Para Emilia

Arte de Valeriya Lakrisenko

Por S. Bobenstein

Luego de pasar poco más de un mes conteniendo sus impulsos artísticos, Sandro por fin había encontrado un sancto sanctorum para poder explayarse sin reservas. El auditorio era el más antiguo del complejo, pero no por eso estaba ruinoso, mucho menos descuidado, aun así, con el glamour moderno que exudaban los recintos de presentaciones más nuevos, aquel lugar había quedado prácticamente en el olvido, sólo siendo infrecuentemente visitado por artistas que buscaban evocar tiempos pasados y por estudiantes perdidos. Y es que, con la historia y el prestigio de la escuela Fletcher, con lo draconiano que era su proceso de selección y con el renombre que el haber concluido con éxito algún curso de música o danza en ella le confería a cualquier artista novel, todos los estudiantes querían siempre estar a la vista del público, en los escaparates más elegantes y que más atención les pudieran brindar. Pero eso no era Sandro.

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