EL AZOR

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Por Oscar Valentín Bernal

 

Verano

Sobre su atalaya aguarda el azor, otea el campo en silencio con su mirada roja, como hizo siempre, invisible para las demás criaturas, poderoso y gris, igual que lo es el bosque en ese corto lapso cuando el sol ha caído, pero sus últimos brillos se aferran al mundo. 

El azor es del bosque, como el bosque es del azor y, a pesar de que este bosque ha sido invadido por bestias de dos pies, que han abierto en él caminos iguales a cicatrices, no ha dejado de ser el reino del azor. 

Cuando el azor mira las cosas pareciera descifrarlas, no se mueve a menos que la acción lleve implícito un acto de supervivencia, por eso, el azor es silencio y, siendo silencio, es también espectador invisible de las verdades ocultas del campo y del hombre.

Fue así que vio el azor por vez primera a aquellos dos debajo de su árbol, los observó atento y escuchó incómodo sus voces burdas, como burdas suelen ser las cosas de aquellos seres. Si el azor pudiera entenderlos, habría conocido su impío negocio, pero el azor no entiende los ruidos de esas bestias torpes y lentas, llamadas hombres. Así que observa, se acicala detrás del ala y levanta una pata.

Cuando el sol está ya en lo alto y el calor aprieta, el azor contempla desde el refugio de la sombra a los dos que se alejan, sin la menor sospecha de haber tenido al bosque por testigo.
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