Detestable

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Por Oscar Valentín Bernal

 

—El señor Dreyfus es un hombre detestable.

Le estaba diciendo Milda Holark, de sistemas gravitatorios, a sus compañeras, frente a la barra de uno de los tres comedores del ala este de la estación fundidora de Sindried. Los comedores eran áreas seguras para el chismorreo entre los empleados de la compañía, pues los directivos tenían sus propias zonas de descanso y alimentación, y procuraban mantenerse alejados de las correspondientes a los peones. Sin embargo, por una de esas casualidades que más bien hacían que el destino pareciera un ente maleable de humor sombrío, esta vez, Quentin Fitzgerald Dreyfus, se encontraba justo detrás de Milda, cuando a ella se le ocurrió abrir la boca.

La muchacha se percató de la presencia del director en jefe de la estación antes de verlo, gracias a la expresión horrorizada que asomó a los rostros de sus compañeras. Al darse la vuelta, se encontró con la mirada serena de aquel hombre bajo y fornido, clavada justo en la suya. El señor Dreyfus era uno de esos hombres que hacen temblar al personal con su mordaz sonrisa de escualo, no obstante, la mueca que le dedicó a Milda ese día no fue acusatoria, tampoco dejaba ver el menor atisbo del mal humor habitual del director. Era una relajada y cálida sonrisa.

—Señorita Holark —saludó Dreyfus con una leve reverencia y luego continuó su camino hacia la puerta del comedor, seguido por las angustiadas miradas de todos los presentes.

Al pasar por la última mesa antes de la salida, Dreyfus se detuvo y tomó el salero del centro, lo sostuvo ante su rostro y lo examinó como si se tratara de un extraño artefacto alienígena, luego se volvió hacia Milda con la misma encantadora sonrisa pero con un destello aterrador en su mirada.

—¿Despreciable, dice?

Después, el director en jefe, volvió a dejar el salero en la mesa y salió del comedor.

***

 

Quentin F. Dreyfus, era plenamente consciente de ser un hombre detestable. Cualquier persona capaz de enviar a cinco trabajadores con todo y sus familias a las minas de Talamio radiactivo, más allá de la franja de Vladivostok, no podía ser otra cosa que un gusano detestable. Pero eso estaba bien. No le molestaba lo que los técnicos e ingenieros pensaran de él. Más bien podría decirse que le encantaba ser una persona detestable.               

Desde su llegada a la estación fundidora, hacía casi seis años, las cosas habían cambiado allí. El orden de la estación era extremo, pasaron con creces todas las inspecciones de la Sindried, y la inspección decenal de la Nedland Corporation. Eran la productora metalúrgica número uno de materiales para la fabricación de cruceros, excavadoras y equipo espacial. Puede que los subordinados de Quentin lo consideraran un tipo detestable, pero los ejecutivos de la compañía estaban más que felices con su desempeño. Que los trabajadores se fueran a la mierda, y que Milda Holark le agradeciera por sólo haber sido ella quien perdiera su trabajo, Quentin podría mandar al demonio si quería a sus cuatro hermanos y a su madre también, pero las contrataciones no eran cosa sencilla en la fundidora, había que esperar meses a que enviaran a los nuevos candidatos y no podía permitirse deshacerse de seis, por lo menos no de golpe. Ya se encargaría de que los Holark continuaran pagando la ofensa de su hermana mientras seguían trabajando. Existían maneras.

Quentin Dreyfus encendió un habano, sentado en su oficina con las piernas arriba del escritorio y dejó escapar una vaharada de humo azulado, antes de ponerse a revisar los informes de planta. Lo primero que le llamó la atención fue el maldito caldero 4 que continuaba inoperativo. Dreyfus casi pudo sentir la sangre fluir a través de las venas de sus sienes.

—Malditos incompetentes —masculló entre dientes.

Tenía un mes diciéndole a los de mantenimiento que repararan la fuga del enfriador en el 4, era solo cuestión de cambiar un jodido tubo revestido y echar a andar el caldero en modo de prueba, para comprobar que el líquido no se saliera del colector.

Dreyfus percibió una rabia irracional que comenzaba a apoderarse de su cerebro. Estaba harto del personal de mantenimiento y del cabrón de abuelo Kosák, que se creía intocable por su antigüedad en la empresa, y por ser una especie de líder espiritual para gran parte del personal de la estación. Pero había llegado el momento de que la cabeza de aquél viejo bastardo rodara a los pies de Dreyfus.

Quentin salió de su oficina con los ojos inyectados en sangre y se dirigió al hangar de mantenimiento. Se cruzó con algunos obreros por el camino, de esos a los que se les hace tarde para llegar a sus puntos de trabajo, a todos ellos les dedico lo que le gustaba llamar “miradas malas”. Y descubrió intranquilo que ni siquiera ver el horror que lograba despertar en esos pobres diablos servía para mitigar la furia creciente en su interior.

 

* * *

 

El hangar de mantenimiento estaba solo, a excepción de Mona Luther, la dispensadora de equipo. Abuelo Kosák estaba de seguro en algún punto del ala oeste, reparando una maldita fuga de desperdicio u otra cosa que no era lo que Quentin Dreyfus tenía un mes pidiéndole hacer. Era mejor así. Porque si Dreyfus hubiera encontrado al viejo metido en el hangar en ese momento, le habría costado mucho contener el impulso de molerlo a golpes.

Cuando Mona vio al director frente a su mostrador, se encogió hacia atrás en el escritorio, quizá por algo detestable que pudiera percibir en aquel hombre, como alguno de los múltiples signos de psicopatía de los cual el mismo Dreyfus ya se había percatado.

—Se-señor Dre-Dre… 

Dreyfus habló tranquilo y con una sonrisa encantadora en los labios, que contrastaba con la verdad homicida de sus ojos. 

—Buenos días, señorita Luther. Hoy se ve encantadora… Sería tan amable de prestarme una caja de herramientas y un puto colector revestido.

—Como ust-te-te-ted… 

—Está bien, Mona, no tienes que hablar. Estás a salvo. Sólo haz lo que te pido, por favor. 

Y la chica obedeció. Cuando le pasó las herramientas y el colector, Dreyfus la miró, sonrió y desapareció por el pasillo sin decir más.

 

* * *

 

Mientras bajaba por el ascensor de servicio directo al caldero 4, Dreyfus pensaba en los millones perdidos por la compañía debido a la inactividad de ese contenedor. Sería ese el argumento principal, cuando moviera sus fichas en contra del abuelo Kosák. «Un caldero de 50 000 litros, parado por un jodido tubo, y ningún maldito técnico bajó a repararlo», diría en la próxima reunión plenaria. También podría mencionar que el viejo le metía ideas raras al resto del personal. Quizá el anciano estuviera bien parado allí, pero Dreyfus tenía a todos los ejecutivos de su lado y estaba decidido a aplastar al Kosák como a una mosca.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Dreyfus cruzó el amplio espacio del caldero hacia la zona de la avería. Encontró una tolva levantada, y a su alrededor, un montón de herramientas desperdigadas por el piso. No había rastros de un solo trabajador que estuviera por lo menos intentando dar solución al problema. Miró a su alrededor y hacia arriba, a la única persona que vio fue a Maltus Donovan, un empleado de limpieza con retraso mental que se encontraba barriendo las pasarelas superiores, junto a la cabina desierta del caldero. Dreyfus tomó nota mental de otras quince faltas que le saltaron a la vista, luego abrió su caja de herramientas y se puso manos a la obra.

Le tomó sólo quince minutos extraer el colector dañado y sustituirlo por el nuevo. Cerró las tolvas de metal térmico, recogió las herramientas dejadas en el área por los descuidados trabajadores y se dirigió de vuelta al ascensor.

Pero cuando pulsó el botón nada ocurrió. Lo pulsó una y otra vez, luego dejó la caja de herramientas en el suelo e intentó con el código de seguridad, sin éxito. La pequeña pantalla en la consola estaba apagada.

—Una maldita falla de energía en este preciso momento. Quizá debería mandar colgar a todo el equipo de mantenimiento. 

Dio la vuelta y se encaminó a la escalera de emergencia, sólo para descubrir que estaba alzada. Aquello iba en contra de todos los protocolos de seguridad de las estaciones de Sindried.

—Espero que estés listo para el Talamio radiactivo, maldito viejo de mierda —susurró Dreyfus.

Entonces recordó a Maltus Donovan, el empleado de limpieza que barría la pasarela. Comenzó a buscarlo con la mirada pero no pudo verlo.

—¡Donovan! —gritó—. ¡Ven aquí, muchacho!

Nada.

—¡Maltus Donovan! 

No había nadie en las pasarelas.

—¡Escucha, muchacho, sé que no he sido bueno contigo. Pero si puedes ayudarme tendrás un jugoso bono! 

En ese momento, la cabeza de Maltus asomó sobre la pasarela superior.

—¿Un ono, eñor Eyfus?

Dreyfus sonrió.

—Claro, muchacho. ¿Un bono, dije? ¿Qué te parece un jodido ascenso? Van a abrirse varias vacantes.  

El retrasado lo miró con interés, pero no dijo nada. Así que Dreyfus continuó:

—Todo lo que tienes que hacer es bajar la escalera de mantenimiento, y ya está. Te haré jefe de limpieza de la estación.

—¿No me etá intiendo?

«Hijo de perra, no sabes que estás caminando sobre terreno muy blando», pensó Dreyfus, pero lo que dijo fue otra cosa.

—¿Mintiendo? Nunca he hablado más en serio, hijo, baja esa jodida escalera, por favor.

Dreyfus vio como Maltus recorría la pasarela rumbo a la escalera de emergencia y dejaba la escoba para tomar la manivela que la hacía descender. Dio una, dos vueltas y la escalera comenzó a bajar, entonces se escuchó una voz.

—Donny, deja eso. ¿Quieres?

El retrasado miró hacia atrás con sorpresa y cuando soltó la manivela, la escalera se detuvo, aún demasiado alto. Un momento después, el rostro abuelo Kosák apareció en la pasarela superior. Fue la expresión en el rostro del viejo jefe de mantenimiento lo que le dijo a Dreyfus que algo andaba mal. La mirada del anciano no tenía ni rastro de su habitual sumisión lambiscona. A Dreyfus no le gustó nada.

—¡Kosák! ¡Baje esa maldita escalera! 

La mirada del viejo fue de Dreyfus a la manivela y luego de regreso. Sus arrugados labios sonrieron, luego habló con su voz cascada por la edad:

—No está acostumbrado, ¿cierto, señor Dreyfus? Me refiero a no tener el control.    

El sudor comenzaba a empapar la camisa de Quentin, el viejo prosiguió:

—En todos los años que tengo viviendo en esta estación fundidora, nunca vi a un supervisor tan déspota y carente de corazón como usted. Y vaya que han sido muchos años… ¿Cree en los dioses, señor Dreyfus?

Por primera vez, Quentin reparó en el punto negro, un ojo dibujado en medio de la frente de abuelo Kosák.

—Nada de supervisor. ¡Soy tu director en jefe y te ordeno que bajes esa puta escalera, viejo loco! ¡Las cámaras de seguridad…!

La risa del anciano sonó igual al raspar de dos gruesas lijas.

—Oh, las cámaras de seguridad no nos molestarán.

Al momento, comenzaron a emerger, sobre las pasarelas alrededor del caldero 4, más rostros. Quentin reconoció al señor Bitters, de seguridad, a Tonnen, el supervisor de minerales, a Beitriz, de sistemas informáticos, y a muchos otros que había visto por los pasillos de la planta en los últimos años, pero cuyos nombres no conocía. Todos lo miraban con frialdad, con un tercer ojo dibujado en la frente. Quentin Dreyfus se hizo hacia atrás y dejó escapar un gemido involuntario. Abuelo Kosák continuó:

—Quentin Fitzgerald Dreyfus. Estás aquí para ser juzgado por mi pueblo, bajo el gran ojo de Ulora. Han sido muchos tus crímenes en contra de mi logia y, como patriarca supremo, es mi deber hacer valer la justicia.

—¡Tú, no puedes hacer esto…!

—No soy yo quien lo hace, hijo. Sólo soy el medio.

—«¡El medio de justicia! ¡El ojo de Ulora!» —tronó la congregación. Cientos de voces clamando a la vez, produciendo un eco que reverberó en todo el caldero y en los confines más altos y oscuros del corazón de la planta fundidora.  

Abuelo Kosák miró hacia la cabina del caldero y asintió. Quentin vio que ya no se encontraba vacía, a los mandos estaba Yardik Holark, el hermano mayor de Milda. Yardik miró a Quentin con severidad y, luego, oprimió algunos botones en la consola. Las sirenas alrededor del caldero empezaron a sonar, las luces de las torretas de precaución bañaron el caldero de una luz roja giratoria que iluminó el terror en el rostro de Quentin, quien soltó un lastimero graznido:

—¡Por favor! ¡Juro que me iré! ¡No volveré nunca!

La congregación comenzó un canto en un idioma que parecía francés y que se alzó sobre el sonido de las sirenas. Si alguien escuchó las súplicas de Quentin, no se inmutó. Entonces, la compuerta se abrió y las luces de precaución fueron absorbidas por el poderoso resplandor naranja-blanquecino del metal fundido, que siseó al encontrarse con el aire frío y comenzó a correr al interior del caldero 4. Quentin sintió el golpe del potente calor de la ola de magma que se acercaba a él muy despacio, rugiendo mientras avanzaba sobre el fondo del contenedor. Los cánticos subieron de tono y fueron acompañados por el sonido acompasado de herramientas metálicas que golpeaban contra los barandales de las pasarelas.

«Detestable», pensó Quentin Fitzgerald Dreyfus, mientras sentía cómo el calor comenzaba a abrirle la piel a la distancia. «Quizá debí ser un poco menos detestable».    

 

Oscar Valentín Bernal

08 de enero del 2020

Zapopan, Jalisco

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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