La leyenda de los lobos de invierno

Por Aledith Coulddy

Nadie sabe de dónde llegaron los lobos.

Nadie, vivo o muerto, supo cuándo exactamente o por qué un buen día, de la nada, como un retoño que surge en el áspero blanco de la nieve otoñal, aparecieron de pronto en los bosques de nuestro hogar.

Lo único de lo que estábamos seguros era de que papá, Natuk y yo fuimos los primeros en avistarlos. Corrían como sombras que acechan en la espesura del bosque, escondiéndose entre ramas y pasto seco. 

Era una mañana de mediados de noviembre y mamá se había quedado en casa mientras nosotros íbamos al bosque a conseguir leña para la fogata. El invierno había hecho su arribo más pronto de lo esperado y a todo el pueblo tomó por sorpresa. La primera noche, sin reservas de un fuego que nos calentase, la pasamos bien abrigados, juntos, guareciéndonos de la helada tormenta que afuera de la cabaña caía.

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Un día especial

Por Jonathan Novak

Este pequeño es Steve, un chico menudo, alegre, de grandes aspiraciones, en resumen, un chico normal de diez años. Normal en todos los aspectos. En este momento se encuentra plácidamente  dormido en su muy común cama inteligente, ésta se adapta a sus movimientos mientras descansa, para asegurarle siempre la mejor de las noches. Además, cuando es hora de levantarse, monitorea el estado de su sueño para tocar una suave melodía despertándolo en el momento justo. De esta manera, Steve, como todos los niños de su edad, despertará tranquilo, sintiéndose perfecto y listo para comenzar el día, lo quiera o no.

Como era de esperarse, nuestro pequeño joven despierta unos minutos después de las 7:00 a. m. y, aún soñoliento, restriega la palma de su mano izquierda sobre el ojo derecho, suelta un bostezo y estira el brazo libre en un agradable gesto del cuerpo. Lentamente, las luces de su cuarto encienden, primero con un brillo tímido, y a medida que los ojos de Steve se adaptan a la luz, éstas incrementan de intensidad, sólo cuando sus ojos se han ajustado por completo a la iluminación artificial, la suave tonada finaliza con una frase conocida «hoy es un día normal».

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La batalla de Point Pleasant

Por S. Bobenstein

Ya no faltaba mucho para que la rotación nocturna de la doctora Amelia Callahan terminara. La unidad de urgencias médicas del pequeño hospital general de Point Pleasant no recibió ninguna eventualidad esa noche, como casi todas las demás, aunque el personal de guardia hubiera agradecido algo de acción para que las horas pasaran con mayor rapidez en aquel ambiente aséptico, monocromático y monótono. Amelia, ataviada con bata blanca y traje quirúrgico azul marino, con su largo cabello oscuro recogido, se encontraba en su cubículo/consultorio inmersa en una antología de Camus, sentada con las piernas extendidas apoyadas sobre un banquillo para exploración, ya había dormido un par de horas luego de la medianoche y no le gustaba que el «amanecer hospitalario» la encontrara todavía inconsciente en un charco de su propia saliva, debido a su costumbre de mantener la boca abierta durante el sueño profundo. A través de las persianas de la pequeña ventana rectangular del cubículo, la oscuridad del cielo nocturno aún no era perturbada por el alba, ya no se veía la luna, pero las estrellas refulgían en todo su esplendor por encima de la vegetación boscosa que rodeaba a aquel pueblo de Virginia Occidental.

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El Cirujano

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Por Oscar Valentín Bernal

 

I

Michael Wuh abrió los ojos lentamente, luchando por alejar aquella bruma de inconsciencia que lo mantuvo en un mundo oscuro de irrealidad durante un lapso de tiempo imposible de determinar. La cabeza le punzaba con espasmos que nacían en las sienes y le recorrían el cráneo hasta clavarse hondo detrás de sus oídos. Miró a su alrededor sintiendo arder los febriles globos oculares y examinó la habitación bien iluminada en la que se encontraba: una pequeña camilla acolchada, sobre la cual su cuerpo flotante se encontraba tendido y cubierto con una manta que se le adhería como una segunda piel; cuatro paredes beiges totalmente lisas y de aspecto pulcro. Junto a la puerta, un sillón para dos personas, una televisión de pantalla plana que colgaba de la pared frente a él y un buró al lado izquierdo de la camilla, delante de un montón de instrumentos médicos que permanecían apagados y cuya función era por completo desconocida para Michael. 

En el ambiente flotaba ese peculiar hedor a desinfectante y alcohol que probablemente tienen todas las habitaciones de hospital en el mundo. El sitio era cálido por obra de un calefactor, ubicado en alguna parte del cuarto, fuera de su campo de visión. 

A través de la puerta, se filtraban de cuando en cuando los sonidos monótonos característicos de un hospital: pasos que sonaban a lo largo de un pasillo, los murmullos de enfermeras y el ocasional rechinido de las ruedas de algún carrito de mantenimiento.   

Michael giró un poco la cabeza, percibiendo una pesadez en los músculos, seguramente producto de algún anestésico que poco a poco iba abandonando su sistema.

“¿Donde estoy?”, se preguntó. No era capaz de recordar cómo terminó en esa habitación, se acordaba de haber salido del despacho jurídico de la Darlen Corporation en el centro de Duvhök, para luego tomar el ascensor hacia el estacionamiento subterráneo del edificio. Después de eso, nada.  Leer más “El Cirujano”

Familia

Por Jonathan Novak

Aquél era siempre un movimiento rápido. Dusán apenas sentía la resistencia de la piel ajena y el pobre infortunado que recibía la estocada del delgado estilete percibía tan sólo una molestia ahí donde el cuchillo descargaba la sustancia letal. Luego, sólo quedaba morir.

Así lo sintió una vez más. Frente a él la figura de una chica de rasgos afinados lo veía sonriente. “Quizá lo ignora”, pensó Dusán por la expresión de su contrincante. “Imposible”, concluyó al ver cómo cubría la herida recibida en uno de los costados.

—Estás muerta —escupió la frase inmerso en su propio dolor. Pero ella no contestó.

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Lamentaciones

Por S. Bobenstein

1 de diciembre de 2019

Sé que escribir diarios en libretas es una costumbre del siglo antepasado, pero, en vista de que tengo instrucciones de no interactuar más que lo estrictamente necesario con la gente local, me pareció que esto me haría alguna clase de compañía. Veré qué tal me funciona, al fin y al cabo, tengo bastante tiempo para desperdiciar.

En la travesía hasta acá me documenté acerca de la ciudad. Utqiagvik, antes conocida como Barrow, Alaska, es la ciudad más septentrional de Estados Unidos. Ubicada en el círculo polar ártico, la población de poco menos de 4,500 habitantes, la mayoría del grupo nativo iñupiat, experimenta los fenómenos naturales propios de los polos, siendo el más famoso de la comunidad la noche polar de sesenta y seis días. Desde el 18 de noviembre al 23 de enero, la luz del sol apenas alcanza a ser percibida por pocas horas, el resto del día se vive en la oscuridad. Es mejor que consiga píldoras de vitamina D, me espera una larga noche.

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La celda

Imagen: GG-arts

Por Oscar Valentín Bernal

Día 1

Los sonidos se colaban en los oídos de Johan como una amalgama de cacofonías ininterrumpidas que ascendían desde sitios desconocidos hasta su cerebro, donde los pensamientos saltaban hacia adelante y hacia atrás, en intervalos irregulares de tiempo que parecían luchar sin mucho éxito por lograr recuperar algo de coherencia sobre la realidad. Le dolía la cabeza, sentía la humedad del ambiente pegada en la piel adhiriendo a ella su ropa pestilente. No sabía cuánto llevaba en aquel sitio ni el motivo por el cual se encontraba allí. El tiempo había pasado a ser un ente deformable, en el que no se distinguían los minutos de las horas o los días. 

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Día cero

Por Aledith Coulddy

La vida se libera y se expande a nuevos territorios, dolorosamente y quizá, incluso, peligrosamente. Pero la vida encuentra su camino.

IAN MALCOLM

«Pareciera que la mente de mi madre se disuelve en un hilo de locura. Su esencia no logra ya sostener su cuerpo.

¿Qué han logrado los militantes? ¿Los hombres de ciencia como yo? 

Cuando el virus Hanta-N1 se diseminó en la raza humana hace ya más de quinientos años, los ingenieros genéticos se apresuraron, inmediatamente después de crear una vacuna efectiva contra el microorganismo, a lograr el nacimiento de una nueva serie de seres humanos, los transhumanos, el homo superioris.

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Las cúpulas de Hkakabo Razi

Por Jonathan Novak

Desde un inicio me pareció un hallazgo notable. Cuando se nos informó de las ruinas que habían encontrado, esperaba toparme con una construcción simple y unas cuantas vasijas. Debo decir que me alegró enormemente haberme equivocado.

La zona comprendía siete edificaciones con forma de cúpula, seis de las cuales se encontraban alrededor de una, que dada su posición y tamaño, se entendía como la principal.

Las siete cúpulas habían sido encontradas en Hkakabo Razi, una montaña al norte de Birmania, cerca de la frontera con China. La casi constante nieve de las montañas ocultó su existencia durante siglos, hasta que un grupo de montañistas, uno de los pocos que ha podido visitar la zona en las últimas décadas, se topó con las antinaturales formaciones.

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El caso de Haven Lake

Por S. Bobenstein

PRÓLOGO

MONSTRUO DE HAVEN LAKE ATACA DE NUEVO

Semejante encabezado podría haber estado en la primera plana de cualquier tabloide vulgar, pero en el Boston Globe sólo coronaba una pequeña columna en la página nueve. La mirada de Howard se paseó por la redacción atrapando palabras al azar en una lectura rápida, a primera vista le parecía que aquello se trataba de una de esas historias de horror que tanto gustaba a la gente contar durante los campamentos alrededor de las fogatas: “me contó mi abuelo que un monstruo viene por las noches a matar al ganado”, “una noche el viejo O’Connell vio al monstruo rondar por su casa”. Se disponía a cambiar la página cuando una voz rasposa lo llamó:

—¡Callahan!

Howard levantó su mirada inmediatamente y dejó sobre su escritorio el periódico. Al fondo de la sala, en el umbral de la oficina principal, el jefe, un hombre de mediana edad, lo miraba fijamente con su habitual expresión de pocos amigos.

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