Para Emilia

Arte de Valeriya Lakrisenko

Por S. Bobenstein

Luego de pasar poco más de un mes conteniendo sus impulsos artísticos, Sandro por fin había encontrado un sancto sanctorum para poder explayarse sin reservas. El auditorio era el más antiguo del complejo, pero no por eso estaba ruinoso, mucho menos descuidado, aun así, con el glamour moderno que exudaban los recintos de presentaciones más nuevos, aquel lugar había quedado prácticamente en el olvido, sólo siendo infrecuentemente visitado por artistas que buscaban evocar tiempos pasados y por estudiantes perdidos. Y es que, con la historia y el prestigio de la escuela Fletcher, con lo draconiano que era su proceso de selección y con el renombre que el haber concluido con éxito algún curso de música o danza en ella le confería a cualquier artista novel, todos los estudiantes querían siempre estar a la vista del público, en los escaparates más elegantes y que más atención les pudieran brindar. Pero eso no era Sandro.

Desde que, a muy muy temprana edad, demostró dotes para la música con tintes prodigiosos, Sandro vivió sumergido entre melodías, notas, pentagramas e instrumentos musicales, así como siempre contó con la compañía y el ejemplo de los grandes maestros que tantas maravillas lograron crear con la correcta producción y modulación del sonido, aunque su presencia fuera sólo en espíritu gracias al poder de su música. Su padre, un afamado director sinfónico, y su madre, una bróker veterana de Sotheby’s, no cabían de emoción cuando el pequeño chiquillo ya interpretaba a Lizst de memoria en el piano, con las obvias limitaciones fisiológicas que su cuerpo en desarrollo le presentaba. El mundo interior de Sandro rebosaba de ideas y emociones que no podía expresar en palabras, pese a ser capaz del habla perfectamente y que sólo podía comunicar si las traducía en bellas composiciones. No pasó mucho tiempo hasta que, a la par de la práctica de obras maestras, el niño comenzó a producir sus propias creaciones originales en el piano, su instrumento predilecto, las cuales nunca anotaba en papel alguno, ya que eran más explosiones de improvisación y talento únicas que piezas ejecutadas con sistematización. A medida que Sandro crecía, su visión, que nunca quitaba del centro a la música, comenzó a ampliarse y empezó a percatarse de todas las otras formas de expresión artística tan variadas como hermosas. Por su cuenta, se dio a la tarea de aprender acerca de las bellas artes, de sus expositores, sus obras representativas, su historia y sus significados ocultos, con la ocasional guía de su madre, su principal impulsora para convertirlo en un virtuoso y un erudito de las artes, quien optó por proporcionarle una educación formal en casa con los mejores profesores que el dinero podía pagar.

A pesar de ser muy inteligente y perspicaz, cualquiera que lo hubiera conocido diría que Sandro era, cuando menos, muy reservado; no buscaba activamente la compañía de otras personas y, aunque no era descortés y podía mantener pequeñas conversaciones, siempre trataba de terminar lo más pronto posible con las interacciones sociales obligatorias, banales o demasiado desgastantes. No se sentía cómodo tratando con las personas y “sus cosas” directamente, pero, cuando el arte suplía a las palabras en la conversación, en especial la música, “las cosas” eran muy diferentes, las horas se volvían minutos y las “pláticas” se convertían en lo más interesante del mundo, le daban casi tanta satisfacción como sus “arranques”, como él llamaba a sus improvisaciones.

Llegó el tiempo, a los dieciocho años, en que los padres del muchacho decidieron que era momento de que se midiera con sus iguales y sus superiores, de que se le planteara un reto excepcional y de que tuviera una introducción formal en la escena artística del más alto nivel. La escuela Fletcher no tenía rival en cuanto a educación musical y dancística se refiere y era famosa por su elitismo a la hora de aceptar nuevos alumnos, sólo buscando lo mejor de lo mejor en sus audiciones para que pasara a formar parte de sus huestes. Los padres de Sandro no tuvieron que recurrir a contactos y favores para que él fuera aceptado, fue su interpretación magistral del tercer movimiento del Concierto para piano No. 3 de Rachmaninov la que dejó bien en claro que él no era cualquier pianista.

Poco más de un mes ya había transcurrido desde el inicio de los cursos. Pese a que disfrutaba y aprendía de sus clases, sus maestros y sus compañeros, Sandro no podía evitar desear la soledad, el estado en el que se encontraba siempre más a gusto, sólo su mundo interior y él mismo, eso fue lo que lo llevó a buscar un lugar apartado dentro de la escuela, lejos del bullicio de la comunidad académica y del familiar, un lugar donde no fuera interrumpido por preguntas y comentarios, en el que pudiera disfrutar de dar rienda suelta a sus arranques. Aquel auditorio, separado del complejo principal de salones y salas por un patio armónicamente diseñado, contaba con un piano vertical de estilo antiguo pero de apariencia fresca, como si estuviera recién barnizado, que se encontraba cargado hacia la derecha de un escenario de dimensiones modestas, el cual veía hacia varias hileras de butacas angostas, acojinadas y completamente vacías, sin palcos ni anfiteatro. Las luces de las tramoyas estaban apagadas, mas Sandro no tardó en encontrar el interruptor adecuado para iluminar tenuemente el escenario, dando una apariencia de iluminación de finales del siglo XIX, como si las luces eléctricas fueran, en realidad, lámparas de gas y velas. La acústica del auditorio no le pedía nada a ningún otro recinto, la física del lugar lograba magnificar cada sonido, cada palabra, cada paso que perturbara el silencio; al ritmo del repicar de sus pasos, el muchacho se vio de pie frente al piano, lo observó por unos segundos, dejó la mochila con sus pertenencias en un lugar donde no pudiera estorbarle y dispuso todo cómodamente hasta que colocó sus manos sobre las teclas.

Él cerró sus ojos, inhaló profundamente por la nariz y mantuvo el silencio. Tenía unos cuantos días con una melodía que le rondaba la cabeza sin descanso. Debido a sus nuevos estudios y sus sesiones de práctica no tuvo oportunidad de dejarla fluir, había contenido demasiado tiempo ese arranque, pero ya era el momento y el lugar más que adecuado para “estallar”. Escuchó la música en su cabeza y, en una fracción de segundo, sus dedos se movían a una velocidad vertiginosa, sus ojos estaban cerrados, pero sus movimientos, a la velocidad del rayo, hacían creer que ese instrumento era tan parte de él como su mismísimo corazón. La melodía fluía como un río caudaloso y alegre, juguetón, que salpicaba todo cuanto había a su alrededor, las notas resplandecían felizmente, reían y corrían, todas de la mano, escalaban a una cima pronunciada sin esfuerzo, girando y girando en una ronda, y, en la cima, todas saltaron en sincronía, con una sonora carcajada, sólo para dejarse caer y rodar pendiente abajo, donde la suavidad del terreno las acogió y les permitió reposar luego de una sesión magnífica de juego y diversión. Satisfechas, las notas, de par en par, callaron poco a poco al irse entregando a un sueño placentero y en el aire quedó la promesa de que habría tiempos aún mejores.

Un aplauso retumbó en el auditorio y casi hacía al muchacho caer de espaldas por el sobresalto. Con los ojos muy abiertos miró hacia las butacas y encontró a una chica aplaudiendo muy emocionada, con una sonrisa radiante, de pie entre los asientos.

—¡Eso fue genial! —dijo ella con una voz que sonaba a campanillas—. Discúlpame, no era mi intención asustarte… ¿Pero, tú compusiste eso?

—N-No te preocupes —respondió él, apenado, tratando de recobrar la compostura y la dignidad—. Es sólo un garabato, un capricho mío, realmente no estaba tratando de componer nada. No creía que alguien necesitaría este auditorio, así que… Discúlpame, me voy para que puedas practicar.

Con una rapidez que podría rayar en lo grosero, Sandro recogió sus cosas y se encaminó a la salida, sólo para detenerse ante las palabras de ella, quien, ahora con rostro consternado, se acercó a él a la misma velocidad.

—¡No te vayas! —La chica le cortó el paso e hizo ademán de detenerlo con ambas manos—. Tú discúlpame a mí, yo soy la intrusa en esto. Quedé de verme con alguien aquí y pensé que quizá llegué tarde cuando escuché el piano. Te veías tan concentrado y contento que no quise interrumpirte, pero tu melodía era tan alegre y bonita… No pude evitar quedarme a escucharla. Perdón.

Frente a él estaba de pie una chica a la que le sacaba una cabeza de altura, de largo cabello oscuro recogido en la nuca y tez tan clara que hubiera jurado que estaba hecha de mármol, vestía ropas propias de una bailarina que acabara de terminar una sesión de práctica, algo anacrónicas para su época, aunque no se podía ver ninguna mochila o maleta que guardara sus pertenencias; pero había dos cosas que resaltaban de entre todas las características que podía describir: por una parte, todo en ella lucía sutilmente difuminado, desenfocado a un nivel ínfimo y, sin embargo, notable cuando se miraba fijamente. “¿Una ilusión óptica? Quizás estoy cansado…” pensaba él, y fijamente la miraba, no cabía duda, puesto que los ojos de ella, esos ojos negros, grandes y profundos, ojos brillantes e intensos, ojos que, según percibía, contenían un universo entero, llenos de vida, fuerza y calidez, no le permitían apartar su vista, por el contrario, se sentía compelido, con gusto, a pasar horas en su contemplación.

—Eh… —El gesto de la chica pasó a la confusión ante el silencio del muchacho—. ¿Estás bien?

—¿Qué? —Las palabras de la chica lo sacaron del trance e, inmediatamente, se aclaró la garganta y desvió la mirada, cruzando una mano sobre su rostro en un intento por rascarse una mejilla y ocultar su vergüenza—. ¡Sí! Sí, todo bien… Todo bien…

—Yo soy Emilia —dijo ella, ofreciéndole otra de sus radiantes sonrisas—. No te había visto antes por aquí. ¿Cómo te llamas?

—Sandro… —respondió el muchacho a la espera de una reacción de extrañeza por lo raro de su nombre, como siempre había sucedido cuando lo conocía gente nueva, en especial, otras personas de su edad.

—¿Como Botticelli? —Su pregunta vino acompañada por genuina curiosidad.

—¡Sí! —Sandro no pudo evitar sonreír. Era la primera vez que alguien captaba esa referencia a la primera—. Exactamente, como Botticelli.

—Y… ¿por qué?

Lo que en otras circunstancias le hubiera resultado incómodo en extremo, hablar de él mismo con un extraño, parecía habérsele olvidado por completo. Aún no se daba cuenta de ello, pero, en presencia de Emilia, se sentía más a gusto que con cualquier otra persona, incluida su propia familia. La respuesta de huida no se activó en esa ocasión, mas se encontró hablando con una soltura y naturalidad como nunca había expresado.

—A mi madre le encantan las obras de Botticelli, siempre dice que es su artista preferido, aunque a veces dice lo mismo de Rafael, de Caravaggio o de Manet… En fin, ella cree que me parezco a él, entonces… Sandro.

Ahora era Emilia quien lo miraba fijamente con sus grandes ojos oscuros, moviendo su cabeza de lado a lado, como si examinara una obra de arte. Sandro sintió por un momento cómo el corazón se le iba a la garganta.

—Tu madre tiene razón —sentenció Emilia luego de unos segundos—. Sí tienes algo de Botticelli en ti, y algo de Rafael, y quizás unas cuantas cinceladas de Miguel Ángel. Pero “Sandro” definitivamente te queda bien.

Ella le dio un pulgar arriba y un asentimiento con la cabeza, él le contestó con una risilla apenada.

—¿Dijiste que esperabas a alguien? —El tono de Sandro se volvió algo más serio—. No quiero interrumpir lo que sea que tengas que hacer… 

—No, no, no te preocupes —La sonrisa de Emilia perdió bastante de su brillo a la vez que una leve sombra de tristeza se posaba en sus ojos—. No creo que llegue… Ya pasa de la hora. Quizá lo vea otro día. Al fin y al cabo aún nos queda mucha vida por delante, ¿no? Ya será mañana.

Por un motivo que Sandro ni siquiera concebía en aquel momento, la visión de la triste Emilia le partió el corazón. Sintió cómo el espíritu se le caía hasta el suelo, tuvo la necesidad imperiosa de ayudarle y sólo pudo pensar en una manera de hacerlo, la única que él conocía a la perfección: su manera.

—Si quieres puedo hacer algunas otras improvisaciones para ti —dijo él, sorprendido de la confianza y naturalidad de esas palabras que nunca le había dicho a nadie—. Ya estás aquí… y… bueno, dijiste que te gustó lo que hice.

La sonrisa de Emilia volvió a ensancharse, así como la vivacidad regresó a ella al escuchar la propuesta de Sandro.

—¡Estaría encantada! —dijo ella—. En serio, no quería interrumpirte, pero me gustó mucho tu melodía. Hay algo en el sonido del piano que hace que me sienta muy tranquila y feliz, sobre todo si se toca con emoción, justo como hiciste. Te prometo que esta vez estaré muy callada, ni notarás que estoy aquí.

—Eres estudiante de danza aquí mismo, ¿cierto? —inquirió Sandro.

—Creo que no necesitas ser Hércules Poirot para darte cuenta —respondió Emilia, haciendo un ademán para resaltar su indumentaria.

—Duh… Claro. —Él rió por lo bajo y continuó—. Quizá puedas decirme qué te parece mi interpretación del pas de deux de “El Cascanueces”. No logro traducir bien la melodía en el piano, quizás puedas darme un par de consejos. Seguro la has escuchado un montón de veces.

—Oye —le espetó ella—, no porque sea una bailarina quiere decir que me encanta “El Cascanueces”. Sí me encanta, ¡pero no porque sea una bailarina!

Ambos se miraron por unos segundos en silencio para luego romper en risa.

—Muy bien, muy bien… Veamos qué te parece esto —dijo Sandro, encaminándose de nuevo al piano.

Al tomar su lugar en el asiento frente al teclado, el muchacho sacó una tablet de su mochila y rápidamente desplegó en la pantalla la partitura de la melodía de Tchaikovsky para el ballet, dispuso todo a su gusto y colocó las manos sobre las teclas, no sin antes echar un vistazo hacia las butacas, donde Emilia ya se encontraba sentada dándole otro pulgar arriba. Llenó sus pulmones de aire y comenzó su ejecución. La melodía inundaba todo el auditorio, no era necesario el uso de micrófonos o amplificador alguno, salvo la acústica del lugar, para que el espíritu del compositor ruso se hiciera presente mediante una interpretación que buscaba equipararse a la emoción que la orquesta provocaba en el joven pianista al escuchar la pieza. Las notas corrían frente a sus ojos, las páginas pasaban, y la melodía continuaba, tan ensimismado estaba Sandro que no se percató, hasta un par de minutos después, de que Emilia estaba en el escenario frente a él haciendo su interpretación de la coreografía correspondiente. Él estuvo a un microsegundo de detenerse por lo intempestivo de la “invasión” de ella, pero de inmediato pudo apreciar los gráciles movimientos y la fina técnica de Emilia, quien se movía con la suavidad de una pluma en el viento, con la sutileza de un copo de nieve que cae, sin ningún movimiento en falso, segura a cada momento. “Sería un insulto detenerme”, pensó, y continuó la interpretación. Los jóvenes hicieron cada quien lo suyo, ambos se miraban de cuando en cuando, ofreciéndose sonrisas de aprobación y deleitándose en compartir sus talentos de una manera tan armónica. La última nota sonó al mismo tiempo que la postura final se materializó. En esa ocasión nadie aplaudió, el silencio imperó por unos segundos antes de que los dos lo rompieran.

—Eso fue genial —dijeron ambos, al unísono, con plena satisfacción en sus voces.

—No veo dónde está el problema de tu traducción. —Emilia se encaminó hasta ponerse al lado del piano para mirar a Sandro en su asiento—. Creo que lo has interpretado muy bien.

—Bueno… —continuó él—, supongo que lo que necesitaba era tocar para alguien que pudiera apreciarlo mejor que yo.

—¡Bah! Seguro sólo querías alardear enfrente de alguien.

Los dos jóvenes rieron juntos de nuevo.

—Es bueno poder compartir esto con alguien —murmuró Sandro.

Al escuchar lo último, Emilia pareció entristecerse un poco de nuevo, mas el sonido de una alarma captó la atención del pianista y lo distrajo del gesto.

—¡Se me hará tarde! Tengo que irme a clase —dijo el chico al revisar su teléfono móvil y, acto seguido, guardó apresuradamente sus cosas en la mochila—. Perdón, tengo que correr.

—No te preocupes. —Ella le extendió una mano y le ofreció una de sus grandes sonrisas—. Lo disfruté mucho… Espero que lo repitamos algún día.

—Dalo por hecho.

Cuando él le estrechó la mano, la sensación de un ligero cosquilleo se expandió por sus dedos y palma. Casi le hacía temblar la extremidad, pero la pudo controlar y le ofreció el mismo gesto a la chica. Ambos se despidieron y lo único que quedó de Sandro en el auditorio fue el eco de sus pasos al marcharse.


Al día siguiente, a la misma hora, el joven pianista estaba en esa pequeña capilla de la música que había descubierto. No lo admitiría conscientemente, pero en su interior albergaba la poco probable esperanza de volver a cruzarse con Emilia hasta que encontró nuevamente el lugar vacío. No sin algo de decepción, Sandro se resignó y decidió concentrarse en sus propios asuntos, así como, según creía, ella debía estar haciendo. La experiencia del día previo le dio la idea de una nueva melodía, un chispazo de inspiración que se debatía por salir a través de sus dedos; tomó su lugar, realizó sus tics de pianista y dejó salir sus pensamientos a través de las notas musicales. Unos cuantos segundos después de iniciar, se detuvo. Para su sorpresa, no sabía cómo continuar, se quedó boquiabierto, el improvisar nunca fue un problema para él, no tenía que hacer pausas o pararse a pensar cómo sacaría sus ideas, pero en esa ocasión no tenía noción de cómo seguir ese arranque. Era como si los pensamientos y la música dentro de su cabeza no pudieran compaginarse adecuadamente, repitió una y otra vez la pequeña sección que ya había tocado sólo para detenerse en seco en la misma parte. Presa de la frustración, y haciendo algo atípico en él, Sandro dio manotazos con ambas manos en las teclas, arrancándole al piano un fuerte reclamo.

—¿Por qué tanto enojo?

La pregunta de Emilia llamó su atención justo a su derecha, donde la chica estaba de pie, vestida de la misma forma que el día anterior, un poco inclinada hacia enfrente para examinar las manos tensas de Sandro sobre las teclas. Otra vez la repentina “intromisión” de la chica lo sobresaltó, aunque pudo controlarlo mejor que la primera vez.

—¿Qué te hizo el pobre piano? —preguntó Emilia, un poco a manera de broma.

—Perdón, yo… —Las palabras, al igual que su improvisación, parecían estar decididas a no someterse a su mandato—. Yo… Lo siento. Es sólo que… Verás… 

—Está bien, Sandro. —La bailarina movió una mano haciendo un ademán para restarle importancia al asunto—. Todos tenemos un día de bloqueo de vez en cuando. No hay problema.

—Bueno, sí… Tienes razón.

Él volvió a ver aquella sonrisa tan característica de su nueva amiga y no pudo evitar sonreír de vuelta. De alguna forma, esa chica lograba que se sintiera casi tan cómodo como la misma música.

—¿Estabas esperando a tu cita otra vez? —preguntó el muchacho, poniéndose de pie.

—Creo que hoy tampoco vino… —La mirada de Emilia fue a posarse a la entrada del auditorio, buscando una presencia familiar, recortada por la luz del umbral, que no estaba ahí. Su tono y expresión eran igual de tristes y desesperanzadas que el día anterior—. En fin… Quizá mañana.

—Debe ser algo realmente importante para que lo esperes así. ¿Te puedo ayudar?

Emilia lo miró seriamente y en silencio unos instantes ante su oferta, él se sintió ligeramente cohibido por el peso de su mirada inquisitiva, pero se relajó inmediatamente cuando ella recuperó su talante alegre natural.

—No te preocupes —dijo la bailarina al girarse y dar unos cuantos pasos marcados hacia el centro del escenario—. Estoy segura de que mañana vendrá, esta vez sí.

Perplejo, los ojos de Sandro parpadearon y se enfocaron en la silueta de la bailarina. Un instinto le decía que algo estaba fuera de lugar, incluso esa sensación de que ella luciera fuera de foco la percibía más definidamente. Se talló ambos ojos en un intento de aliviarlos del cansancio, pero el desenfoque seguía ahí.

—Y bien, señor pianista —dijo Emilia al voltear a verlo, sonriendo con ánimos renovados—, ¿tienes alguna otra cosa genial bajo la manga?

El muchacho no pudo hacer más que derretirse de nuevo, eso lo desarmó tanto como la primera vez que la vio. El corazón le dio un vuelco y, de repente, el catálogo de melodías que conocía se abrió justo en una que sería adecuada para que ella bailara.

—Creo que sí —respondió, acomodándose en el piano—, a ver qué te parece esto.

Y esa fue la segunda vez pero no la última, en que Emilia y Sandro compartieron su tardes, él tocaba y ella bailaba, ella escuchaba sus arranques y él le proponía diversos retos para interpretar danzísticamente, siempre llegaba él primero y ella aparecía poco después. La cita de Emilia fallaba todos los días, ella se entristecía, pero seguía manteniendo que la próxima vez sí estaría ahí. La feliz rutina se repitió por un par de semanas y Sandro se inquietaba cada vez más por la desconsideración de la persona a la que ella esperaba. La curiosidad y la indignación por la tristeza de su amiga finalmente hicieron mella en él. Uno de esos días, casi al terminar su acostumbrada sesión, se atrevió a preguntar:

—¿A quién estás esperando? —El muchacho trataba de sonar lo menos rudo posible—. ¿Qué es tan importante? Esa persona no se ha parado aquí en todos estos días… Probablemente no venga. No tienes por qué esperarlo en vano.

El espíritu de la chica se desplomó ante esas palabras, sus ojos se apagaron, su cabeza se agachó y todo en ella parecía derrotado. No dijo nada, sólo se llevó una mano al pecho.

—¡Perdón! ¡Discúlpame! —Sandro dio un salto e hizo ademanes como una gallina sin cabeza—. No quería… Mira, quizá sí venga y yo estoy siendo muy pesimista… Es sólo que verte tan triste… 

—No pasa nada… —Emilia le ofreció una triste sonrisa que combinaba con su voz—. Es algo ridículo, la verdad. Has sido muy amable al compartir conmigo estos días, es justo que te lo diga. Estoy esperando a mi novio, es un pianista, igual que tú y… nos amamos mucho. Los dos entramos a Fletcher al mismo tiempo y nos conocimos en una práctica de ballet en la que él tocaba el piano para nosotros. Él me decía que yo era la inspiración que necesitaba para componer, decía que estaba trabajando en una pieza sólo para mí, ¿te imaginas? ¿El que alguien componga una melodía pensando en ti? Me moría por escucharla, pero él se negaba una y otra vez a enseñármela porque aún no estaba terminada. Insistí tanto e hice tal berrinche que logré que me prometiera que me enseñaría lo que tenía y… Bueno… Aquí estoy, esperándolos a mi melodía y a él.

Sus ojos daban la impresión de que se anegaron en lágrimas pero éstas no parecían correr por sus mejillas. Sandro, en primera instancia, experimentó una punzada de celos, pero, al ver lo importante que esa promesa era para Emilia, sintió dolor físico por ello, un cuchillo invisible se le encajó en el pecho y el oxígeno se le escapó de los pulmones. No sabía qué hacer para reconfortarla y eso lo desesperaba.

—Emilia. —Dubitativo, alzó una mano para posarla en el hombro de ella, experimentando de nuevo la sensación de cosquilleo de antes, aunque era menos molesto—. Lo siento mucho, en serio. Estoy seguro de que tu melodía es tan genial como cualquiera… Y si quieres esperarla, si te parece bien, podemos esperarla juntos. Yo… me siento muy bien contigo y… podemos seguir divirtiéndonos como hasta ahora. Esperaremos todo lo que haga falta.

—Eres un Boticcelli bastante raro y especial, ¿sabes? —La triste sonrisa de la bailarina cambió por una más cálida mientras se limpiaba unas lágrimas inexistentes de los ojos—. Gracias… Yo también me he divertido mucho contigo.


Pasaron unos cuantos días más después de la revelación de Emilia, días en los que su novio seguía sin aparecer, mas eso no impedía que ambos pudieran compartir tiempo de calidad juntos. “Por lo menos ella puede estar aunque sea un poco feliz pese a la espera”, se decía a sí mismo Sandro, quien en ese momento comía un sándwich con ginger ale en una de las cafeterías de la escuela, algo poco común en él.

—¿Qué clase de tontería es eso de “la bailarina fantasma”? —preguntó un chico en voz alta.

Esas palabras llamaron su atención más de lo que le hubiera gustado. A dos mesas de él, unos estudiantes que creía reconocer de alguna de sus clases estaban comiendo y bromeando entre ellos.

—La clase de tonterías que, seguro, eres demasiado gallina para comprobar —respondió otro.

—Sólo cuenta la maldita leyenda, que llevas de insoportable todo el día con eso —terció otro más.

—Muy bien, señoritas. —El segundo se aclaró la garganta y prosiguió—. Corren los rumores por los pasillos de Fletcher de que, en el viejo auditorio al fondo del patio, se aparece el fantasma de una chica, una bailarina de ballet, muy hermosa pero triste. Se dice que, hace muchos años, desde antes de la remodelación y modernización de la escuela, su amado, un pianista de mucho talento, y ella se reunían en ese lugar, que él tocaba para ella y ella bailaba para él. Un día, su amado le prometió enseñarle una pieza musical que había compuesto para ella, pero ese fatídico día, la desgracia alcanzó a la bailarina y falleció en un accidente cuando iba de camino al auditorio. Ella nunca pudo escuchar su canción y muchos creen que él no la tenía terminada, incluso que era mentira que había compuesto alguna cosa en absoluto. El pianista se graduó de esta escuela como cualquier otro alumno… pero la bailarina no. Cuenta la leyenda que si un pianista virtuoso toca en el viejo piano que hay en ese auditorio, el fantasma de la bailarina se le aparecerá, creyendo que es su amado acudiendo a su encuentro para mostrarle su pieza prometida.

—Entonces todos ustedes, bola de perdedores, pueden estar tranquilos —interrumpió uno de los chicos sentados a la mesa—: su falta de talento es garantía de que nunca verán a ese fantasma.

Todos los chicos rieron y juguetearon entre ellos tras la broma, dejando de lado el relato rápidamente, pero Sandro no. Se quedó petrificado con el sándwich en la mano y un bocado entre los dientes, un escalofrío le recorría la columna de arriba a abajo y de regreso, la cara le hormigueaba debido al color perdido de sus mejillas. ¿Emilia? ¿Un fantasma? La leyenda que había escuchado concordaba totalmente con lo que él vivió durante esas últimas semanas, el miedo y el espanto fueron las respuestas naturales primarias que experimentó, pero casi al mismo tiempo llegó a su mente la imagen de Emilia llorando. La había visto con sus propios ojos, hasta la había tocado, era tan real como él mismo, y estaba triste, aferrada a un rayo de esperanza en este mundo, a una promesa que nunca llegaría, condenada a repetir decepción tras decepción, todo por amor y por creer en promesas.

El temor se transformó en determinación cuando Sandro se levantó de su asiento y fue a toda velocidad al auditorio, que encontró vacío, como siempre, y, según su rutina, se sentó frente al teclado. Sin perder un segundo, inició con la ejecución de la “Fantasía-Impromptu” de Chopin, una de las piezas que sabía de memoria. La interpretó con energía y ansiedad, volteando a todo su alrededor en busca de la aparición de Emilia, quien, a media canción, salió de entre las sombras del escenario. Ella lo saludó con un discreto movimiento de la mano, lucía consternada al encontrarse con él. La visión de Emilia provocó que Sandro, con la respiración entrecortada y rápida, se pusiera de pie rápidamente y trastabillara hacia atrás, sacándole notas cacofónicas al piano y tirando el banquillo.

—¿Estás bien, Sandro?

Emilia estaba genuinamente alarmada por el estado tan alterado del muchacho. Se adelantó unos pasos para tratar de ayudarlo sólo para que él se alejara de ella la misma distancia. En esa ocasión no hubo música, ni baile, ni risas, ni diversión. Ese día sólo hubo un chico que huía y una chica que volvía a estar sola.


Pasaron tres días antes de que Sandro tuviera el valor de presentarse de nuevo en el viejo auditorio. Tres días en los que estuvo encerrado en su cuarto presa de la culpa y el remordimiento, tres días que se excusó de la escuela por enfermedad y con sus padres por un “arranque artístico como nunca”. Se pasó tres días componiendo y escribiendo, enmendando y reescribiendo, buscando traer al mundo la melodía que había escuchado en su cabeza y que fue incapaz de interpretar en el pasado, en uno de sus encuentros con Emilia. Ella se merecía lo mejor, se merecía algo digno de su amor y su esperanza, de su alegría y también de su tristeza, hoja tras hoja de pentagrama fueron garabateadas para dejar registro de esa nueva composición, la primera escrita por él. Frenético y casi febril, luego de tres días de intensa labor artística, Sandro por fin tenía la pieza terminada, justo como la escuchaba en el mundo de las ideas.

Al llegar al recinto le pareció que éste estaba más vacío y oscuro que antes, pese a su hermosura arquitectónica no había vida dentro. Él se detuvo en el umbral de la puerta unos instantes, respiró profundo y fue a encender las luces y a acomodarse en el piano, sacó su partitura magullada y la puso enfrente suyo, más por una formalidad que porque lo necesitara. Se sabía de memoria la canción.

Sus dedos empezaron a presionar las teclas y las notas comenzaron a volar. Empezaron pequeñas, suaves, acogedoras, encantadoras, se movían con delicadeza y giraban con gracia, de vez en cuando se alzaban, incluso saltaban, pero nunca gritaban, sino que acariciaban los oídos de quien pudiera escucharlas; luego las notas reían, una risa cantarina, alegre, contagiosa, ante la cual ni el mismo Sandro pudo evitar sonreír, pero detrás de esa alegría venía una solemnidad majestuosa, detrás de la risa y la gracia estaba algo más grandioso, algo profundo, vasto como el universo mismo, lleno de estrellas que brillaban al máximo de su potencial, una visión sublime en la que uno podría perderse agradecido. Todo se combinó para ir in crescendo de la mano, la belleza del mundo se concentraba en esas notas y crecía, se multiplicaba, estallaba en júbilo, amor, alegría, ahí estaba todo lo que valía la pena en este mundo, siempre por encima de cualquier cosa, para recordar a todos el por qué vale la pena vivir. La explosión dio lugar a la melancolía, a la caída de vuelta a la realidad cotidiana, a la añoranza de esas cosas que amamos, que deseamos con todo nuestro ser, pero que, por alguno u otro motivo, se escapan de nosotros; había notas de desesperación, de tristeza, notas que rompían el corazón, pero no todo estaba perdido. Una luz de esperanza se abrió paso entre la oscuridad, pequeña y tenue, vacilante, una luz que se extendía con esfuerzo hasta llegar a tocar a cuantos escucharan la melodía para recordarles que no importa que tan solos se sintieran en el mundo, en algún lugar, en algún rincón, escondido en el sitio menos pensado, siempre está alguien que entiende, que escucha, que sabe lo que eres y lo aprecia, que no importa cuánto tiempo, distancia y vida separe a las almas, de una u otra forma, terminarán encontrándose y, juntas, encontrarán su lugar en la existencia.

La nota final permaneció suspendida en el auditorio hasta que sus vibraciones se disiparon por completo. Sandro levantó la vista y se encontró con Emilia de pie frente a él, en medio del escenario. Ella lo miraba en silencio, con ternura y con esa bella sonrisa que él ya había aprendido a amar.

—Eso fue… —Emilia rompió el silencio no sin un atisbo de cautela.

—Tu canción —la interrumpió Sandro, sonriendo, satisfecho.

Ahora Emilia fue la que se sobresaltó, se llevó las manos al pecho como si tratara de contener a su propio corazón.

—¿Mi…? —susurró la bailarina con falta de aliento.

—Es tu canción —continuó el pianista, levantándose de su asiento para caminar hasta estar más cerca de ella—. Es una pieza musical sólo para ti, inspirada por ti… Esta melodía… Así es como te veo, así te percibo y así pienso de ti. Así pienso en ti. Sé que no soy tu novio pero… tú te mereces esto, mereces que tu esperanza se recompense, que la promesa que te hizo se cumpla. Creo que… nunca había sido tan feliz como lo he sido contigo en el tiempo que hemos compartido juntos… No soy bueno con las palabras, no sé pintar muy bien y desde luego que no sé bailar, actuar, esculpir o diseñar edificios, así que te hice esto. Es mi primera composición oficial, ¿sabes? Pero, en realidad, es tuya. Siempre lo será. Siempre te recordaré con ella.

La chica se cubrió los labios y la nariz con ambas manos tratando de ocultar un sollozo. De nuevo la mirada anegada en lágrimas inexistentes se posó en los ojos de Sandro, quien ahora era partícipe de la hermosura, la intensidad y la pureza de los sentimientos de Emilia. Ambos estaban irremediablemente conectados, sus mundos interiores estaban entremezclados y eran parte de algo mucho más grande que ellos mismos. Aunque el oscuro abismo de la muerte se interpusiera entre ellos, la música era el lazo que los uniría por siempre y una parte del corazón del otro les pertenecería hasta el final de los tiempos.

—Emilia…

Él no pudo terminar su oración, ella lo abrazó con toda su fuerza, literalmente con toda su esencia, ocultaba su rostro en su pecho, quería estar lo más cerca posible de él. El cosquilleo invadió por completo a Sandro y se transformó en algo cálido que lo llenaba hasta el último de sus poros, la abrazó con la misma intención que ella y pudo jurar que la sentía en lo más profundo de su alma. Ambos cerraron los ojos y se entregaron el uno al otro.

—Gracias, Sandro. Con todo mi corazón… Gracias —murmuró la chica.

En el momento en que iba a acariciarle la cabeza, súbitamente, Sandro sintió cómo la presencia de Emilia se esfumó de sus brazos, dejándolo solo con la sensación de un agradable perfume que se dispersa en el aire. Abrió los ojos y se encontró en medio del escenario, de ese escenario que ahora tendría un significado sagrado para él desde ese día en adelante. Tomó una gran bocanada de aire, espiró lentamente y le sonrió a un espacio en el infinito de su mirada. Quería seguir ahí, aferrado a ese sentimiento tan hermoso que lo recorría, pero, si algo había aprendido, es que tenía que seguir adelante con su vida, siempre adelante y atesorando cada nuevo día. No podía permanecer atrapado en un momento, así no la honraría. Fue al piano a recoger sus cosas y se percató de que algo faltaba en la partitura de la composición: el título. Tomó una pluma y se apoyó en el piano para escribir “Para Emilia: una promesa cumplida” en el encabezado. Guardó la partitura como un tesoro y salió a la luz del día, dejando sólo a aquel auditorio como testigo del poder que una melodía creada con talento y, más importante, con todo el corazón, tiene sobre la vida y la muerte.

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