EL AZOR

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Por Oscar Valentín Bernal

 

Verano

Sobre su atalaya aguarda el azor, otea el campo en silencio con su mirada roja, como hizo siempre, invisible para las demás criaturas, poderoso y gris, igual que lo es el bosque en ese corto lapso cuando el sol ha caído, pero sus últimos brillos se aferran al mundo. 

El azor es del bosque, como el bosque es del azor y, a pesar de que este bosque ha sido invadido por bestias de dos pies, que han abierto en él caminos iguales a cicatrices, no ha dejado de ser el reino del azor. 

Cuando el azor mira las cosas pareciera descifrarlas, no se mueve a menos que la acción lleve implícito un acto de supervivencia, por eso, el azor es silencio y, siendo silencio, es también espectador invisible de las verdades ocultas del campo y del hombre.

Fue así que vio el azor por vez primera a aquellos dos debajo de su árbol, los observó atento y escuchó incómodo sus voces burdas, como burdas suelen ser las cosas de aquellos seres. Si el azor pudiera entenderlos, habría conocido su impío negocio, pero el azor no entiende los ruidos de esas bestias torpes y lentas, llamadas hombres. Así que observa, se acicala detrás del ala y levanta una pata.

Cuando el sol está ya en lo alto y el calor aprieta, el azor contempla desde el refugio de la sombra a los dos que se alejan, sin la menor sospecha de haber tenido al bosque por testigo.

 

Otoño

Hubo un tiempo en el que se pensó en el azor como en el alma del bosque y, allí, en las alturas, viendo las hojas caer del dosel hasta alfombrar la tierra, quizá lo sea. En ese mundo el azor es la ley, juez y verdugo a la vez, el equilibrio encarnado.

Al llegar las dos bestias humanas, el azor ni se inmuta, pues se ha acostumbrado a ellas después de incontables días. El azor sabe que son lentos e inofensivos, pero aun así permanece inmóvil para no ser visto, porque es un azor. En sus pupilas rojas se reflejan aquel par y hasta sus oídos llega la jerga críptica aberrante de sus voces que hoy se alza como nunca. De pronto, el azor capta un movimiento que no tiene nada de lento e inofensivo y cuando suenan tres chasquidos una de las bestias cae, y eso el azor sí lo entiende, porque nadie entiende de muerte más que un azor.

Al día siguiente, cuando el azor despierta, la bestia muerta sigue tirada a los pies de su árbol, tiene mucha carne y eso lo sabe el azor, pero no llama su atención, pues los azores no comen lo que otro ha cazado. En vez de eso, atraviesa el bosque y da muerte a una ardilla.

El azor come en la rama más alta de su árbol y deja caer una lluvia de pelo rojizo sobre la bestia muerta. Al terminar, se sacude y contempla la herida roja que los dientes de la ardilla han dejado en su pata. Duele, pero no se inmuta, porque los azores entienden que el dolor es debilidad y la debilidad significa la muerte.

           

Invierno

El azor contempla el campo blanco infinito que se extiende por las copas de los árboles. Hacia el horizonte, las finas estrellas blancas que descienden desde lo alto se le pegan al cuerpo y se funden con la cera de sus plumas. Al azor le gusta el frío y, posado sobre la rama de su árbol, continúa la vigía sin fin de su bosque donde la ardilla duerme y la perdiz se ha teñido de blanco.

Las heridas del azor han sanado, así que ha dejado la cautela y caza todos los días, pues el azor sabe que además de belleza, la blancura es la muerte de los endebles.

Cuando aparecen las bestias de dos piernas, el azor se tensa y se vuelve fantasma. Ha pasado tiempo desde que alguno de esos seres se ha acercado, así que el azor ha perdido costumbre. Los contempla desde la espesura, un par de ojos rojos que pasan inadvertidos.

Las bestias son ruidosas y el azor comprende que se trata de crías. Los ve lanzar bolas blancas y correr alrededor de su árbol, eso incomoda al azor aunque sabe que no pueden verlo. Cuando una de las crías tropieza con la bestia muerta, medio cubierta de nieve, cae al suelo y las demás se acercan. Por un momento el azor cree que las crías comerán a la bestia, pues nunca ha visto a uno de aquellos seres alimentarse. Entonces, uno de ellos suelta un chillido agudo, espantoso. Al azor no le gusta ese ruido de miedo, así que salta al vacío y se aleja volando.

Más tarde, el azor no regresa a su árbol, pues muchas de aquellas bestias se encuentran allí, olfateando el viejo cadáver, así que, por primera vez en su vida, al caer la noche, el azor se ve obligado a buscar otra rama. 

 

Primavera

Una vez existió el azor, un ser del viento que vio al mundo crecer, y que creció con el mundo. Un espíritu sabio que esgrimió a la muerte, pero también infundió vida. Fue soberano y guardián de su territorio y, ahora que el hielo se ha ido, la ardilla corretea y la perdiz vuelve a ser parda, el azor se posa una vez más en la rama que lo vio nacer, desde donde otea el campo en silencio con su mirada roja como hizo siempre y, más allá de su reino, más allá del tiempo y de la cordura, contempla al gran animal rígido-amarillento que se yergue sobre los árboles y se los come, contempla también el azor a las bestias de dos piernas que lo operan y, entonces entiende… de lo que aquellos seres se alimentan.

Marzo 2020

Zapopan, Jalisco

 

Fotografía del autor.

 

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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