La celda

Imagen: GG-arts

Por Oscar Valentín Bernal

Día 1

Los sonidos se colaban en los oídos de Johan como una amalgama de cacofonías ininterrumpidas que ascendían desde sitios desconocidos hasta su cerebro, donde los pensamientos saltaban hacia adelante y hacia atrás, en intervalos irregulares de tiempo que parecían luchar sin mucho éxito por lograr recuperar algo de coherencia sobre la realidad. Le dolía la cabeza, sentía la humedad del ambiente pegada en la piel adhiriendo a ella su ropa pestilente. No sabía cuánto llevaba en aquel sitio ni el motivo por el cual se encontraba allí. El tiempo había pasado a ser un ente deformable, en el que no se distinguían los minutos de las horas o los días. 

—¡Por el amor de dios… se los pido, no me lleven con él…! —lloriqueó una voz estridente en alguna parte y Johan supo que aquellas palabras no fueron pronunciadas por sus pensamientos. La persona que las dijo existía en realidad.

Se escucharon pasos presurosos en el corredor y un grito desgarrador acompañado de llantos. Luego la pesada puerta metálica de la celda se abrió con un chirrido que hizo a Johan recuperar el conocimiento, justo a tiempo para ver a dos hombres corpulentos arrojar dentro a un enclenque individuo, quien aterrizó de bruces a un par de metros de donde Johan se encontraba tirado.

El hombrecillo de aspecto ridículo alzó la cabeza y palpó los alrededores en busca de sus gafas, al tiempo que los tipos cerraban la puerta con un golpe metálico que sonó amplificado por el eco del pasillo. 

La mano del recién llegado dio con sus lentes que yacían estrellados sobre el piso plastificado, el hombre se los llevó al rostro y miró a Johan, parpadeando muy rápidamente. Un momento después, su rostro se deformó horrorizado y, de un salto, se lanzó contra la puerta, comenzando a aporrearla una y otra vez con la palma de la mano en un intento frenético por hacerse oír, mientras gritaba:

—¡Por favor, saquenme de aquí!… ¡Robert! ¡Wilson!… ¡Juro que estoy limpio!… ¡No pueden dejarme aquí con eso

Johan observó en silencio por largo rato cómo el hombre aterrorizado continuaba intentando llamar la atención de quienes lo habían llevado hasta ahí. Pasaron los minutos y el tipo parecía no cansarse de gritar y tirar de los barrotes de la puerta como si creyera que de alguna forma tendría la fuerza para hacerlos ceder. El escándalo era tal que la jaqueca de Johan comenzaba a evolucionar en un auténtico monstruo furioso, así que dio un paso al frente y le habló con voz clara y neutral:

—No creo que vayan a volver por más que te desgarres la garganta, amigo. Deja de gastar tus fuerzas…

Al escuchar la voz de Johan, el cuerpo del hombre se estremeció como si por él hubiesen pasado algunos voltios, en seguida se dio la vuelta pegándose al otro lado de la celda y siseó:

—¡No te me acerques, monstruo! ¡Te lo advierto! 

“Monstruo” repitió en su mente.

La cara de aquel sujeto le parecía familiar a Johan, pero no podía recordar quién era, su cabeza dolía demasiado. Se llevó la mano a la nuca y tocó entre el cabello grasiento una costra rígida, cuyo tacto envió una punzada de dolor que se le clavó hondo en el cráneo. Al retirar los dedos, observó las yemas manchadas de sangre seca y molida bajo la luz tenue de la bombilla. 

Después de un rato, tanto Johan como el tipo de las gafas se echaron en partes contrarias de la celda. Johan intentaba recordar lo ocurrido, podía acordarse del día en que abordó el demoledor Sovereign, junto con el equipo de extracción de materiales en la estación espacial de Las Falls, la cual orbitaba al gigante gaseoso de Tallon 4. La misión consistía en explorar asteroides de gran tamaño para la extracción de recursos energéticos. Johan era el médico de la tripulación y había bajado junto a uno de los equipos sobre un enorme asteroide rocoso, repleto de barylio 78, fuera de los límites de la franja de Vladivostok. Recordaba la turbulenta aproximación sobre la enorme roca porosa y luego la instalación de la maquinaria. Después de eso nada más que pesadillas, dolor y oscuridad.

—¿Qué sucedió en ese asteroide? —preguntó Johan a su compañero de prisión—. ¿Por qué estamos presos?

—Deja de fingir —contestó el hombre—. Yo vi lo que hiciste.

—No puedo recordar. Debe ser por el golpe.

El hombre no contestó.

Horas más tarde se escucharon pasos por el corredor, la rejilla en la parte baja de la puerta se abrió de pronto y alguien del otro lado deslizó por el piso una charola con dos recipientes plásticos con el contenido equivalente a dos raciones de pasta alimenticia. Johan se abalanzó sobre su porción sin dudarlo un instante y la devoró con avidez. El otro sujeto se limitó a volver a lanzar sus molestos gritos de auxilio hacia el guardia para, un momento después, regresar a su lado de la celda.    

Día 2

El hombre de los lentes no volvió a dirigirle la palabra a Johan. Ni siquiera respondió cuando le preguntó cuál era su nombre, se limitaba a observarlo con expresión inquisitiva, vigilando cada movimiento que hacía hasta un punto exasperante.

—Te llamaré Billy… Puedo llamarte Billy, ¿verdad? —dijo Johan. Su compañero no contestó nada, así que continuó entre risas—. Lo siento, te pareces tanto al idiota de Bill Murray y tú te rehúsas a decirme tu verdadero nombre… ¿Qué?, ¿no te gustan las películas de los ochentas?

Johan le habló por largo rato sobre toda clase de cosas, más para demostrarse a sí mismo que su memoria a largo plazo se encontraba en perfecto estado y quizá intentando forzar a su cerebro a trabajar con la esperanza de superar la amnesia. Le contó sobre su vida, le preguntó su opinión sobre un montón de situaciones a las que Billy no respondió.  

—Le dije a Susana que ese imbécil de Arthur nunca llegaría a nada. Lo conocía bien desde la universidad. Mi hermana se puso como loca y mi padre se revolcaba de la risa. ¿Qué hubieras hecho tú, Billy? ¿Habrías dejado que tu hermana se casara con un idiota, sin decirle nada? —El tipo continuó en silencio, pero Johan prosiguió como si le hubiese dado una negativa—. Ya me lo imaginaba, pareces del tipo razonable, aunque no quieras decirme que mierdas está pasando allá afuera. ¡Demonios!

La cámara en la esquina superior derecha de la celda los observaba a ambos con su único ojo de cristal, Johan se preguntó si realmente habría alguien vigilando del otro lado, pero luego pensó que si todos allá afuera estaban igual de histéricos que Billy, no les quitarían el ojo de encima.

Las horas pasaron y las punzadas de dolor en la cabeza de Johan se intensificaban por momentos. Parecía haber recibido un buen golpe con algún objeto contundente, no dejaba de preguntarse si sufría de algún traumatismo craneoencefálico severo. Tampoco podía dejar de darle vueltas a las palabras que Billy dijo cuando lo encerraron el día anterior, antes de que se propusiera a emprender su huelga de silencio: “No pueden dejarme aquí con eso”, “no te me acerques monstruo”, “vi lo que hiciste”. ¿Qué habían encontrado exactamente en esa maldita roca? y, ¿a qué le temía tanto Billy?

La comida llegó a la misma hora que el día anterior. Johan tomó su parte y dejó la porción correspondiente a su compañero sobre la charola. Billy no hizo ademán de moverse de su esquina.

—Con tu permiso, Billy. Si algo va a matarme no será el hambre, a diferencia de ti…

Johan comenzó a comer bajo la vigilancia de Billy quien lo miraba con repulsión, como si viera alimentarse al animal más grotesco del universo.

Día 3

Johan tenía fiebre, no hacía falta un termómetro para decírselo. Había dormido poco y experimentado horribles pesadillas, pero ahora el solo hecho de apoyar la cabeza en el piso, le producía un dolor indescriptible alrededor del cráneo. Estaba comenzando a preocuparse, quizá el daño era más grave de lo que pensaba. 

Billy dormitaba cerca de la puerta y, de pronto, mientras Johan se debatía entre las arenas movedizas del delirio, los recuerdos comenzaron a fluir fragmentados.

Bajaron al asteroide en un transporte de equipo técnico, con cincuenta obreros a bordo. El campamento fue instalado sobre una planicie cercana al cráter en el que las lecturas ubicaban la mayor concentración de barylio 78. Johan instaló la enfermería y todo ocurrió según el procedimiento durante los próximos cuatro días, en los que la Sovereign permaneció siguiendo de cerca al asteroide.

Al inicio del quinto día, unos mineros regresaron al campamento alarmados ante un descubrimiento inesperado. Todo un equipo de investigación fue improvisado, conformado por trabajadores a los que se sumaron un par de tripulantes administrativos y se dirigieron a un sitio del asteroide donde encontraron una gran nave anclada a la roca. Era de unas cuatro veces el tamaño de la sonda del campamento y casi la mitad del demoledor Sovereign. El aparato estaba completamente cubierto de hielo y tenía la matrícula Tango Papa Romeo 762 Charly (TPR762C) grabada a ambos lados de su fuselaje, un crucero de investigación de la Space United Corporation SUC, que según el registro desapareció hacía ciento setenta y dos años. La unidad estaba totalmente desierta.

De vuelta en la celda, Johan pudo sobreponerse momentáneamente a su dolor de cabeza. 

—La nave. Recuerdo la nave, Billy… —balbuceó de pronto—. ¿Qué tiene que ver con todo esto?

No hubo respuesta. El hombre estaba tumbado de lado con los ojos cerrados e inmóvil. Quizá dormía. O quizá lo ignoraba deliberadamente como hacía siempre.

La trampilla de la comida se abrió y esta vez Johan se levantó dando tumbos.

—¡Espera! —exclamó antes de que ésta se cerrara—. ¿Qué está sucediendo? Por favor…

—Vete a la mierda, maldito psicópata —espetó una voz rasposa desde el exterior. Luego la trampilla se cerró.

Día 4

Billy comió esta vez.

Tan pronto como se despertó y vio el recipiente de comida que Johan dejó junto a la puerta, tiró de él y comenzó a ingerir su contenido con desesperación.

—Recuerdo lo de la nave, Billy… me refiero a la nave perdida que encontramos —dijo Johan dubitativo—. ¿No te da gusto? Quizá pronto recuerde las cosas sin necesitar que tú digas una mierda…

Johan soltó una risotada, la cual inmediatamente lanzó una puñalada de dolor hacia la herida de su cabeza. Billy siguió comiendo, observándolo en silencio.

La forma de recordar los hechos era extraña, tenía que esforzarse demasiado para pensar en lo ocurrido, lo cual lastimaba su magullado cerebro, pero una vez enfocado, los acontecimientos eran rememorados como si se tratara de una película dañada que avanza lentamente saltando de un doloroso cuadro al siguiente. Johan no era neurólogo, pero tenía la sospecha de que aquel cuadro no se ajustaba al de ninguna patología con amnesia por traumatismo craneoencefálico. Creyó estar volviéndose loco, sin embargo, continuó esforzándose por recordar y fue así que vino a su mente otro evento ocurrido en el campamento sobre el asteroide:

—Debemos acelerar el paso, muchachos, quedan tan solo dos meses para regresar a… —había estado diciendo el capitán en el comedor, cuando uno de los mineros irrumpió en la sala.

Lo primero que extrañó a Johan fue ver que el hombre traía puesto aún el traje espacial naranja del cuerpo de mineros, el protocolo decía claramente que ningún equipo utilizado en contacto directo con el exterior, debía pasar de la esclusa de descontaminación.

—¿Qué carajos cree que está haciendo? —rugió el capitán encolerizado al ver plantado ante sí al audaz sujeto que había violado una delicada norma de seguridad. 

Sin decir palabra alguna, el minero se abalanzó sobre el capitán, apretando sus manos como tenazas alrededor de su cuello. La mesa se volcó y ambos hombres cayeron al piso bajo una lluvia de desayunos recién preparados. Los demás trabajadores tardaron un momento en reaccionar debido a la impresión, pero un segundo después todos se encontraban forcejeando con el hombre del traje espacial, quien poseía una fuerza extraordinaria. Hizo falta cinco personas para someterlo y, cuando lo lograron, el capitán se incorporó tosiendo y respirando con dificultad, luego tiró un escupitajo sanguinolento a un lado y articuló furioso:

 —¡¿Quién es este maldito imbécil?!… ¿Cual es tu problema hijo de perra?

Johan recordaba el rostro congestionado del atacante, pero no su nombre, como no podía recordar el verdadero nombre de Billy, ni el del capitán. Los demás tripulantes recluyeron al minero en un cuarto de intendencia, desde donde sus gritos inundaban el campamento entero.

Nadie sabía la razón del comportamiento violento de aquel hombre, pero esa misma tarde, algunos de los tipos que habían estado supervisando la obra junto al cráter, regresaron al campamento armados con herramientas, entraron por las esclusas del ala oeste y comenzaron a romperlo todo y a atacar al resto del personal.

Johan tomó como arma un bisturí del instrumental quirúrgico y se ocultó en uno de los casilleros de la enfermería, mientras escuchaba los gritos y destrozos en el resto del complejo. No podía decir cuánto tiempo permaneció escondido, pero se acordaba de haber visto a alguien a través de las rendijas del casillero. Aquel hombre entró en la enfermería, sosteniendo una barra de metal ensangrentada, la cual utilizó para convertir en pedazos los monitores y el resto del equipo médico. Se movía como lo haría un auténtico orangután enfurecido, luego, su rostro de expresión primitiva se detuvo a medio metro de las rendijas del casillero y Johan pudo verlo bien. Seguía sin recordar su nombre real, pero se trataba de Billy, el mismo tipo que se encontraba encerrado con él en la celda de la Sovereign. Entonces, la puerta del casillero se abrió y todo se oscureció.

Día 5

Johan no le quitaba la vista de encima a Billy. Tampoco le dirigió la palabra tras recordar lo que estaba haciendo cuando lo vio por última vez. Aquel tipo estaba loco, ¿podía atacarlo de un momento a otro? No lo sabía, pero debía mantenerse alerta, no podía quedarse dormido.

Encontraron algo en ese asteroide aparte de barylio 78, pero Johan no recordaba lo suficiente para saber lo que era, sin embargo, sabía que se encontraba estrechamente relacionado con el brote psicótico de los mineros y la nave abandonada de la SUC. 

Billy se incorporó frotándose los ojos y dejó escapar un bostezo, luego centró su atención en Johan con una actitud más despreocupada que en los días anteriores, incluso parecía a punto de recuperar el habla; podía haber dicho algo como un “¿qué tal?” o tal vez “buenos días”, pero entonces Johan le habló solemne:

—Oye, Bill, sólo para que quede bien claro. Si te atreves a acercarte a mí, te mataré…

Ese día la comida no llegó.

Día 6

Vino a su memoria una luz en medio de las rocas del asteroide. Recordaba estar caminando en el exterior junto a otras cuatro personas. Llevaba puesto uno de los trajes de los mineros, al igual que los demás, por lo que no podía saber quiénes eran. No obstante, tenía la vaga certeza de que sus identidades poco importaban. En el exterior, el cuerpo del asteroide vibraba con ligeros tremores que se percibían a través de la planta de los pies, los cuales eran producidos por leves cambios en los movimientos de la roca al viajar por el espacio, un comportamiento bastante extraño para un cuerpo inerte que sigue una trayectoria fija hacia la nada. 

Johan y los otros pasaron de largo junto al cráter de extracción de barylio 78. No había nadie trabajando en el interior, las maquinarias estaban solas, aparentemente detenidas en medio de las labores que realizaban.

El grupo siguió de largo hasta que, a lo lejos, divisaron el cuerpo enorme de la nave abandonada. Cuando pasaron junto al crucero de la SUC, Johan pudo ver la matricula TPR762C junto a la escotilla de abordaje y los cristales de la cabina cubiertos de hielo, que sugerían la presencia de líquido en el ambiente. El grupo siguió avanzando, dejando atrás el esqueleto inerte del aparato. Atravesaron una planicie después de una elevación de terreno hasta detenerse finalmente frente a un enorme agujero abierto en el suelo. No se trataba de un cráter sino una formación rocosa irregular que bajaba en diagonal hasta internarse en el cuerpo del asteroide. Los hombres comenzaron a bajar por aquel túnel cavernoso, cuyo interior estaba cubierto de una sustancia gelatinosa que manaba una especie de vapor. Un viento proveniente de las profundidades de la cueva hacía mover las vellosidades de las paredes como si se tratase de organismos vivos y, realmente, ¿quién podría decir que no lo eran? Conforme avanzaban agujero adentro, Johan podía percibir el aumento de un chirrido apenas audible, el cual parecía cantar, oscilando entre diversas notas de manera casi inteligente. Al fondo, un resplandor iridiscente brillaba con más intensidad mientras se acercaban. Era como si acudieran a una especie de llamado.

Un largo grito en el exterior trajo a Johan de vuelta a su celda. Billy se estremeció y se puso en pie de un salto, luego retrocedió al darse cuenta de que había invadido el lado de Johan. El grito ascendió hasta convertirse en un auténtico aullido de dolor que finalmente desapareció al fundirse con el eco reverberante del pasillo y el sonido monótono del aire acondicionado. 

Los presos se miraron uno al otro, luego a la puerta, y de nuevo entre ellos.

—¿Qué mierda ha sido eso? —soltó Johan. Luego, presa de un repentino ataque de histeria saltó sobre Billy, lo tomó por el cuello de su camisa y comenzó a azotarlo una y otra vez contra la pared de la celda—. ¡Muy bien, maldito hijo de perra, mi paciencia se ha agotado! Vas a decirme lo que está ocurriendo allá afuera ahora mismo.

Billy se encogió por el terror, pero no dijo nada, así que Johan le propinó un puñetazo en plena cara, tan fuerte que le dolió la mano. Los lentes del sujeto salieron volando y se hicieron pedazos contra el piso. Johan estaba listo para asestar el segundo golpe; de hecho, quizá estaba listo para matar al pobre hombre, pero entonces, Billy alzó una mano y habló precipitadamente:

—Espera… Te diré lo que sé… No vuelvas a golpearme, por favor.

Billy tomó sus lentes destrozados y los examinó con tristeza. Luego los metió en la bolsa del pecho de su camisa.

—Recuerdo partes solamente —comenzó a decir Billy—. Enviaron un equipo de rescate desde la Sovereign. La escena que encontraron en el campamento era peor que una guerra. Había cuerpos por todas partes y el ala norte de las instalaciones estaba despresurizada. En el exterior encontraron los cadáveres de hombres que murieron al salir por la esclusa sin sus trajes. Los rescatistas estaban reuniendo a los sobrevivientes cuando una horda de mineros llegó desde los cráteres y comenzó una batalla. Estaban perfectamente coordinados, se movían como insectos, igual que un enjambre. Corrimos hacia el transporte del equipo de rescate, apenas conseguí abordarlo. Abandonamos a muchos en el asteroide, tanto rescatadores cómo sobrevivientes del campamento. Cuando despegamos rumbo a la Sovereign, vimos cómo un grupo de mineros acarreaba a unos pobres hombres hacia el exterior. Creo que los llevaban hasta esa cueva.

—¿Estuviste en la cueva? —preguntó Johan—. ¿Qué hay en el fondo? ¿Qué produce el resplandor?

Billy se sentó en el suelo y se llevó las manos a los ojos llenos de lágrimas de terror, luego dijo:

—No lo sé… No puedo recordarlo… No quiero recordarlo. No me obligues…

Johan se acercó y se puso en cuclillas frente a él. Billy lo miró aterrorizado, quizá a la espera de una nueva paliza.

—¿Cómo terminé en esta celda?

Billy lo observó sin decir nada.

—¡¿Cómo?! —gritó Johan, dando un puñetazo al suelo.

Billy dio un salto y luego comenzó a hablar muy rápido:

—U… uno de los rescatistas te golpeó en la cabeza, cuando te colaste en el transporte hacia la demoledora. P… pensamos que estabas muerto. Cuando llegamos a la Sovereign te encerraron aquí, dijeron que te mantendrían en observación para comprender lo que pasaba, pero luego otros integrantes de la Sovereign comenzaron a actuar extraño. Como si se tratara de una epidemia.

Johan se puso en pie llevándose las manos al rostro y se dirigió al otro extremo del compartimiento. Tenía sentido, el fuerte golpe en su cabeza de alguna manera rompió el extraño influjo que había sobre su mente, pero… un influjo infundido por quién. Volvió a centrar su atención en Billy.

—¿Cómo es que rompiste tu trance? 

—¿Qué?

—¡No finjas! Tú estabas entre los primeros mineros que llegaron vueltos locos desde el exterior.

—Debes estarme confundiendo con alguien… Yo me refugié todo el tiempo en el almacén del campamento.

—Cómo no… ¿Entonces cómo es que sabes lo de la cueva?

Los ojos de Billy se abrieron por la sorpresa.

—Yo… no lo sé. No puedo recordar.

Las horas pasaron y ninguno de los dos dijo otra palabra, tampoco llegó la comida. Johan estaba hambriento y asustado, su cabeza volvía a doler. La conversación con Billy había aclarado algunos puntos, pero también arrojó nuevas interrogantes sobre la mesa. ¿Podía confiar en el hombre con el que estaba encerrado? Johan recordaba la expresión simiesca que vio en el rostro de Billy, a través de las rendijas del casillero. ¿Cuál garantía tenía de que no volvería a enloquecer? 

Empezaban a quedarse dormidos cuando escucharon ruidos en el pasillo. Unos pasos presurosos y luego una pesada respiración que parecía estar justo al otro lado de la puerta.

—¿Hola? —dijo Billy.

No hubo respuesta.

—¡Sácanos de aquí! —gritó Johan.

De pronto las luces se apagaron.

Día 7

Todo estaba oscuro. No volvieron a escuchar otro ruido en el pasillo, así que ambos se quedaron dormidos. Johan comenzaba a sentirse extraño, podría jurar que algo se movía en su interior, desde su estómago, sus intestinos, incluso bajo su piel. Estaba enfermo, muy enfermo, la fiebre y el dolor en su cabeza habían vuelto y encima estaba encerrado con un maldito psicópata. Evocaba la cara de simio de Billy en la enfermería y despertaba, en ocasiones tenía la impresión de verlo sentado mirándolo fijamente. Luego volvía a dormir. También estaban los chirridos, como una compleja canción pronunciada en otro idioma, uno que no estaba compuesto por palabras. Había algo terriblemente atractivo sobre esa canción.

“Está vivo”, pensó.

Un montón de palabras sin orden aparente comenzaron a oírse entre la oscuridad, mientras Johan era vagamente consciente de que la nave vibraba por completo. 

Tenía tanta hambre.

El suelo y las paredes se estremecieron y luego todo quedó en silencio, con excepción de aquel flujo ininterrumpido de palabras que no tenían ningún sentido.

“Ojos… hambre… roca… fuerza… vida… mente… hombre…  sangre… control… muerte…”.

Johan abrió los ojos y pudo ver en la penumbra a Bill parado justo frente a él, con aquella cara sonriente de mono, pronunciando todas aquellas palabras en un trance interminable. Sintió que se ahogaba y, luego, dejó escapar un grito que le desgarró la garganta.

Día 8

Johan se alimentaba en la oscuridad. El hambre que sentía era demasiado antigua e implacable para tratarse del apetito de un ser humano. Parecía una necesidad ajena, venida desde otro lado, proyectada de alguna manera sobre él para que ayudara a saciarla. Pero a la vez, Johan era el alimento. Continuó comiendo, arrancando trozos, masticando carne y tendones con la cara llena de sangre y fue vagamente consciente de lo que estaba haciendo, pero no le importó, su deber era continuar.

“Es como un parásito”, pensó. “Entra en la mente, aunque no de manera física, y comienza a desarrollarse”.

La puerta de la celda se abrió dejando entrar una luz tenue que bañó la grotesca escena y Johan se volvió hacia la silueta que estaba en la puerta.

—Estamos listos —informó la voz ronca del desconocido y luego desapareció por el pasillo dejando la puerta abierta.

Johan se levantó y salió de la celda abandonando a la mayor parte de Billy, en su interior.

Llevaba puesto un traje de minero de color naranja con los emblemas de la compañía cuando salió de la Sovereign y comenzó a caminar sobre el terreno pedregoso del asteroide, junto a todos los otros ingenieros, técnicos, obreros, supervisores y tripulantes, que avanzaban rumbo a la cueva, arrastrando a todos aquellos que aún se resistían al influjo de la colmena entre gritos y forcejeos.

Pasaron junto al cráter donde el equipo de la demoledora se había propuesto a extraer el barylio 78 y, de pronto, Johan tuvo la seguridad de que el yacimiento no existía, nunca lo había hecho, era todo un truco ideado para atraerlos como moscas, directas a una planta carnívora, la cual te muestra lo que quieres ver. Lo mismo le pasó a la tripulación de la nave perdida.

Comenzaron a bajar internándose en la cueva hacia ese brillo misterioso e infinito y los filamentos ubicados en las paredes comenzaron a reaccionar con leves movimientos espasmódicos, mientras la canción de chirridos se intensificaba y los pocos tripulantes que aún se resistían, comenzaban ahora a andar por su propio pie, atraídos por el resplandor.

Siempre fue por el resplandor.

“Este asteroide está vivo”, pensó Johan esbozando una sonrisa de auténtica fascinación. “Y tiene hambre…”.

Oscar Valentín Bernal
Zapopan Jalisco
12 de julio del 2019

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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