La realidad según The Matrix

Por S. Bobenstein

¿Qué es la realidad? Quizás lo primero que te viene a la mente es que “lo real” es todo lo que existe en el mundo que se puede percibir con los sentidos, pero sabemos que los sentidos pueden ser engañados, incluso pueden ser adaptados para aceptar “realidades falsas”, y, cuando la realidad no es algo claro, ¿cómo podemos estar seguros de qué sigue siendo real y qué no? ¿Qué tal si todo lo que consideramos “la realidad” no fuera más que una ilusión, o peor, una prisión?

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Proyecto Oracle

Por S. Bobenstein

Recuerdo cuando la Dra. Belmonte y el Dr. Pierce, profesores y eminencias de la física, me aceptaron a mí, un simple graduado de maestría en física teórica, para formar parte de su multidisciplinario, multiétnico y grandioso equipo de ensueño que habían reunido para realizar la aplicación de un experimento que cambiaría el modus vivendi de la humanidad.

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La guardiana de las memorias

Por S. Bobenstein

En un lugar bastante cercano y bastante común vivía una niña con sus padres. Desde el momento de su nacimiento, del cual no había pasado mucho tiempo aún, papá y mamá la amaron con todo su ser y colmaron su existencia con todo lo que una pequeña recién nacida pudiera necesitar, aunque, a esas alturas, lo único indispensable para ella eran la comida, la limpieza, el abrigo y el amor… O eso pensaría uno dejándose llevar por el sentido común, sin embargo, la pequeña no era del todo común. Su padre, un literato consumado, había decidido empezar a enriquecer la imaginación de su bebé leyéndole diversas historias desde la primera noche que pasaron juntos en casa. En la mente de la pequeña, primero resonaron simples sonidos, luego estos dieron paso a la voz ininteligible de su padre, luego a palabras aisladas, luego a frases, y así, conforme su lengua materna se convirtió en el lenguaje de sus pensamientos, su mente empezó a llenarse con personas de todos los tiempos, con criaturas reales y fantásticas, con aventuras increíbles, con tragedias, romance y risas.

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A merced de Dios

Por S. Bobenstein

Aquel era un domingo sacado de los comerciales de vacaciones: el sol brillaba alegre sobre todas las criaturas en medio de un azul celeste despejado, las olas del mar rompían con su característico sonido sobre la arena que delimitaba a la moderna ciudad costera. Las familias, los amigos y demás personas, iban de aquí para allá con grandes sonrisas, disfrutando de su día de asueto bien merecido. El calor previo a la llegada del verano estaba en el punto justo para poder disfrutar de la brisa al caminar. Se respiraba un ambiente alegre y cordial por todas partes.

Él se encontraba dentro de una cafetería con aire acondicionado y vista al mar, sentado a la mesa, sobre la que descansaban una gorra de un color amarillo chillante, unos lentes oscuros, una taza de capuchino y una rebanada de pastel de chocolate a medio comer. Compartía su lugar con un hombre mayor, aseado y pulcramente vestido con un traje de lino, su cara dejaba ver que las noches de sueño reparador sólo existían en su memoria y sus ojos revelaban una agresividad velada por un aspecto apacible. A pesar del relativo bullicio para el local, los dos hombres, quienes podían pasar por padre e hijo, no parecían interesados en nada más que en ellos mismos y su cónclave poco convencional.

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Sobre alas escamosas

Por S. Bobenstein

Entrada del diario personal del Dr. Kurt Müller

23 de julio de 2019

Cuando uno dice que quiere convertirse en paleontólogo, más hoy en día, lo embate una tormenta de advertencias sobre el fracaso inminente, profesional y financiero, e incluso algunas amenazas de desheredación. Como la historia o las ciencias de la tierra, la paleontología es menospreciada horriblemente, pero los pelmazos nunca entenderán que descubrir y aprender el pasado de la vida en el planeta, arroja luz sobre el entendimiento de nuestra situación actual y nos hace vislumbrar los posibles caminos que se nos presentan para alcanzar el futuro… o para llegar a la quizás no inmerecida extinción, considerando el deplorable estado en que la Tierra se encuentra. Mi doctorado en paleontología, mi cátedra en la Universidad de Zúrich, y mis hallazgos en el campo me han proporcionado un honroso estatus en la comunidad científica internacional, por lo que puedo decir que de paleontólogo uno no muere de hambre y puede hacer una vida decente, cosa de la que no creo que muchos otros puedan jactarse.

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El espíritu del universo

Por S. Bobenstein

Un tono grisáceo teñía al pueblo y a todos sus habitantes pese a que el sol ya estaba en posición de mediodía, las nubes eran demasiado densas para dejar pasar la luminosidad del astro, contribuyendo a que las tétricas casas y los rostros curtidos de las personas semejaran a las formas monstruosas de las gárgolas. Había una aglomeración en la plaza principal, frente al templo de piedra en el que, en la cima de su campanario, se elevaba una cruz de hierro; se había dispuesto el lugar de honor a la derecha del templo para los nobles y el pequeño clero encargado de la parroquia, consistente de un sacerdote añejo y un fraile no mayor de veinte años. Todos descansaban en una tarima de madera elevada con asientos tallados y mullidos cojines. La muchedumbre se apiñaba alrededor de la plaza, en donde un verdugo hacía los últimos preparativos para la ejecución: en una esquina alejada refulgía una antorcha mientras él acomodaba paja seca alrededor de una estaca central con sumo cuidado, regando con brea aquí y allá, para que todo ardiera correctamente, según las instrucciones de sus superiores.

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La voz del mar

Por S. Bobenstein

“El espacio: la última frontera”, o eso decían durante la introducción de las aventuras del capitán Kirk y la tripulación del Enterprise: “para explorar extraños y nuevos mundos, para buscar nueva vida y nuevas civilizaciones, para ir valientemente a donde ningún hombre ha llegado antes”. Estaba fascinado con esa idea, de niño quería más que nada abordar mi propia nave espacial y viajar a las estrellas: leía libros sobre el universo, sobre astronáutica, sobre teorías de conspiración de los extraterrestres, sobre el sistema solar y sobre los planetas. Durante una de mis lecturas me crucé con un libro acerca del océano y me percaté de algo muy curioso: los paisajes submarinos me recordaban a los raros planetas y a las pálidas lunas interestelares de la serie; las plantas y los animales marinos se parecían mucho a las exóticas especies que los del Enterprise visitaban, tenían una anatomía y fisiología tan diferente de todo lo que hay en la tierra que apenas podía creerme que esas cosas no fueran seres espaciales. ¡Todo eso estaba aquí, en la Tierra! Pero la cereza del pastel fue enterarme de que los seres humanos conocemos más acerca del espacio exterior que del fondo del mar. No había necesidad de salir a buscar la última frontera más allá del azul del cielo, puesto que aún existía una frontera inexplorada bajo el azul del mar. Cambié las naves espaciales por barcos y lanchas rápidas, y cambié los phasers por computadoras e instrumentos de medición marina, todo para convertirme en un oceanógrafo, en un explorador de los mares.

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La leyenda de Edgar Price

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Por S. Bobenstein

—Escuché que en el bosque vive un monstruo.

Eddie fue el primero en romper el hielo luego de que todos se hubieran carcajeado con un chiste de Tim. La fogata en torno a la cual se encontraban ya había cocinado cinco salchichas y diez malvaviscos; el fuego ardía felizmente sobre una ligera elevación de terreno descampado, la frontera implícita entre la mano humana y la Madre Naturaleza, a cinco metros de los lindes del denso bosque de pinos negros que casi envolvía el pueblo donde vivían.

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Las consecuencias del poder

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Por S. Bobenstein

Ya eran las 12:00 y hacía un calor abrasador aquel día de verano; según reportaban en los medios, durante esa temporada tendrían una temperatura promedio de 38°C en la ciudad, por eso Lorenzo agradecía el respiro refrescante del aire acondicionado del supermercado. Ya había sudado suficiente en el trayecto a comprar los ingredientes para la comida del día pese a su ropa veraniega y el ambiente de la tienda le devolvió el alma al cuerpo.

–A ver… –Lorenzo sacó de su bolsillo trasero una lista con los ingredientes remarcados con las exactas cantidades que necesitaba de cada cosa, dispuesto a iniciar la marcha por los pasillos–. Cuatrocientos gramos de filete de res, una barra de mantequilla, un frasco de pimienta negra…

Había pasado un año desde el incidente de Ash-Zahrek y las medidas de contención que hubieron de ejecutar el Gran Maestro Orlando Bruno y Lorenzo en conjunto para que la realidad regresara a su curso normal y que la gente que presenció el inminente apocalipsis lo olvidara. Con increíble facilidad aparente para el Gran Maestro, Lorenzo consiguió deshacer su “milagro” por sí mismo, lo que le costó una semana en coma y, tras salir de él, comer lo de quince personas él solo en los tres días siguientes. Luego de aquello, continuó siendo el mismo muchacho escuálido y nervioso que había sido siempre.

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La oscuridad de la luz

La oscuridad de la luz

Por S. Bobenstein

El sol estaba ya alto sobre el Patio de la Piña en los Museos Vaticanos y una multitud de personas se distribuía a través de él: un grupo guiado de turistas chinos eran instruidos en el origen de la famosa piña, un grupo de mochileros jóvenes se encontraba contemplando la escultura de bronce de Pomodoro, una docena de comensales tomaban su desayuno en la cafetería, decenas de turistas y observadores iban de aquí para allá en su recorrido por las distintas salas de los museos y, sentado en una banca cercana al centro del patio, se hallaba un sacerdote solitario. El clérigo, quien no aparentaba más de cuarenta años con su cabello y su barba oscuros sobre una piel tostada por el sol, vestía sotana y pasaba el tiempo leyendo un volumen de El señor de los Anillos, ocasionalmente alternando el lugar de las piernas que tenía cruzadas.

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