La oscuridad de la luz

La oscuridad de la luz

Por S. Bobenstein

El sol estaba ya alto sobre el Patio de la Piña en los Museos Vaticanos y una multitud de personas se distribuía a través de él: un grupo guiado de turistas chinos eran instruidos en el origen de la famosa piña, un grupo de mochileros jóvenes se encontraba contemplando la escultura de bronce de Pomodoro, una docena de comensales tomaban su desayuno en la cafetería, decenas de turistas y observadores iban de aquí para allá en su recorrido por las distintas salas de los museos y, sentado en una banca cercana al centro del patio, se hallaba un sacerdote solitario. El clérigo, quien no aparentaba más de cuarenta años con su cabello y su barba oscuros sobre una piel tostada por el sol, vestía sotana y pasaba el tiempo leyendo un volumen de El señor de los Anillos, ocasionalmente alternando el lugar de las piernas que tenía cruzadas.

–No sabía que te gustaba la fantasía.

La suave voz del recién llegado rompió su concentración: se trataba de un hombre joven y pálido, cuyo rostro, a pesar de que sonreía a manera de saludo, reflejaba cansancio crónico acentuado con ojeras y mejillas angulosas. Su indumentaria consistía solamente de una camisa de botones negra debajo de un saco color café y pantalones de mezclilla.

–Me ayuda a aclararme y despejarme. Deberías tratar de vez en cuando. –El sacerdote se puso en pie, cerró su libro y, con una sonrisa, le extendió la mano a su interlocutor–. Te ves menos demacrado que de costumbre, Matt.

–El aire del Matterhorn hace milagros –contestó el aludido, estrechándole la mano–. Si quieres algo para despejar la mente, escala a la cima de una montaña.

–Sí, claro, y la caída te la despejará totalmente –dijo el clérigo, soltándole la mano y extendiendo la misma para darle paso–. ¿Vamos?

–Para eso vine –contestó Matthew con una nota de renuencia.

Ambos hombres emprendieron la marcha a través de las diferentes salas de los museos, sorteando oleadas de personas que se apretujaban y arremolinaban en torno a las obras de arte ahí contenidas.

–Se me está terminando el tiempo, Matt, el caso de Carina es más difícil de lo que creí.

–Virgilio –lo interrumpió–, entiendo, no tienes por qué poner excusas. Sé que no me llamarías a menos de que no pudieras solo.

–La soberbia es un pecado capital –dijo el sacerdote, con una risilla.

–Pecar capitalmente es el menor de mis problemas.

–¿Qué tal Suiza?

–Frío, escarpado y bonito… Aunque no totalmente “limpio”, ¿sabes?

–¿Tomaste tus medicinas?

–Esos terrones de azúcar apenas disimulan las voces.

–Y supongo que no has dicho ni una sola plegaria, ¿eh?

–Nunca me han conseguido lo que necesito. Además el de las plegarias aquí eres tú.

–Qué buena actitud –replicó con sarcasmo el clérigo.

–Por cierto, ¿cómo vas con mi problema?

–Sigo trabajando y trabajo mejor sin presiones.

–Disculpe usted, señor demonólogo –dijo Matt con sorna y rio por lo bajo–. Si tu trabajo no es estresante, no sé cuál lo sea… Quizás el mío.

–Ya cierra la boca, ¿sí? Vamos a entrar.

Guardaron silencio y se detuvieron frente a una pequeña puerta donde se hacía un cuello de botella por la cantidad de gente que trataba de pasar por ella. Pacientemente se movían con el vaivén de las personas hasta que fue su turno de pasar: la Capilla Sixtina los recibió con todo su esplendor. El par había pasado por ahí en varias ocasiones debido a sus reuniones; estaban, de cierta forma, acostumbrados a la grandeza de los frescos de Miguel Ángel, sin embargo, El Juicio Final ejercía una invisible atracción en Matt, quien no podía hacer menos que darle una ojeada por unos segundos, con semblante consternado.

Caminaron por delante del altar principal, en cuyo punto frontal el sacerdote se santiguó seguido de un intento desgarbado de su acompañante, y, tras ser identificados por los guardias del recinto, fueron conducidos a una portezuela lateral disimulada en la pared; el guardia dio paso al sacerdote y éste empujó con suavidad la hoja, revelando una escalinata estrecha y pobremente iluminada por focos de bajo voltaje que descendía en espiral hacia la oscuridad. Virgilio encabezó el descenso en seguida, mas se detuvo al notar que Matt no lo seguía. Volteó para ver al rezagado paralizado como un ciervo ante los faros de un automóvil, con las manos apoyadas en el umbral y la mirada fija en la oscuridad. Virgilio ya sabía lo que esa mirada significaba y esperó con paciencia a que su compañero volviera en sí. Luego de tomar una gran bocanada de aire y de tener un par de segundos de desorientación, Matt se pasó una mano por la cara, tratando de controlar su aprensión, y comenzó a bajar los escalones junto con Virgilio.

Los pasos hacían eco en la penumbra. Ambos hombres se sostenían de las paredes para evitar dar un mal paso por lo angosto de los escalones a medida que descendían hacia la oscuridad. Detrás de ellos, la portezuela de entrada se cerró, separando aquel abismo de la luz. Ninguno de los dos dijo nada. Llegó el punto, luego de lo que pareció una eternidad, en que se encontraron frente a una puerta parecida a la de una bóveda antigua. El cura sacó de entre los pliegues de la sotana una llave del mismo material, corrió los seguros, que sonaron como si se trataran de las entrañas de un gigantesco animal, y la puerta se abrió, dando paso a un cuarto con ausencia total de luz. Sin dudar, entraron.

–Hágase la luz –susurró Matt al mismo tiempo que accionó un interruptor en la pared.

El cuarto, que quedó iluminado por luz blanca artificial, era un cubo espacioso, de paredes, techo y piso de concreto, en cuyo centro estaba una silla de acero reforzado con correas de cuero acolchado en los descansabrazos y en las patas delanteras. A pesar de no tener ningún sistema de ventilación, el ambiente se sentía frío y seco. Virgilio fue a una esquina en donde había una mesa de metal alargada donde descansaba un maletín negro, al lado del cual había un carro de choque equipado para una sala de urgencias médicas. Dejó el volumen del magnum opus de Tolkien cerca del maletín y abrió este último.

–¿Listo? –preguntó, sin despegar los ojos del contenido del maletín.

Matt ya conocía el procedimiento tan bien como el propio padre. Había dejado su saco colgado de una saliente del carro de choque y se desabotonó la camisa para dejar al descubierto la parte superior de su cuerpo.

–No. La verdad, nunca –respondió, dejando su camisa sobre su saco.

–Entonces siéntate.

–A la orden, mi capitán. –Hizo un remedo de saludo militar y fue a sentarse en la silla metálica, al momento sacudiéndose por un escalofrío–. Por lo menos podrías calentarla un poco, ¿sabes? No todo tiene que ser un suplicio.

–Ya deja los chistes y prepárate, Matt.

El padre comenzó a sacar parte del contenido del maletín. Primero, sacó una estola púrpura, la cual besó antes de colocarla en torno a su cuello. Luego sacó un rosario de cuentas e hilo negros que enrolló en torno a su mano derecha, dejando colgar la cruz en el vacío. Por último, tomó un pequeño vial de cristal con una cruz labrada y un líquido transparente en su interior, cerrado por una rosca aspersora.

El otro hizo lo suyo: de su bolsillo sacó un lápiz labial rojo, lo abrió y procedió a dibujar sobre el lado izquierdo de su pecho un pentáculo invertido dentro de un círculo, en cuyo centro dibujó además una cruz satánica, variación del símbolo alquímico del azufre. Terminado esto, guardó el lápiz labial y se sujetó los tobillos y la muñeca izquierda con las correas, apretándolas lo más fuerte que podía. Sin decir palabra, Virgilio le ayudó a sujetar y apretar la correa de su muñeca derecha.

–¿Estás listo? –preguntó el sacerdote con voz baja y grave.

En sus ojos había una combinación de determinación y de compasión por su compañero, quien le sostuvo la mirada como si estuviera ante un pelotón de fusilamiento y asintió sutilmente con la cabeza. El primero dio unos pasos hacia atrás y dejó al segundo solo en la silla. Matt tomó una última y gran bocanada de aire antes de cerrar los ojos y dejar la cabeza agachada.

–¡Escuchen mi llamado! –gritó el cautivo, levantando la cara hacia el techo–. ¡Llamo a los que cayeron desde las alturas! ¡Llamo a los que se precipitaron al abismo cuales meteoros incandescentes! ¡Llamo a los que fueron expulsados por la espada flamígera del arcángel! ¡Llamo a los que se rebelaron contra el designio de humillarse ante los hombres, los proscritos del Padre, los apóstatas, los prisioneros y celadores del pozo donde se escuchan los clamores, los lamentos y el chirriar de dientes! Desde el Primero, Portador de la Luz, quien fuera el artífice de la debacle y ahora es el Príncipe de los Adversarios, hasta el último y más pequeño de los malebranche, ¡escúchenme! Les ofrezco este recipiente creado a imagen y semejanza de quien los desconoció, de quien los traicionó. Les ofrezco este espíritu, soplo de vida de quien vida les diera sólo para atormentarlos, sólo para subyugarlos. Les ofrezco este regalo para gloria de las huestes infernales y escarnio de los coros celestiales. ¡Vengan, los extraviados! ¡Vengan, los retorcidos! ¡Vengan, los seducidos! ¡Vengan y mancillen esta obra, la máxima del Creador!

En la habitación sólo se escuchaba el eco cuando Matt hubo acabado la invocación. Virgilio se mantenía impasible en la distancia, sólo observando. Pasaron unos segundos de silencio luego de que se disiparon las vibraciones restantes de la voz.

–Están aquí –dijo Matt, con la mirada perdida en algún lugar más allá del techo.

–¿Cuántos? –El padre tomó una actitud más predispuesta al conflicto a modo de preparación para lo que venía.

–Seis. –La voz del invocador sonaba automática, como si él no se encontrara totalmente en esa realidad–. Están peleando… por decidir quién se merece la ofrenda.

–Entiendo –susurró, y sostuvo con algo más de fuerza el rosario en su mano.

–Ya están… –se detuvo a media frase, con la boca abierta.

Un grito gutural, tan potente que parecía hacer temblar las paredes, salió de la boca de Matt, largo y furioso. Las manos y los pies del hombre se agitaban frenéticamente al ritmo de su cabeza, girando hacia los lados. Cada músculo de su cuerpo lucía hipertrofiado debido a la tensión en que se encontraban, inclusive llegaban a notarse fasciculaciones en su pecho y abdomen, sobre todo en el área donde se había dibujado los símbolos. El espectáculo era el de un muñeco de trapo siendo sacudido a una velocidad vertiginosa en todas direcciones. El padre se limitaba a contemplar aquello con gesto de agravio. De la misma manera súbita en que inició esa convulsión, terminó, dejando al hombre sostenido sólo por la silla, su rostro casi oculto sobre su propio pecho.

–Le hablo a la entidad que ahora habita el cuerpo de Matthew Spencer –dijo el sacerdote con voz autoritaria. Dejó pasar unos segundos y se acercó a dos pasos de la silla, con el rosario en la mano derecha y el vial en la mano izquierda–. Di tu nombre.

–La soberbia es un pecado capital, sacerdote. –La voz que le contestó no era la de Matt. Ésta parecía el sonido de una fiera salvaje que aprendiera a hablar; sonaba como si su resonancia viniera desde un lugar mucho más profundo que el cuarto en que se encontraban–. Tu poder, humano, no es más que una brisa fétida que molesta a mi nariz.

El cuerpo de Matt levantó lentamente la vista, con movimientos semejantes a los de una marioneta, y reveló ojos totalmente negros donde antes había un color azul. La sonrisa socarrona que le ofrecía al sacerdote dejaba ver que de entre los dientes fluían hilillos de sangre que pintaban de rojo todo a su paso.

–No es mío el poder que te comanda, demonio –respondió el sacerdote, viéndolo a la cara sin moverse un ápice–, es el poder de Cristo lo que te obliga.

–¡Tú crees que Él está contigo! –gritó la entidad, seguido de una carcajada despectiva–. Estás solo, sacerdote, Él te abandonó a tu suerte igual que abandonó a la niña en la entrada del Averno. Su Gracia te ha dejado, lo puedo ver. Estás en las sombras y vas a caer, igual que Carina, igual que este hombre.

Virgilio suspiró y negó con la cabeza. La entidad que antes era Matt, lo miró con curiosidad.

–Verás, demonio –contestó con impaciencia el clérigo, encarando al otro–, no tengo tiempo para este jueguito de tira y afloja con tus mentiras y blasfemias. Podemos hacer esto rápido y por las buenas o podemos hacerlo rápido y por las malas. Elige: ¿me dirás tu nombre o tengo que ponerme violento contigo?

–¡Patético humano! –contestó iracundo el demonio–. ¡Qué osadía la tuya! ¿De verdad crees que yo, YO, voy a doblegarme ante un gusano rastrero? Eres un desperdicio de materia en proceso de putrefacción. Voy a gozar viendo cómo desesperas al ver morir a la niña sin que puedas hacer nada para detenernos. Disfrutaré viendo cómo pierdes la esperanza cada día de tu miserable existencia que pase. Y sabrás que, mientras tú estás aquí, pudriéndote y esperando la muerte, Carina estará ardiendo por toda la eternidad. ¡La dejarás quemarse porque no tienes el poder para salvarla, sacerdote!

–Por las malas, entonces –finalizó, lacónico, el clérigo.

Sin dejar pasar más tiempo, Virgilio roció al demonio con gotas del líquido del vial, formando una cruz sobre él. Al contacto con la piel, las gotas burbujearon y comenzaron a quemar las zonas donde cayeron, como si de ácido se tratase. El poseído dejó escapar un grito intenso y prolongado, volviendo a presentar las mismas convulsiones que al principio.

–¡Di tu nombre, demonio! –continuó el sacerdote–, ¡el poder de Cristo, Nuestro Señor, te obliga!

–¡Nunca! ¡NUNCA! ¡Te veré arder en el infierno!

Acto seguido, el sacerdote colocó la mano derecha con el rosario sobre la cabeza del poseído y este contacto provocó que de su frente comenzara a salir humo y a marcarse las cuentas sobre la piel. El grito que profirió la entidad hacía retumbar todo a su alrededor. El padre prosiguió:

–¡Cede ante nuestro Dios, demonio, adversario, ejecutor de perfidias! ¡Doblégate ante Su poder, que Él ejerce a través de este, su humilde siervo! ¡Humíllate ante el poder del Padre, sentado en el trono, Creador del universo! ¡Humíllate ante la sangre del Hijo, sentado a su derecha, Salvador de la humanidad! ¡Humíllate ante la luz del Espíritu Santo, señor y dador de vida, quien vive en todas las almas y las sustenta! ¡Humíllate, diablo, rebelde, apóstata, y di tu nombre, reflejo de tu vergüenza y deshonra!

El suelo del cuarto vibraba con cada onda sonora del grito incesante del demonio, quien sufría y se retorcía al contacto de lo sagrado con la piel. La sangre fluía ahora de los ojos del poseído como lágrimas y su lengua, ensangrentada, se extendía con una longitud antinatural para un humano. Las correas se tensaron hasta el límite pero no cedían, de no haber sido por la silla de metal, el cuerpo del poseído estaría mucho más lastimado que como se encontraba.

–¡Alichino, Alichino, Alichino! –gritó desgarradoramente el demonio, cesando sus convulsiones y, en cambio, tensando y curveando la espalda hasta el límite físico posible. Las quemaduras por el agua bendita y el rosario se habían convertido en llagas que supuraban un fluido amarillento con olor sulfuroso.

–Resultaste más débil de lo que pensaba –susurró el sacerdote y quitó la mano de su cabeza, para luego continuar–. Ahora te conozco, Alichino, y ya no tienes más fuerza aquí. Por el poder investido en mí por obra y gracia de la Trinidad, responderás a lo que diga y realizarás lo que te ordene.

–Así será… –respondió Alichino, volviendo a relajar al máximo el cuerpo poseído, con la cabeza agachada.

–Dime el nombre del demonio que atormenta a la niña Carina Conti.

–¡Ese nombre…! –Alichino volvió a retorcer, esta vez lentamente, el cuerpo poseído–. No… No… Traicionarlo significa el peor sufrimiento…

–¡Alichino! Te ordeno que me digas el nombre del demonio que posee el cuerpo de la niña Carina Conti.

–¡Belial! –soltó el demonio, con un borbotón de sangre manando de la boca–. Es Belial quien se adueñó del alma de esa niña…

–De entre todos, tenía que ser ese nombre… –murmuró consternado Virgilio.

–Estás perdido, sacerdote, igual que la niña. Belial nunca dejará lo que le pertenece y nunca olvida a quienes lo ofenden. Te destrozará una y otra vez el alma.

–Cállate, Alichino. –El sacerdote miró con disgusto a los ojos negros del poseído–. Ya es hora de que te vayas al agujero del que viniste, no puedo perder más tiempo contigo.

Levantó la mano derecha y dejó colgando como pendiente el crucifijo del rosario frente a la cara del poseído y procedió a realizar el exorcismo:

–Alichino, Dios Todopoderoso, quien te creó y te expulsó de los coros celestiales luego de la rebelión de Lucifer y sus ángeles torcidos, me da ahora la Gracia para hacerte caer nuevamente. Abandona, Alichino, este cuerpo creado a imagen y semejanza del Padre, dale paso al Espíritu para que infunda su virtud y limpie tu suciedad, y abre camino para Cristo, fortaleza y ejemplo de los hombres. ¡Abandona este cuerpo y regresa al foso de oscuridad de donde saliste!

El cuerpo se sacudió tres veces, abrió la boca y puso los ojos en blanco. El sonido que produjo fue semejante a un enjambre de moscas que se arremolinaban hasta alejarse en el infinito. El cuerpo volvió a quedar hecho un despojo de lo que era, sin embargo, de las lesiones que se habían producido durante la posesión, sólo quedaron ligeras manchas negras. Rápidamente, Virgilio fue a desatar a su compañero y lo colocó tendido en el suelo, tocó su carótida y encontró pulso. Esperó con paciencia a que su compañero volviera en sí.

–Acuérdate de tu hijo Matthew, Señor –Virgilio colocó su mano derecha sobre el pecho de Matt–, mira con ojos de amor el sacrificio que realiza por sus hermanos, no te olvides de él en su momento de necesidad, restablécelo en su fuerza y dale una nueva oportunidad de hacer el bien en el mundo…

Con un grito muy humano, Matt se enderezó en un súbito movimiento y tomó una gran bocanada de aire. Virgilio lo detuvo y lo sostuvo para que no cayera.

–Matt, Matt, estás bien, ya terminó todo. –Virgilio hablaba pausadamente.

–Qué… –La respiración entrecortada de Matt le dificultaba el habla–. ¿Ya?

–Ya terminó. Ya sé lo que necesito hacer…

–Entonces… hazlo. Ya no hay… tiempo…

–Tendré que hacer tiempo. Las cosas son peores de lo que imaginaba. No estoy listo.

–No… La verdad… Nunca nadie… Pero tienes… que hacerlo.

–No puedo solo.

–No dije… que te… dejaría sólo, amigo…

–Ahora las oportunidades se han elevado de cero a ínfimas –rió Virgilio.

–Dame un par de horas… Y estaré como nuevo…

Con extrema delicadeza, el sacerdote le ayudó al debilitado médium a ponerse de pie y a vestirse para emprender la marcha hacia la luz de la superficie, una luz cegadora que iluminaba todo cuanto era bueno en el mundo pero, paradójicamente, podía ocultar al mal en los lugares más inocentes. Matt y Virgilio ya eran veteranos enfrentándose a la maldad pura, pero nunca se habían topado con algo como lo que les esperaba en la forma de una niña de siete años. Como fuera, el dúo estaría unido para ser una de las barreras que mantienen el mal a raya.

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