La oscuridad de la luz

La oscuridad de la luz

Por S. Bobenstein

El sol estaba ya alto sobre el Patio de la Piña en los Museos Vaticanos y una multitud de personas se distribuía a través de él: un grupo guiado de turistas chinos eran instruidos en el origen de la famosa piña, un grupo de mochileros jóvenes se encontraba contemplando la escultura de bronce de Pomodoro, una docena de comensales tomaban su desayuno en la cafetería, decenas de turistas y observadores iban de aquí para allá en su recorrido por las distintas salas de los museos y, sentado en una banca cercana al centro del patio, se hallaba un sacerdote solitario. El clérigo, quien no aparentaba más de cuarenta años con su cabello y su barba oscuros sobre una piel tostada por el sol, vestía sotana y pasaba el tiempo leyendo un volumen de El señor de los Anillos, ocasionalmente alternando el lugar de las piernas que tenía cruzadas.

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Son Hermanos

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Por Jonathan Novak

Hubiera sido difícil saber cuando perdió la consciencia. Sin dirección, el caballo siguió el sendero conocido por donde había caminado un día antes.
—Emperador, señor. —Primero, el sonido de las botas del joven guardia del este le trajo de vuelta al mundo. Sentía la garganta seca, pudo en esa mañana, sentir un dolor intenso, dolor que se negaría a abandonar su cuerpo durante algunos días.
El pequeño hombre, indeciso, miraba intercaladamente entre el cuerpo magullado del jinete, y el mismo caballo que apenas podía seguir caminando. Su mirada, llena de confusión intentaba hilar una parte de la historia aún perdida.

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Honor y plumas

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“¡Oh Rey! cuyos poderes fueron altos y del mas egregio rango.
Tú que adornaste mi cuello con el collar de tus favores,
grandes como perlas y engarzados como perlas en el hilo,
adorna ahora mi mano con un halcón,
hónrame con uno de limpias alas,
cuyo plumaje haya sido combado por el viento del norte.
¡Con qué orgullo saldré con él al alba, jugando mi mano al viento
para tomar lo libre con lo encadenado!”
-Abd al-Aziz ben Al-qabturnuh-

 

Por Oscar Valentín Bernal

I

Recuerdo como si hubiese sido ayer, la helada y traicionera mañana en que subía por la escarpada orilla de un acantilado en las costas de Cantabria, con cuerda y canasta al hombro y una idea sólida e inamovible en la mente. Hacerme con el ser más perfecto que hubiera respirado sobre la tierra.

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Esta no es una historia de amor

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Por Aledith Coulddy

Conocí a Olivia a mis treinta y dos; sus veintiocho.
No era una tarde lluviosa ni lúgubre como suelen ser las tardes de quien está en depresión; al contrario, hacía tanto calor que los edificios, que imponentes se alzaban al cielo, parecían derretirse para crear un mar de cemento.
Volvía del bar, como siempre, como las últimas semanas, como los últimos meses.

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El reloj del último día

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Por Jonathan Novak

El sonido de una sirena lejana se cuela por entre los maderos que tapian mi casa. Observo el extraño reloj de pulsera para comprobar el tiempo restante: doce minutos y treinta segundos. Alcanzo a escuchar el bullicio fuera, cristales rompiéndose, y gente gritando. En ocasiones, la fuente de dichos sonidos parecen provenir de apenas unos metros fuera de mi hogar.
—Este maldito reloj —pronuncio en un susurro.

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Miré, y vi un caballo pálido

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Por S. Bobenstein

La luz crepuscular aún alcanzaba a crear contrastes con la oscuridad de los rincones dentro de la amplia habitación con paredes y piso de roble negro, austera, salvo por algunas piezas de mobiliario, todas del mismo material. Una gentil brisa hacía ondear las cortinas del ventanal, que daba hacia una vasta pradera bordeada por un bosque espeso, cuyas formas no eran más que un muro irregular y oscuro gracias a la iluminación natural de la hora.

La apacibilidad del entorno era rota solamente por destellos y sonidos mecánicos de diversos aparatos conectados a un decrépito anciano, quien ya llevaba meses confinado en su cama: tenía puntas de oxígeno en la nariz, electrodos adheribles pegados en el pecho, un esfigmomanómetro automático en el brazo izquierdo, un oxímetro en su dedo índice de la mano derecha y una sonda para orinar. En los burós al lado de su cama, sólo había frascos y más frascos de medicamentos y material de curación. Otrora había sido un hombre fornido, hábil, bien parecido, en el pico de la capacidad física humana, ahora prácticamente era sólo piel y huesos con algunos cabellos ralos en la cabeza. Desde que sus órganos empezaron a fallar, uno por uno, sabía que la muerte era inminente, sin embargo, no tenía ningún deseo de apresurarla. Esperaría todo lo que hiciera falta hasta que viniera a reclamarlo. Después de todo, la muerte y él ya habían cruzado sus caminos en ocasiones pasadas y jamás lo alcanzó, ¿por qué, al final de su vida, se entregaría fácilmente?

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El faro

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Por Oscar Valentín Bernal

Aquella noche, el faro de Nomad, estaba rodeado por una espesa capa de niebla.
Abigail encendió la linterna giratoria temprano debido a la poca visibilidad, para alertar a los barcos que pasaran cerca de la pequeña península. Tenía apenas tres meses como operadora del faro y su relevo, Christian, le había contado de diversas ocasiones en que los navíos chocaron contra las rocas del peñasco. El accidente más grave fue el del yate de una empresaria Canadiense, cuyo barco se fue a pique en el arrecife. Leer más “El faro”

Media cara

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Por Jonathan Novak

Ya hacía un mes del inicio del invierno, los vientos gélidos azotaban la ciudad, las calles se encontraban bajo un silencio impuesto por gruesas bufandas y pesados abrigos, todos se preocupan de sus propios asuntos. Para Ellen aquello, aunque monótono, le parecía ideal. Nada la sacaba más de su zona de confort que atender a algún desconocido debido a simples nimiedades ajenas a ella. Por esta razón despreciaba tanto a la señora Lamb; la anciana ya retirada, era amante de regalar problemas a los habitantes de los departamentos del 1443 en North Prospect Avenue. Su última gracia había sido sacar a Nápoles, el gato de Lamb, a la escalera de incendios con el pretexto de ser «alérgica», una alergia claro, que todos en el edificio aceptaron desconocer.

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El Cataclista

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Por S. Bobenstein

—¡Maestro!, ¡maestro!, ¡despierte! —gritó el aprendiz, entre accesos de tos.

El muchacho movía a su mentor, quien se encontraba tirado en el suelo, inconsciente. Alrededor de ellos había libros y artefactos regados por el suelo, unos rotos, otros íntegros, todos ausentes de sus repisas y libreros. Una espesa niebla con tenue brillo rojizo se esparcía por la sala y dificultaba ver incluso la mano delante de la cara.

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