Detestable

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Por Oscar Valentín Bernal

 

—El señor Dreyfus es un hombre detestable.

Le estaba diciendo Milda Holark, de sistemas gravitatorios, a sus compañeras, frente a la barra de uno de los tres comedores del ala este de la estación fundidora de Sindried. Los comedores eran áreas seguras para el chismorreo entre los empleados de la compañía, pues los directivos tenían sus propias zonas de descanso y alimentación, y procuraban mantenerse alejados de las correspondientes a los peones. Sin embargo, por una de esas casualidades que más bien hacían que el destino pareciera un ente maleable de humor sombrío, esta vez, Quentin Fitzgerald Dreyfus, se encontraba justo detrás de Milda, cuando a ella se le ocurrió abrir la boca.

La muchacha se percató de la presencia del director en jefe de la estación antes de verlo, gracias a la expresión horrorizada que asomó a los rostros de sus compañeras. Al darse la vuelta, se encontró con la mirada serena de aquel hombre bajo y fornido, clavada justo en la suya. El señor Dreyfus era uno de esos hombres que hacen temblar al personal con su mordaz sonrisa de escualo, no obstante, la mueca que le dedicó a Milda ese día no fue acusatoria, tampoco dejaba ver el menor atisbo del mal humor habitual del director. Era una relajada y cálida sonrisa.

—Señorita Holark —saludó Dreyfus con una leve reverencia y luego continuó su camino hacia la puerta del comedor, seguido por las angustiadas miradas de todos los presentes.

Al pasar por la última mesa antes de la salida, Dreyfus se detuvo y tomó el salero del centro, lo sostuvo ante su rostro y lo examinó como si se tratara de un extraño artefacto alienígena, luego se volvió hacia Milda con la misma encantadora sonrisa pero con un destello aterrador en su mirada.

—¿Despreciable, dice?

Después, el director en jefe, volvió a dejar el salero en la mesa y salió del comedor.

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La misión a través del bosque

Ilustración por Jorge Miguel Jacinto

Por Aledith Coulddy

La ciudadela estaba a tan sólo cuatro o cinco millas de distancia, sin embargo, el terreno se había tornado complicado tan pronto Persel puso un pie en el bosque.

A lo largo de éste, un paisaje de troncos robustos adornaban la vereda que apenas si alcanzaba a notarse. Musgo crecía en direcciones erráticas a través de todo el camino y la luz del sol se colaba con dificultades por alguno que otro recoveco que las gruesas ramas no lograban cubrir.

Persel, acostumbrado a los paisajes más inhóspitos e inusuales, no temió en un inicio la travesía plantada ante él, no obstante, una vez se adentro a la oscuridad de la arboleda, percibió unos ojos impresos en su nuca, obligándolo a voltear de tanto en tanto para descubrir a su acosador o confirmar que, en efecto, no fuera todo aquello producto de su imaginación.

Nerturviry, La Gran Ciudad de las Rocas, se presentó imponente al otro lado del bosque cuando Persel se hallaba a los lindes de él. La princesa Arianna le había encargado recolectar el oro acordado por la renta de los suelos en los que Nerturviry se levantó hacía ya más de ochenta años atrás. El reino le confería protección a sus huestes mientras, puntual, se le otorgara de vuelta el pago acordado por estos servicios.

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El final de la música

Fotografía por Anton Hooijdonk obtenida de Pexels .

Por Jonathan Novak

Había algo de ominoso en el análisis de una nueva pieza musical. Raúl, al igual que cualquier otro músico, debía pasar por uno de aquellos edificios antes de publicar un nuevo material.

Los acervos mundiales fueron creados alrededor de un siglo y medio luego del surgimiento de la era informática. La intención original era preservar toda forma de arte concebida por el ser humano. Desde los inmortales clásicos, hasta las novísimas obras de cada rama del arte. Todo era almacenado y ofrecido de forma gratuita en los edificios del acervo mundial.

En estas construcciones, cualquiera podía asistir para escuchar una ópera clásica con la mayor fidelidad, solicitar una impresión fidedigna y en la técnica original de cualquier pintura, o incluso obtener un modelo a escala de las mayores obras arquitectónicas. El acervo mundial no solo era un repositorio de todo el arte, era también el mayor museo jamás creado, uno que podía ser reproducido en cualquier ciudad del mundo.

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Onryo

Por S. Bobenstein

¿Qué es eso? Algo me despertó, aunque, ¿estoy despierta? Todo luce muy oscuro… No puedo ver nada. Estoy segura que algo me despertó, puedo sentirlo, aunque no sé si sigo soñando. ¿Soñando? ¿Con qué soñaba? Recuerdo algo… Se me escapa. Todo luce muy oscuro, hace mucho frío, pero quema. Algo se incendia dentro de mí y no puedo evitar temblar. Duele mucho, detesto esta sensación, la odio. ¿Por qué me pasa esto? Quiero llorar, gritar, arrancarme la cabeza. Quiero que esto termine, por favor…

Hay una luz, es muy brillante, es cálida, es agradable, hace que ignore por un momento el dolor. Voy hacia ella y la oscuridad a mi alrededor se disipa, aparecen paredes, ventanas, escaleras, pisos, todo se ve borroso, como cubierto por un velo gris. Estoy de pie en la cima de las escaleras, puedo ver el origen de la luz: una puerta. En el umbral hay algo, una sombra, alguien… La luz es muy brillante pero estoy segura que hay alguien ahí. Mis pies se mueven como si flotaran entre las nubes, apenas y puedo sentir la dureza de las escaleras mientras bajo, pero mi cuerpo se siente muy pesado, como plomo, me siento torpe, viscosa. El velo grisáceo se ondula a mi paso pero no hay viento, ni una brisa, ni un susurro de aire; me siento oprimida, las ganas de gritar regresan, el dolor…

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UNO VERDE Y AZUL, EL OTRO TODO AMARILLO

Por Oscar Valentín Bernal

Después de que la Wehrmacht alemana lograra expulsar a la coalición anglo-francesa de Noruega y las tropas de Hitler consolidaran sus posiciones sobre el país escandinavo, el gobierno sueco se vio obligado a caminar por años sobre la cuerda floja de la diplomacia, intentando mantener su neutralidad en un territorio rodeado por los nazis. Los suecos evitaron la ira del Führer vendiendole acero a Alemania y permitiendo a sus tropas el libre tránsito por su territorio. Por otra parte, facilitaban secretamente a los aliados información sobre las posiciones alemanas en Escandinavia.

En abril de 1943, mientras Edda Thorvaldsson aterrorizaba a los invasores que marchaban sobre una lejana roca en medio del Atlántico, un equipo secreto del ejército inglés, que logró mantenerse oculto cerca del puerto noruego de Karvik, desde los días en que las tropas británicas se vieran obligadas a retirarse de la península, salió de su escondite y cruzó la frontera de Suecia, rumbo a Kiruna, donde, gracias a la colaboración de los dobles agentes suecos, fueron capaces de interceptar a un pelotón nazi en el que viajaba un pez gordo de la Spezielle Untersuchungen.

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La leyenda de los lobos de invierno

Por Aledith Coulddy

Nadie sabe de dónde llegaron los lobos.

Nadie, vivo o muerto, supo cuándo exactamente o por qué un buen día, de la nada, como un retoño que surge en el áspero blanco de la nieve otoñal, aparecieron de pronto en los bosques de nuestro hogar.

Lo único de lo que estábamos seguros era de que papá, Natuk y yo fuimos los primeros en avistarlos. Corrían como sombras que acechan en la espesura del bosque, escondiéndose entre ramas y pasto seco. 

Era una mañana de mediados de noviembre y mamá se había quedado en casa mientras nosotros íbamos al bosque a conseguir leña para la fogata. El invierno había hecho su arribo más pronto de lo esperado y a todo el pueblo tomó por sorpresa. La primera noche, sin reservas de un fuego que nos calentase, la pasamos bien abrigados, juntos, guareciéndonos de la helada tormenta que afuera de la cabaña caía.

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Un día especial

Por Jonathan Novak

Este pequeño es Steve, un chico menudo, alegre, de grandes aspiraciones, en resumen, un chico normal de diez años. Normal en todos los aspectos. En este momento se encuentra plácidamente  dormido en su muy común cama inteligente, ésta se adapta a sus movimientos mientras descansa, para asegurarle siempre la mejor de las noches. Además, cuando es hora de levantarse, monitorea el estado de su sueño para tocar una suave melodía despertándolo en el momento justo. De esta manera, Steve, como todos los niños de su edad, despertará tranquilo, sintiéndose perfecto y listo para comenzar el día, lo quiera o no.

Como era de esperarse, nuestro pequeño joven despierta unos minutos después de las 7:00 a. m. y, aún soñoliento, restriega la palma de su mano izquierda sobre el ojo derecho, suelta un bostezo y estira el brazo libre en un agradable gesto del cuerpo. Lentamente, las luces de su cuarto encienden, primero con un brillo tímido, y a medida que los ojos de Steve se adaptan a la luz, éstas incrementan de intensidad, sólo cuando sus ojos se han ajustado por completo a la iluminación artificial, la suave tonada finaliza con una frase conocida «hoy es un día normal».

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La batalla de Point Pleasant

Por S. Bobenstein

Ya no faltaba mucho para que la rotación nocturna de la doctora Amelia Callahan terminara. La unidad de urgencias médicas del pequeño hospital general de Point Pleasant no recibió ninguna eventualidad esa noche, como casi todas las demás, aunque el personal de guardia hubiera agradecido algo de acción para que las horas pasaran con mayor rapidez en aquel ambiente aséptico, monocromático y monótono. Amelia, ataviada con bata blanca y traje quirúrgico azul marino, con su largo cabello oscuro recogido, se encontraba en su cubículo/consultorio inmersa en una antología de Camus, sentada con las piernas extendidas apoyadas sobre un banquillo para exploración, ya había dormido un par de horas luego de la medianoche y no le gustaba que el «amanecer hospitalario» la encontrara todavía inconsciente en un charco de su propia saliva, debido a su costumbre de mantener la boca abierta durante el sueño profundo. A través de las persianas de la pequeña ventana rectangular del cubículo, la oscuridad del cielo nocturno aún no era perturbada por el alba, ya no se veía la luna, pero las estrellas refulgían en todo su esplendor por encima de la vegetación boscosa que rodeaba a aquel pueblo de Virginia Occidental.

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El Cirujano

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Por Oscar Valentín Bernal

 

I

Michael Wuh abrió los ojos lentamente, luchando por alejar aquella bruma de inconsciencia que lo mantuvo en un mundo oscuro de irrealidad durante un lapso de tiempo imposible de determinar. La cabeza le punzaba con espasmos que nacían en las sienes y le recorrían el cráneo hasta clavarse hondo detrás de sus oídos. Miró a su alrededor sintiendo arder los febriles globos oculares y examinó la habitación bien iluminada en la que se encontraba: una pequeña camilla acolchada, sobre la cual su cuerpo flotante se encontraba tendido y cubierto con una manta que se le adhería como una segunda piel; cuatro paredes beiges totalmente lisas y de aspecto pulcro. Junto a la puerta, un sillón para dos personas, una televisión de pantalla plana que colgaba de la pared frente a él y un buró al lado izquierdo de la camilla, delante de un montón de instrumentos médicos que permanecían apagados y cuya función era por completo desconocida para Michael. 

En el ambiente flotaba ese peculiar hedor a desinfectante y alcohol que probablemente tienen todas las habitaciones de hospital en el mundo. El sitio era cálido por obra de un calefactor, ubicado en alguna parte del cuarto, fuera de su campo de visión. 

A través de la puerta, se filtraban de cuando en cuando los sonidos monótonos característicos de un hospital: pasos que sonaban a lo largo de un pasillo, los murmullos de enfermeras y el ocasional rechinido de las ruedas de algún carrito de mantenimiento.   

Michael giró un poco la cabeza, percibiendo una pesadez en los músculos, seguramente producto de algún anestésico que poco a poco iba abandonando su sistema.

“¿Donde estoy?”, se preguntó. No era capaz de recordar cómo terminó en esa habitación, se acordaba de haber salido del despacho jurídico de la Darlen Corporation en el centro de Duvhök, para luego tomar el ascensor hacia el estacionamiento subterráneo del edificio. Después de eso, nada.  Leer más “El Cirujano”

Familia

Por Jonathan Novak

Aquél era siempre un movimiento rápido. Dusán apenas sentía la resistencia de la piel ajena y el pobre infortunado que recibía la estocada del delgado estilete percibía tan sólo una molestia ahí donde el cuchillo descargaba la sustancia letal. Luego, sólo quedaba morir.

Así lo sintió una vez más. Frente a él la figura de una chica de rasgos afinados lo veía sonriente. “Quizá lo ignora”, pensó Dusán por la expresión de su contrincante. “Imposible”, concluyó al ver cómo cubría la herida recibida en uno de los costados.

—Estás muerta —escupió la frase inmerso en su propio dolor. Pero ella no contestó.

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