Kyoto 1867

Por Oscar Valentín Bernal

Hay tierras impregnadas de sangre en las que los espíritus de los ancestros permanecen aferrados por décadas o incluso siglos, hablan con los vivos a través del silbido del viento que azota las hojas de los árboles, o el murmullo del río corriendo a través de los bosques y el tiempo.

Aquella noche los espíritus estaban ahí, lanzando sus susurros entre el bambú.

Los Tokugawa habían perdido. Sus cuerpos sin vida estaban colgados en las calles, o con el acero de sus katanas bien metido en las entrañas. Una nueva era comenzaba, una que aquellos fantasmas del bosque no entendían ni soportaban y por eso llenaron el campo de niebla esa noche y ocultaron a nuestros enemigos.

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