La filosofía del existencialismo en el arco “La noche más oscura” de Linterna Verde.

Por: Aledith Coulddy

La noche más oscura: Panorama general.

“Hubo oscuridad. Luego, se hizo la luz y la lucha entre ambas comenzó”. Esta es la cita inicial de “La noche más oscura” y, con ella, el escritor Geoff Johns realiza el preludio de lo que el lector encontrará en los siguientes nueve números de uno de los arcos más importantes del superhéroe Linterna Verde.
    En esta historia, se ha creado una nueva facción de linternas negras, liderada por dos antagonistas principales, Nekron, que es la personificación del nihil o la nada y por Black Hand, su más leal súbdito.
    Ambos tratarán de revivir a todos aquellos que han muerto, para hacerlos parte de un séquito de seres que viven a merced de la voluntad de Nekron. Su único propósito es aniquilar y dejar al universo desprovisto de todo cuanto existe.
    Los superhéroes del universo DC, tratarán entonces, de contrarrestar esta fuerza creciente que va consumiendo a los personajes y los hace parte de la nada. Y con la unión de todas las facciones de linternas del universo, enemigas y amigas, intentarán derrotar a Nekron para volverle a dar un sentido al universo.

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El cuerpo

Por Aledith Coulddy

Pablo tuvo un cuerpo. No era un cuerpo destacado en ninguna de sus formas; era más bien regordete y apenas lograba sostenerse. Lucía pliegues en las muñecas y tobillos y poseía una piel muy tersa y pálida. Del cuerpo salían sonidos guturales y Mamá venía corriendo a ver qué le sucedía al pequeño Pablo. Entonces Mamá le daba leche o le tarareaba alguna canción de cuna. Era un cuerpo que ciertamente cumplía su función y satisfacía las necesidades básicas de Pablo.

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El caso de Tadeo Santana

Por Aledith Coulddy

La más hermosa de las jugadas del diablo, es persuadirte de que no existe.
—Charles Baudelaire

I

Llamaron a la doctora Tilda el 12 de mayo a las 20:00 horas, casi a punto de terminar su turno.
Acababan de traer a un paciente al ala oeste del hospital, lo que significaba que venía no sólo en malas condiciones sino que era un paciente peligroso.
Generalmente el ala sur se limitaba a aquellos enfermos con alta probabilidad de darse de alta en un tiempo considerable; el norte y este contenía a aquéllos que ya eran internos o conocidos regulares, pero, el área más alejada, el que contenía los cuartos de máxima seguridad, se encontraba en el extremo poniente del viejo hospital San José y María, en una área restringida y que sólo podían visitar los guardias de seguridad y los médicos especialistas.

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AMERA


Por Aledith Coulddy

¿Cómo podía haber cambiado tan profundamente su vida con experiencias que habían acontecido en un lugar que era, en esencia, un espejismo?
—Jonathan Coe

Como manifiesto del progreso de la humanidad, se hizo asequible a un grupo selecto de seres humanos, la nueva invención de la Neurological Enhancement Program company, un neurochip adherido a la corteza cerebral frontal cuyo fin sería otorgarle mayor capacidad de memoria y rendimiento a los procesos mentales del portador del aditamento en cuestión.

La selección de aquellos individuos que tendrían la fortuna de probar la versión beta del producto, no había sido organizada en base a los ingresos monetarios del usuario, sino de ciertas características anatómicas y químicas que hacían propició el implante cerebral con la mínima posibilidad de rechazo del mismo.
Es decir, era como buscar el receptor perfecto a un órgano que estaba a punto de ser trasplantado.

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Debí saber que así Luciría el presente

Por Aledith Coulddy

Voy a arriesgar por ti todo.
Sin reproche al destino, sin reproche al pasado. Ni a nuestros caminos que un buen día se vieron unidos. Aunque no fuera plausible el amarnos, en un tiempo donde no lo entienden, en un lugar donde no lo permiten.

—Aledith Coulddy

Debí saberlo. Desde el momento en el que te paseabas por los pasillos del colegio con tu cabellera roja ardiendo al viento, debí saberlo.
Nadie tiene un cabello tan rojo solo porque sí, pero, Lucía Almeida, tú lo tienes. Y tienes también unos ojos tan azules que podía ver mi reflejo a través de ellos.

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El hombre que muere

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Por Aledith Coulddy

“El fin es parte del principio. No existen causa y efecto, sois vosotros los que os movéis entre las causas y los efectos”.

—Leonardo Patrignani

Tierra 1

A pesar de tratar de ignorarlo, supe cómo. ¡Claro que lo sabía porque Víctor me lo sugirió la primera vez que pasé!

¿Pero cómo habría podido hacerlo? Era el proyecto de mi vida. Un proyecto dictaminado por la misma empresa que hoy desea asesinarme.

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El recolector

Por Aledith Coulddy

Te contaré una historia, Darcy Ann. Es una historia que me sucedió a mí.
Sólo ten en cuenta, Darcy, que una vez puesto el punto final, habrás de tomar la decisión de huir o quedarte conmigo para el resto de tu vida.

Es una historia que se suscitó hace sesenta años, cuando apenas había comenzado mi empleo como recolector de almas. El viejo Luciano me ordenó la tarea y yo no podía hacer más que obedecer. Un alma por día, cada día, por cien años y entonces, libertad para hacer lo que me viniera en gana. Pensé por mucho en dedicarme a continuar recolectando después de cumplidos mis cien años, pero me atraía el campo de la conversión. Verás, sé que no es el fin del relato, pero los conversores susurran a los oídos de humanos vulnerables los más hostiles escenarios. Intrigas y celos. Paranoia y ambición. Después de algunos meses los tenemos venerando a Luciano.

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Martín no es un asesino

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Por Aledith Coulddy

Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.
—Friedrich Nietzsche

I

Martín Ocampo era un asesino. Jamás había matado a nadie, pero esencialmente lo era.

Dos años atrás, Martín se hallaba podando el jardín trasero de una familia adinerada; apenas el sol daba señales de despertar, unos cuantos rayos se asomaban por el oriente cuando por una de las bardas posteriores un chico de aproximadamente veinte años brincó el límite de la casa. Vestía una sudadera negra con un estampado de alguna hierba ilegal por delante, y con las mangas se limpiaba el sudor de la frente. Martín, petrificado, observó al chico tomar de uno de sus bolsillos un arma de pequeño calibre.
“Lo siento, viejo”, masculló con la mirada fija en Martín como una presa, y apuntó el arma directo a su frente mientras con la mano libre lo tomaba de su brazo y lo atraía hacia él.

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Velitas para los muertos

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Por Aledith Coulddy

Aquel mediodía de Junio de 1983 fue el día más caluroso de todo el verano. Muchos culpan al clima de lo acontecido en ese y en los días posteriores, pero Erasmo Pagueros reconocía y vaya si reconocía que su descuido fue el causante de todo lo ocurrido.

Probablemente a causa de una fiebre nocturna, Toñito amaneció en un baño de sudor. Bety, su madre, consideró prudente ausentarlo ese día del preescolar y llevarlo a casa del abuelo Erasmo.

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Las estaciones de su vida

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Por Aledith Coulddy

El hombre camina a través de pasillos blancos ausentes de decoraciones. La ansiedad se acrecienta a metros de llegar al cuarto 230.

Mira una grieta en la pared opuesta y una cucaracha que camina de forma amenazadora hacia la puerta donde, al abrirla, ella se encuentra.

Sus manos tiemblan, su corazón palpita a más de cien y las lágrimas peligran con desbordarse de su párpado inferior. Cae en cuenta de que esa noche será la última en la que verá a su madre. Ella está cansada y él lo sabe mejor de lo que le gustaría reconocer.

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