La avenida del chico en traje

Por Aledith Coulddy

Gonzalo murió un 18 de octubre. Al salir de una reunión de trabajo importante, cruzó la calle, aparentemente desierta, para fumarse un cigarrillo en el parque de enfrente al edificio donde laboraba. Un conductor ebrio lo arrastró por más de diez metros antes de aplastarle el cráneo. La muerte fue instantánea; su noción de que estaba muerto, no.

Pasaron meses antes de realmente darse cuenta en lo que se había convertido. Un anonimato obligado se le había impuesto. Nadie lo escuchaba, nadie atendía a sus súplicas, ni una persona lo miraba. Nadie. Hasta el día en que presenció otro accidente parecido al que había acabado con su vida. Un niño pequeño pereció en el suceso. Con asombro, miró cómo el alma del menor se desprendía del cuerpo. No lucía confundido, era un fantasma que sabía su propósito. El niño miró a Gonzalo y le hizo una seña de que lo siguiera, pero él se quedó inmóvil. El niño levantó los hombros y caminó hacia la inmensidad de ese atardecer otoñal hasta que Gonzalo lo perdió de vista.

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Veintisiete cuentas

Por Jonathan Novak

Veintisiete, veintisiete cuentas poblaban la pulsera el día en que un viejo la ató, dando tan solo un par de giros al brazo infantil del bebé que aún se encontraba adormilado por su propio nacimiento, el cual había tenido lugar tan sólo unos días atrás.

—¿Tan pocas? —Había deseado indagar la madre al ver como se retorcía de a poco su niño al portar la apretada pulsera. Sin embargo, el viejo del templo, con surcos irregulares en lugar de cara,  sólo le había mostrado una mueca haciéndole ver lo inapropiado de su pregunta.

—Sólo veintisiete —repitió el padre al contar las cuentas, una vez había perdido el rastro del número de veces que las había contado.

Luego de soltar un suspiro, observó su propia pulsera, en ella había un número indeterminado de cuentas, no eran por supuesto tantas como habían sido el día que él había recibido su pulsera en ese mismo templo, pero aún eran las suficientes como para evitar contarlas compulsivamente y aún eran suficientes como para doblar el número que colgaba del tierno brazo de su hijo. Aquella idea le produjo un escalofrío, pues sus cuentas siempre serían más que las del infante.

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Tres hermanos

Por S. Bobenstein

—¡Rafael! ¡Despierta!

La voz de su hermano lo hizo recuperar el sentido. Entreabrió los ojos sólo para ser cegado por una luz blanca y fría, en un acto reflejo trató de proteger su mirada con su diestra, pero algo se lo impedía, al igual que le impedía mover el resto de sus extremidades. Presa del pánico, abrió los ojos tanto como pudo para darse cuenta de su estado: se encontraba atado con correas de cuero a lo que parecía ser una mesa inclinada lo suficiente para casi dejarlo de pie, vestía un traje quirúrgico blanco e inmaculado y usaba unos zapatos de tela del mismo color.

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La muerte de Nøme

Por Oscar Valentín Bernal

I

A finales de 1942, la guerra en Europa viraba a favor de la Alemania Nazi. Hitler se encontraba ya tocando a las puertas de Stalin, ganando cada vez más poder, mientras los norteamericanos se batían con los japoneses en el Pacífico. En aquel entonces, los fjällandeses no querían alemanes, ni estadounidenses, ni tampoco británicos en sus tierras. Sin embargo, en medio de la carrera por asegurar las mejores posiciones estratégicas, los deseos de los habitantes de un pequeño país insular del atlántico, poco les importó a las tres potencias, quienes irrumpieron en las playas, apostándose sobre las cuatro islas y convirtiéndolas rápidamente en un tablero de trincheras, donde la tensión se respiraba en el aire cada vez más gélido del invierno.

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El cuerpo

Por Aledith Coulddy

Pablo tuvo un cuerpo. No era un cuerpo destacado en ninguna de sus formas; era más bien regordete y apenas lograba sostenerse. Lucía pliegues en las muñecas y tobillos y poseía una piel muy tersa y pálida. Del cuerpo salían sonidos guturales y Mamá venía corriendo a ver qué le sucedía al pequeño Pablo. Entonces Mamá le daba leche o le tarareaba alguna canción de cuna. Era un cuerpo que ciertamente cumplía su función y satisfacía las necesidades básicas de Pablo.

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Violencia

Por Jonathan Novak

Y antes de que la última pieza de compuerta metálica cayera por completo, el chillido agudo, como de cerdos siendo sacrificados, se intensificó. Tan pronto la placa metálica de diez centímetros de espesor cayó hacia el lado opuesto de donde nos encontrábamos, fuimos capaces de verlos. Seres de pieles negruzcas corrieron presurosos hasta el extremo opuesto de la sala a la que habíamos accedido. Con cuatro extremidades inferiores y dos más superiores, los seres corrían horrorizados.

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Precipitación

Por Jonathan Novak

Nana mira desesperada la espalda de la dama sentada en la ladera de cristal del edificio. Su cuerpo que se encontraba cayendo desde el piso cuarenta y dos, se detuvo súbitamente a pocos instantes de haber dado el salto.

—No entiendo, eres una niña muy linda. —La delgada dama reposada sobre una fina silla de caoba con tapicería de color carmín, mece la pierna derecha cruzada sobre la izquierda de manera nerviosa. Nana logra ver que su acompañante tiene un delgado cigarrillo a medio fumar entre el dedo índice y el corazón—. Con diecisiete años y de esta manera señorita… —continuó la dama—. ¿No pudiste haber elegido algo menos… agresivo?

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También por la madre Rusia

Por Oscar Valentín Bernal

“Para nosotros, los soldados y oficiales
del ejército 62, más allá del Volga no hay tierra.
Vamos a luchar hasta la muerte”.
—Vassili Zaitsev—

Vassili Zaitzev estaba sentado junto a una ventana en el edificio en ruinas que habían tomado por cuartel. Tenía el cañón del rifle apuntando a la calle y un cigarrillo a medio consumir descansando sobre un cenicero improvisado con una lámina retorcida, la cual permanecía al alcance de su mano. Cuando escuchó el ronroneo creciente de un motor, sus dedos se tensaron sobre la culata del arma y el gatillo. Aquel sonido lo ponía nervioso.
De pronto, vio pasar fugaz al bombardero Túpolev, sobre su escondite; iba perdiendo altitud demasiado rápido. El piloto forcejeaba con el motor en llamas, intentando elevar el enorme pájaro moribundo que se negaba a obedecerle.
El aterrizaje sobre la avenida fue catastrófico. No pasó mucho antes de que Mijhail entrara a la habitación, se aclarara la garganta y le hablara:
—Zaitzev… ¿sabes quién va en ese avión?
Vassili lo sabía. La llegada de aquel hombre a Stalingrado había sido un secreto pésimamente guardado desde hacía días.
—Tú y tus francotiradores son la última división que queda en la zona, esta ciudad se está yendo al infierno —dijo Mijhail sin poder ocultar en su voz el nerviosismo que las implicaciones de la caída de aquel avión le provocaban.
Vassili lo evaluó unos momentos y se dio cuenta de que no tenían opción, negarse a acudir al rescate sería considerado por sus superiores traición a la patria, sin importar lo riesgoso que fuera cruzar el campo de batalla.
—Vamos para allá, camarada Capitán —dijo con la voz enronquecida.
Dio una última calada al cigarrillo, luego atravesó la puerta con el rifle colgado del hombro.

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