Precipitación

Por Jonathan Novak

Nana mira desesperada la espalda de la dama sentada en la ladera de cristal del edificio. Su cuerpo que se encontraba cayendo desde el piso cuarenta y dos, se detuvo súbitamente a pocos instantes de haber dado el salto.

—No entiendo, eres una niña muy linda. —La delgada dama reposada sobre una fina silla de caoba con tapicería de color carmín, mece la pierna derecha cruzada sobre la izquierda de manera nerviosa. Nana logra ver que su acompañante tiene un delgado cigarrillo a medio fumar entre el dedo índice y el corazón—. Con diecisiete años y de esta manera señorita… —continuó la dama—. ¿No pudiste haber elegido algo menos… agresivo?

Nana intenta moverse frenéticamente, pero solo sus ojos responden al impulso, éstos intercalan casi involuntariamente entre la dama, la fachada del edificio a su lado y el asfalto lleno de peatones estáticos. En su pecho la sensación de vacío no ha desaparecido, ni siquiera cuando su cuerpo se ha detenido.
La acompañante de Nana hace que tira la ceniza del cigarrillo por el borde de su asiento, pero cada pequeña brasa desprendida de éste cae sólo un par de metros antes de detenerse en el aire.

—Nana, ¿cierto? —dice la mujer al tiempo que se levanta, apoyando un pie y luego el otro sobre uno de los cristales del edificio. La dama que a Nana le parece una versión humana de un cuervo por el abrigo de tela afelpada negra y la figura delgada, se acerca a ella con paso seguro—. Kara. —La dama de negro hace una seña hacia sí misma con la mano libre, Nana entiende instintivamente que aquel es su nombre—. De todas las formas de suicidio, arrojarse al vacío debe ser la que menos me gusta. Es decir, si eres un hombre tosco, o de entrada eres fea… bueno, igual y no se pierde mucho, pero tú eres linda, Nana, y tal como te veo, vas con toda la cara. —El cuerpo de Nana, aunque suspendido en el aire, estaba, en efecto, inclinado. Probablemente sus brazos tocarían primero el suelo, pero después seguiría su rostro—. Uno no piensa en esas cosas cuando se quita la vida lo sé, pero, Nana querida, alguien te va a limpiar del asfalto y, ¿sabes? a los suicidas también se les hacen funerales. Qué caso tiene asistir a un funeral a caja cerrada, le quitas todo el morbo.

Kara se sienta al lado de donde Nana se encuentra suspendida. «A un lado o abajo», piensa Nana que se encuentra aterrada y confundida por la situación y por la indiferencia de Kara con las leyes físicas.

—A un lado, pequeña, estoy a un lado, allá donde corren los peatones —dice levantando la mano con el cigarrillo y apuntando con éste hacia la calle—. Allá es abajo, a mí sólo no me apetece caer. —Nana comprende que aquella mujer puede escuchar lo que piensa—. Pastillas, a mí me gustan las pastillas, te vuelves un asco si vomitas, pero ese rostro, pequeña, quedaría intacto para la vitrina.
«¿Que se supone que eres?» piensa Nana con la esperanza de que Kara pueda realmente entenderla y no hubiera sido aquello una casualidad.
—¿Yo? bueno, tú sabes, una mensajera, la que por desgracia se encarga de los suicidas… Las venas, ése es un clásico, te ponen una blusa de mangas largas y ni quién se de cuenta.
«¿Porque me detuviste?» cuestiona Nana.
—Yo no te detengo, digamos que quería hablar contigo antes de… bueno, eso. Me parece que cometes un error… ¿es cometes o cometiste?
«No tienes idea de la vida de mierda que llevo». Nana siente que sus pensamientos se convierten en gritos.
—No, mi cielo, vida de mierda la que tiene el pobre individuo que tendrá que recogerte. Mira allá abajo. —Kara señala con la barbilla al tiempo que saca otro cigarro y lo enciende; sonoramente escupe la primera bocanada de humo y prosigue—, allá abajo hay por lo menos diez personas que te verán caer, la conmoción hará que muchos otros curiosos –idiotas y curiosos– vayan a ver. Desde ese momento hasta que lleguen las autoridades tú, o mejor dicho, tu cuerpo, le va a arruinar la semana a todos ellos. Eso sin contar qué dirán tus padres.
«Mi madre está muerta y mi padre un imbécil» piensa Nana con desgano.
—Oh, cierto cierto. —Nana puede ver cómo Kara saca una pequeña nota color morado de la cajetilla de cigarros, en él alcanza a leer, «Nana: depresión. Madre muerta, padre vivo, problemas con su padre y en la escuela».
«¿En serio resumiste mi vida en un post-it? no son ni veinte palabras, gracias por recordarme por qué salté». Nana había dejado de sentir temor, la situación era extraña, ridícula incluso, pero de alguna manera lograba ver que Kara no era una mala persona; además, ¿qué iba a hacerle? ¿matarla?
—Tú disculparás, mi cielo, comprende que no muy a menudo detengo a uno de ustedes, no es como que necesite saber quién eres para venir por ti. Las notas son para sacar plática de regreso, se hace eterno si no se platica aunque sea un poco.
«Y, ¿por qué no me dejas caer de una buena vez?, no es lo más cómodo del mundo eso de no poder moverse» replicó Nana molesta por el sinsentido de su compañera.
—¿Eso es lo que deseas realmente? —La pregunta sale pesarosa de los labios de Kara—. Podría evitarlo, volver el tiempo atrás sólo un poco.
«Salté, ¿no?» Aclara Nana sintiéndose desesperada.
—De acuerdo —responde finalmente Kara desvaneciendose; inmediatamente, el cuerpo de Nana recupera su peso, los peatones inmóviles retoman su marcha, y los sonidos de la ciudad antes pacificados por una fuerza externa, vuelven estruendosos. La voz de Nana también regresa, ésta grita como nunca había gritado, como nunca volvería a gritar.

A los pocos minutos una pequeña muchedumbre orbita el cuerpo inmóvil de una chica que había decidido quitarse la vida. El débil murmullo de los susurros inunda el lugar.
—Una lástima —exclama una joven dama vestida con un abrigo negro—, era muy linda. —La dama se retira y al momento todos los presentes guardan silencio mientras la ven partir.

Fotografía por Alexandr Bormotin.

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