EL ENCARGADO

Por Oscar Valentín Bernal

«I laughed and shook his hand,
and made my way back home.
I searched for form and land,
for years and years I roamed.
I gazed a gazeless stare.
We walked a million hills,
I must have died alone,
a long, long time ago.

Who knows?
Not me.
I never lost control.
You’re face to face,
with the man who sold the world… ».

David Bowie

I

Thomas McMurdock casi se quedaba dormido, con la frente sobre la fría ventanilla del asiento trasero del coche familiar, mientras veía los árboles del bosque de Gethurlem pasar veloces frente a él, cada vez más sombríos a medida que el sol descendía hasta perderse tras la franja montañosa que bordeaba el horizonte. El murmullo de «The Man Who Sold The World» le llegaba apagado desde un auricular que pendía medio flojo de su oído. El bajo volumen, aunado al sonido de la carretera dotaban a la voz de David Bowie de un efecto hueco, como si el tipo cantara bajo el agua. Los ojos de Thomas estaban casi cerrados cuando la voz de su padre, Erick, lo hizo espabilar:

—¿El límite de Grigsyard ha quedado atrás? No vi el letrero.

—No hemos pasado ninguno —aseguró Sandra, la madre de Thomas, desde el asiento del copiloto.  

—Pero debimos hacerlo, esa montaña ya ha quedado muy hacia el norte, no recuerdo esta parte del camino.

—Pues quizá no vimos el letrero por la… plática de hace rato. Pero no hemos pasado ninguna bifurcación, solo estas curvas que terminarán por volverme loca.

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Fitzgerald y el curioso caso de Benjamin Button

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Por Oscar Valentín Bernal

Francis Scott Fitzgerald fue un escritor norteamericano, considerado uno de los grandes exponentes de la literatura en la denominada “Era del Jazz”. Contemporáneo y amigo de Ernest Hemingway, Fitzgerald inició su carrera como escritor del mismo modo que muchos otros, con publicaciones de relatos cortos en revistas. Más tarde, sus novelas alcanzarían un éxito notable y lo colocarían entre los escritores estadounidenses más importantes del siglo XX.

Un dato curioso es que Hemingway culpaba a la esposa de su amigo, Fitzgerald, de ser un constante obstáculo para la escritura de su esposo, ya que ella quería que este se dedicara sólo a la escritura de relatos cortos, los cuales se vendían mejor, y se oponía a que perdiera el tiempo al escribir novelas. Leer más “Fitzgerald y el curioso caso de Benjamin Button”

El salto de Mandela

Por Jonathan Novak

Le invito a considerar la imagen de un árbol, el inicio del tiempo correspondería al tronco, pero, a medida que éste avanza y la aleatoriedad se apodera del rumbo del universo, el tiempo, inevitablemente, se ramifica. Es aquí donde encontramos la llamada compatibilidad universal. Dos universos jamás serán iguales, la existencia de ambos es, por sí misma,una prueba inequívoca de diferencia, sin embargo, la elección de desayuno de un hombre aunque es una clara diferencia, no representa un cambio tan significativo como lo podría ser la muerte de una persona, este último evento, aunque más relevante, seguirá siendo mínimo, finalmente, la variación de una ley física haría incompatibles dos universos. Habiendo entendido la compatibilidad universal, podemos hablar del salto de Mandela, Hace algunos años, podríamos haber confundido estos eventos con malos entendidos, problemas de memoria o incluso con el conocido “deja vu”. La realidad resulta más interesante, se ha demostrado que estas eventualidades pueden ser atribuidas a saltos inter-universales, es decir, dos individuos de dos universos compatibles intercambian lugares debido a una anomalía aún imposible de explicar. Ambos individuos experimentarán los efectos del salto. En principio, el concepto puede sonar aterrador, ¿quiere decir esto que las personas que conozco no serán las mismas? todo lo contrario, el cambio suele ser tan minúsculo, que cualquiera  puede seguir con su vida, sus amigos y familiares, aunque pertenecientes a otro universo, en esencia, los mismos…

Así empezaba mi primera plática acerca del salto de Mandela, en esos momentos creíamos entender las reglas de este fenómeno, pero entonces, el caso 304 apareció. Adrian, de treinta años, llegó a mi oficina en un deplorable estado, llevaba meses asistiendo a terapia, una terapia que demostró ser poco útil ante su situación.

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EL AZOR

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Por Oscar Valentín Bernal

 

Verano

Sobre su atalaya aguarda el azor, otea el campo en silencio con su mirada roja, como hizo siempre, invisible para las demás criaturas, poderoso y gris, igual que lo es el bosque en ese corto lapso cuando el sol ha caído, pero sus últimos brillos se aferran al mundo. 

El azor es del bosque, como el bosque es del azor y, a pesar de que este bosque ha sido invadido por bestias de dos pies, que han abierto en él caminos iguales a cicatrices, no ha dejado de ser el reino del azor. 

Cuando el azor mira las cosas pareciera descifrarlas, no se mueve a menos que la acción lleve implícito un acto de supervivencia, por eso, el azor es silencio y, siendo silencio, es también espectador invisible de las verdades ocultas del campo y del hombre.

Fue así que vio el azor por vez primera a aquellos dos debajo de su árbol, los observó atento y escuchó incómodo sus voces burdas, como burdas suelen ser las cosas de aquellos seres. Si el azor pudiera entenderlos, habría conocido su impío negocio, pero el azor no entiende los ruidos de esas bestias torpes y lentas, llamadas hombres. Así que observa, se acicala detrás del ala y levanta una pata.

Cuando el sol está ya en lo alto y el calor aprieta, el azor contempla desde el refugio de la sombra a los dos que se alejan, sin la menor sospecha de haber tenido al bosque por testigo.
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La “Parábola del trueque” de Juan José Arreola: Un juego entre lo moral e inmoral

Por Aledith Coulddy

Al grito de “Cambio esposas viejas por nuevas”, Juan José Arreola, mexicano de nacimiento, inicia este relato publicado en el Confabulario en 1952.

El cuento corto posee una premisa bastante sencilla, un mercader acude a un pueblo remoto para intercambiar las esposas de los habitantes por otras hechas de oro, perfectas en apariencia física, poseedoras de características que todo hombre estereotipado desearía en una mujer.

Y es que “Parábola del trueque” es eso: un juego de arquetipos casi obsceno en donde, mediante la construcción de cada personaje, se muestra una realidad considerada inmoral pero con aires de verídica.

Tenemos, así, a los hombres del relato quienes, en en su afán de satisfacer sus deseos primitivos, no se la piensan dos veces para hacer el cambio de sus mujeres “desgastadas” por el paso de los años y la vida por otras que luzcan hermosas, perfectas y llenas de una vitalidad que les sabe necesaria e imperiosa.

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Las inconveniencias de morir en tiempos de fe

Por Aledith Coulddy

Uno creería que la turbulencia de la vida diaria llega a su fin con el dulce descanso de la eterna muerte. Lo cierto es que, en ocasiones, no sucede así.

Morí por ahí de 1927, en algún lugar de Jalisco. No recordaba bien los detalles de lo sucedido hasta que semanas después de mi regreso a la Tierra los leí en uno de esos folletos que entregan afuera de las iglesias.

La obnubilación de haber estado muerto por años se despejó poco a poco cuando reconocí en esas hojas de imprenta barata mi cara dibujada en colores sepia. Vestía entonces una sotana negra y lucía un peinado relamido con aceite. Mientras leía las páginas, fui recordando que nací en Morelia en 1907; siempre quise tener estudios superiores y largarme a una ciudad enorme en donde pudiera seguirme preparando. Desafortunadamente, provenía de una familia de bajos recursos económicos. Poseíamos algunas hectáreas de tierra fértil, aprendí de agricultura con las enseñanzas de mi padre y cuando le conté mis ambiciones, me recomendó ingresar al seminario. Era la opción más barata y efectiva de lograr licenciarme en algún campo. Así que, como cualquier adolescente que mira a su padre como poseedor de la verdad absoluta, seguí su consejo y entré al seminario.

Sin embargo, si hubiera sabido que iba a morir por mis deseos de ser profesionista, me hubiera convertido en ateo. No quería recordar mi muerte, no andaba en busca de memorias dolorosas y humillantes, pero el maldito panfleto detallaba letra por letra cómo había sido fusilado, descuartizado e injuriado por el solo hecho de encontrarme en una posición de la que no podía escapar. Nunca he entendido esa fijación excesiva de los creyentes católicos por adorar a gente moribunda ensangrentada. ¡Es enfermizo!

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Tres mentiras

La imagen muestra la biblioteca de las facultades de ingeniería y química de la Universidad Autónoma de Chihuahua. La disposición de “La Universidad del Norte” está inspirada en estos edificios, donde tuve la suerte de estudiar mi carrera universitaria.

“Nadie nos advirtió que extrañar 
es el costo que tienen los 
buenos momentos”.
MARIO BENEDETTI

Tres escenas

Se encontraban solos al final del pasillo del edificio B sobre la primera planta. Jael sacó una silla del salón donde habrían tenido clase si la profesora no se hubiera reportado enferma. Clover, recargada sobre el medio muro de concreto, observaba algo en la distancia. Jael se limitaba a leer un delgado libro de ciencia ficción del cual había estado prendado durante los últimos días. Clover dejó salir un suspiro. Jael sabía el significado de éste, pero decidió ignorarlo.

—Es hora de la siguiente clase —informó Jael pasados algunos minutos al tiempo que cerraba el libro colocando en la página abierta un pedazo de hoja cuadriculada arrancada de algún cuaderno. 

Clover asintió sin mirarle y se enderezó ayudándose de las manos. Caminaron en silencio hasta la mitad del edificio, una vuelta a la izquierda y tomaron las escaleras hasta la planta baja. 

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Para Emilia

Arte de Valeriya Lakrisenko

Por S. Bobenstein

Luego de pasar poco más de un mes conteniendo sus impulsos artísticos, Sandro por fin había encontrado un sancto sanctorum para poder explayarse sin reservas. El auditorio era el más antiguo del complejo, pero no por eso estaba ruinoso, mucho menos descuidado, aun así, con el glamour moderno que exudaban los recintos de presentaciones más nuevos, aquel lugar había quedado prácticamente en el olvido, sólo siendo infrecuentemente visitado por artistas que buscaban evocar tiempos pasados y por estudiantes perdidos. Y es que, con la historia y el prestigio de la escuela Fletcher, con lo draconiano que era su proceso de selección y con el renombre que el haber concluido con éxito algún curso de música o danza en ella le confería a cualquier artista novel, todos los estudiantes querían siempre estar a la vista del público, en los escaparates más elegantes y que más atención les pudieran brindar. Pero eso no era Sandro.

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Blackwood y las Luces Antiguas

Por Oscar Valentín Bernal

Algernon Blackwood fue un escritor inglés, considerado uno de los mejores en el género del horror y la fantasía y cuya obra inspiró al mismo H. P. Lovecraft.

Durante su vida, Blackwood viajó por el mundo desempeñando diversos trabajos, desde el periodismo en Nueva York, hasta la minería en Alaska.

Su estilo de escritura es sugerente, encaminado a producir asombro en el lector, mediante el uso de atmósferas bien desarrolladas en las que se advierte la admiración del escritor por el mundo natural y se vale de su conocimiento del mismo para infligir verosimilitud a su prosa.

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Detestable

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Por Oscar Valentín Bernal

 

—El señor Dreyfus es un hombre detestable.

Le estaba diciendo Milda Holark, de sistemas gravitatorios, a sus compañeras, frente a la barra de uno de los tres comedores del ala este de la estación fundidora de Sindried. Los comedores eran áreas seguras para el chismorreo entre los empleados de la compañía, pues los directivos tenían sus propias zonas de descanso y alimentación, y procuraban mantenerse alejados de las correspondientes a los peones. Sin embargo, por una de esas casualidades que más bien hacían que el destino pareciera un ente maleable de humor sombrío, esta vez, Quentin Fitzgerald Dreyfus, se encontraba justo detrás de Milda, cuando a ella se le ocurrió abrir la boca.

La muchacha se percató de la presencia del director en jefe de la estación antes de verlo, gracias a la expresión horrorizada que asomó a los rostros de sus compañeras. Al darse la vuelta, se encontró con la mirada serena de aquel hombre bajo y fornido, clavada justo en la suya. El señor Dreyfus era uno de esos hombres que hacen temblar al personal con su mordaz sonrisa de escualo, no obstante, la mueca que le dedicó a Milda ese día no fue acusatoria, tampoco dejaba ver el menor atisbo del mal humor habitual del director. Era una relajada y cálida sonrisa.

—Señorita Holark —saludó Dreyfus con una leve reverencia y luego continuó su camino hacia la puerta del comedor, seguido por las angustiadas miradas de todos los presentes.

Al pasar por la última mesa antes de la salida, Dreyfus se detuvo y tomó el salero del centro, lo sostuvo ante su rostro y lo examinó como si se tratara de un extraño artefacto alienígena, luego se volvió hacia Milda con la misma encantadora sonrisa pero con un destello aterrador en su mirada.

—¿Despreciable, dice?

Después, el director en jefe, volvió a dejar el salero en la mesa y salió del comedor.

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