Las cúpulas de Hkakabo Razi

Por Jonathan Novak

Desde un inicio me pareció un hallazgo notable. Cuando se nos informó de las ruinas que habían encontrado, esperaba toparme con una construcción simple y unas cuantas vasijas. Debo decir que me alegró enormemente haberme equivocado.

La zona comprendía siete edificaciones con forma de cúpula, seis de las cuales se encontraban alrededor de una, que dada su posición y tamaño, se entendía como la principal.

Las siete cúpulas habían sido encontradas en Hkakabo Razi, una montaña al norte de Birmania, cerca de la frontera con China. La casi constante nieve de las montañas ocultó su existencia durante siglos, hasta que un grupo de montañistas, uno de los pocos que ha podido visitar la zona en las últimas décadas, se topó con las antinaturales formaciones.

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El caso de Haven Lake

Por S. Bobenstein

PRÓLOGO

MONSTRUO DE HAVEN LAKE ATACA DE NUEVO

Semejante encabezado podría haber estado en la primera plana de cualquier tabloide vulgar, pero en el Boston Globe sólo coronaba una pequeña columna en la página nueve. La mirada de Howard se paseó por la redacción atrapando palabras al azar en una lectura rápida, a primera vista le parecía que aquello se trataba de una de esas historias de horror que tanto gustaba a la gente contar durante los campamentos alrededor de las fogatas: “me contó mi abuelo que un monstruo viene por las noches a matar al ganado”, “una noche el viejo O’Connell vio al monstruo rondar por su casa”. Se disponía a cambiar la página cuando una voz rasposa lo llamó:

—¡Callahan!

Howard levantó su mirada inmediatamente y dejó sobre su escritorio el periódico. Al fondo de la sala, en el umbral de la oficina principal, el jefe, un hombre de mediana edad, lo miraba fijamente con su habitual expresión de pocos amigos.

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La avenida del chico en traje

Por Aledith Coulddy

Gonzalo murió un 18 de octubre. Al salir de una reunión de trabajo importante, cruzó la calle, aparentemente desierta, para fumarse un cigarrillo en el parque de enfrente al edificio donde laboraba. Un conductor ebrio lo arrastró por más de diez metros antes de aplastarle el cráneo. La muerte fue instantánea; su noción de que estaba muerto, no.

Pasaron meses antes de realmente darse cuenta en lo que se había convertido. Un anonimato obligado se le había impuesto. Nadie lo escuchaba, nadie atendía a sus súplicas, ni una persona lo miraba. Nadie. Hasta el día en que presenció otro accidente parecido al que había acabado con su vida. Un niño pequeño pereció en el suceso. Con asombro, miró cómo el alma del menor se desprendía del cuerpo. No lucía confundido, era un fantasma que sabía su propósito. El niño miró a Gonzalo y le hizo una seña de que lo siguiera, pero él se quedó inmóvil. El niño levantó los hombros y caminó hacia la inmensidad de ese atardecer otoñal hasta que Gonzalo lo perdió de vista.

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Veintisiete cuentas

Por Jonathan Novak

Veintisiete, veintisiete cuentas poblaban la pulsera el día en que un viejo la ató, dando tan solo un par de giros al brazo infantil del bebé que aún se encontraba adormilado por su propio nacimiento, el cual había tenido lugar tan sólo unos días atrás.

—¿Tan pocas? —Había deseado indagar la madre al ver como se retorcía de a poco su niño al portar la apretada pulsera. Sin embargo, el viejo del templo, con surcos irregulares en lugar de cara,  sólo le había mostrado una mueca haciéndole ver lo inapropiado de su pregunta.

—Sólo veintisiete —repitió el padre al contar las cuentas, una vez había perdido el rastro del número de veces que las había contado.

Luego de soltar un suspiro, observó su propia pulsera, en ella había un número indeterminado de cuentas, no eran por supuesto tantas como habían sido el día que él había recibido su pulsera en ese mismo templo, pero aún eran las suficientes como para evitar contarlas compulsivamente y aún eran suficientes como para doblar el número que colgaba del tierno brazo de su hijo. Aquella idea le produjo un escalofrío, pues sus cuentas siempre serían más que las del infante.

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Tres hermanos

Por S. Bobenstein

—¡Rafael! ¡Despierta!

La voz de su hermano lo hizo recuperar el sentido. Entreabrió los ojos sólo para ser cegado por una luz blanca y fría, en un acto reflejo trató de proteger su mirada con su diestra, pero algo se lo impedía, al igual que le impedía mover el resto de sus extremidades. Presa del pánico, abrió los ojos tanto como pudo para darse cuenta de su estado: se encontraba atado con correas de cuero a lo que parecía ser una mesa inclinada lo suficiente para casi dejarlo de pie, vestía un traje quirúrgico blanco e inmaculado y usaba unos zapatos de tela del mismo color.

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La muerte de Nøme

Por Oscar Valentín Bernal

I

A finales de 1942, la guerra en Europa viraba a favor de la Alemania Nazi. Hitler se encontraba ya tocando a las puertas de Stalin, ganando cada vez más poder, mientras los norteamericanos se batían con los japoneses en el Pacífico. En aquel entonces, los fjällandeses no querían alemanes, ni estadounidenses, ni tampoco británicos en sus tierras. Sin embargo, en medio de la carrera por asegurar las mejores posiciones estratégicas, los deseos de los habitantes de un pequeño país insular del atlántico, poco les importó a las tres potencias, quienes irrumpieron en las playas, apostándose sobre las cuatro islas y convirtiéndolas rápidamente en un tablero de trincheras, donde la tensión se respiraba en el aire cada vez más gélido del invierno.

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El cuerpo

Por Aledith Coulddy

Pablo tuvo un cuerpo. No era un cuerpo destacado en ninguna de sus formas; era más bien regordete y apenas lograba sostenerse. Lucía pliegues en las muñecas y tobillos y poseía una piel muy tersa y pálida. Del cuerpo salían sonidos guturales y Mamá venía corriendo a ver qué le sucedía al pequeño Pablo. Entonces Mamá le daba leche o le tarareaba alguna canción de cuna. Era un cuerpo que ciertamente cumplía su función y satisfacía las necesidades básicas de Pablo.

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Violencia

Por Jonathan Novak

Y antes de que la última pieza de compuerta metálica cayera por completo, el chillido agudo, como de cerdos siendo sacrificados, se intensificó. Tan pronto la placa metálica de diez centímetros de espesor cayó hacia el lado opuesto de donde nos encontrábamos, fuimos capaces de verlos. Seres de pieles negruzcas corrieron presurosos hasta el extremo opuesto de la sala a la que habíamos accedido. Con cuatro extremidades inferiores y dos más superiores, los seres corrían horrorizados.

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Proyecto Oracle

Por S. Bobenstein

Recuerdo cuando la Dra. Belmonte y el Dr. Pierce, profesores y eminencias de la física, me aceptaron a mí, un simple graduado de maestría en física teórica, para formar parte de su multidisciplinario, multiétnico y grandioso equipo de ensueño que habían reunido para realizar la aplicación de un experimento que cambiaría el modus vivendi de la humanidad.

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El suicidio de los departamentos de la calle doce

Por Jonathan Novak

Adam Stoney solía ser el nombre del cadáver frente a la Policía Investigador Charlene Northcote. La habían llamado a las 15:30 tres días atrás. «Hombre caucásico, cuarenta y seis años, presunto suicidio por precipitación desde un edificio de departamentos en la calle doce».
La llamada había venido directamente de su jefe, quien hizo hincapié en la palabra «presunto». Y es que para ese momento, Charlene era el tercer investigador solicitado en la escena, los otros dos habían entregado informes completos, sin embargo, en voz de los mismos, el caso tenía demasiados detalles.

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