos, pero luego caí rendido ante el cansancio. Alúra no me despertó para relevarla en la vigía. Cuando abrí mis ojos, los primeros rayos de luz comenzaban a colarse entre el follaje y mi hermana estaba inmóvil junto a los restos de la fogata. Samara por su parte seguía durmiendo, torcida en una posición extraña sobre el tendido de mantas desgarradas que habíamos dispuesto para ella.
—¿No has dormido nada?
Mi hermana mayor me miró y contestó haciendo caso omiso a mi pregunta.
—Vámonos. Tenemos que seguir.
Entonces no fui capaz de contener más tiempo una idea que se me había pasado por la cabeza desde hacía días, semanas enteras.
—¿A dónde se supone que iremos, Alúra? —solté por fin—. Todos están muertos, ¿no lo entiendes? ¡Muertos!
—Baja la voz…
—¿Ves a esas malditas cosas de allá arriba, o son invisibles para ti? —espeté, señalando la enorme pirámide que sobresalía muy por arriba de las copas de los árboles—. Ellos acabaron con nuestro mundo, hicieron que todos se mataran entre sí. Tú viste a ese viejo loco del bosque. No hay manera de escapar. ¿Cuánto tiempo, Alúra? ¿Por cuánto más vamos a fingir que podemos…?
La bofetada de Alúra me cruzó el rostro sin previo aviso, mientras mi hermana menor se removía entre las mantas, casi derrotando al sueño.
—Si quieres morir está bien —comenzó a decir Alúra en voz baja—. Pero yo voy a luchar hasta el final, ¿me oyes? Haré todo lo que esté en mis manos para mantenernos con vida, al menos eso le debemos a papá. ¿Acaso él se rindió alguna vez? ¿O lo escuchaste decir las estupideces que tú estás diciendo ahora? Porque yo no. ¿Y crees tú que era porque no pensaba en ello? Lo hizo por nosotros, idiota. Siempre fue por nosotros. —Yo iba a volver a alzar la voz en mi defensa, cuando de pronto vi la expresión horrorizada en los ojos de mi hermana. Tanto el enojo como yo, habíamos desaparecido repentinamente para ella. Lo que sea que vio allí en la selva detrás mío, la hizo abandonar cualquier intento por darme una lección de supervivencia y su voz se convirtió en un lastimero susurro que destilaba miedo—. Ven, toma a Sam —me dijo—. Tenemos que irnos ya. No hagas ruido—. Levantó la escopeta y apuntó hacia algo detrás de mí, de manera tan directa que por un momento tuve la certeza de que finalmente había decidido matarme.
Yo no volví la vista. Caminé directo hacia Alúra, hasta romper la horrible ilusión de sus intenciones homicidas imaginarias y luego continué hacia Samara, quien no se resistió mucho a despertar. Le dije a mi hermana menor que no mirara hacia los árboles y que tomara sus cosas.
—¿Qué hay del venado? —le dije a Alúra.
—Olvida al venado. Sólo saca a Sam de aquí.
—¿Ali? —lloriqueó mi hermana menor.
—¡Ahora! —ordenó la mayor, haciendo caso omiso.
Salí corriendo hacia la selva con el revólver en una mano y tirando de Samara con la otra. A nuestra espalda sonó un disparo de escopeta. Un chirrido mecánico ascendente y luego un disparo más. El último cartucho en el arma de mi hermana.
No sé cuánto tiempo corrimos. Samara lloraba y yo también, no me avergüenza aceptarlo. Corrimos hasta sentir estallar los pulmones y, de pronto, nos encontramos de frente contra la estructura de la pirámide. La pared brillante, tenía un efecto extraño iridiscente de una naturaleza que sólo pude catalogar de eléctrica. Tal vez era allí a donde había ido toda la electricidad de la tierra, o quizá simplemente se trataba de otra cosa, algo totalmente incomprensible para una mente humana.
El zumbido emitido por el inmenso objeto, no parecía provenir sólo de su interior, sino de todas partes, de cada fragmento y cada componente de su estructura básica, si podemos referirnos a ellos de tal manera; un monótono murmullo de cualidades casi hipnóticas. La luminiscencia producida por el cuerpo de la pirámide, enviaba un reflejo azulado de efecto acuoso sobre el rostro de Samara.
—Tenemos que volver por Aly —me dijo mi hermana pequeña e hizo ademán de avanzar hacia la selva. Yo la detuve aferrándola por el brazo.
—No, Sam. No podemos regresar.
—¡No! Moriremos sin ella.
La niña forcejeó para zafarse y yo la aferré más fuerte, haciéndole daño.
—¡Aly está muerta! Ahora yo estoy a cargo. ¿Sí? No lo hagas más difícil, por favor.
Esta vez mi hermana no lloró, pero pronto deseé que lo hubiera hecho, en vez de ver aquella desolación de su rostro joven y sucio. No dijo nada, sólo me miró y dejó de tirar, como si la revelación de la muerte de Alúra fuera todo lo que necesitaba para rendirse.
—Vamos a morir, Tomy —me dijo la niña.
Y yo también lo creía, en verdad. Pero no fue eso lo que le dije.
—No permitiré que eso suceda.

4

Los vi por primera vez un día después, mientras caminábamos errantes por la selva en busca de nuestra muerte. Volví a escuchar aquel chirrido mecánico que me heló la sangre y lo único que se me ocurrió fue tomar a Samara por el brazo y saltar entre un montículo de troncos apilados que había al lado de la pirámide. Tomé el revólver y me puse frente a mi hermana, ocultándola tanto como podía. La cosa apareció en medio de un claro de la selva, plantando uno de sus largos pies sobre el fango y luego el otro. Podría decirse que tenía una silueta humanoide, con excepción de la cabeza, la cual carecía de cuello y estaba situada al frente de su cuerpo, su rostro era similar al de un esqueleto sin boca de color grisáceo. Sus extremidades, eran demasiado largas en proporción al resto de su forma y sus manos llegaban casi a rozar el suelo con la punta de tres dedos que terminaban en cuchillas. Parecía y se movía como un ser vivo, pero de alguna forma supe que eso no tenía ninguna relación con la vida, sólo se trataba de una máquina ingeniosamente parecida a un ser viviente.
La cosa avanzó hacia nosotros, barriendo la selva con la mirada oscura de sus cuencas y soltando de cuando en cuando chasquidos artificiales, intermitentes. Yo apreté la empuñadura del arma, mientras una idea terrible se me pasaba por la cabeza. En el tambor de aquel revólver había tres balas. Nosotros éramos sólo dos. Si me decidía, podía hacerlo antes de que Samara supiera lo que ocurría.
La cosa se detuvo a mitad del claro y permaneció inmóvil largo rato. Por un momento llegué a pensar que se había desactivado, pero, entonces, algún animal se movió entre la hojarasca y su rostro óseo se dirigió al instante hacia el sitio. Pensé que debía contar con alguna clase de sensor de movimiento o algo similar. Si podía detectar el calor, estábamos totalmente jodidos.
Mi hermana, miraba a la criatura mecánica parada entre la selva, con un extraño brillo de fascinación. Recuerdo haberme preguntado fugazmente si un niño pequeño podía volverse loco. Luego miré el revólver y la primera de las tres balas del tambor. La cosa analizaba su entorno mediante procesos incomprensibles. El cañón del arma buscaba con sigilo la nuca de mi hermana y cuando estuvo en posición, mi dedo tembloroso hizo una caricia al gatillo.
No pude hacerlo. Estaba mal. Creo que si le hubiera disparado a Sam, Alúra habría ido a buscarme hasta el fondo del infierno para patearme el culo.
Mi mano con el arma cayó y, cuando volvía la vista hacia el claro, la cosa había desaparecido.
—¿A dónde fue? —susurré.
—No sé. Dio la vuelta y se marchó —dijo la niña—. Quizá quiere engañarnos para que salgamos.
—Si supiera que estábamos aquí, nos habría matado.
Esperamos largo rato para salir de nuestro refugio y finalmente yo fui el primero, con la pistola por delante.
De pronto, en la lejanía sonaron unos disparos, acompañados de los gritos desgarradores de un hombre y los chirridos de los monstruos sintéticos. Cesaron tan repentinamente como comenzaron, dejando a la selva sumida en el total silencio, donde no se escuchaba el canto de ningún insecto.
—¿Tom?
—¿Sí?
—Mejor me hubieras matado.

5

Aquellas cosas eran como centinelas. Guardianes de las pirámides. Se encargaban de que nada interfiriera con su funcionamiento y los procesos industriales que llevaban a cabo. Era ese el motivo de que sólo estuviesen presentes en las áreas cercanas a las estructuras. Su objetivo primordial era cazarnos y mantenernos alejados, para que no pudiéramos ser un inconveniente en sus actividades de robo de recursos. Sin embargo, como ya he dicho antes, nuestra única forma de sobrevivir se encontraba ahora cerca de los inmensos monolitos de los usurpadores. No creo que haya habido ningún ser vivo en el interior de las pirámides; si me lo preguntan, se trata de un sistema automatizado completamente operado a distancia desde quién sabe dónde.
Descubrimos que los guardianes tenían rondas bien definidas a lo largo del perímetro de las estructuras. Eliminaban a cualquier ser vivo que se cruzaba en su camino; pero una vez aprendías a observar el comportamiento de su programación, podías predecir sus movimientos y anticiparte a ellos. Samara y yo aprendimos a esquivarlos y yo usé las trampas, que nuestro padre nos enseñó, para cazar y mantenernos con vida.
Encontramos campamentos destrozados de personas. Algunos más antiguos que otros. En ocasiones, los cadáveres aún apestaban, pudriéndose rápidamente en la humedad de la selva. No podía evitar pensar en que toda la gente exterminada por los centinelas y todos aquellos muertos por otras causas, de una manera u otra, terminaban convirtiéndose en nutrientes para la tierra, nutrientes que finalmente acababan siendo absorbidos por las ciclópeas edificaciones de los usurpadores. Y eso me llevaba a preguntarme si harían aquello por dinero, como tantos miles de codiciosos humanos habían explotado la tierra en el tiempo de antes. O si su pueblo, si es que existía algo parecido, estaría muriendo, tan poderoso y frágil a la vez, en algún lugar muy lejano donde familias de seres extraños e incomprensibles no tuvieran opción, aparte de la devastación de civilizaciones enteras, para poder seguir con su existencia.

6

La lluvia caía con fuerza y la estructura brillaba bajo la luz de la luna, extrañamente hermosa en aquel preludio de la extinción del hombre. Yo tenía un plan, la última idea articulada por una mente que día a día iba abriéndose paso hacia la noche de la locura. Iba a sabotear la pirámide y, si de alguna forma tenía éxito, quizá podría lograr que por lo menos aquel espacio de vida cada vez más reducido, prevaleciera lo suficiente para que mi hermana y yo lográramos sobrevivir.
Pedí a Samara quedarse en la cueva que habíamos usado como refugio durante días. No fue fácil convencerla, le prometí volver pronto y ella me dijo que no era cierto, que iban a matarme y ella iba a quedarse sola. La soborné de una manera horrible, le juré que si aquel último plan no tenía éxito, usaríamos la pistola y ella accedió. Le dejé comida suficiente para varios días y le pedí no salir para nada de la cueva.
Me partió el corazón dejarla sola, pero, ¿qué podía hacer?, no iba a llevarla conmigo a una misión suicida, donde quizá nos matarían tan pronto comenzar. Lo hice porque sabía que era esa nuestra última esperanza. La selva no soportaría mucho tiempo más el drenaje de nutrientes de la pirámide. Era una misión contra toda probabilidad, pero si me quedaba con los brazos cruzados no serían muchos los días que viviríamos. Las ratas que cazábamos estaban cada vez más flacas, igual que nosotros. Pronto no tendría fuerzas para defender a mi hermana o siquiera alimentarla. Había llegado la hora de enfrentar al destino.
Tomé el revólver y el rifle de caza que encontré en uno de los campamentos abandonados, la mochila con las cosas que necesitaba y tomé también una plasta de barro húmedo del suelo, luego me lo embarré en la cara, los brazos, el pelo y las ropas. No sé por qué lo hice, fue quizás un modo inconsciente de intentar ocultar mi humanidad, más que alguna clase de ritual bélico tribal. Cuando estuve listo salté a la selva, al cobijo de la lluvia y la noche, igual a un animal. Mis sentidos parecían más agudos que nunca. No tenía miedo, sólo una profunda desesperanza y pensar en que era yo el último soldado de una raza muerta, arrancó una única lágrima desde mis entrañas. Pensé que independientemente del resultado de mi expedición suicida, mi padre y Alúra estarían orgullosos.
Recorrí la pirámide hacia el este, con sigilo, caminé por un par de horas, eludiendo a las patrullas de seres mecánicos que rondaban a su alrededor, en busca de seres vivos. Cuando llegué a la esquina, continué mi camino hacia el norte. La lluvia se había convertido en un auténtico chubasco torrencial de hedor químico-ácido, y, finalmente, después de largo rato, llegué hasta el sitio que buscaba. Lo había descubierto hacía unos días mientras buscaba algo comestible a lo que pegarle un tiro. Me refugié al cobijo de la selva a unos metros de la pirámide y aguardé, observando directo a una parte de la estructura; un segmento de unos seis metros de ancho que tenía un color diferente al del resto del megalito. No había iridiscencia en el diamante en ese lugar; fue eso sin duda lo primero en llamar mi atención la primera vez que lo vi. Aguardé refugiado entre las lianas y troncos, y finalmente, ocurrió lo que estaba esperando. La pared sin brillo comenzó a ondear un poco y luego de ella emergió una mano de tres dedos afilados, atravesando el diamante cual si se tratara de alguna clase de líquido espeso. A la mano le siguió un brazo largo y después el cráneo inexpresivo de una de aquellas criaturas biomecánicas, la cual atravesó el muro líquido dejándolo ondear a su espalda, hasta recuperar su apariencia sólida inicial.
La máquina registró su alrededor con sus cuencas vacías y permaneció inmóvil por unos segundos, como si se encontrara a la espera de alguna instrucción dictada por alguien en otra parte. Luego comenzó a caminar hacia el sur, dándome la espalda.
Dejé escapar un largo suspiro en cuanto me atreví a hacerlo y luego salí de los arbustos y me acerqué a la pirámide. El falso muro tenía una apariencia tan sólida que nadie en su sano juicio podría creerse capaz de penetrarlo de la manera que yo sabía posible. Aun así, una cosa eran las criaturas, cuya composición era completamente desconocida para mí pero, ¿qué pasaría si un humano intentaba introducir su cuerpo a través de esa sustancia extraña? ¿Perdería la mano? ¿Sufriría una quemadura horrible? La duda me asaltó de pronto y por ese momento casi me arrepiento de llevar a cabo aquella locura. Pero luego pensé en Samara, dentro de la cueva, cada vez más cerca de la muerte y luego en mis padres y finalmente en mi hermana mayor.
“Hazlo, Tommy. Cumple tu destino”, dijo la voz de Alúra en mi cabeza. La duda continuó por un rato y luego quizá por el delirio del hambre y la desnutrición, volvía a escuchar su voz, “sabes que yo lo haría”.
Mi mano entró en contacto con esa sustancia oscura y helada y se sumergió en ella tan fácil como lo hubiese hecho en una superficie de arena movediza. El frío era tan intenso que por un momento no supe si estaba confundiéndolo con dolor; si mi mano aún existía o había quedado disuelta por completo. Mantuve la mano hundida hasta la muñeca por unos segundos, luego la extraje lentamente, viéndola reaparecer ante mí, completamente seca y cubierta de una extraña escarcha que brillaba de una forma parecida al resto de la estructura piramidal.
Sabía por la observación de las patrullas, que tenía un lapso de una hora antes de que, por esa entrada, volviera a aparecer otro de los guardianes. En lo único que pensaba en ese momento era en poder regresar al lado de mi hermana, sentí deseos enormes por dar la vuelta y regresar a la cueva. Sin embargo, aquello tenía que hacerse y si no lo hacía yo, entonces nadie lo haría. Así que tomé aire y atravesé el portal sin pensarlo más.

7

El interior de la pirámide era húmedo, similar a un mundo de cloacas; las paredes estaban hechas del mismo material que el exterior y la iluminación era provista por el brillo irradiado de la roca iridiscente, el cual permitía ver lo suficiente para saber por dónde iba. Llevaba el rifle preparado para disparar y recorrí con cautela los pasillos sinuosos de ese raro laberinto geométrico. Era yo un completo alienígena, un invasor de aquella refinería de mundos. Mi cuerpo estaba completamente cubierto de barro y de la escarcha acre que había dejado sobre mí el líquido de la puerta, dándome un aspecto primitivo y demencial.
Llegué hasta una gigantesca sala cúbica en el corazón de la pirámide, en el interior de la cual encontré una hilera infinita de enormes recipientes redondos, hechos de un material transparente, en cuyo interior, giraba una sustancia turbia y espesa, multicolor, de apariencia orgánica. Creo que era ahí la parte de la refinería en la que ellos procesan todos los nutrientes extraídos del subsuelo, convirtiéndolos en esa materia extraña y amorfa, para un fin completamente desconocido.
Avancé a través del corazón de la maquinaria, totalmente sorprendido de no haberme topado con algún centinela dispuesto a darme caza. Además, ninguna bifurcación o pasillo alterno dentro del laberíntico corredor me había hecho pensar que pudiese llegar a otra sala que no fuese allí, por lo menos desde la entrada acuosa del muro al norte de la estructura. La pirámide parecía desierta, pero sabía yo que aquello era imposible, pues cada hora un centinela diferente salía hacia el exterior desde dicha puerta. Estaba seguro de ello.
Recorrí los espacios entre los contenedores de nutrientes, con el ojo bien clavado entre las cornisas, en busca de la macabra mirada negra de los centinelas y pensando cual sería mi siguiente paso en el saboteo del equipo de los usurpadores. Pensé en disparar a uno de los contenedores a ver qué sucedía; sin embargo, creí que de lograr perforar uno, algo como eso no provocaría más que un inconveniente menor para sus operadores. Y no era eso lo que yo quería, sino destruirlo todo.
La sala de contenedores estaba caliente, hasta un punto sofocante y el ambiente era ligeramente húmedo; en él, flotaba alguna sustancia que quemaba en la lengua, dejando un gusto metálico asqueroso, tan abrasivo que aún hoy en día no me ha abandonado del todo. Comenzaba a sentir comezón por todo el cuerpo y un entumecimiento en las extremidades que me hizo tener la certeza de la naturaleza tóxica de aquel lugar. Tenía la seguridad de que si permanecía demasiado allí dentro, no viviría mucho. Y entonces lo vi, unos metros por delante de mí; una esfera que flotaba a un par de metros sobre el suelo, girando sobre su propio eje y emitiendo pequeños relámpagos que subían hasta perderse en el techo de la sala de contenedores, los cuales seguramente ascendían por la oscuridad todo el trayecto hasta la punta de la pirámide. El núcleo.
Sentí la garganta seca y el rifle comenzaba a temblar levemente en mis manos. Me descolgué la mochila del hombro y extraje la botella de whisky, llena de queroseno. Removí la tapa y la reemplacé por un trozo de camisa. La luminosidad naranja de la tela encendida, era opacada por el brillo azulado del núcleo giratorio y sus relámpagos de colores. Alcé la botella y la lancé con todas mis fuerzas contra la esfera. Esperando quizá que estallara en pedazos.
“¿Y qué si la explosión es tan fuerte que la pirámide se viene abajo, genio?”, dijo la voz de Alúra. “¿Qué si es tan poderosa que borra a la selva y mata a Samara?”.
“Bueno, en ese caso, ya no tendremos de qué preocuparnos”, respondió mi pensamiento al fantasma de mi hermana.
La botella se estrelló contra el núcleo con un estruendo enorme que hizo saltar chispas. Uno de los rayos se desvió de su cauce y chocó de lleno con un tanque, rompiéndolo en pedazos y haciendo que la extraña materia de su interior se escapara, comenzando a volatilizarse en el aire, perdiendo su composición y despidiendo un hedor a podredumbre en el ambiente. El fuego duró un momento sobre el núcleo, antes de ser absorbido por él y alterar la intensidad y el curso de los relámpagos. El color del núcleo cambió de azul a rojo y luego a amarillo. Yo iba a salir corriendo desde ese momento, pero debía asegurarme. Tenía que terminar el trabajo.
Levanté el rifle y disparé cuatro veces. Las balas se perdieron en el cuerpo redondo giratorio, abriendo agujeros y dejando chorrear una sustancia brillante que se encontró con el suelo perforándolo al instante. Escuché un sonido a lo lejos, desde alguna otra parte de la sala y eso fue suficiente para hacerme salir como rayo hacia la entrada, dejando atrás la mochila y la esfera flotante que comenzaba a tambalearse dentro de su propio eje.
Esas cosas comenzaron a salir por montones desde las paredes de la sala, atravesándolas de la misma manera que hacían con la entrada a la pirámide. Seguí corriendo sin mirar atrás mientras escuchaba los rayos chocar contra las paredes, los tanques estallando y las voces chirriantes de mis perseguidores, que pensándolo bien, quizá en vez de perseguirme estaban intentando reparar el daño ocasionado a la maquinaria.
Atravesé la puerta líquida y seguí mi carrera por la selva largo tiempo, hasta que tuve el valor de detenerme y dirigirme al sur. A mi espalda la pirámide se encontraba igual de inmutable y enorme que siempre. Sin una sola señal visible de lo que yo le había hecho.
Llegué hasta la cueva y Samara estaba allí acurrucada en un rincón, tan pequeña y delgada. Me acerqué a ella aun jadeando y me dejé caer al piso. La miré y ella no se movió.
—¿Sam? —susurré. No hubo respuesta. Me incorporé sintiendo cómo una llaga se me formaba en el corazón—. ¿Samara?
—Está bien. No me he muerto todavía —dijo la niña. Luego se dio la vuelta y me escrutó con su habitual expresión malhumorada—. ¿Por qué tardaste tanto? ¿Lo lograste?
—No lo sé. Eso creo.

8

No lo logré.
Lo supe dos días después, cuando salí de la cueva. La pirámide seguía en su sitio igual de brillante que siempre y los centinelas habían intensificado su guardia. Esta vez eran tres los que pasaban por hora. Salir de la cueva para revisar las trampas era ya demasiado peligroso. Mi cuerpo se encontraba cubierto de ampollas y el cabello había comenzado a desprenderse de mi cabeza, como producto de la exposición a algún químico desconocido en el interior de aquella sala. Mi pequeña hermana me había cuidado dos días, de los cuales la mayor parte del tiempo había permanecido inconsciente. Recuerdo el sonido de su llanto entre sueños y la idea de que moriría, dejándola sola en ese mundo muerto. Fue algo horrible.
Pensé en la pistola y en la promesa que le hice a mi pequeña Samara. Había fracasado. Mi atentado en contra de la maquinaria de los usurpadores no parecía haber tenido el menor efecto y lejos de pararlos, lo único que logré fue volverlos más peligrosos.
Todo el cuerpo me dolía.
—Todo terminó, Aly —pronuncié en medio de la selva, caminando con dificultad.
“Lo has hecho bien”, dijo mi hermana mayor. Cuando alcé la vista, la miré sentada junto a una de las trampas, con una hermosa sonrisa en el rostro.
—No tanto como tú. No debiste dejarnos. Debí ser yo quien muriera.
La sonrisa de Alúra adquirió un gusto melancólico.
“No digas eso, Tom”, me dijo. Luego desapareció.
Me tumbé junto a la trampa y extraje un conejo muerto de su interior. Estaba demasiado flaco y las moscas lo cubrían por completo. Seguramente llevaba más de un día en la trampa. Pero no había más.
—La niña tiene razón, Aly. No hay otra forma. —Mi hermana mayor no contestó.
Comencé a caminar de vuelta hacia la cueva con el conejo medio podrido a rastras y entonces los vi salir de la selva. Tres centinelas que avanzaban a paso seguro en mi dirección. Me vieron al instante. Yo me quedé inmóvil con el conejo en una mano y el rifle colgando del hombro. Los seres artificiales se acercaron a mí de frente, con sus enormes brazos llenos de cuchillos, colgando a los lados de sus grandes cuerpos y sus cuencas vacías se posaron en mis ojos. No me descolgué el rifle del hombro. No tenía fuerzas para hacerlo y mucho menos para correr. Los seres llegaron hasta mí y yo me preparé para enfrentar a la muerte. Luego, pasaron de largo ignorándome por completo, como si fuera un viejo perro inofensivo y moribundo.

9

A la tarde siguiente, Samara y yo nos preparábamos para salir. Necesitaba de su ayuda, porque a mí no me quedaban fuerzas para abrir las trampas. Llevábamos unos metros recorridos entre los árboles, cuando el ulular de la estructura comenzó a aumentar de intensidad hasta un punto ensordecedor. Me volví a verla y me di cuenta de que el brillo de sus paredes era tan potente que lastimaba a la vista. El ulular evolucionó a un zumbido y luego a un grito metálico que nos hizo llevarnos las manos a los oídos.
Un momento después, la estructura había desaparecido por completo sin dejar más rastro de su existencia que un agujero rectangular en el suelo de varios kilómetros de extensión.
Samara y yo nos miramos conmocionados por largo rato y permanecimos en silencio viendo cómo el viento mecía las hojas de los árboles. Finalmente, fue la niña la que rompió el silencio.
—¿Y qué? ¿Se han ido? ¿Así nomás?

10

La devastación dejada por las estructuras piramidales fue tal que la raza humana desapareció casi por completo. Los sobrevivientes salieron de debajo de las rocas en las que se ocultaron y se apretujaron alrededor de los pequeños oasis remanentes de la extracción generalizada de recursos, llevada a cabo por los usurpadores. Pasaron décadas antes de que la humanidad, como especie, superara el márgen de la extinción; sin embargo, los sobrevivientes fueron suficientes para establecer unas pocas colonias alrededor del mundo y manejar lo poco que los usurpadores no se llevaron, para poder seguir adelante. Muchos murieron durante esos años, como consecuencia de nuevas enfermedades producto de los remanentes radiactivos de los elementos que las estructuras piramidales utilizaban para su funcionamiento. Mi hermana y yo nos encontramos meses después con un grupo de personas al que nos unimos; tenemos un líder y un consejo para la toma de decisiones. Después de diez años hemos comenzado a emprender comercio con pobladores de tierras lejanas, mientras el suelo recupera a paso muy lento parte de los elementos extraídos por las pirámides. Se habla de que tomará cientos de miles de años para que la tierra vuelva a ser lo que alguna vez fue, mientras tanto, no cesaremos de luchar por nuestras vidas y encontraremos la manera de seguir adelante. Sólo quisiera que Alúra y mis padres lo vieran.
Se habla de guerra en el norte, creo que a pesar de lo ocurrido la humanidad no ha aprendido nada. A veces pienso si no hubiera sido mejor que los usurpadores acabaran con nosotros. Pero luego veo a mi pueblo, veo a mi hermana y a mi hijo y sé que hay esperanza. Todo depende de nosotros.
He dedicado mi vida a la investigación de lo ocurrido, a recabar datos y perseguir teorías. ¿Quiénes son los usurpadores? y ¿vinieron del espacio, o de otra parte cuya existencia ni siquiera somos capaces de comprender? Estas son preguntas para las que nadie tiene respuestas aún, pero al menos se la verdad sobre otra interrogante ¿Por qué se fueron? ¿Por qué no nos mataron a todos y ya?
Bien, la verdad es algo muy sencillo. Porque ellos quieren que vivamos; quieren que trabajemos y arreglemos este mundo, que la naturaleza siga su curso y la tierra esté sana otra vez. Porque somos su ganado, un recurso renovable, ilimitado mientras ellos lo permitan. Por eso los tres centinelas me ignoraron en medio de la selva cuando su trabajo estaba terminado.
No nos mataron porque van a volver. Y cuando lo hagan, continuarán con la extracción.

Dr. Thomas Selvik Jones


Zapopan, Jalisco
10 de junio del 2019
Oscar Valentín Bernal

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s