A merced de Dios

Por S. Bobenstein

Aquel era un domingo sacado de los comerciales de vacaciones: el sol brillaba alegre sobre todas las criaturas en medio de un azul celeste despejado, las olas del mar rompían con su característico sonido sobre la arena que delimitaba a la moderna ciudad costera. Las familias, los amigos y demás personas, iban de aquí para allá con grandes sonrisas, disfrutando de su día de asueto bien merecido. El calor previo a la llegada del verano estaba en el punto justo para poder disfrutar de la brisa al caminar. Se respiraba un ambiente alegre y cordial por todas partes.

Él se encontraba dentro de una cafetería con aire acondicionado y vista al mar, sentado a la mesa, sobre la que descansaban una gorra de un color amarillo chillante, unos lentes oscuros, una taza de capuchino y una rebanada de pastel de chocolate a medio comer. Compartía su lugar con un hombre mayor, aseado y pulcramente vestido con un traje de lino, su cara dejaba ver que las noches de sueño reparador sólo existían en su memoria y sus ojos revelaban una agresividad velada por un aspecto apacible. A pesar del relativo bullicio para el local, los dos hombres, quienes podían pasar por padre e hijo, no parecían interesados en nada más que en ellos mismos y su cónclave poco convencional.

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