El suave flujo que nos une en “Midnight Diner”

Por S. Bobenstein

Hoy en día, todos corremos de un lado a otro, siempre tratando de ser puntuales, con citas y pendientes por doquier, sumidos en nuestros asuntos con una visión tan forzosamente estrecha que no nos damos cuenta de la vida sucediendo a nuestro alrededor. Con más de siete mil setecientos millones de seres humanos en el mundo, todos luchando por mantener un lugar en esta Tierra, es fácil olvidarse de que todos y cada uno tienen una historia única y muy particular, les suceden eventos que los cambian y los hacen replantearse –aunque sea a un nivel minúsculo– su mundo interior y su visión del exterior, mientras que uno, ensimismado en sus propios asuntos, puede llegar a pensar que la suya es la única historia que vale la pena contar. Craso error, y muy lamentable también, ya que si se vive toda una vida basado en una sola versión, irremediablemente se perderán cosas que la harían mucho más hermosa, rica y emocionante.

“Midnight Diner” (“Shinya Shokudou”, en japonés) es una popular serie nipona que fue emitida nacionalmente desde el 2009 hasta el 2014, basada en un manga del artista Yarou Abe y que, además de tres temporadas, dio lugar a dos películas. Debido al éxito de la franquicia, Netflix Japón compró sus derechos y, hasta la fecha, ha producido las dos últimas temporadas, renombradas “Midnight Diner: Tokyo Stories”, las cuales se han transmitido internacionalmente gracias a su plataforma digital. La serie nos presenta un pequeño izakaya (una mezcla entre mini-restaurante y bar japonés) de Shinjuku llamado “Meshiya”, que tiene la peculiaridad de que sus horas de servicio inician a la medianoche y terminan a las siete de la mañana. Atendido por un enigmático personaje conocido sólo como “The Master”, el izakaya tiene un menú limitado pero una clientela abundante, ya que, pese a las horas de apertura, goza de amplia popularidad entre los que viven la vida nocturna. Los comensales habituales son un grupo ecléctico que van desde gente anodina hasta personas de negocios, oficinistas, artistas, bailarinas exóticas, drag queens, yakuza y todos cuantos se vean llevados ahí por casualidades del destino o por un fin específico. Pese a lo variopinto de los parroquianos, todos en el izakaya conviven en buenos términos y son partícipes de las vicisitudes de cualquiera que se sienta a la mesa del “Maestro”. Cada episodio autoconclusivo de la serie se enfoca en las experiencias o complicaciones que esté pasando un recién llegado o alguno de los asiduos al Meshiya, desde cosas tan sencillas como obtener un papel en el doblaje de voz o la manera correcta en la que alguien debe confesarle sus sentimientos a otro hasta el reencuentro con la verdad de la que se está huyendo o conflictos que pueden llegar a arruinar a una persona.

Quizá para el público latinoamericano esto pueda sonar como una telenovela, y no estarían del todo equivocados ya que la serie es melodramática, pero el tono, el ritmo y la narrativa de las historias dotan a cada episodio con un aura pacífica y solemne, incluso, podría decirse, metafísica, al puro estilo japonés clásico. Las situaciones, aunque realistas, dan la impresión de ocultar algo más profundo, algo místico, al borde del realismo mágico, mas esto, lejos de restarle importancia al tema principal de la serie, lo subraya: en cada aspecto de la vida, sin importar cuán ínfimo o trascendental resulte, se puede encontrar toda la belleza del universo, se puede encontrar felicidad, tristeza, amor, amistad, odio, emoción, éxtasis, derrota y victoria, todas las cosas que hacen de la vida algo hermoso y sin las cuales todo carecería de sentido. 

Resulta lastimoso que nos enfoquemos sólo en nuestros propios asuntos, en nuestra propia visión y en nuestro propio día a día, puesto que así nuestro mundo se queda solo dentro de un mar de miles de millones de otros mundos, todos juntos y separados, todos limitados. Es compartiendo con otros que estén dispuestos a hacer lo mismo cuando nos volvemos grandes, cuando crecemos, cuando vivimos de verdad, cuando podemos darnos cuenta de que, con todo lo bueno y lo malo que sucede a diario, la vida es una experiencia bella en la que todos estamos juntos.

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