Disueltos en la Música

Foto de Oscar

Por Oscar Valentín Bernal

I

Después de meses de viaje sin tomarse un solo descanso, los tres llegaron a una pequeña ciudad en medio de alguna parte. El maestro condujo el drakkar a través de una bahía en cuyas aguas acababa de aparecer el reflejo de una luna joven. Observaron las sombras de los grandes barcos anclados a lo largo de los muelles industriales, y siguieron de largo mientras las primeras gotas de una leve llovizna de invierno comenzaba a venirse abajo. Pasaron los embarcaderos y alcanzaron un área alejada, donde el maestro, mediante algunas de sus artimañas, ocultó el barco, demasiado anticuado para la época.

Algún tiempo después, la chica y el jinete avanzaban tras el maestro. Por las húmedas calles nocturnas veían las nubes de vaho alzarse delante de sus bocas. Los carros que corrían por el asfalto, levantaban el agua de los charcos en torrentes oscuros. Tenían hambre, el viaje a través del océano fue duro, sabían que, al día siguiente deberían reparar las velas de su embarcación, pero ahora era tiempo de buscar algo con qué llenar sus ardientes estómagos. 

—Es tarde, no creo que podamos encontrar ningún restaurante abierto, si es que los hay en esta ciudad. Sólo veo almacenes y muelles de carga con olor a pescado.

—Deja de quejarte —contestó el maestro a la chica—. Seguro hallaremos algo, de lo contrario, no te pasará nada por esperar hasta la mañana.

—Después de tantos días, supongo que no… 

Los transeúntes eran pocos y, a pesar de las extrañas ropas de los tres, apenas y llamaban la atención en aquella ciudad gris, en donde todo parecía dormir. Continuaron su avance hacia el norte del malecón, hasta que el jinete habló:

—¿Oyen eso?

—¿Qué? ¿Mi estómago? —se burló la chica.

—No seas tonta, escucha…

Guardaron silencio y, entre el murmullo de la lluvia que a momentos parecía arreciar, percibió aquél sonido apagado pero inconfundible:

—Parece una guitarra… y una bastante buena.

—Donde se toca una guitarra a estas horas de la noche, seguro habrá comida —concedió el maestro. 

—Y donde haya comida allí iré yo  —aseguró la chica. 

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